14 jun 2009

De la solitud y otras palabras raras

Además de la incontenible carga de trabajo, que cada día aumenta más y más en proporción inversa con la paga, una de las razones por las que había dejado de escribir había sido la falta de interés en hacerlo. Mi mente entró en una especie de stand by que me daba miedo, porque podía significar que el magnetismo de la frivolidad por fin me había atrapado y que en adelante sería una especie de Frederick Beigbeder región 4, escribiendo sobre mis desventuras existenciales urdidas en los bares de Polanco y las tiendas departamentales.

No obstante, en todo este tiempo algo que me consolaba y tranquilizaba era que mi gusto por la lectura se había conservado intacto; en el lapso de casi mes y medio que dejé de escribir aquí, leí tres buenas novelas y un estudio acerca de la formación histórica del sistema político mexicano. Así que si en algún momento me habría de volver un yuppie mamertin estilo Niño Verde (que Dios me perdone por la comparación), cuando menos emplearía palabras rebuscadas tales como “punzante”, “inveterado” y “anacoluto”.

Y es que por más que lo intentaba, nomás no se me ocurría nada y tampoco nada me inspiraba a escribir, ni siquiera nuestro cada día más decadente sistema político o la alarmante crisis, o la apocalíptica epidemia de influenza humana.

Pensaba que la inspiración o el mero gusto por escribir me habían abandonado, pero ahora he comprendido que no era eso; que no se trataba de un momento de sequía creativa sino la falta de un momento de solitud, que no de soledad, porque son dos cosas distintas.

La solitud es ése momento de intimidad con uno mismo que necesariamente mueve a la reflexión, al contrario de la soledad que es simplemente la ausencia de otros a nuestro alrededor.

La solitud podría definirse con las palabras que empleo Caton para referirse a si mismo:
Nunquam se plus agere quam nihil cum ageret, nunquam minus solum esse quam cum solus esset.

Nunca está un hombre más activo que cuando no hace nada, nunca está menos sólo que cuando está consigo mismo.

Al tener ese momento de solitud caí en la cuenta de que, en efecto, estaba perdiendo ésa vena intelectualoide a partir de la cual he podido expresar mis opiniones y mis reflexiones, pero sobre todo, a partir de la cual puedo entenderme y asumir en mi propia singularidad un tanto complicada y sórdida pero enteramente satisfactoria para mi mismo.

A partir de ése momento las ideas regresaron, emergieron de aquel insondable lugar de mi cerebro al que iban ido a parar, en espera de ser llamadas nuevamente para tomar la forma de palabras y salir al mundo exterior.

Sólo espero tener el tiempo necesario para ponerlas por escrito y compartirlas aquí con quienes tengan la gentileza de leerlas.

Por cierto, un saludo para los fieles seguidores de este espacio, que son pocos pero sectarios.

12 jun 2009

Y cómo no te voy a querer

Definitivamente este ha sido un buen año para mi alma mater, la Universidad Nacional Autónoma de México. Se ha posicionado como la universidad más importante de Iberoamérica en los rankings mundiales, ganó el campeonato de la primera división del fútbol profesional y recientemente ha sido galardonada con el premio Príncipe de Asturias en Artes y Humanidades.

En otro país que no fuera México, los logros de una universidad pública que se posiciona por encima de prestigiosas y antiguas universidades europeas sería motivo de orgullo nacional. Pero aquí, en esta sacrosanta tierra mesoamericana en la que el culerismo define buena parte del ethos de sus habitantes, la noticia de que la UNAM fue reconocida con un preponderante galardón, ha sido motivo de comentarios de diversa índole, que van desde la simple descalificación de la calidad del premio, hasta la repetición de lugares comunes y la exhibición de la más baja calidad humana y resentimiento social.

Uno de nuestros grandes problemas como nación es la animadversión hacia los logros y el progreso de nuestros propios connacionales, fundado en el simple hecho de que quienes han triunfado y avanzado han sido ellos y no nosotros, aunque en el fondo seamos los mismos. De ahí que se nos dé en forma muy natural la descalificación y el desconocimiento.

