Y sí, como comentaba en el post anterior, ahora escribo periódicamente en un diario local un artículo de opinión política, que en la medida de lo posible intento que sea de análisis. Aunque también ahora por cuestiones laborales debo viajar con cierta frecuencia y en muchas de esas ocasiones he tenido que escribir mis textos aprovechando los habituales retrasos en los vuelos de regreso hacia la Ciudad de México.
De modo que en cierta medida me he convertido en eso que tanto criticaba: un vil escribidor de aeropuerto.
Y aunque ya me acostumbré a ser un desconocido articulista local, de vez en cuando me publican en un espacio de opinión en un diario de circulación nacional, por el favor de un buen amigo que también piensa -el pobre- que escribo bien,
Y como decía mi abuelita "hay que presumir cuando se puede".
Pues bien, les presumo esos textos a modo de justificación del abandono de esta atalaya de pendejadas y asuntos sin importancia.
Pepe el Toro ¿es inocente?
¿Estado fallido? No. Gobiernos con fallas
El tejido social
Narcotráfico y violencia
29 nov 2016
Acerca de las huellas
Llego a este espacio como quien llega nuevamente a la casa que dejó hace muchísimos años, cuando por determinadas circunstancias tuvo que alejarse; es decir, vengo a reconocer mis letras, a revisar que todo ha quedado igual desde la última vez que estuve aquí y -parafraseando a Hannah Arendt- a remover el polvo acumulado durante todo este tiempo por la montaña de escombros de lo que fueron aquellos pilares.
No sobra decir que también llego hasta aquí robándole unos minutos a mi tiempo godinezco (para quienes me leen provenientes de otras latitudes -por extrañas, curiosas y hasta cómicas razones este espacio y su autor son leídos desde otras partes del mundo- lo "godinezco" hace referencia al estilo de vida de los oficinistas que abarrotan los espacios de trabajo de los grandes corporativos en las zonas urbanas, caracterizados por su pusilanimidad, falta de conciencia crítica, frivolidad y precariedad económica), siempre demasiado escaso.
La razón de esta vuelta es que en días recientes distintas personas, en distintas circunstancias, me han hecho reflexionar acerca del hecho de que mis estupideces no lo son del todo, porque en algo las encuentran interesantes y, en los casos más patológicos, hasta aleccionadoras.
Y yo que cuando abrí este espacio pensé que nadie lo leería y que mis textos, además de ser un divertimento personal, eran también una forma de terapia para aliviar dolores de juventud que vistos a la distancia de mi chavorruqez (para los de fuera, va la definición; chavo ruco: dícese del individuo de más de treinta años que aun comete las mismas idioteces de cuando tenía veinte) eran puras payasadas que me ayudaban a construir la pose de intelectual incomprendido y pretencioso.
Ahora que me encuentro con personas que me dicen que me han leído y que les gustaba lo que leían, siento que no soy tan malo en esto del oficio de la escribidera. O quizá sí lo soy y esos lectores son más bien unos legos que no saben diferenciar un artículo de un pronombre; o al revés, son unos refinadísimos intelectuales que saben apreciar la prosa alternativa y las ideas contestatarias.
Porque lo cierto es que ahora también escribo de manera formal, para un mundialmente desconocido diario local. Pero ahí, por culpa de la editora, no puedo ser tan genuino (mala leche, dirían algunos; insensiblemente socialista, dirían otros) y debo autocensurar mi estilo.
Como sea, lo importante es que he venido aquí nuevamente como quien regresa al punto de partida. Y en este retorno es inevitable observar a través de las letras el contraste entre el antes y el ahora de mi temas y preocupaciones.
Antes me importaban tópicos trascendentales como el Ser y la Nada, Dios y el Tiempo; ahora me preocupan las rebajas del Cyber Monday, los informes semestrales, el outfit para el brindis de fin de año y el final de Gilmore Girls en Netflix.
Antes era pretencioso, ahora soy frívolo. Pero así y todo, intentaré reivindicarme animado por las buenas opiniones que he escuchado recientemente. Porque parece que en algunas personas he dejado alguna especie de huella y les pido perdón por eso.
No prometo nada. Pero intentaré venir aquí más seguido.
14 ene 2016
Legalizar o no legalizar, ¿esa es la cuestión?
El amparo concedido por la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia
de la Nación a la Sociedad Mexicana de Autoconsumo Tolerante y Responsable
(SMART) para consumir marihuana con fines recreativos ha conferido seriedad y
relevancia al debate en torno a la legalización de las drogas como mecanismo
neutralizar los índices de violencia y criminalidad asociados al narcotráfico
en México.
No obstante, más allá del dilema de legalizar o no la producción,
comercialización y consumo de marihuana, que es la única droga que ha suscitado
una suerte de frente común internacional en contra del prohibicionismo
gubernamental, hay una realidad más compleja. Y es que, en efecto, el
narcotráfico y la drogadicción son dos problemas que pueden ser enfocados desde
múltiples ángulos de los cuales, a su vez, surgen múltiples explicaciones e
igualmente múltiples intentos de solución vinculados todos ellos a la
prohibición y al combate punitivo, pero apenas muy poco a la prevención. En
este sentido es muy atinado el diagnóstico de Pablo Girault, integrante de la
asociación amparada por la Corte, cuando afirma que “la política
prohibicionista no ha generado ni un solo bien, sino muchos males, incluyendo
más de 100 mil muertos, 70 mil desaparecidos, 270 mil desplazados (…) El tema
de fondo no es si podemos fumar marihuana o no… no quiero que me lo diga el
Estado, sino yo decidirlo” [El Universal, 05/11/2015].
De modo que un paso previo al dilema de la legalización o no de las
drogas y a su respectivo debate es diferenciar claramente entre narcotráfico y
drogadicción, pues aunque son problemas vinculados cada uno precisa
tratamientos diferenciados; amén de que tener clara la distinción ayuda a
elevar el nivel argumentativo del debate y evitar dislates tan lamentables como
el del subsecretario de Educación Superior de la SEP, Salvador Jara, quien
haciendo gala de su doctoral desinformación declaró hace poco que las “elites
empresariales o gubernamentales” y no el Poder Judicial serían las que
decidirían sobre el amparo a SMART.
Así pues, en el caso de la drogadicción la cuestión no es si la
legalización elevará los índices de adictos, agravando con ello un problema de
salud pública, sino adicionalmente a la política de prohibición qué ha hecho el
Estado para evitar que dichos índices crezcan. A juzgar por las estadísticas
parece que muy poco, pues según datos de la encuesta más reciente sobre
adicciones publicada en 2011, el consumo de drogas ilegales en México se
duplicó en una década al pasar de 0.8 a 1.5% entre personas de 12 a 65 años de
edad. Pero no sólo eso. Según estimaciones de especialistas en salud pública de
la UNAM, el consumo de marihuana ya supera al del tabaco en 18 estados del
país; además de que la edad promedio de consumo ha disminuido de los 15 a los
12 años de acuerdo con información recabada por Instituto para la Atención de
las Adicciones de la Ciudad de México (IAPA). Estos datos obligan no sólo a
reflexionar sobre la eficacia de las políticas de prevención, sino a
preguntarse algo todavía más básico que es porqué las personas se están
drogando a edades más tempranas, cuáles son las causales del entorno social,
familiar e individual que están empujando a los niños y jóvenes a consumir
drogas, pues no se trata únicamente de falta de información.
