21 abr 2009

Ahmadineyad en la ONU

Hoy leía en los diarios que los principales representantes diplomáticos de los países miembros de la Unión Europea, tales como Alemania, Holanda, Italia y Nueva Zelanda, se indignaron ante el discurso pronunciado por el Presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, en ocasión de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Racismo y Xenofobia, debido a que dijo lo que en su calidad de representante de una nación le correspondía expresar como su portavoz: que el Estado judío ha practicado sistemáticamente el racismo.

Desde la perspectiva occidental de la corrección política, el discurso de Ahmadineyad fue a todas luces incorrecto y reprobable; para rasgarse las vestiduras y mofarse de él tachándolo de payaso, incluso fue pretexto para protestar abandonando el recinto de la ONU en Ginebra donde se realizaba el evento.

Sin embargo, desde una perspectiva meramente humana, de sentido común para diferenciar la justicia de la injusticia, el abuso de la manipulación moral y afectiva, el discurso de Ahmadineyad fue una reivindicación y un desagravio al pueblo palestino, que efectivamente ha sido objeto del odio y el rencor que contra él ha descargado brutalmente la elite gobernante de Israel, con la complicidad y la anuencia de Occidente.

Hace algún tiempo escribí aquí algo que cada vez más personas en el mundo han reflexionado: que ya es hora de abandonar la conmiseración con la que hemos visto y tratado a los judíos; pero no a todos los judíos, porque los que en este mismo momento trabajan en algún muelle de Haifa, o los que asisten a sus clases en la Universidad de Jerusalén, no tienen la culpa de las atrocidades cometidas por quienes los gobiernan.

Es hora de dejar de ver a la elite hegemónica que domina al pueblo israelí y que manipula sentimentalmente a los Estados occidentales, como aquellos errantes judíos liderados por David Ben Gurion, que buscaban apoyos para la formación de un Estado donde pudieran vivir tranquilamente; porque ya no son así. Ahora son como Netanyahu y Sharon, unos halcones sanguinarios que bien podrían estar al mismo nivel de vileza e infrahumanidad de Himmler o Heydrich.

La acusación hecha por el presidente iraní en el que sentido de que Occidente dejó a “toda una nación sin hogar bajo el pretexto del sufrimiento judío", debe acompañarse en la mente de las imágenes de los niños y mujeres muertos durante el último asalto de Israel a la Franja de Gaza, para que pueda ser comprendida en su totalidad.

Por supuesto, no todo lo dicho por Ahmadineyad debe celebrarse, porque el fin y al cabo se situó en la misma línea de intolerancia de sus detractores, pero ésa parte en la que dijo lo que la ONU “siempre ha acogido con el silencio los crímenes de ese régimen, como los recientes bombardeos contra civiles en Gaza” sí debe ser reconocida, porque recoge una percepción que muchos tenemos y la proyectó con el eco propio de un foro internacional como el de Durban II.

4 abr 2009

Berlin, la derecha y la izquierda

Una de las grandes enseñanzas que nos legó Isaiah Berlín fue que en el terreno de la disputa ideológica no hay lugar para el holismo, es decir, para la creencia de que los valores culturales que orientan la interacción social son absolutos, inmanentes y universales.

En su momento, como ha sucedido con todos los pensadores sensatos, Berlín fue tachado de pequeño burgués y relativista cultural. Pero tiempo después, su enseñanza fue asimilada por aquellos sectores de la intelectualidad capaces de desarrollar la coherencia mínima suficiente, como para permanecer ajenos a las modas académicas y los –ismos que suelen configurar lo que se ha denominado como el “espíritu cultural de una época”.

Que los valores y las ideas no sean absolutas y universales no significa que carezcan de validez; sino más bien que su validez está determinada por un entorno histórico, cultural y geográfico.

Cierto, la libertad como valor lo mismo aparece en Occidente que en Oriente como un concepto, pero su contenido, lo que le confiere propiamente el carácter de valor, no es el mismo para un norteamericano que para un tibetano.

