9 jul 2013

Abismo

Llegados a cierta etapa de la vida nos cuesta adaptarnos a la realidad ¿o más bien nos cuesta resistirla y por eso mejor optamos dejarnos llevar por su caudalosa corriente, sólo con la conciencia de no estar de acuerdo con ella?

Es muy probable que a muchas personas eso nos suceda. De pronto caemos en la cuenta de que hemos crecido y que todas esas retóricas que acompañaron una parte de nuestra juventud han dejado de tener vigencia, y con ellas los bríos para defenderlas y más aún, para promoverlas. Quizá lo único que quede sea la nostalgia del recuerdo y un discreto dejo de frustración por todo aquello que no se hizo y no se dijo. Quizá lo único que quede sea el vacío o la ausencia de imaginación, de anhelos y fuerzas para emprender nuevas batallas y afrontar nuevos retos.


¿En qué momento sucede todo eso? Es lo más irónico: no lo sabemos. Pero de pronto está ahí, como si fuese el filo de un abismo ante el cual el vértigo en vez azuzar el instinto de sobrevivencia lo inhibe y hace que uno se pregunte si arrojarse al vacío no será acaso la única forma de desaparecer todos esos sentimientos de desesperanza, frustración y tristeza. 

5 jul 2013

El fútbol y la conspiración de las cantinas

Quizá con el paso del tiempo lo que despuntaba como una actitud crítica y refinada por virtud de mi cercanía con los círculos intelectuales universitarios (¡ay pero qué mamón se ve esto!), ha devenido en vulgar y ordinaria intolerancia o en deplorable y rancio elitismo; el punto es que algunas manifestaciones culturales y sociales comúnmente aceptadas y reproducidas por la mayoría, me resultan irritantes. Las más de las ocasiones tal irritación la aduzco a una especie de esnobismo prevaleciente de forma inconsciente en esas mayorías, con el objetivo de construirse o sentirse parte de una identidad colectiva o de un cierto patrón de “normalidad”.

En otras palabras, a veces tengo la impresión de que la gente hace lo que hace porque lo considera “bueno”, “refinado”, “actual”, “correcto”, “acertado” o de “buen gusto”, simplemente porque alguien más también así lo considera, sin reparar que todas esas valoraciones con frecuencia les son impuestas por agentes externos y más bien son asumidas en forma acrítica.

Para ilustrar lo anterior tómese por ejemplo el fútbol. En sus inicios, como algunos otros deportes, era un ritual religioso –rasgo que aun prevalece en forma notoria para observadores con un poco de sentido común- practicado por nobles, guerreros y sacerdotes. Mucho tiempo después se convirtió en un juego profano practicado por el populacho; de aquí su “popularidad”, es decir su carácter plebeyo. Así prevaleció durante mucho tiempo, hasta que en los tiempos contemporáneos resulta que se ha convertido en una actividad de culto y enajenación de las masas.

Sí, quizá pueda parecer una apreciación demasiado exagerada. Pero cuando escucho los programas radiofónicos, leo los encabezados de los diarios deportivos o los comentarios de sobremesa en los comederos oficinísticos, me queda la impresión de que el fútbol, particularmente el europeo, se ha convertido en un objeto de culto y reproducción del aspiracionismo tan presente en los sectores medios y medios bajos de la sociedad. Cuando se escuchan con detenimiento esas charlas se puede identificar una especie de suficiencia argumentativa respecto a las capacidades tácticas de tal o cual equipo, a los talentos personales de X o Y jugador y a la productividad y eficacia del equipo A respecto al equipo B mediante la cita escrupulosa de las últimas estadísticas de anotación, tiros a gol o balones recuperados.

Pero ese no es el problema. Cada quien tiene el derecho a emplear su memoria en lo que mejor le plazca, así como a aparentar lo que así convenga a sus intereses laborales (quedar bien con el jefe demostrando los amplísimos conocimientos históricos, estadísticos y tácticos respecto a los equipos más prestigiados de las ligas inglesa, española e italiana), afectivos (impresionar al personaje oficinesco o talleresco que finge gustar de los deportes para sentirse aceptado por los demás o para asegurar su lugar en el comedor a la hora correspondiente) o viriles (demostrar que el tamaño de sus genitales es proporcional a sus conocimientos sobre ligas, jugadores y torneos).

El problema, el maldito y jodido problema, es que todos aquellos a quienes nos vale un reverendo rábano el fútbol y los mecanismos de manipulación y enajenación empleados por los grupos hegemónicos del capitalismo deportivo (no cabe duda: sigo siendo un insensible socialista irredento) tengamos que padecer el esnobismo y el aspiracionismo de esas masas palurdas cuando, al asistir a un restaurante a la hora en que por la televisión están dando un partido de fútbol, sencillamente es imposible encontrar una mesa disponible.