Por otra parte, en lo que hace al problema del tráfico de drogas la
legalización sería una solución parcial, probablemente no tan efectiva para
paliar todos los efectos de la problemática de criminalidad que circunda a esa
actividad que hasta ahora ha sido afrontada como un problema de seguridad
pública, empleando a la fuerza policial y militar para combatir a la estructura
operativa de los cárteles con el objetivo de debilitar su capacidad de fuego,
pero se ha hecho muy poco en el aspecto medular que es el financiero, a tal
punto que la DEA ha llegado a estimar que en la economía nacional hay un
excedente de entre 9 mil y 10 mil millones de dólares no justificados por una
fuente legítima de ingresos. En otras palabras, se ha hecho muy poco en el
combate al lavado de dinero.
Una solución integral tendría que pasar necesariamente por enfocar al
narcotráfico como lo que realmente es: una actividad altamente lucrativa que
genera ganancias anuales de alrededor de 40 mil millones de dólares, según
cálculos de algunas agencias internacionales y centros académicos. Al respecto,
paradójicamente el combate policíaco-militar lejos de vulnerar esta faceta del
fenómeno la encarece, pues el decomiso de un cargamento propicia que el valor
del siguiente aumente por los costos logísticos (nuevas rutas, nuevos métodos
de embalaje, incremento de las sumas destinadas a la corrupción o cooptación de
las autoridades locales, etcétera) y la inelasticidad de la demanda. Sin
embargo esta solución también tendría que acompañarse de una estrategia para
sustituir las entradas de dinero ilícito
por dinero lícito a la economía, a fin de que cuando el tráfico de drogas eventualmente
deje de ser una actividad comercial fuertemente atractiva, se compense el flujo
de ingresos que se dejaría de recibir por concepto de trasiego de
estupefacientes, así como para poder incorporar a la economía formal y legal al
poco más de medio millón de personas que participan actualmente de forma
directa en la economía narca (en este
sentido la revista Este País estimó en 2009 que el narcotráfico era el quinto
empleador más grande de México).
Asimismo, para debilitar al narcotráfico como negocio altamente rentable
dicha solución tendría que mapear con claridad la ruta del dinero. Y es ahí
donde el riesgo de pisar cayos de gente “decente” se volvería muy alto, porque
implicaría rastrear en el sistema bancario el origen y destino de esos recursos.
De ahí quizá la persistencia gubernamental en la estrategia reactiva de combate
policial y el aparente poco impulso a las investigaciones de inteligencia
financiera.
Visto desde esta amplia perspectiva, el dilema de legalizar o no la
marihuana parece muy menor, pero lo importante es que con el fallo de la Corte -así
sea por el momento limitado únicamente a las cuatro personas integrantes de
SMART- se ha elevado el nivel del debate, obligando al Legislativo y al
Ejecutivo a enfocar el problema desde nuevos ángulos para idear e implementar
soluciones diferentes a la punición y la prohibición.
O al menos eso es lo que parece.
Publicado en El Imparcial 06/11/2015
La violencia que no cede
En días recientes dos
acontecimientos locales trascendieron hacia lo nacional y conmocionaron a la
opinión pública debido a que tienen como denominador común la violencia. Se
trata de la aparición de un cuerpo sin vida pendiendo de un paso vehicular
elevado en la delegación Iztapalapa del Distrito Federal y el linchamiento de
dos jóvenes encuestadores en Ajalpan, Puebla.
Además de las implicaciones
sociales y políticas, ambos casos son significativos por su coincidencia
temporal pero principalmente porque denotan dos expresiones de violencia que
dan cuenta del nivel de disfuncionalidad y anomia prevaleciente en ciertos
sectores de la sociedad, así como de la penetración generalizada de este
fenómeno en el tejido social.
En el primero de los casos
las características del homicidio, la forma de darlo a conocer y la
intencionalidad de este último acto no dejan lugar a dudas de que hay una
abierta disputa entre bandas de narcotraficantes por el control territorial de
determinadas zonas del Distrito Federal. De modo que por más que la autoridad
local se empeñe en negar que los grandes cárteles de la droga operan en la
capital del país, el impacto mediático del acontecimiento le inyecta una fuerte
presión al gobierno de la ciudad para reconocer el problema y enfrentarlo con
las medidas adecuadas.
No obstante, lo que más
debería de preocupar a la opinión pública además de la sensación de inseguridad
respecto a la integridad física que no se había sentido en la Ciudad de México,
ni siquiera en los años más álgidos de la denominada “guerra contra el
narcotráfico” emprendida por el ex presidente Felipe Calderón, es el nivel de
ensañamiento mostrado en la ejecución del “colgado de Iztapalapa” -como le han
llamado algunos medios de comunicación a éste caso- porque da cuenta de un
gravísimo nivel de descomposición social en el cual la noción de dignidad de la
persona ha desaparecido por completo.
En el caso de los jóvenes
encuestadores linchados en Ajalpan, Puebla, amén de la indignación producida
por la incapacidad de la autoridad municipal para hacerse valer ante una turba
enfurecida y abdicar de su función de aplicar la ley, lo más preocupante es la
constatación de que los niveles patológicos de violencia no son exclusivos de
los cárteles de narcotraficantes, sino también de personas ordinarias que
cegadas por el miedo y la ignorancia pueden cometer atrocidades amparadas bajo
el anonimato y la impunidad que brinda la multitud.
Dado que ambos casos
comparten como factor común la violencia extrema, es propicio reflexionar
respecto a la eficacia de la estrategia ejecutada por el Estado para afrontar
este fenómeno desde la perspectiva de la seguridad pública. En este sentido hay
que consignar que se trata de medidas reactivas que no atienden el fondo del
problema que es la genealogía social de la violencia, es decir las
circunstancias o situaciones subyacentes en la sociedad que han propiciado el
surgimiento de comportamientos criminales ya no necesaria o primordialmente
asociados y/o explicados a partir de la situación socioeconómica de quienes los
realizan, sino del resentimiento social que su condición de precariedad les
produce. En otras palabras, parece que en los días y los años que corren ya no
se delinque para sobrevivir a la pobreza, sino para vengarse de la sociedad.
Así pues, el carácter
reactivo de la estrategia estatal de seguridad pública se expresa en los
intentos de mitigar la violencia con más violencia, sólo que ésta última institucionalizada
por la autoridad a través de más efectivos policíacos y armamento, sin contar
con -o ignorando la existencia de- diagnósticos que identifiquen las causas
específicas del problema. De esta manera, no importa si la violencia está
asociada a la disputa territorial entre bandas de la delincuencia organizada; o
al miedo, la zozobra y la ignorancia de una localidad
alejada de los centros urbanos, la medida siempre es la misma: enviar más
policías a la zona donde se registra problemática, sea para azuzar la escalada
de violencia con más enfrentamientos, sea para apaciguarla temporalmente.