Este planteamiento de la relatividad de los valores sirve también para analizar las ideologías políticas, que no son más que un compendio de valores ordenados en una escala de importancia. De hecho, si hubiera que simplificar para efectos de entender con claridad las nociones de “izquierda” y “derecha”, se podría decir que la primera sitúa en primer lugar de importancia el valor de la igualdad, mientras que la segunda privilegia a la libertad. No obstante, hay que recordar que la propia taxonomía axiológica –el orden jerárquico de los valores, pues- no es concluyente; de manera que dentro de lo que se denomina como derecha e izquierda, puede suceder que la idea de la libertad se combine en grado y medida con otras ideas, dando como resultado diversas tendencias ideológicas que conforman un espectro muy amplio, que puede ir desde el comunismo radical, hasta la anarquía absoluta.

Así, un liberal no necesariamente debe de ser considerado como “de derecha”, ni un comunista como “de izquierda”, pues en ambos casos la caracterización depende del contexto en el que un tal individuo desarrolle su perspectiva ideológica, así como de la propia orientación de quien caracteriza. Esto es, que comparado con George Bush, Barack Obama es un hombre izquierda; pero comparado con Hugo Chávez es más bien un militante de la derecha. Y así también Chávez, comparado con Lula Da Silva es un gobernante autoritario, pero comparado con Poltpot es un ícono de la democracia.

En México, por ejemplo, el Partido Acción Nacional de los años 30 y 40 era un partido democrático y liberal, pero su evolución a lo largo de 60 años lo ha convertido en un partido muy cercano al conservadurismo y a las prácticas antidemocráticas que denunció durante décadas.

Todo esto viene a cuento porque aquello de la izquierda y la derecha depende del contexto en el que se realice la caracterización. Y si he escrito este es comentario es un poco para curarme en salud debido a que en una reciente reunión con algunos amigos y ex colegas de la Facultad, me tildaron de pregonero de la derecha empresarial, sólo porque trabajo en una de las pocas compañías mexicanas verdaderamente globales.

Pero que me hayan dicho derechoso no es el punto acá; sino el hecho de que mis compañeros de trabajo, abogados todos, me consideran de izquierda radical sólo porque cuestionó sus ideas y me muestro siempre crítico ante la realidad política.

La verdad es que eso de las izquierdas y las derechas nunca me ha interesado en estricto sentido, porque me parece una pérdida de tiempo andar etiquetando y encasillando el pensamiento.

Las personas deben de ser libres en todo momento de pensar y actuar como mejor les plazca, con pleno uso de la razón. Pero si me apuran, diré que para mí la cuestión de la orientación política se reduce a escoger entre los dos valores anteriormente mencionados: la igualdad y la libertad. Y de ambos, yo escojo al segundo por sobre el primero.

Las personas siempre deben de orientar sus acciones hacia el aseguramiento de su libertad y autodeterminación. Pero al mismo tiempo debe de existir alguna suerte de equilibrio o mecanismo preventivo que evite que el ejercicio de la libertad conduzca a situaciones de inequidad social, económica y cultural. Entre las personas no deben de existir diferencias propiciadas por sus propios artificios, sino sólo aquellas que sean naturales, pero sin que esto signifique que unas sean mejores que otras, sino más bien, plurales y diversas; motivo por el cual el segundo valor que debería de imperar es el respeto, porque éste cuando es bien ejercitado, conduce al entendimiento y la comprensión de la razón de ser de las demás personas.

En el plano estrictamente político, un valor que debiera de prevalecer es el de la sensibilidad, que más bien es una aptitud. Mirar la situación del desprotegido, el oprimido, el explotado y el pobre, debiera de motivar a la creación de mecanismos de combate a los factores que los obligan a permanecer en ésas condiciones. Pero desafortunadamente esto no sucede, porque cuando se accede a una posición de ejercicio del poder sobre una colectividad, las pasiones rigen por encima de las razones, y entonces lo que se busca es mejorar la situación propia, olvidándose de la ajena. Y cuando esto sucede, ya no existe diferencia entre izquierda y derecha, sino sólo entre poderosos y el resto del mundo.

Esto es lo que ha sucedido en todas las épocas desde que el mundo es mundo; pero particularmente desde que el sistema capitalista comenzó a desplegar su hegemonía. Por eso Carlos Marx planteaba como requisito indispensable su deposición como condición sine qua non para la construcción de una situación social más equitativa y humana.