Entre vecinos y conocidos es muy común la situación que he descrito un tanto rebuscadamente líneas arriba. Si alguien se compra un auto nuevo o se consigue un mejor puesto de trabajo, inmediatamente adjudicamos su logro a un factor negativo y hasta tratamos de boicotearlo o aprovechamos un momento en la oscuridad para, a escondidas, rayarle el coche o sacarle el aire a las llantas.

Somos muy dados a calificar, o más bien a descalificar, antes que a reconocer con humildad y buena fe los logros de los demás.

Así en el caso del reconocimiento que recibió recientemente la Universidad, ha sido lugar común en los foros de los periódicos de circulación nacional, leer comentarios rijosos en tono de descalificación, particularmente de personas de las que se percibe que su principal pasatiempo es fastidiar a las demás y tratar de alimentar la polarización y el encono.

Pero no es eso lo que quiero comentar en este texto, sino más bien desmentir un poco todos aquellos estereotipos que se han construido en torno a la Universidad y los universitarios; aunque en estricto sentido no merecería la pena hacerlo, pues son los propios hechos los que los desmienten.

Quizá el lugar común más común, válgase el redundar, es que en la Universidad se forman puros agentes subversivos, guerrilleros y huelguistas. Pero la verdad es que en un espacio plural, donde lo esencial es el respeto a la libertad del pensamiento y las ideas de los demás, cada cual es libre de adoptar las ideas que más le plazcan y actuar en consecuencia.

En los años setenta hubieron guerrilleros urbanos, principalmente en Monterrey, que no estudiaron en universidades públicas, sino en aquellas privadas dirigidas por la Compañía de Jesús, como fue el caso de algunos miembros de la Liga 23 de Septiembre.
Cierto, en la Universidad hay profesores que confunden la docencia con el adoctrinamiento y quizá son los responsables de que alumnos con anteojeras ideológicas radicalicen su pensamiento. Pero en un universo de más de 300 mil estudiantes y 18 mil profesores, no representan una cifra significativa. Lo que sucede es que algunos medios de comunicación se han encargado de hacerles más publicidad de la debida.

Luego está el otro lugar común de que los egresados de la Universidad no son contratados por las empresas privadas. Pero eso es absolutamente falso, y para muestra yo mismo. Trabajo en una de las pocas empresas mexicanas privadas verdaderamente transnacionales, con presencia en más de cincuenta países, haciendo análisis político directamente para el cuerpo directivo, integrado por vicepresidentes regionales y la presidencia general.

Lo que es más, soy el único egresado de la UNAM y la diferencia cualitativa con mis compañeros de oficina en cuanto al nivel cultural, capacidad de expresión oral y escrita, destreza analítica y conocimientos profesionales es –modestia aparte- más que evidente; mi perfil es crítico sin ser subjetivo, lo que permite observar algunos matices de la realidad política que ellos ni siquiera identifican y mi conocimiento de algunas de las teorías políticas más importantes me permite tener un panorama mucho más amplio, que me coloca en la posición de ofrecer información sistematizada y puntual para la toma de decisiones que implican cuantificaciones financieras muy importantes. Y para hacerlo no tuve que ir a gastar 1000 dólares en un diplomado en análisis estratégico al Tecnológico de Monterrey.

Otro cliché es que los universitarios somos rijosos y agitadores. Y aquí creo que se confunde precisamente el perfil crítico que la Universidad en tanto nacional, le otorga a todos sus egresados precisamente para que sean capaces de procesar la realidad y generar propuestas de solución a los problemas que la aquejan.

Médicos, ingenieros, odontólogos, actuarios, todos los universitarios de cualquier ámbito de conocimiento somos capaces de hacer lo que otros profesionistas formados en otros centros de estudio no lo son: pensar, usar el cerebro para algo más que aplicar en forma acrítica e instrumental los conocimientos adquiridos.

Cierto, como en todos las esferas de la vida social, en la Univesidad hay tanto buenos como malos estudiantes, profesores y egresados. Ya lo dice la inscripción en la entrada a la Universidad de Salamanca, lo que natura non da, Salamanca non presta; que en castellano quiere decir que la universidad no quita lo pendejo.

Pienso que quienes critican y denuestan a la Universidad no la conocen, no saben cómo funciona, y cuál es su función fundamental, que no es, como se pudiera pensar, impartir conocimiento, sino difundir valores. La esencia de la UNAM es precisamente ésa: difundir la libertad, el respeto, la tolerancia, la lealtad, el compromiso.