Sin embargo, más allá de la
ejecución de determinados programas de rescate de espacios públicos
principalmente en zonas urbanas, no se ha visto un análisis sociológico que identifique las causas
específicas que están produciendo niveles de sociopatía como los mostrados por
los sicarios al servicio de los carteles del narcotráfico en sus ejecuciones, o
por una turba de habitantes de una comunidad sumida en la miseria y el miedo.
El que un grupo de personas -sicarios
o pobladores enfurecidos- sea capaz de someter, torturar y asesinar a otras
personas sin sentir el menor remordimiento, conmiseración o culpa, es
indicativo de altísimos niveles de resentimiento, odio y ausencia o incapacidad
de discernimiento ético; lo cual, a su vez, implica que algo en la estructura social no está funcionando bien o ha dejado
de funcionar. Y no se trata únicamente de la desigualdad e inequidad producidas
por el sistema económico, como sostiene con cierta dosis de ingenuidad un
sector de la izquierda cuando explica/justifica que la inseguridad y la delincuencia
derivan de la pobreza que pervierte la bondad innata de los seres humanos.
No. Se trata de cuestiones
más complejas, como el desmedido aspiracionismo hacia un estilo de vida
francamente incosteable para amplísimas capas de la sociedad fomentado por los
medios de comunicación; la disfuncionalidad de la familia como célula básica
del tejido social; o la ineficacia de la escuela como centro difusor de valores
cívicos y éticos, por no hablar del socavamiento de la autoridad de los
profesores.
En tanto no existan políticas públicas que
atiendan estos problemas, la estrategia reactiva implementada por el Estado
para mitigar los niveles de violencia continuará arrojando resultados muy
limitados y esa entelequia denominada legalidad seguirá siendo sólo una utópica
aspiración de febriles mentes ilustradas.
Publicado en El Imparcial 23/10/2015
El lejano 2018 y los futurismos del presente
Hace
unas semanas en un evento de la industria acerera realizado en la Ciudad de
México, los asistentes a uno de los paneles de trabajo cuestionaron con mucho
interés a un reconocido comentarista político acerca de los posibles candidatos
presidenciales hacia 2018, a lo que éste respondió que aun era muy prematuro pensar
en aspirantes definitivos, pero que sin duda uno que estará en la boleta
electoral de junio de ese año será Andrés Manuel López Obrador como candidato
del partido que él mismo fundó. Pero de eso a que tenga posibilidades reales de
ganar ya es otra historia que depende de muchos factores, los más de ellos
ajenos al propio López Obrador. Y si bien el 2018 aun está muy lejos, no está
de más plantear algunas consideraciones que le orienten a usted, estimado
lector, en el intento de comprender el complejo panorama que se observa de aquí
a esa fecha.
Así
pues, lo primero que hay que tener en cuenta es que el universo de aspirantes
pese a parecer demasiado amplio, en realidad se circunscribe a los actores que
actualmente se desenvuelven en el escenario político nacional; esto es, que
difícilmente podrá surgir un aspirante fuerte a la silla presidencial de los
candidatos –principalmente a gobernadores- que triunfen en los comicios locales
de 2016 y 2017. Aunque el control territorial que adquieran los partidos a
partir de los resultados de esas elecciones será un factor estratégico para la
articulación de las estrategias de campaña y por consiguiente, de sus
posibilidades de triunfo.
A
partir de esa premisa fundamental es que las encuestadoras han comenzado a
realizar algunas mediciones, en las cuales es necesario aprender a diferenciar
entre el nivel de conocimiento de un personaje y su intención real de voto.
Así, el que un aspirante sea el más conocido no significa que sea el que
concentra la intención más alta del voto, pues ésta depende entre otros
factores de los niveles de aceptación (conocidos como “positivos”) o de rechazo
(“negativos) de su imagen. El caso de López Obrador es muy ilustrativo de esta
situación. En varias encuestas aparece como el aspirante más conocido, pero
también como el que más negativos concentra (ya si las encuestas están bien
diseñadas o responden a una intencionalidad específica de quien las realiza o
quien paga su realización, es otro aspecto que quizá en alguna otra oportunidad
se podría abordar en este espacio). Lo anterior se refleja en su intención real
de voto que está por debajo del 30% y concentrada principalmente en zonas
urbanas del centro-sur del país.
Por
otra parte y pese a que discursivamente por lo menos desde los años noventa del
siglo pasado los partidos mexicanos se movieron hacia el centro, la inclinación
ideológica de la sociedad mexicana hacia el centro-derecha también es un factor
que influye en forma decisiva en la conformación de la preferencia efectiva del
tal o cual aspirante. Para sustentar esta afirmación basta con observar que en
las últimas tres elecciones presidenciales (2000, 2006 y 2012) el PRI y el PAN
han sumado en promedio más del 65% de la votación nacional, y si bien el PRI es
un partido perteneciente a la Internacional Socialista que agrupa a los
partidos de izquierda del mundo, en los programas de gobierno diseñados e
implementados por los representantes surgidos de este partido se observa
claramente un cariz conservador.
Por
lo que hace a una eventual candidatura independiente para la Presidencia de la
República, en la cual la opinión pública coloca a personajes como el recién
estrenado gobernador de Nuevo León, el ex titular de la SER Jorge Castañeda o
al ex rector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente, lo cierto es que lejos de
contribuir a superar la atadura institucional de la democracia mexicana a los
partidos políticos, podría propiciar la continuidad de uno de estos en el poder
debido a la fragmentación del voto, ante la cual la disciplina y la lealtad
partidista además del control territorial que mencionamos líneas arriba, se
vuelven factores estratégicos para sacarle el mayor provecho a ese situación
pues en un escenario de una votación fragmentada la capacidad de movilización y
el tamaño de las clientelas de los partidos se vuelve crucial. De ahí la
conveniencia de que en un futuro no muy lejano se tenga que discutir con
seriedad la introducción de la segunda vuelta electoral para la elección
presidencial, con la cual se evitaría el triunfo de un candidato con menos del
30% de la votación.
En
tanto, las posibilidades de que un fenómeno político-electoral como el del
“Bronco” se pueda replicar a nivel nacional son muy acotadas.
Publicado en El Imparcial 09/10/2015
20 oct 2015
Iguala a un año ¿fue el Estado? 2 de 3
Como recordará el estimado lector, en la colaboración anterior
articulamos dos intentos de respuesta a la consigna enarbolada por diversos
sectores de la sociedad encabezados por los familiares de las víctimas y los
estudiantes normalistas desaparecidos en los hechos del 26 de septiembre de
2014 en Iguala, Guerrero.
A partir de una noción mínima de lo que es el Estado planteamos en ambas
respuestas la existencia de indicios claros de la participación de éste, ya sea
por acción u omisión, en los acontecimientos que acenturaron la crisis de
confianza y credibilidad en las instituciones y procedimientos de procuración
de justicia, además de causar un considerable daño a la imagen internacional de
México y a la narrativa con la cual el Gobierno Federal había pretendido
promocionar al país como un atractivo destino de inversión, luego de la
aprobación de las reformas estructurales realizadas durante los dos primeros
años de la administración del presidente Enrique Peña Nieto.