Marx murió y paulatinamente sus ideas fueron malinterpretadas y pésimamente ejecutadas, propiciando que el viejo de las barbas paulatinamente fuera quedándose en el olvido. Ahora, cuando el capitalismo está en una crisis que bien podría ser aprovechada para exterminarlo, ya nadie se acuerda de Marx y nadie plantea la posibilidad de otro mundo que no se agote en una mera propuesta retórica y publicitaria.

En esta hora mundial se requiere pensar desde una perspectiva crítica y lo más cercana a la objetividad, qué es lo que queremos construir para el futuro y cómo habremos de construirlo. Desafortunadamente no contamos con un Marx que nos oriente, y con el Marx que si podemos contar, que es el de El Capital, está arrumbado en las bibliotecas, mientras los poderosos de la izquierda y de la derecha continúan repartiéndose los despojos del mundo y generando más opresión, pobreza, explotación e injusticia…

Cierto, el capitalismo no está funcionando, como salieron a denunciar los denunciantes de siempre; pero tampoco la capacidad para pensar e ideas nuevas propuestas de cambio social y económico; es decir, ésa capacidad de Wright Mills denominó como imaginación sociológica.

3 abr 2009

Isn't working?



Esta fotografía que apareció en la portada de La (me)Jornada del sábado pasado me hizo recordar mis años de bachillerato, cuando estudiaba en el aguerrido Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM y me creía las payasadas anticapitalistas que escribían Ismael Colmenares y Miguel Ángel Gallo.


Pero la verdad es que algo de cierto hay en esa cosigna de que el capitalismo no está funcionando, y es precisamente que NO está funcionando, aunque eso no significa necesariamente que esta vez, ahora sí, ése modo de producción vaya a acabar.


No obstante, es muy sintomático que el "capitalism isn't working" haya sido difundido precisamente en la reunión del G-20 en Londres, porque lo que sucedió ahí fue la refundación -otra vez- del propio capitalismo, ahora un poco más humano. Los jefes de Estado que se reunieron ahí, salvo contadas excepciones como Berlusconi (y Sarkozy, un poco) tienen una perspectiva un tanto más social y se han mostrado igualmente un tanto más sensibles a los problemas que aquejan al mundo en su conjunto.


Esto, a diferencia de lo que sucedió en lo años ochenta del siglo pasado en el llamado Consenso de Washington, es algo esperanzador. Sin llegar a desplegar el protagonismo de antaño, el Estado está de regreso, dirigido por hombres y mujeres que saben cómo hacerlo funcionar y hasta dónde llevarlo para hacer funcionar al sistema económico que para poder desarrollarse como tal, tuvo que declararle la guerra y que ahora regresa a él como el hijo pródigo del relato bíblico.


Y aunque parezca que ahora me he derechizado, la verdad es que entre mis compañeros del trabajo soy un ultra izquierdoso. Pero la verdad es que eso de las orientaciones políticas como lo de las orientaciones sexuales, es muy relativo; todo depende desde dónde se mire.


En fin, gracias a mis nuevos lectores, que ya caí en la cuenta de que sí lo hay.


Bienvenidos a este espacio de naderías, nimiedades, similares y conexos.

26 mar 2009

La invención del personaje

Sucede a menudo que algunos productos del pensamiento se nos presentan como realidades autónomas que poco o nada tienen de artificio humano, o bien, como frutos que sólo pueden ser cosechados por sembradores especializados en el cultivo de ciertas parcelas.

La filosofía, por ejemplo, es uno de esos productos. La gran mayoría de las personas consideran que el acto de filosofar es exclusivo de quienes decidieron dedicarse profesionalmente a la actividad de pensar. Sin embargo no es así. Todo tenemos la capacidad de preguntar, de inquirir acerca de aquello que nos rodea; incluso, y más importante todavía, todos tenemos la capacidad de autoreflexionar y por lo menos en algún momento de nuestra vida lo hemos hecho.