Es curioso observar que los críticos más acérrimos de la Universidad se identifican con el Partido Acción Nacional, que a últimas fechas ha mostrado una marcada indiferencia hacia la UNAM debido a que sus actuales cuadros dirigentes y gobernantes se formaron en escuelas privadas. Pero sería bueno hacerles saber que el proyecto liberal en un principio definió a su partido surgió de la Universidad, y para más señas, del rector que logró su plena autonomía: Manuel Gómez Morín.

Con todo, es un gran orgullo y una enorme satisfacción saber que pertenezco a la comunidad universitaria, que tuve la oportunidad de impartir clases en sus aulas y que ahora trato de enaltecer su nombre siempre que la ocasión lo permite.

Simplemente es el orgullo de ser UNAM.

11 jun 2009

Who wants to be a millionaire?

Supongo que en algún momento de mi formación profesional me volví elitista en cuestiones culturales; o quizá es a mi perfil académico al que quiero culpar por un rasgo que es propio de mi personalidad y que había aguardado durante algún tiempo para poder mostrarse en todo su arrogante y no siempre simpático esplendor. El punto es que desde hace mucho tiempo me volví demasiado exigente en mis gustos cinematográficos.

Cierto, de vez en cuando me gusta pasar un rato agradable mirando alguna película gringa con muchos efectos especiales, presupuestos millonarios, actores famosos y clichés bastante predecibles.

Sin embargo, las más de las veces que se presenta la oportunidad de ir al cine, rentar una película o comprarla en algún puesto callejero, me gusta mirar historias diferentes a los enredos amorosos protagonizados por Sandra Bullock y Hugh Grant, o de los gags cómicos de los hermanos Cohen. Quizá sea por eso que sólo me gusta ir a un cine de la cadena Lumiere en el que proyectan pelis que al común de los mortales le parecen somnolientas. Y también debe ser por eso que cuando voy al Blockbuster tardo demasiado tiempo en escoger un par de títulos de los cuales sólo uno habrá de gustarme.

Esto último es precisamente lo que me ha animado a escribir estas líneas: una buena película.

Sucede que el miércoles por la noche, en previsión de que en la televisión sólo darían el aburrido partido de fútbol México-Trinidad y Tobago, decidí pasarme por el videoclub.

Los títulos que escogí fueron “Sí señor”, protagonizada por Jim Carrey (y desafortunadamente doblada al español por el insufrible Eugenio Derbez); y “Slumdog millionaire” dirigida por el gran Danny Boyle.

Por sentido común decidí poner primero la peli de Jim Carrey, pero a los pocos minutos me pareció demasiado ligera y decidí que sería mejor verla el fin de semana, ya más relajado. Así que decidí poner “Slumdog millionaire”, de la cual ya había escuchado excelentes críticas, pero por alguna razón no me había animado a mirarla en el cine. Sin embargo ahora que la he visto he quedado gratamente satisfecho porque ¡qué gran historia!

Para quienes no la han visto haré una sinopsis muy breve. Es la historia de tres niños musulmanes que viven en Bombai: Salim, Jamal y Latika, quienes pierden a sus padres durante una de las incursiones de grupos extremistas hindúes a los barrios bajos habitados los sunítas, y a partir de ése momento inician una odisea contemporánea que se sucede en los escenarios más paupérrimos de distintas localidades de la India, mientras ellos, los niños, van transitando hacia la juventud.

En el fondo se trata de una historia de amor -diría incluso que de amor auténtico en caso de que tal sentimiento existiese- entre dos de los protagonistas, Jamal y Latika.

Y aunque ése el hilo conductor de toda la trama, lo sorprendente de esta película es la capacidad para transmitir un mensaje tan antiguo como carente de credibilidad en este momento en el que el nihilismo impulsado por la economía de mercado ha pretendido hacernos creer que en lo único que se puede creer –válgase el redundar- es en lo material y tangible que paradójicamente sólo puede proporcionarlo una representación simbólica como lo es el dinero.