En esta segunda entrega el objetivo es profundizar en el déficit de
confianza institucional prevaleciente en el país como problema estructural, el
cual en tanto no sea atendido constituirá el principal riesgo para la
implementación de las reformas, así como para la estabilidad y la gobernabilidad
en el corto y mediano plazo.
Pero antes es conveniente hacer una precisión analítica en el sentido de
que responder afirmativamente a la pregunta de si el Estado tuvo
responsabilidad en los hechos de Iguala no es una toma de posición política,
sino una conclusión derivada de un razonamiento lógico conceptual de los
acontecimientos, en el cual a partir de la información disponible se puede
observar que en el nivel municipal el Estado ha sido minado por la delincuencia
organizada a tal punto que los servidores públicos de esa esfera responden
prioritariamente, sea por miedo o por cooptación, a los intereses de los grupos
criminales; lo cual produce la paradoja de que mientras en el nivel más alto
(federal) el Estado ha hecho esfuerzos para combatir a la delincuencia, en el ámbito
de lo local ésta tiene el poder de controlar a las autoridades municipales y de
someter a regiones enteras. Así es como se explica que en éste nivel el Estado
haya tenido responsabilidad activa en los acontecimientos de Iguala y en otro
(el federal) haya incurrido en una responsabilidad pasiva por su tardía
reacción, así como por la falta de sensibilidad, talento y eficacia para
conducir las investigaciones ministeriales del caso y la procuración de
justicia.
Al respecto hay que mencionar que el desempeño institucional del Estado
mexicano cuando menos en el último siglo se ha caracterizado por recurrentes
episodios de disfuncionalidad que han desembocado en crisis políticas, sociales
y económicas debido a una distorsión de origen persistente a lo largo de ese
amplio periodo que es la corrupción, la cual invariablemente ha dado al traste –en
la etapa de implementación- al más avanzado diseño institucional que los
legisladores y funcionarios gubernamentales hayan podido confeccionar. Y por
supuesto, a la corrupción está ligada la ausencia casi generalizada de una
cultura de la legalidad en la sociedad mexicana, que asociada a la desconfianza
prevaleciente produce una triada perversa que constituye una debilidad
estructural, a partir de la cual surgen otras fallas como la impunidad y la
incapacidad del Estado para cumplir su tarea fundamental de garantizar el
derecho a la vida de sus ciudadanos y, por tanto, su déficit de legitimidad
expresado en la reticencia de éstos para continuar reproduciendo la dinámica de
mando-obediencia.
En este contexto es en el que se explican algunas estadísticas
relacionadas con la confianza y la percepción de eficacia de las corporaciones
policíacas en el país, como las publicadas en 2014 por México Unido Contra la
Delincuencia, según las cuales cuatro de cada 10 mexicanos considera “muy
peligroso” ayudar a la policía de su localidad a realizar su trabajo; o las
difundidas ese mismo año por el INEGI en el sentido de que casi el 70% de los
mexicanos considera “poco” o “nada efectivo” el desempeño de las policías
estatales y municipales.
Pero ahí no para el problema. Por lo que hace al siguiente eslabón del
proceso de procuración de justicia que son los ministerios públicos la
situación es muy similar. Datos de la Encuesta Nacional de Victimización y
Percepción sobre Seguridad Pública 2013 indican que el 58% de los mexicanos
tienen “poca” o “nada” de confianza en los ministerios públicos y las
procuradurías. Desde luego, esta situación en gran medida se debe a la
impunidad imperante en el sistema de procuración e impartición de justicia,
pues tan sólo en el fuero común de los casi 20 millones de denuncias
presentadas entre 2000 y 2012 sólo se dictaron poco menos de millón y medio de
sentencias condenatorias, es decir, menos del 1%.
Así pues, a partir de esta consideraciones se puede entender la
reticencia de los familiares las víctimas de Iguala y de amplios sectores de la
opinión pública a aceptar la “verdad histórica” de los hechos ofrecida por la
PGR, así como la credibilidad y aceptación que ha tenido el informe acerca de
las investigaciones ministeriales realizado por un grupo de presuntos expertos
en ciencias forenses, el cual ha servido de excusa para desplazar los elementos
técnicos con argumentos políticos que respaldan o condenan determinadas
posiciones de los actores involucrados en el tema.
De modo que a partir de estos lamentables acontecimientos que han
exhibido el nivel real de desarrollo político en México y el grado de
penetración de la delincuencia organizada en las estructuras de autoridad,
sustentado en la corrupción y la impunidad, es factible concluir que en tanto
no se ataque la triada perversa corrupción-desconfianza-endeble cultura de la
legalidad, inevitablemente persistirá la debilidad institucional. En eso nos
enfocaremos en la última entrega de esta colaboración.
Publicado en El Imparcial 27/09/2015
Iguala a un año ¿fue el Estado? 1 de 3
El próximo 26 de septiembre se cumple un año de los lamentables hechos
ocurridos en Iguala, Guerrero, en los que según estimaciones no oficiales
perdieron la vida siete personas, veintisiete más resultaron heridas y al menos
43 se encuentran desaparecidas.
Como es sabido, en los acontecimientos estuvieron involucrados un grupo
de estudiantes de una escuela normal rural ubicada en Ayotzinapa, las
corporaciones policíacas de los municipios de Iguala y Cocula, dos células de
la delincuencia organizada en disputa por el control político y criminal de la
región y el alcalde de Iguala de filiación perredista; aunque presuntamente por
omisión también habrían estado involucrados otros funcionarios públicos
estatales de Guerrero, lo que obligó a que en el momento más álgido de las
reacciones y movilizaciones sociales nacionales e internacionales que
desencadenó este acontecimiento, solicitará licencia a su cargo el gobernador
de la entidad, Ángel Aguirre, quien tres años atrás había ganado la elección
luego de renunciar al PRI y ser postulado por el PRD.
La tardía reacción del Gobierno Federal ante lo que en un primero momento
evaluó como un conflicto local provocó una serie de críticas y acusaciones por
parte no sólo de los agraviados, sino también y principalmente de sus
adversarios políticos, quienes contrastaron el discurso oficial de
transformación entendida como modernización, fundamentalmente dirigido hacia el
exterior para ensalzar el Mexican Moment,
con la situación de violencia y vulnerabilidad del estado de Derecho en amplias
regiones del país.
En medio de ese contexto comenzó a cobrar fuerza la idea de que el Estado
mexicano tenía responsabilidad en los acontecimientos, en gran medida por el
antecedente reciente de junio de 2014 en el cual presuntamente el Ejército
habría “abatido” (es el verbo
oficialmente empleado en el caso) a un grupo de delincuentes en una comunidad
perteneciente al municipio de Tlatlaya, Estado de México. Fue así como apareció
la consigna “#FueElEstado” en las movilizaciones que durante los meses
siguientes a los hechos de Iguala ocurrieron en varias ciudades del país y del
mundo, dando pauta a un debate a medio camino entre lo académico y lo
ideológico entre intelectuales militantes en el oficialismo y la oposición.