Ya desde el momento en que exclamamos esa popular frase de efecto que sentencia que “así es la vida” estamos reflexionando implícitamente acerca de las características de la existencia en el mundo; o cuando en un momento de zozobra y angustia causado por una penosa experiencia sentenciamos “cuando te toca, te toca”, cavilamos acerca de lo efímero, lo contingente y lo determinado.

El problema, en cualquier caso, no es cuán desarrollada pueda estar nuestra capacidad reflexiva y nuestra disposición a filosofar; sino más bien en la percepción inconciente de que el pensar conlleva el dolor de conocer y a nadie que no sea masoquista le gusta experimentar el dolor.

Pero el punto acá no es la capacidad para filosofar, ni el dolor de la conciencia. Eso fue sólo un recurso para ejemplificar que hay ciertas actividades para las que todos estamos provistos, y por lo tanto no debemos verlas como cuestiones ajenas o especializadas.

La invención de un personaje y su representación en el gran teatro del mundo, es otra de ésas capacidades que nos son innatas que desarrollamos casi de forma inconciente todos los días, aunque en algunas ocasiones lo hacemos también en forma deliberada.

Con todo y lo mal que me cae, debo reconocer que Octavio Paz es uno de los autores contemporáneos que se dedicaron explícitamente a reflexionar acerca de la capacidad creativa -presente con más ahínco en algunas culturas que otras- que conlleva a la construcción de un personaje, o bien de una máscara con la cual dicho personaje es representado.

En el ámbito de la filosofía política hace ya más de tres siglos Thomas Hobbes habló del actor y su importancia en el derecho contractual. Y tanto en Paz como Hobbes está presente la misma idea de la representación.

Todas las personas inventamos un personaje que representamos ante las demás; incluso quienes a si mismos absolutamente auténticos representan precisamente ésa autenticidad ante alguien más.

Inventar un personaje y representarlo es una medida precautoria muy relativa. Por una parte nos permite mantenernos a salvo de las demás personas, o más bien, de las demás representaciones; pero por la otra nos conduce a un exceso de histrionismo y por tanto de falsedad. Esto porque la mayor parte del tiempo no sabemos quién está detrás del personaje que observamos actuar ante nosotros. Y así sucede también que a mayor calidad y veracidad del personaje representado por el actor, mayor la decepción cuando éste se muestra a si mismo en su verdadera naturalidad.

Como decía Paz –otra vez, aunque me caiga mal- “un exceso de autenticidad puede conducirnos a formas refinadas de la mentira”.

No obstante, el personaje no sólo sirve para engañar, sino también para divertir y entretener. Incluso puede suceder que un mismo actor sea autor de diversos personajes y represente a cada uno de ellos según sea la ocasión que se le ponga en frente.

Rodolfo Usigli, gran maestro del teatro mexicano contemporáneo, escribió una obra en la que precisamente aborda el tema de la representación y su relación con la mentira y la falacia. Sólo que Usigli no habla de personajes y actores, sino de gesticuladores.

Para el autor de “Ensayo de un crimen” (Usigli, pues), todos somos gesticuladores, tomamos palabras que son de otros y nos las apropiamos con el objetivo de impresionar y tratar de engañar a los demás.

Desde la perspectiva de Usigli todos representamos un personaje y sabemos que los demás hacen lo propio y aún así creemos en sus palabras, con lo cual damos cabida a la falacia, es decir, a ésa figura lógica en la cual la conclusión de dos premisas opuestas es resultado de un razonamiento erróneo que trata de presentarse como acertado.

Así por ejemplo yo represento el personaje del pequeño pretencioso al que no le importa el mundo de los simples mortales, y quizá haya algún lector que lo crea y hasta lo encuentre divertido, que finalmente ése sería el objetivo de mi representación. Pero también habrá quien lo encuentre irritante y como mi amigo Mauro, me mande a la chingada por antipático, mamón y arrogante.

Pero finalmente para eso me he autoinventado. Ya si alguien más cree en mis sandeces o más bien, representa el personaje del crédulo que así lo hace, pues será muy su asunto, pero en lo que a mi hace, representaré entonces el personaje que no compra al personaje que representa al crédulo que finge creer en lo que yo quiero que crea no creer… o bueno, la idea era ésa.