El mensaje que transmite Slumdog millionaire es que más allá del dinero, que es tanto más deseable por cuanto permite salir de la miseria, propiciada por un sistema de distribución desigual de los beneficios del libre mercado, aun es posible creer en algo tan intangible, simbólico y espiritual como lo es el amor; pero no sólo en el amor eros, que en tanto relacionado con el deseo también se ha vuelto un producto de consumo, sino también y principalmente del amor filos, el que se surge por un vinculo inmaterial y por tanto irrespresentable, como lo es el amor del hermano (Salim) dispuesto a sacrificarse por la felicidad del otro (Jamal); o como el amor de Jamal por Latika, que permanece latente a pesar de las circunstancias adversas -haciéndonos recordar la famosa premonición paulina presentada en la carta a los corintios, acerca de que el amor todo lo puede, todo lo espera y todo lo soporta- para triunfar al final, permitiendo a los amantes por fin estar juntos.

Embarrada de la suciedad y el hacinamiento de los barrios bajos de Bombay, Slumdog millionaire es un moderno cuento de hadas que a Charles Dickens le hubiera fascinado narrar y a Ismael Rodríguez, legendario director de “Nostoros los pobres”, protagonizada por Pedro Infante, le hubiera provocado un llanto incontenible.

Definitivamente una gran historia, sólo empañada por ése horrible baile grupal con el que se proyectan los créditos en la pantalla al final de la trama, que nos hace rememorar un video ochenteno de Michael Jackson. Pero fuera de eso, es una película ampliamente recomendable que nos conduce de la risa a la angustia y a la ternura de una forma magistral. Y como toda buena historia de amor, nos deja sólo con la imagen idílica de la pareja feliz, obviando los detalles de la realidad cotidiana en la que con el paso del tiempo los amantes devienen en gordos sedentarios, carentes de todo apetito sexual.

En fin, que no le quiero quitar la parte bonita al texto con mis estrambóticas teorías. Hay que mirar Slumdog millionaire a la primera oportunidad, nada más.

8 jun 2009

Disfrazar la apatía, o de cómo (des)legitimar a las minorías

Habrá quien reconozca su producción literaria como magistral, talvez por genuino gusto y conocimiento de sus enrevesadas y pretensiosas formas sintácticas, y habrá quien lo alabe sólo porque ha recibido un Premio Nobel, el punto es que José Saramago ha vuelta a la palestra política de nuestro país. La primera vez que lo hizo fue cuando le externó sus simpatías al “subcomandante Marcos”, que imbuido en su narcisismo intelectual, no tuvo ni siquiera un mínimo gesto de agradecimiento.

Ahora Saramago vuelve a ser sujeto de menciones en las charlas de sobremesa y en los artículos periodísticos, porque en una de sus novelas -que debo confesar sin ningún dejo de pena o vergüenza que no he leído, porque después de “El Evangelio según Jesucristo” y “La Caverna” terminé aborreciéndolo y considerándolo el Arjona de la literatura; perdónadme ortodoxos, pero eso es lo que pienso y no me arrepiento- hay un llamado al voto en blanco, como una forma de expresar el descontento hacia la degeneración del modelo democrático occidental, o por lo menos eso es lo dice el reseñista que leí esta mañana.

A menos de un mes de las elecciones federales intermedias, en las que se renovará la integración de la Cámara de Diputados, ha cobrado fuerza en los círculos intelectuales y político-partidistas, el debate acerca del voto en blanco; tan ha sido así, que existe una enorme confusión entre el significado del voto en blanco y el voto nulo, que son dos cosas totalmente diferentes.

El voto en blanco es un mecanismo de participación que otorgan algunas legislaciones elctorales para los ciudadanos expresen su desacuerdo o insatisfacción con las opciones políticas existentes, tiene valor estadístico y en ocasiones hasta puede ser determinante para la validez de una elección, aunque esto último sólo se tiene contemplado en la legislación, porque en estricto sentido no ha habido hasta ahora una experiencia en la que el porcentaje de votos en blanco haya sido tan alto como para declarar inválidos unos comicios.

El voto nulo, por otra parte, es resultado de la torpeza del votante al momento de sufragar, o bien, de su desconocimiento acerca de la carencia de validez de un sufragio así emitido.