Incluso he llegado a sospechar que los torneos de fútbol nacionales e internacionales han sido confeccionados por la FIFA en contubernio con una cofradía secreta de restauranteros y dueños de bares y cantinas. De otra manera no me explico cómo es que cada dos semanas hay un juego Real Madrid vs. Barcelona, o Inglaterra vs. Francia transmitido en vivo.

Es claro que el fútbol es un espectáculo y como tal un divertimento. Sin embargo no está de más pasarlo de vez en cuando por un crisol crítico, porque el otro lado no tan amable de un espectáculo es el negocio. Y el fútbol es un negocio indecentemente millonario en el que no sólo se comercia el trabajo de un jugador, traducido en sus capacidades y habilidades, sino el patrocinio de los equipos, la publicidad en la transmisión de los partidos, el marketing de todos los productos adyacentes (jerseys, souvenirs, consumibles dentro y fuera de los estadios) y, desde luego, las reservaciones de las cantinas, bares y restaurantes.

Está bien emocionarse porque a mitad de la semana transmitan los partidos de la Copa Confederaciones y a la siguiente la Champions Ligue y a la más siguiente la Copa Pistón o como quiera que la hayan nombrado los publicistas. Pero también estaría bien detenerse un momento a pensar que más allá del rato de diversión, el fútbol no deja nada más que pérdidas económicas para los espectadores y aficionados, reflejadas en el consumo de la cantina, el pago de los boletos para asistir al estadio, la compra de las revistas y diarios deportivos, así como de la basura que suele anunciarse en las transmisiones en vivo y en los programas deportivos.

Está bien saber cuántos goles ha anotado Messi (o como se escriba, da igual), pero también estaría bien preguntarse si él y su equipo pagan los suficientes impuestos, o si es decoroso que un jugador que es el ídolo de las amplias masas de desclasados viva en la opulencia, mientras que éstos últimos están al borde del pauperismo propiciado por la crisis económica que padece buena parte de Europa.

Y más aun, en el caso de la afición mexicana que suele atestar las cantinas y restaurantes de las zonas oficinísticas, cabría preguntarse si esa exacerbada afición por el fútbol, los equipos y los torneos europeos no es más bien un vehículo de escape ante la mediocre realidad del fútbol nacional, secuestrado por los intereses de las televisoras y la falta de exigencia de la propia afición ante los pobres resultados ofrecidos por los jugadores, los entrenadores y sus directivos. Porque ese es el otro lado del problema: si el fútbol en México es mediocre en parte se debe a una afición conformista que no exige y no presiona para que el espectáculo deportivo eleve su calidad, lo cual también demuestra su mediocridad como consumidora.

Eso lo saben muy bien los directivos, las televisoras y la cofradía secreta de cantineros y restauranteros, que constantemente conspiran para mantener narcotizadas a las hordas de aficionados godinezcos con torneos puñetones, pero llenadores de localidades.

Sin embargo, no siempre será así. O al menos eso espero yo y seguramente muchos más que hemos tenido que padecer los inconvenientes de no poder comer y charlar decentemente porque las masas de simios sin cultura están mirando pasivamente cómo 22 gatos corren detrás de un balón.

P.S. Un saludo cordial para los visitantes que leen las entradas anteriores. Muchas gracias por hacerlo. Ya he publicado sus comentarios. Me da gusto saber que de vez en cuando las idioteces que se me ocurren le resultan entretenidas a alguien más.

24 jun 2013

Nostalgeos

-¿Qué te sucede?- preguntó el viejo maestro al discípulo, quien se hallaba sentado a un costado suyo al filo de aquella peña, desde que la cual contemplaban los tupidos arces y abedules que cubrían con la sombra de sus frondosas ramas el suelo de aquella fría región. El aire soplaba liviano, agitando suavemente los cabellos de ambos, ondeando como lábaros sus amplios y ásperos hábitos. El sol, que caía lentamente a sus espaldas, arrojaba sus últimos tibios rayos sobre el denso bosque de distintos matices de verde y marrón que yacía a sus pies, mecido discretamente por el viento que al rozar su follaje producía un sonido lastimero.



-Maestro- preguntó el joven discípulo- ¿alguna vez en su juventud anheló ir más allá de donde podían mirar sus ojos? Quiero decir ¿alguna vez quiso descubrir el mundo? ¿sus pueblos? ¿sus costumbres? ¿sus lenguas? ¿Alguna vez se sintió prisionero de sus circunstancias, atrapado en un círculo, en una rutina?



Mientras hacía estas preguntas, el joven aprendiz mecía sus pies en el vacío y mantenía la mirada fija un punto indeterminado, al tiempo que el viento que comenzaba a tornarse frío pegaba directo sobre su cara, levantando sus cabellos castaños.