24 mar 2009

El Coco

Hace poco leía un post de Fidel Samaniego, gran maestro en el difícil arte de la crónica, en el cual relataba la confesión que le hacía uno de sus amigos, hombre adulto, casado y padre de familia, respecto al miedo que sentía al vivir en una ciudad tan grande y caótica como lo es la Ciudad de México.

El hombre en cuestión se encontraba en ése momento en un apuro existencial, pues dada su condición de adulto responsable no podía darse el lujo (o el alivio) de mostrar su miedo.

Samaniego, tan agudo y corrosivo como es, decía que en realidad todos tenemos miedo de algo o a alguien, y eso es verdad. Aunque no sé si sea una cuestión cultural o más bien propia de la condición humana, porque siempre han existido de miedos a miedos.

No es el mismo miedo el que se siente al pensar en la muerte, que el miedo generado por la incertidumbre económica. Uno es casi innato, está en nuestra esencia, mientras que el otro es un producto de la cultura.

No obstante, hubo un punto en el post de Samaniego que en principio me causó mucha risa, pero después me hizo pensar que algo de cierto tenía como trasfondo. Y es que él decía que el miedo que experimentaba su amigo se fundaba en realidad en un trauma de la infancia, pues durante generaciones muchas mamás utilizaron como canción de cuna y como recurso intimidatorio la canción del “coco”, ésa que dice: “duérmete mi niño/duérmeteme ya/porque viene el coco y te comerá”.

O sea, jelou, pero ¿cuántos y cuántos niños no fuimos asustados con el “coco”? Yo lo fui y creo que toda mi generación también lo fue, por eso es que somos unos miedosos reprimidos.

En lugar de que se nos hubiera incentivado a hacerle frente al coco y tratar de desvelar su naturaleza ultramundana, se nos enseñó a temerle y a no convocar su presencia con nuestro mal comportamiento.

Visto desde una perspectiva izquierdosa medio marxistoide, el “coco” fue un recurso de dominación ideológica empleado por el poder hegemónico encarnado en la figura materna. O desde una perspectiva pseudolacanina, el “coco” era la prueba fehaciente de que el inconciente está estructurado como un lenguaje, mediante el cual se interioriza una estructura de limitación de la conducta y el pensamiento.

Si todos los adultos contemporáneos nos rehusamos a admitir nuestros miedos, pero más aún, si todos tenemos miedos, eso se debe en gran medida al “coco” que nuestras madres invocaban en sus supuestas canciones de cuna.

Por eso es que ahora el “coco” puede asumir tantas formas como sean las preocupaciones y angustias de las personas.

Para mi el “coco” es el regreso del PRI a la Presidencia de la República en 2012, es Hillary Clinton como Secretaria de Estado de los Estados Unidos; Tzipi Livni y su disfraz de oveja en medio de los lobos judíos que quieren exterminar a los palestinos; es Hugo Chávez y sus intentos de cantar canciones mexicanas; es la posibilidad de que termine atrofiada mi habilidad para expresar sarcásticamente mi visión de la realidad luego de dejar de escribir en este espacio por largos periodos de tiempo.

Y para los sobrevivientes y persistentes visitantes de este blog, ¿cuál es su “coco?

17 mar 2009

¿Normal? ¿Feliz?