Un voto se puede anular desde el momento en el que una de las líneas del tache (x) por la opción elegida rebasa el recuadro asignado al logotipo de dicha opción; o bien cuando se escribe una muy sentida mentada de madre hacia algún candidato ocupando todo el espacio de la boleta.

En términos estadísticos el voto nulo no tiene eficacia, precisamente porque es nulo; de manera que para determinar la validez de una elección sólo se cuentan los votos efectivos.

Así las cosas, ¿cuál sería la opción en México de cara a la elección de Julio próximo: anular el voto o votar en blanco?

Desafortunadamente ni la primera ni la segunda, sino todo lo contrario. En México no existe ninguna disposición en la legislación electoral que otorgue validez a los votos en blanco y, estadísticamente, resulta muy difícil diferenciar entre un voto anulado por voluntad propia del elector de uno anulado por su torpeza a la tachar la boleta.

Pero eso sí, votar en blanco o anular el voto dejaría en posibilidad de que quienes definan la elección sean las minorías que acudan a votar por X o Y opción. Y aquí es donde radica el gran riesgo y la irresponsabilidad del llamado a anular el voto, protagonizado por la siempre políticamente correcta e impoluta intelectualité progresista de este maravilloso país de globos, bicicletas, avioncitos que se caen y gripes porcinas.

Anular el voto o votar en blanco es como no haber acudido a votar, y en ése caso, es mejor quedarse en casa para no alterar el estimado de abstención, que rondará por ahí del 60% del padrón electoral.

Y he aquí otra razón más para no hacer caso a ese llamado tan heroico: si de por sí el porcentaje de abstencionismo indica que de cada 10 electores sólo cuatro decidirán, la anulación del voto reduciría aun más esa proporción, sólo tres de 10 electores decidirán por una inmensa mayoría, mientras que uno irá ingenuamente a hacer nada a la casilla; o más si hará algo, acudirá a legitimar a las minorías decidiendo por las enormes mayorías valemadristas.

Lo que menos necesita el país en este momento es un déficit de legitimidad de sus instituciones, que está por encima de los individuos que las hacen operar. Manlio Fabio Beltrones puede ser un mafioso, Peña Nieto un frívolo y Calderón un pelmazo, pero son lo que tenemos y si nos ponemos rigorosos con nosotros mismos, son lo que nos merecemos.

Si vamos a las urnas y votamos por alguno de ellos, así de dientes para afuera, podremos exigirles cuentas, acciones de gobierno eficaces y leyes acordes a la realidad del país. Y ellos, con todo lo poderosos que nos puedan parecer, se verán presionados a rendir cuentas.

Lo más fácil es ponerse la chaqueta de ciudadano digno, informado, ético y responsable, como lo hacen los promotores del voto nulo; pero ¿y después qué? ¿Quien hará la chamba que hacen esos políticos vapuleados? ¿Carmen Aristegui? ¿José Antonio Crespo? ¿Jacobo Zabludovsky? ¿Alejandro Martí?

No lo creo y tan sólo imaginar a Aristegui como secretaria de Gobernación me causa calosfríos.

Así que mientras no haya quien quiera asumir la responsabilidad de actuar políticamente, no hay más que echar mano de lo que tenemos.

Es terrible, lo sé; pero podrá ser pior si no vamos a votar o si anulamos el voto con un muy sentido aunque procaz “Peje, vas y chingas a tu madre”.

6 jun 2009

Reinvención y cambio de piel

En tanto conjunción de materia y energía que conforma horizontes de sentido hacia los cuales encaminamos nuestra existencia, la vida nos enseña una lección muy importante: ésta es que nada permanece estático, que todo cambia, se transforma.

Los cambios pueden ser graduales o espontáneos según se los quiera ver o según sea la materia sujeta a la transformación. Nacer, crecer y morir es para los hombres un proceso generalmente largo, pero en ocasiones contingente.

La evolución del Universo desde una pequeña concentración de energía hasta la inconmensurable expansión en la que ahora se encuentra, ha sido un proceso que ha requerido una gran cantidad de tiempo desde la perspectiva finita de quienes sólo estamos un poco, casi un instante, existiendo en un pequeño grano de arena que representa nuestro planeta en la inmensidad de formas estelares; pero quizá ha sido precisamente un instante desde otra concepción de la temporalidad.