Hasta ahora dicho debate no se ha resuelto, pero la distancia temporal y
la disponibilidad de mayor información dan pauta para revisitarlo desde una
perspectiva analítica desprovista, en la medida de lo posible, de inclinaciones
hacia una u otra posición con el objeto de allegar a usted, estimado lector, de
elementos mínimos para formarse un juicio equilibrado.
Así pues, en principio habría que considerar que hay múltiples
definiciones de Estado elaboradas en su mayoría desde perspectivas
prescriptivas de lo que debería de ser y no de lo que realmente es. Sin
embargo, para no entrar en vicisitudes conceptuales que propicien más confusión
que claridad, hay que decir que el Estado es la organización política que se da
la sociedad a sí misma, o bien, en que le es impuesta desde el exterior. Esta
organización ha tomado múltiples formas a lo largo de la Historia en función
del grado de complejidad organizativa de la propia sociedad (tribus,
comunidades, feudos, etc), pero siempre articulada a partir de la distinción de
los roles fundamentales de mando y obediencia. Así, en cualquier Estado siempre
hay un grupo de individuos, generalmente reducido, que ejerce funciones de
mando y otro grupo, generalmente amplio, que obedece.
No obstante, esa relación se articula a partir de un arreglo fundacional
en el cual el grupo mayoritario se compromete a obedecer a cambio de que el
grupo minoritario que manda le garantice el derecho a la vida, o si quiere
enfocar de la siguiente manera: la garantía de no sufrir una muerte violenta;
para lo cual le autoriza el uso exclusivo de la fuerza a fin de castigar a
quienes pretendan vulnerar ese acuerdo.
A partir de esta breve noción estamos en posibilidad de preguntarnos si
el Estado mexicano tuvo responsabilidad alguna en los hechos de Iguala y al
respecto podemos articular dos intentos de respuesta.
En el primero de ellos habría que considerar que si con la consigna
“#FueElEstado” se pretende dar a entender que éste fue el autor material del crimen
y la desaparición forzada, la respuesta es sí, porque la policía municipal de
Iguala disparó en contra de los autobuses en los que viajaban las víctimas y
según la información recaba en las investigaciones ministeriales, habría
colaborado con una de las bandas criminales en la desaparición forzada de 43
estudiantes. De modo que al ser el municipio la célula básica de un Estado de
tipo federal como lo es el mexicano y al ser la policía la institución
encargada del ejercicio exclusivo de la fuerza, existen elementos claros para
inferir que sí hubo una participación activa del Estado en los acontecimientos.
No obstante, si en la referida consigna por Estado se entiende únicamente al
Gobierno Federal como responsable directo, parece que el empleo del concepto
tiene una intencionalidad política mas no explicativa.
Por otra parte, en el segundo intento de respuesta habría que considerar
si la responsabilidad del Estado es por omisión de su obligación de garantizar
el derecho a la vida de sus ciudadanos, en cuyo caso se tendría que responder
afirmativamente: sí, fue el Estado. Pero en esa lógica lo fue no sólo en el
caso de Iguala sino en muchos otros en los que su debilidad y la torpeza de los
operadores de sus instituciones han causado que regiones enteras se encuentren
sumidas en la incertidumbre y la inseguridad por el asedio sistemático de
bandas criminales.
Así pues, cuando un Estado falla en su responsabilidad fundamental es
indicio de su debilidad estructural, esto es, de que algo en sus cimientos ha
dejado de funcionar, o en el caso mexicano de que nunca ha funcionado por
distorsiones de origen, como la corrupción que da pauta a la impunidad, a la
pérdida de confianza institucional y consiguientemente a la falta de obediencia
por carencia de legitimidad. Pero en esto profundizaremos en la próxima
colaboración.
Publicado en El Imparcial 20/09/2015
14 sept 2015
PRD. Estas ruinas que ves
Transcurrieron 23
años desde aquel lejano 5 de mayo de 1989, fecha de la fundación formal del PRD
como resultado de una coalición de pequeños partidos, organizaciones civiles y
varios ex priistas de izquierda encabezados por Cuauhtémoc Cárdenas, hasta el
10 de septiembre de 2012, cuando en un acto multitudinario realizado en el
Zócalo de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, ex dirigente
nacional y ex candidato presidencial perredista anunció la renuncia a su
militancia en el partido, significando con ello la fractura del único
experimento relativamente exitoso de unificación de la izquierda mexicana.
Posteriormente, en
noviembre de 2014 la debacle del denominado “partido del sol azteca” se hizo
mucho más patente con la renuncia pública de Cuauhtémoc Cárdenas, hasta
entonces considerado el líder moral del partido, en medio de una profunda
crisis de credibilidad e imagen de éste a raíz de los hechos violentos de
Iguala, Guerrero, en los cuales quedó de manifiesto el contubernio existente
entre el alcalde de extracción perredista y el crimen organizado para perpetrar
la matanza y desaparición de decenas de estudiantes normalistas opositores a su
administración.
No obstante, el
inicio del declive del PRD es muy anterior a estos acontecimientos y es posible
rastrearlo desde 2008 cuando la corriente interna mayoritaria Nueva Izquierda
–periodísticamente conocida como “Los Chuchos”- llegó a la dirigencia nacional
del partido y comenzó a implementar una estrategia de alianzas
político-electorales demasiado pragmática, en la cual la afinidad ideológica y
la probidad pública de sus candidatos a diversos puestos de elección popular
quedaron en segundo plano ante su nivel de competitividad y posibilidades de
triunfo.
Pero no sólo eso.
También en el ámbito parlamentario desplegaron una línea de colaboracionismo
inescrupuloso a cambio de concesiones presupuestales para sus gobernadores y
alcaldes, hasta llegar al punto culmen que catalizó la pérdida de cohesión e
identidad cristalizado en el Pacto por México, con cuya participación
legitimaron una serie de reformas contra las cuales históricamente se habían
opuesto por resultar contrarias a sus postulados ideológicos.
Los resultados
electorales del pasado 5 de junio fueron la última advertencia de que el
partido había llegado al filo del precipicio al perder poco más de 30 curules
en la Cámara de Diputados principalmente ante MORENA, el partido formado por
López Obrador, la gubernatura de Guerrero ante el PRI como castigo del
electorado por el tema de Iguala, y ocho jefaturas delegacionales en el
Distrito Federal ante MORENA y el PRI, en gran medida como resultado de la
errática administración de Miguel Ángel Mancera quien irónicamente ni siquiera
es militante perredista.
Esta situación
propició que las corrientes minoritarias solicitaran la renuncia de Carlos
Navarrete al frente del partido, a fin de iniciar un proceso de reflexión y
reconstrucción del mismo bajo la conducción de un nuevo liderazgo con capacidad
para unificar y conciliar a los diferentes grupos y neutralizar el riesgo de
convertirse en la cuarta fuerza política desplazados por el Partido Verde, con
lo cual no quedaría lugar a dudas del corrimiento del electorado hacia el
centro-derecha y correspondientemente del sistema de partidos.