Si escribo hasta ahora es porque apenas me he recuperado del episodio de crisis existencial al que me condujeron las críticas "constructivas" mi estimado colega y Doctor en Sabiduría del Mundo, don Mauro Santander Borges.
Es que de veras que vivía en el error hasta antes de que sus sabias palabras me hicieran ver como un émulo mal hecho de Dr. House, o más patético todavía, de Malcom el de en medio, nomás por haber escrito que el amor es un metarelato.
No fue sino hasta que mi estimado colega (quien sabe si todavía sea mi amigo, porque al parecer se molestó que le haya dicho estúpido; aunque, dicho sea de paso, no lo hice como insulto, sino como descripción) me hizo ver que más allá del sombrio mundo de los cafés y las librerías (como si nunca haya sido mi compañero de juerga en otros establecimientos tanto menos respetables de cierto rumbo de la Ciudad de México del que no quiero revelar el nombre, pero que se refiere a las inmediaciones de uno de los mercados más famosos del centro) hay un mundo de unicornios, cisnes y ositos saltarines, cuando me di cuenta de que todo este tiempo había vivido en el error.
Así que de ahora en adelante habré de prepararme para comenzar a ser feliz, lo cual en la lógica de las personas "normales" que no emplean su tiempo en divagar acerca de pendejadas y asuntos sin importancia, significa hablar sobre banalidades, leer sobre naderías y pensar lo mínimo suficiente.
Pero mientras eso sucede, he aquí una cita textual de Bertolt Brecht acerca de ése tipo de personas, con dedicatoria especial para quienes piensan que ser "normal" es ser feliz:
“el peor analfabeto es el analfabeto político. El que no ve, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. El que no sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pescado, la harina, del alquiler o de sus medicamentos, dependen de las decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece e hincha el pecho diciendo que odia la política. No sabe, el imbécil, que de su ignorancia nace la prostituta, el menor abandonado, el asaltante y el peor de los bandidos que es el político corrupto y el lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”.

7 mar 2009

Las narrativas del amor

Eso de alejarse del ambiente académico tiene sus consecuencias; entre ellas olvidar paulatinamente algunos términos, teorías y títulos de libros e investigaciones que pueden resultar útiles en una sobremesa; en una plática casual en los pasillos de una librería con una chica chic que piensa que piensa (con el objetivo declarado de causarle un orgasmo mental); o bien, en la redacción de un texto fatuo y pretencioso, escrito con la finalidad de brindar un momento de solaz y esparcimiento al respetable.

Lo anterior viene a colación porque hace ya bastante tiempo que leí a Llyotard y su fumada ésa de la posmodernidad, formulada allá por lejanos años setenta.

Palabras más, palabras menos, y según lo que entendí de La Condición Posmoderna y de la introducción al estudio de la posmoderniad que leí en un librito cuyo autor no recuerdo, pero que se llama Postmodernidad y está editado por Tirant lo blanc, el pensamiento posmoderno ve a la modernidad y a las demás etapas culturales por las que ha atravesado la humanidad, como grandes relatos presentes en la mente de las personas.

Con el advenimiento de la posmodernidad, esos grandes relatos llegaron a su fin y dieron paso a la simplicidad y la desestructuración de los individuos, cualquier cosa que esto signifique para los franceses, que de siempre han gustado inventar o emplear palabrejas rimbombantes pa’ referirse a cuestiones igualmente estrambóticas.

Como sea, el punto es que para los pensadores posmodernos (léase Lyotard, Vattimo, Virilio y demás hierbas), la modernidad fue una etapa prolija en la creación de lo que ellos llaman “metarelatos”, narraciones que adquieren una dimensión de temporalidad y concreción, como el liberalismo, el marxismo y el cretinismo, que más que un relato es una realidad perceptible en personajes como yo.

En pocas palabras, el metarelato es una historia creada y reproducida para legitimar la existencia de un determinado estado de cosas; por ejemplo, el metarelato del liberalismo se creó para justificar la emancipación de una clase social en ascenso que desplazó mediante la creación de un discurso y la implementación de una estrategia de toma del poder, a otra clase que igualmente había desarrollado un metarelato (el absolutismo) para justificar su hegemonía.

En el metarelato del liberalismo el hombre es presentado como un sujeto dotado de derechos por el simple hecho de ser hombre, y por tanto obligado a ejercerlos. Se trata, además, de un hombre racional que llegado a un determinado estadio histórico tiene que asumir la responsabilidad de pensar y construir su propio entorno a partir de los productos de su pensamiento, que son las ideas reificables en una realidad de normas y prácticas consuetudinarias a las que da el nombre de instituciones, las cuales habrán de garantizar su libertad y fomentar el empleo de su raciocinio.

Sin embargo, con el advenimiento de la conciencia postmoderna, ése relato llega a su fin, porque los hombres caen en la cuenta de que se trata de un discurso que por más estructurado que haya estado, no pudo ni podrá contener o eliminar las pasiones, los miedos y en general todo aquello que conforma la parte volitiva de la existencia. De modo que lo único que existe más allá de los relatos, que son producto del ejercicio y desarrollo de la razón, lo único que existe, es lo sensitivo. De aquí que algunos filósofos como Michel Maffesoli hayan comenzado a hablar de la razón sensible.