En un nivel tanto más aterrizado, en el ámbito de la conducta y las costumbres de los hombres y los pueblos, la noción de civilización simplemente no existiría si los conglomerados humanos permanecieran inermes, sujetos y preocupados tan sólo por la satisfacción de las necesidades vitales básicas. Pero como no es así, la vida humana ha evolucionado desde las remotas y toscas figuras antropoides que se refugiaban en las cavernas, siguiendo los impulsos de sus sentidos, hacia personas autoreflexivas, concientes del poder del pensamiento y la palabra, que pueden preguntarse por su origen, misión y destino en el mundo, para descubrir al cabo de un momento de haber iniciado sus elucubraciones, una ley del Cosmos que siempre había estado ahí, aguardando a ser descubierta: que nada se crea ni de destruye, sino sólo se transforma.

En ése contexto se sitúa la decisión de cambiar la imagen de este pequeño y anónimo espacio.

Después de tres años en los que la inconstancia, la fruslería y la fatuidad han sido paradójicamente la constante de este blog, he decidido darle un giro en la imagen y en la medida de lo posible -es decir, en la medida en que la inercia de mi innato estilo corrosivo y arrogante me lo permita- un cambio en el contenido.

En adelante, y esto como reacción a la hambruna de diálogos inteligentes, propiciada por el ambiente social en el que ahora me desenvuelvo profesionalmente, trataré de escribir sobre alguno de esos temas que constituyen los universales de la sociedad humana, como solía decir Norbert Elías.

En lo personal la escritura siempre ha sido una forma de terapia emocional, así como un medio de recreación y placer intelectual; escribo no para buscar un público lector, ni para formar una comunidad o red social, como es el caso de muchas personas que deciden comenzar una bitácora virtual. Escribo más bien porque siento la necesidad de plasmar en letras mis pensamientos y opiniones sobre las personas, las ideas y las cosas que me rodean. Escribo porque me gusta ejercitar mi imaginación mediante la creación de escenas, historias y personajes que pueden vivir, experimentar y expresar emociones diversas. Aunque debo confesar que también escribo para provocar, para llevar la contra y señalar los puntos que por comodidad o conveniencia suelen ignorarse generalmente.

Imaginación y provocación son dos buenos alicientes para la reflexión y la crítica que, además, no me molesta; porque al final ha sido el resultado de un proceso de pensamiento, propiciado por el contenido de mis letras.

Así que esos serán los derroteros de la nueva etapa que a partir de ahora inicio en este blog, que por lo demás seguirá siendo de estupideces sin sentido.

Y como no pretendo convertirme en un ídolo de las masas lectoras (en caso de que existan), seguiré dejando mis palabras sueltas en las aguas de la red, para que sean pescadas sólo por aquellos que por franco interés o mórbida curiosidad se vean motivados a leerlas.

Asimismo seguiré siendo un escribidor malagradecido y ajeno a la dinámica de la lectura-comentario recíproca, que es la base de las redes de escribidores-comentadores de los blogs. Con toda honestidad debo de confesar que mi arrogancia me impide leer otras ideas que no sean las mías, y más aun si aquellas son tanto o más pretenciosas como las que suelo verter en el procesador de textos de mi notebook.

En lo venidero también intentaré ser más constante y publicar uno o dos textos por semana en un día específico, que será martes y/o sábado, para evitar la tentación de escribir sobre las vicisitudes mi vida cotidiana, es decir, de lo insufribles que son algunos sujetos con los que tengo que compartir buena parte del día compadeciendo algunas veces sus limitaciones lingüísticas e intelectuales, otras burlándome abiertamente de ellas sin que los sujetos de marras caigan en la cuenta.

Así pues, espero que este cambio de piel sea el augurio de una nueva época de este blog, que habrá de permanecer tanto tiempo como Google lo considere conveniente.

Un saludo para ti, estimado lector, lectora, que gentilmente has prestado atención a este post. Gracias por tu visita.

27 may 2009

Out of service

En remodelación...

30 abr 2009

Y cuando ya éramos muchos... I

Cuando todo mundo pensaba que ya nada más podría contaminar el milagrosamente respirable aire de la Ciudad de México y sus alrededores, ahora resulta que pulula por todos lados el virus de la gripe porcina que ya también comienza a ser conocido como el mexican flu.