Sin embargo este
proceso de reconstrucción no ha sido del todo atinado y más bien se ha
caracterizado por la improvisación y la falta de claridad respecto a la
estrategia para lograr tal objetivo. Muestra de ello es la ocurrencia de
ofrecer la dirigencia nacional a personajes de la sociedad ajenos ya no se diga
a la militancia partidista sino a la izquierda, ignorando o pasando por alto a
los cuadros internos formados durante años de militancia sin que necesariamente
implique que sean personajes de otra época histórica, como en su momento sí lo
fueron Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo o el propio López Obrador.
Pero lo más
preocupante es que la búsqueda de este nuevo liderazgo pareciera no estar
enfocada a hallar un perfil de fuertes convicciones democráticas que renueve la
visión y organización del partido, sino a encontrar a un padre providente que
conduzca a las “tribus” infantiles ávidas de orientación y tutela. En otras
palabras, pareciera que este partido y en general el resto de las
organizaciones partidistas de la izquierda mexicana aún no han alcanzado un
nivel de institucionalización tan sólido que les permita sobrevivir ante la
ausencia de su líder máximo y/o fundador.
Y es tal y tan
apremiante esa necesidad, que la llegada de un personaje tan gris y tan menor
en la política y en la intelectualidad como lo es Agustín Basave, ha sido
recibida con gran entusiasmo y esperanza en el PRD, a tal punto que diferentes
corrientes internas y militantes destacados han enviado señales en el sentido
de que podría ser el próximo dirigente.
Sin embargo, las
cosas no son tan sencillas como parecen, pues quien quiera que sea el personaje
que asuma la dirigencia perredista tendrá que pasar necesariamente por la
aduana de la competencia en un proceso interno que le otorgue legitimidad,
margen y capacidad de operación política. De otra manera el remedio podría
resultar más riesgoso que la enfermedad y de ser el caso, entonces al PRD le
quedaría muy a modo de descripción del estado crítico por el que atraviesa, la
frase que intitula una de las novelas de Jorge Ibargüengoitia: estas ruinas que
ves.
Publicado en El Imparcial 13/09/2015
El Día de la Autocomplacencia Presidencial
El 15 de agosto de
2008 se publicó en el Diario Oficial de la Federación una reforma a diversas
disposiciones del Artículo 69 Constitucional a efecto de que a partir de ese
mismo año el Presidente de la República se limitara a enviar por escrito su
informe anual sobre el estado de la administración pública y evitara acudir el
1 de septiembre a la apertura del primer periodo ordinario de sesiones al
Palacio Legislativo. Esto con la finalidad retórica por parte de los
legisladores que impulsaron la reforma, de acabar con el denominado “Día del
Presidente” de los tiempos de la hegemonía política priista.
Sin embargo, si se
observa un poco el contexto que propició la presentación, debate y aprobación
de esa reforma, resulta que detrás del argumento retórico había un sentimiento
de agravio y una actitud de mezquindad e inmadurez política, además de una
carencia de vocación democrática y republicana hacia las formas de relación
entre los poderes constituidos. Esto porque el móvil real de la citada reforma fue
el atropellado proceso electoral de 2006, en el cual el entonces presidente
Vicente Fox desempeñó un lamentable papel de parcialidad no tanto a favor del
candidato de su partido, Felipe Calderón, sino en contra del candidato de las
izquierdas, Andrés Manuel López Obrador.
Esa indebida
intromisión que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación
sugirió que pudo haber influido en el resultado de la elección, fue la causa
de que los legisladores de oposición
-principalmente el bloque conformado por el PRD, PT y Convergencia, hoy
Movimiento Ciudadano- le impidieran al presidente Fox leer en la tribuna de la
Cámara de Diputados el mensaje que había preparado con motivo de su último
informe de gobierno.
Al año siguiente, con
el encono todavía muy marcado, el presidente Felipe Calderón sólo se limitó a
entregar por escrito su informe en un recinto legislativo casi vacío.
Ese fue el contexto
real que propició la reforma, sólo que fue recubierto con la demagógica
pretensión de acabar con una anquilosada “celebración faraónica” en la cual,
más que rendir cuentas, el Presidente derrochaba presunción. Curiosamente, uno
de los grupos parlamentarios más entusiastas en la promoción de la reforma que
acabó con lo que algún ocurrente llamó el “Día del Presidente”, fue el del PRD.
Ahora, ocho años después, este mismo partido ha propuesto
en voz del presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Jesús
Zambrano, que el Presidente de la República regrese al Congreso a dialogar con
los legisladores.
Pasando por alto el
oportunismo político de Zambrano y suponiendo sin conceder que la clase
política ha alcanzado la madurez y civilidad necesarias para evitar hacer de la
visita del Presidente al Congreso un espectáculo circense, se trata de una
propuesta sensata que rescataría la esencia republicana del acto de informar e
incluso podría ir más allá, hacia un diálogo institucional y una auténtica
rendición de cuentas a la Nación (representada por los diputados) y a la
Federación (representada por los senadores).
Por otra parte, la
sensatez y la civilidad no anulan la controversia y la polémica expresada tal
vez con aspereza, pero también y principalmente con solidez argumentativa; pues
sólo de esa manera se evitaría una actitud triunfalista por parte del Presidente
y, por el contrario, se fomentaría una mayor sensibilidad a la crítica
constructiva. Sin embargo, se observa complicado que en la actual coyuntura
reformar nuevamente la Constitución en este sentido sea una prioridad.
Por otra parte, el
decálogo de acciones anunciado por el presidente Peña Nieto durante el mensaje
con motivo de la presentación de su Tercer Informe de Gobierno tiene múltiples
lecturas y ese era precisamente su objetivo; es decir, que tanto los medios de
comunicación como los demás actores políticos se concentraran en analizar las
acciones propuestas para dejar en segundo término no sólo los pálidos resultados
de su tercer año de mandato -repetidos incesantemente para que a fuerza de
costumbre los ciudadanos terminemos creyendo que son verdaderos y tangibles- sino
principalmente el entorno crítico en lo económico, lo político y lo social, que
resulta difícil discernir si es causa o efecto de las acciones y omisiones de
su gobierno; es decir, la inestabilidad del tipo de cambio, la baja en los
precios del petróleo, la lenta recuperación económica perceptible solamente en
los indicadores estadísticos pero no en la realidad cotidiana, la inseguridad
imperante en amplias regiones del país, la autocensura de los medios de
comunicación motivada por el temor y las violaciones a los derechos humanos
cometidas por distintas corporaciones y
agencias gubernamentales de seguridad pública.
Pero más allá de ese
efecto distractor, lo cierto es que esas acciones tienen un evidente tinte
electoral y adolecen de un contradictorio diseño de origen, pues por una parte
el Presidente anuncia acciones de austeridad y un presupuesto base cero para
2016, pero por la otra propone crear una secretaría de cultura que en los
hechos significa más burocracia y por tanto más gasto corriente destinado al
pago de salarios y gastos operativos. Lo electoral, en tanto, está fincado en
el anuncio de la rehabilitación de la infraestructura escolar, en la inversión
para desarrollar las zonas económicas especiales en el sur del país y en los
apoyos a los pequeños productores, que básicamente son subsidios para crear y/o
consolidar clientelas electorales.