Con el fin de los metarelatos también sucumben las ideas de la universalidad y lo absoluto y se da paso, en una supuesta oportunidad para desarrollar plenamente la libertad, a lo subjetivo y a lo relativo, que es válido por el simple hecho de ser algo intuitivo.

II
Así pues, uno de los metarelatos producidos por la modernidad, pero que hunde sus raíces en la antigüedad, específicamente en la cuna de la cultura occidental, que es Grecia, es el metarelato del amor.

El amor forma parte de una constelación de conceptos que Norbet Elías denominó los “universales humanos”, que no son otra cosa que aquellas ideas que en algún momento surgen en la mente de las personas y las culturas, tales como la libertad, la felicidad, lo absoluto y lo universal.

Sólo que a diferencia de esos conceptos, que tienen una definición específica que delimita y esclarece su significado, el amor carece de una acepción precisa y por tanto ha recurrido al desarrollo de múltiples narrativas que tienen la finalidad de justificar ideológicamente la vacuidad o la imprecisión de su contenido.

Ya desde el planteamiento del amor como un sentimiento acudimos a la construcción de una narrativa, pues ¿cómo podemos estar seguros de que lo que se siente hacia un determinado sujeto u objeto puede ser denominado como “amor” y no como correr, pensar o dormir? Incluso la propia palabra es un sustantivo y no un verbo; no describe una acción sino una indeterminación, porque un sustantivo puede ser cualquier cosa, menos una acción. Eso sí, puede ser una actuación o una representación, pero de ser éste el caso, ya no sería una realidad genuina sino una farsa o tergiversación de la realidad.

Otra narrativa que se ha construido para justificar la inexistencia de significado del amor es la que lo asocia a otros conceptos o situaciones, como por ejemplo, la sublimación o el carisma. Y a este respecto un ejemplo muy ilustrativo es el encuentro entre dos personas que con el tiempo pueden desarrollar un vínculo afectivo. En muchas ocasiones es común escuchar preguntas y tentativas ociosas de explicación acerca de los factores que propiciaron el encuentro, como que los planetas se alinearon, o las circunstancias se confabularon, cuando, en realidad, se trató de un acto meramente fortuito, en el cual no confluyeron factores causales; lo cual, puesto en perspectiva, nos llevaría a la conclusión necesaria de que el mundo, la mar de personas que lo habitan, es producto de la casualidad y no de la causalidad; a menos que se tengan en cuenta experimentos deliberados de eugenesia.

Las personas se conocen por accidente y se relacionan afectivamente por accidente. Ya todo lo demás es, como dirían los posmodernos, puro cuento; o sea, pura narrativa.

Por otra parte, las narrativas también tienen la finalidad de justificar una realidad inobjetable y por lo mismo, inaceptable: la realidad del miedo a la soledad.

Las personas se vinculan afectivamente y desarrollan una vida gregaria por el miedo a estar solas, y también por el razonamiento teleológico de que con la ayuda de otros pueden satisfacer mejor sus propios deseos y necesidades.

Pero como ésa realidad resulta muy difícil de aceptar y en muchas ocasiones condenable por considerarse utilitaria y egoísta, se construye otro metarelato: el de la entrega mutua y la fusión en una sola unidad, como si se tratase de un proceso de endosimbiosis. Sin embargo, en este metarelato se esconde una terrible aberración, quizá la más terrible de todas, que es la pérdida de la libertad y la alineación de la conciencia. Es decir, que bajo el argumento de la mutua entrega, las personas renuncian a su capacidad de autodeterminación y terminan supeditando su voluntad y su existencia toda, a la voluntad y la existencia de otro, de tal manera que en algún momento de ése proceso se desconocen a si mismas y se perciben como unidades incompletas.

En suma, las narrativas del amor pretenden esconder un hecho objetivo que igualmente ya desde la antigüedad se había percibido con toda claridad. Ése hecho es que el amor, o lo que se ha denominado con ésa palabra, es una enfermedad psicosomática, temporal y curable, pero peligrosa.