Y sí, también cuando todo mundo pensaba que en una ciudad como ésta en la que a millones de personas nos tocó el infortunio de vivir, ya nada podría resultar sorpresivo, después de la matanza de Tlatelolco, el terremoto de 1985, el chupacabras y el pejebloqueo de la avenida Reforma, resulta que un invisible pero furtivo virus nos ha colocado al borde la histeria.

Apenas el día jueves por la noche la vida transcurría dentro de los razonables límites de la angustia existencial causada por la crisis económica, que con todo y los anuncios optimistas de los actores de Televisa, y los todavía más ridículos y manipuladores de Coca Cola, con todo y la historia del viejito centenario que visita a un recién nacido incluida, ha calado hondo en el estado de ánimo de las personas; apenas ése día, pues, nuestra vida aun era normal.

Muchos empleábamos las últimas horas de ése jueves mirando la televisión, cuando repentinamente salió a cuadro el descuadrado secretario de Salud, para anunciarnos que había fallado en su chamba siendo totalmente incapaz, con toda la estructura burocrática y operativa de esa dependencia, de prevenir el brote de una epidemia causada por una extraña mutación del virus de la influenza.

Millones de personas a lo largo del país, pero particularmente a lo largo, que no es mucho, pero es algo, de la Ciudad de México, escuchamos impertérritos que se había confirmado la muerte de 16 personas por causas directamente relacionadas con ése virus. Y todavía más sorprendidos escuchamos que como medidas precautorias tendríamos que evitar lugares concurridos, no saludar de mano o de beso, no tocar pasamanos, personas con síntomas de gripe y en general a todo el mundo.

Lo peor sobrevino cuando se anunció la suspensión de clases en todos los niveles del sistema educativo.

Qué bien por los estudiantes, porque evitarían salir de casa y exponerse a los riesgos de una epidemia que se antojaba bastante atroz por el cuadro patológico descrito brevemente. Pero, ¿y el resto de los comunes mortales que tendríamos que ir a trabajar a la de a fuerza, qué?

Pues nada, que nos tuvimos que chingar a salir a la calle con temor, suspicacia y recelo de cualquiera que caminara adelante, al lado o detrás nosotros.

Para mi mala suerte de hipocondríaco desprevenido, no tenía al alcance un cubrebocas, con todo y que la noche del jueves, mientras el secretario de Salud describía los síntomas de la gripe porcina, yo sentía que los tenía todos y ya me encontraba agonizante escribiendo mi testamento.

Así, el viernes por la mañana tuve que salir de casa tan sólo con la encomienda a toda la corte celestial para que no me tocara en el trayecto ningún griposo porcinoso que representara un riesgo de contagio andante.

Y bueno, está de más decir que ésa mañana eché mucho de menos haber vendido mi cochi y tener que viajar en el popular, democrático y muy riesgoso metro, pero de todos modos lo digo: extrañé no tener coche.

Atención terroristas aficionados y profesionales: si hay un lugar que puede ser propicio para propagar un virus mortal y contagioso, ése lugar es sin duda el metro de la Ciudad de México: un espacio cerrado, súper concurrido y dotado de pasamanos atiborrados de un sinnúmero de bacterias de diferentes procedencias.

Todo mundo se miraba con sospecha y hasta un leve bostezo era causa de una mirada represiva dentro de ése gusano naranja en el que ahora sí, puede pasar de todo: desde intentos de magreo perpetrados por hombres disfrazados de mujeres, hasta tianguis culturales, baños sauna y, ahora, contagios masivos de virus potencialmente mortíferos.

El sábado me tocó tener que salir de la ciudad junto con mi madre, que pasó por mí en su coche y, obvio, me puso a manejar. Nuestro destino era Veracruz, y si de por sí a quienes vivimos en el DF no nos quieren en los estados del interior de la república por gandayas y mala leche, pues ahora nos quieren aún mucho menos. Así que en esta ocasión fuimos víctimas de una discriminación aún más acentuada tan sólo por el origen de las placas de circulación del auto de mi mamá, que ya ni siquiera vive en la ciudad.