En fin, que un análisis más detallado del
contenido del mensaje presidencial requiere de más espacio del disponible. Así
que en resumidas cuentas baste decir que en caso de hacerse realidad la
propuesta de que el Presidente regrese al Congreso para rendir cuentas se
evitaría la consolidación del 2 de septiembre como el “Día de la
Autocomplacencia Presidencial”.
Publicado en El Imparcial 06//09/2015
2 sept 2015
Cambiar para que todo siga igual
Los largamente esperados y
finalmente anunciados ajustes al gabinete del presidente Enrique Peña Nieto
generan una percepción de superficialidad e insuficiencia frente a un panorama
económico, político y social demasiado complejo tanto en lo doméstico como en
el entorno global.
Hasta antes del anuncio
realizado por el propio Presidente de la República el pasado jueves, las expectativas
giraban alrededor de dos objetivos que se suponía debían estar en la lógica
presidencial al momento de plantear relevos en su equipo de trabajo. Por una
parte, enviar un mensaje de sensibilidad ante la delicada coyuntura nacional e
internacional con cambios en las dependencias primordiales de su gobierno en
las cuales los resultados generados hasta el momento no son precisamente los
más satisfactorios; es decir, las secretarias de Hacienda y Gobernación, cuyos
titulares se mantienen intocados pese a que el primero no ha podido hallar la
fórmula para impulsar la reactivación económica y, por el contrario, se ha
dedicado a buscar en el exterior la justificación para explicar la falta de
dinamismo, amén de que su principal resultado ha sido el incremento en 2 millones
de personas la cifra de la población en condiciones de pobreza; mientras que el
segundo ha fallado en forma exorbitante en el cumplimiento de su
responsabilidad prioritaria vigilar casi personalmente la reclusión del
narcotraficante más rico y peligroso del mundo, el cual se fugó de un penal de
“máxima seguridad” con una maniobra que raya en lo fantástico.
Por otra parte, el segundo
objetivo que se suponía debían cumplir los cambios era aterrizar en el equipo
de trabajo del Primer Mandatario las palabras pronunciadas por él mismo durante su visita a la sede nacional
del PRI hace algunas semanas, en el sentido de reconectar al partido y a su
gobierno con las demandas de los jóvenes, que son el sector mayoritario de la
sociedad. Salvo por los casos de Aurelio Nuño (SEP) y Rafael Pacchiano
(SEMARNAT), el resto de los nuevos secretarios y titulares de dependencias
rebasa los cuarenta años de edad y se antoja difícil que puedan conectar con
los más de veinte millones de jóvenes de entre 15 y 24 años.
De modo, pues, que estamos
ante un escenario de altas expectativas no satisfechas debido a movimientos que
se asemejan más a una rotación de personal que a ajustes estratégicos o
“enroques” en un equipo de gobierno. Lo que es más, parecería que los
movimientos obedecen a un reconocimiento por parte del Presidente a la
meritocracia de personajes de segundo nivel que ahora se integran a su primer
círculo de colaboradores no tanto por su probada capacidad de operación
política, sino meramente burocrática.
Observados desde la
perspectiva de la sucesión presidencial, los ajustes tampoco obedecen al
propósito de ampliar el abanico de aspirantes a la candidatura del PRI; ni
siquiera en el caso de la llegada de José Antonio Meade a la SEDESOL pues pese
a ser un servidor público eficiente que ha logrado mantenerse en la nómina
gubernamental de primer nivel durante dos sexenios consecutivos, carece de
militancia priista, carisma y capacidad para comunicar. Pero, sobre todo,
porque su arribo a esa cartera significa la reincidencia de este gobierno en el
mismo error cometido en el pasado de colocar en esa dependencia a un perfil
técnico sin mayor conocimiento de la problemática real que padecen los sectores
más vulnerables de la sociedad.
Algo similar ocurre con la
llegada de Aurelio Nuño a la SEP, institución --por cierto-- dejada a la mano
de funcionarios multitasking
(“chambistas sería la traducción coloquial) que lo mismo han sido aprendices de
diplomáticos (Javier Treviño) que contralores de PROFECO (Alberto Curi). El
arribo del “joven maravilla” del gobierno federal a la titularidad de esa
dependencia, de cuya temática la revisión de su trayectoria curricular da
cuenta de que sabe muy poco, prácticamente significa un triunfo para la visión
mercantilista de la educación promovida por “Mexicanos Primero”, que tendrá en
el nuevo secretario a un aliado en su objetivo de continuar debilitando a la
figura magisterial así como en el de imponer su perspectiva en el diseño e
implementación de los contenidos y las políticas educativas.
Por otra parte, la
continuidad de Luis Videgaray y Miguel Ángel Osorio debe leerse como un mensaje
al interior del PRI de que la alianza entre las elites partidistas del Estado
de México e Hidalgo se mantiene vigente y no ha sido mermada en su hegemonía,
pese a la salida de Emilio Chuayffet y Jesús Murillo.
Y si de alianzas se trata,
el ascenso de Rafael Pacchiano desde una subsecretaria a la titularidad de
SEMARNAT refrenda la connivencia con el Partido Verde y a través de éste con
las televisoras.
En suma, los ajustes en el
gabinete no fueron pensados e implementados para corregir y transformar sino
para mantener la continuidad.
En uno de los pasajes más
célebres de El gatopardo, Tancredo
Falconeri recomienda a Don Fabrizio Corbera que “algo debe cambiar para que
todo siga igual”. A juzgar por lo evidente, parece que –tristemente-- ésa es la
lógica de los cambios anunciados por el Presidente y el sello particular del
ejercicio de la política en este país.
26 ago 2015
Jacobo Zabludovsky y el terrible juicio de las redes sociales
Hace un par de semanas en una entrevista para el diario italiano La Stampa, Umberto Eco cimbró a la
opinión pública global con una carga de profundidad al declarar que las redes
sociales le han dado el derecho de hablar a “legiones de idiotas” que se
sienten “portadores de la verdad” pontificando sobre prácticamente cualquier
tema con la misma pretendida autoridad intelectual de un premio Nobel. Como era
de esperarse, además de generar una intensa polémica, el autor de El nombre de la rosa fue sentenciado al
escarnio público por esas mismas huestes que criticó con dureza.
Si bien sus palabras hicieron blanco justo en el centro de un fenómeno
cada vez más frecuente y preocupante como lo es la presteza de las redes
sociales para elaborar y difundir juicios poco sustanciales fundados en
información tergiversada o tendenciosa, lo cierto es que también plantean entre
líneas un debate en torno a los alcances de la libertad de expresión como punta
de lanza de lo que podría considerarse como la democratización del conocimiento
y de la propia información, que ha dejado de procesarse en las mesas de
redacción de la prensa, en las oficinas de alguna agencia gubernamental o en
los cubículos universitarios. Ahora es creada, modificada o inclusive eliminada
en línea por comunidades virtuales de aficionados -que no necesariamente
expertos- a diversos temas.