Para ése día por lo menos en los estados de Hidalgo, Puebla y Veracruz aún no había una alarma generalizada, pero para el domingo por la tarde la situación comenzó a adquirir tintes de psicosis colectiva.

La ciudad era un completo desierto. El metro estaba semivacío y quienes viajábamos en él nos mirábamos con recelo y suspicacia.

El lunes fue el acabóse. Justo en el momento en que el secretario de Salud actualizaba las cifras de casos sospechosos y confirmados de swine flu, la Ciudad de México fue sacudida por un sismo de 5.8 grados en la escala de Ritcher.

A esa hora, las 11:46 de la mañana yo me encontraba trabajando en el piso 18 de una torre compuesta por un total de 19. Si de por sí los comentarios del día eran acerca del temor que se percibía con la situación de emergencia sanitaria, la sacudida de un sismo que provocó que mi silla neumática provista con ruedas se moviera un par de centímetros, fue la cereza en el pastel de neurosis, angustia y ansiedad que ya se había cocinado en todo el Distrito Federal y algunos estados de la república.

Los comentarios de los blogs y los foros de discusión de los principales diarios del país rayaban en la histeria y el humor negro. Hubo alguien que escribió al estilo Homero Simpson: “Jehvus, nada más mándanos otra señal para confirmar que no nos quieres”; o aquel otro que escribió: “¿qué sigue ahora, la erupción del Popocatepetl?” en alusión al volcán que se encuentra a unos kilómetros del Distrito Federal, yendo hacia el oriente, en dirección al estado de Puebla.

Hubo incluso el chiste local, que ya publiqué en este espacio: ¿qué le dijo el DF a la influenza? ¡mira cómo tiemblo!

La situación no daba para menos, o para más, según se quiera ver.

Ya para el martes era generalizado el uso de cubrebocas en las calles y lugares públicos, y las indicaciones de prevención en las oficinas y lugares de trabajo eran muy claras y obligatorias.

En mi caso, la indicación fue usar cubrebocas todo el día, lavarnos constamente las manos y desinfectarlas con alcohol en gel, limpiar el lugar de trabajo y emplear bolsas para desechar en forma aislada los pañuelos y cubrebocas empleados durante la jornada laboral.

Ya por la tarde comenzaron a circular las primeras teorías de la conspiración, fundadas en nuestra muy mexicana desconfianza en la información pública y en el recelo a todo lo que los demás hacen bien, sólo por el hecho de que lo hacen ellos y no nosotros.

Que si fue un ataque bioterrorista, que si fue un complot urdido por el G 20 durante su reunión en Londres, que si el Opus Dei y sus malignos planes de dominar el mundo, que si eran miles de muertos e infectados desde diciembre de 2008 mantenidos ocultos por el gobierno.

Ésos rumores combinados con el pésimo manejo de la información dado por las principales televisoras del país, provocó que gente sana comenzara a sugestionarse y a enfermarse de hipocondría. En lo personal debo reconocer que el único síntoma de la swine flu que me ha aquejado es el cansancio crónico, pero eso ha sido incluso desde antes de que el virus mutara de la forma en que lo explicó Dereck, un niño de cinco años: “un adulto se enfermó de gripa, se la contagió a otro adulto y éste se la contagió a un puerco”.

La situación, para el día miércoles, se complicó un poco debido a la desafortunada medida tomada por el gobierno del Distrito Federal, de cerrar los establecimientos comerciales como los restaurantes, que sólo podrían servir comida para llevar, lo que provocó que personas como yo, que comemos fuera de nuestros lugares de trabajo, tuviéramos que hacer filas afuera de sitios como Burger King o Vips, para poder comprar comida. Ésa imagen sí fue deprimente. Fue como estar en un campo de refugiados esperando a recibir la ración diaria. Pero fuera de eso, la vida siguió su curso.

Esto, para quienes eventualmente llegasen a leerme desde otro país del orbe, es lo que ha sucedido en la vida cotidiana México, desde mi muy particular y subjetivo testimonio.

No hay, como podría suponerse a partir de las fotografías publicadas por diarios como El País, El Mercurio, Le Monde o Il Corriere della Sera, una situación de crisis social.

Cierto, ha disminuido sensiblemente la actividad económica, laboral, cultural y turística; pero créanme, la vida sigue.