Lo anterior ha propiciado la creación de una multiplicidad de versiones
de la realidad que lejos de cultivar el conocimiento y nutrir a la opinión
pública lo distorsionan y la confunden, respectivamente; amén de fomentar una
especie de absolutismo moral desde el cual también se juzga y condena a todo
aquello que no comulgue con los valores de la versión de la realidad escogida.
Esto último es lo que ha sucedido recientemente en México con el
lamentable fallecimiento de Jacobo Zabludovsky, personaje con claroscuros -como
sin duda los tienen todos aquellos que han participado en la arena pública-
pero ineludible en las futuras reconstrucciones históricas del México
contemporáneo.
Apenas un somero asomo a las redes sociales es suficiente para notar
cómo ese fenómeno denunciado por Umberto Eco se ha reproducido fielmente:
cientos de usuarios de Facebook y Twitter formulando juicios ligeros y poco
informados sobre un periodista que fue simultáneamente obra y artesano de su
propio tiempo.
No se adelante el lector a concluir que el resto de las líneas de este
texto son una apología de Zabludovsky en contra de las huestes de portadores de
la verdad que lo han acusado de manipulador de la verdad y vocero oficioso de
gobiernos poco o nada comprometidos con la libertad de expresión y la
democracia, porque no es la intención; como tampoco lo es aportar combustible a
la pira en la que su tribunal inquisitorio ha decidido condenarlo.
Más bien la intención es invitarlo a colocar al personaje en su tiempo
histórico y formarse una opinión informada y equilibrada. Es cierto que como el
único comunicador de alcance nacional en la etapa embrionaria de la televisión
hizo mutis en muchos acontecimientos informativos; pero también lo es que desempeñó
un rol fundacional en el periodismo profesional cuya enseñanza se instituyó a
nivel universitario hacia los años cuarenta.
Por otra parte, la relación entre el periodismo y el poder tiene dos
facetas: una de fiscalización y denuncia de los excesos de los gobernantes y
otra de contubernio y ocultamiento de la información. A lo largo de su extensa
trayectoria Zabludovsky conoció de cerca esas dos caras y fue precisamente su
sensibilidad para identificar el momento de cambiar y su capacidad para
rectificar, lo que lo mantuvo vigente hasta el momento de su partida.
Difícilmente habrá entre los cientos de sus inquisidores alguno que
tenga esa habilidad y talento.
El Imparcial 05/07/2015
Los retos de Ricardo Anaya
La
elección de Ricardo Anaya como dirigente nacional del PAN ha tratado de
presentarse ante la opinión pública por parte de la corriente interna de
militantes que apoyaron su postulación, como una oportunidad de renovación,
reordenamiento y rescate de la identidad que caracterizó a dicho partido durante
muchos años. No obstante, ese optimismo está más forzado por el voluntarioso
deseo de superar rápidamente la crisis que atraviesa ese organismo político con
una fórmula simplona, que por factores objetivos cuyo análisis permita concluir
que, efectivamente, el joven político queretano representa una opción
reformadora y claramente opositora al Gobierno Federal.
Lo
anterior porque una revisión apenas somera a la trayectoria pública de Anaya da
cuenta de que el éxito de su carrera no está basado tanto en sus meritos y
talentos personales, como en sus nexos con un grupo de militantes pragmáticos
que han desempeñado roles protagónicos tanto en la organización interna del
PAN, como en la administración pública y, recientemente, en la interlocución
con el PRI-Gobierno para la negociación y aprobación de las llamadas reformas
estructurales. De ahí que a diferencia de otros dirigentes nacionales de su
partido como Felipe Calderón, Carlos Castillo Peraza o Luis H. Álvarez, Anaya carezca
de una sólida formación ideológica y doctrinal, la cual ha sustituido con
relativa eficacia explotando su condición y apariencia de juventud, como si
ésta por sí sola fuera garantía de cambio y transformación cuando no
necesariamente ocurre así. Piénsese por ejemplo en la figura de Manuel Velasco,
el también joven gobernador de Chiapas militante del Partido Verde, quien en
los comicios locales recientemente realizados en su estado demostró ser un
experto conocedor de las peores prácticas antidemocráticas que prevalecieron en
el país durante décadas.
Así
pues, el supuesto distanciamiento de Anaya respecto a los personajes que lo
formaron e impulsaron políticamente, tales como Gustavo Madero y Rafael Moreno
Valle se vuelve inevitablemente objeto de suspicacia por más señales que envíe
en sentido inverso a los militantes antagonistas a su novel liderazgo; como por
ejemplo el intento de nombrar a Marko Cortés como coordinador de los diputados
federales del partido, seguida de la aparente “rebelión” de los legisladores
afines a Madero externando su deseo de que sea éste quien asuma la conducción
del grupo parlamentario.
Si
realmente hay en el denominado “joven maravilla” un ánimo transformador de su partido
éste se verá cuando asuma tareas realmente apremiantes para limpiar la imagen
del panismo, tales como el combate a los “moches” exigidos a gobernadores y
alcaldes a cambio de gestionar recursos para el financiamiento de obras y
programas durante la discusión del presupuesto de egresos; o bien, si apuesta
por construir equilibrios internos incorporando en funciones directivas a
grupos disidentes, como el encabezado por su adversario en la contienda por la
dirigencia nacional, el senador Javier Corral. Esto, desde luego, si el canto
de las sirenas de la sucesión presidencial no logra distraerlo de sus tareas
como dirigente, pues de ser el caso caería en el mismo error cometido por
dirigentes de otros partidos (Roberto Madrazo en 2006), quienes en lugar de reconstruir
y unir para llegar en condiciones competitivas a la disputa electoral,
dividieron y polarizaron anteponiendo sus aspiraciones personales al proyecto
partidista.
Hace
muchos años, cuando el PAN estaba en pleno proceso de tránsito de una oposición
testimonial a otra que se había propuesto disputarle abiertamente el poder por
la vía electoral al PRI, Carlos Castillo Peraza -probablemente el último líder estatura
intelectual que tuvo el panismo- planteó a la militancia el dilema de ganar el
poder sin perder el partido.
El
periodo de alternancia de 2000 a 2012 y la crisis interna que siguió a la pérdida
de la Presidencia de la República evidenció que los panistas fueron incapaces
de lograr el propósito planteado por Castillo Peraza; es decir, ganaron el
poder pero además de que supieron apenas muy poco sobre qué hacer con él, se
perdieron a sí mismos en sus disputas facciosas.
Sin
embargo, como las crisis son también oportunidades, Ricardo Anaya está ante la circunstancia
de reencontrar a su partido consigo mismo para asumirse como una oposición
crítica, fiscalizadora de la actuación gubernamental y promotora de la
consolidación de la democracia en el país. No es una tarea fácil, desde luego,
pero si en los horizontes que se ha trazado el joven dirigente está el ganar
nuevamente el poder, debe ser consciente de que primero tendrá que ganarse al
partido auténtico; es decir el de la militancia y no el de las elites cuyas
sombras se ciernen hasta ahora sobre su figura.
De pasada: ¿A alguien le sorprende que la Secretaría de la
Función Pública haya exonerado al Presidente y al secretario de Hacienda del
posible conflicto de interés por sus inmuebles financiados por Grupo Higa?
El Imparcial 23/08/2015
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