El maestro, por su parte, jugueteaba con los nudos del cordón que ceñía el sayal alrededor de su cintura. Al cabo de escuchar las preguntas permaneció un momento en silencio para, acto seguido, hablar en los siguientes términos:



-Creo saber cuál es la pena que te acongoja, joven amigo. Se llama nostalgia y contrario a la común creencia, no es un sentimiento de anhelo por el pasado. Los griegos le llamaban "nosteo" y "algeo"; con lo primero querían significar el deseo por la gloria pasada, por el hogar que se ha dejado atrás, por la patria lejana. Con el segundo denotaban el dolor causado por la evocación, la tristeza y la melancolía generadas por remembrar las presencias ausentes; los recuerdos de los que no están presentes, pero están ahí: en la memoria y en el pensamiento.



Pero también -prosiguió el viejo con un tono doctoral- describían la "nostalgeos" como la necesidad de estar en otra parte o en otra condición; de transcender la temporalidad y la espacialidad. Era un sentimiento indicativo del despertar de la conciencia a la universalidad, al saber que allende las fronteras individuales, más allá de las circunstancias que mencionabas, también habían un mundo y un cúmulo de experiencias aguardando a ser vividas.



Todos en algún momento hemos sentido nostalgia, dolor por existir, anhelo por regresar, deseo de trascender, necesidad de estar en otra parte. Eso no representa ningún problema. El desafío, porque se trata de un reto que constantemente debe ser superado, es afrontarla sin morir en el intento.



-Pero ¿cómo se puede hacer eso maestro- interrumpió bruscamente el discípulo la disertación de su tutor- cuando ese sentimiento es tan fuerte y desgarrador; cuando la frustración nubla el juicio y el discernimiento, cuando la propia conciencia señala la imposibilidad que las economías refuerzan?



Al pronunciar estas últimas palabras la voz del joven registró un discreto quiebre y sus ojos, siempre curiosos y alegres, se rozaron agobiados indicando hasta qué punto la pena que padecía lo desbordaba.



El maestro notó ese detalle y levantándose cuidadosamente de la orilla de aquel risco se volvió hacía el sol que ofrecía sus últimas luminiscencias, las cuales coloreaban el horizonte con suaves tonalidades rojas, azules y verdes que realzaban el titilar de los primeros luceros de la tarde. Sin apartar la vista de esa escena, el viejo reanudó su discurso.



-El desafío, como te decía antes de que tu arrebato le robase la palabra a tu razón, es afrontar la nostalgia. Y para ello la clave es mirarla como una oportunidad para aprender, como una corriente contra la cual hay que navegar. Porque será siempre en la adversidad en donde ejercitaremos la fuerza del espíritu y no en los momentos de sosiego, que aletargan la conciencia y reblandecen el alma.



Por eso nunca rehuyas a las complicaciones y las complejidades.



Cierto, ellas son como las tormentas que azotan inclementes a las pequeñas embarcaciones en medio del océano. Pero si los navegantes conocen los caprichos de los vientos, bien pueden superarlas. Así como ellos, tú tienes que aprender a conocer los caprichos de tu espíritu. Pero más importante aún: debes aprender a dominarlos. Por eso debes afrontar esa nostalgia que ahora te embarga y preguntarte qué la ha causado: ¿una añoranza del pasado? ¿un anhelo del futuro? ¿una imposibilidad del presente?



Cuando hayas reflexionado lo suficiente en torno a esas preguntas, entonces la noche que ahora envuelve a tu alma anunciará la proximidad del alba y la claridad del nuevo día. Y ahí es donde tendrás que mostrar firmeza en tu decisión, para afrontar con entereza, satisfacción y determinación todas sus consecuencias.



No sé si con esto haya contribuido a responder tus cuestionamientos. Pero en cualquier caso, no eches estas palabras en un saco roto, que en ellas algo de razón existe. Ya en otra ocasión, cuando tus ánimos se encuentren apaciguados, te mostraré las enseñanzas de los maestros de la Stóa poikilé. En esa ocasión también procuraré que no estemos en un lugar tan alto como éste, para evitar que el vértigo que experimenta ahora tu existencia te provoque ganas de volar hacia el vacío...



Concluida su perorata, el maestro se levantó la capucha de la espalda, la colocó sobre su cabeza, unió sus manos sobre su regazo, bajó la mirada y comenzó a caminar por el sendero serpenteante que conducía hacía el monasterio.



El discípulo, que había flexionado su pierna derecha a la altura de su pecho, la rodeó con ambos brazos y como si se tratase de alguien que estuviese sentado a su lado, recargó en ella su mejilla derecha y permaneció en esa posición mirando hacía el frente, sintiendo como el gélido viento bañaba su cara.


16 may 2013

Castelo Branco y el amor de perdición

En 1856 Portugal apenas superaba la contingencia sanitaria propiciada por una epidemia de cólera iniciada en 1853. En el resto de Europa, pero principalmente en Inglaterra y Alemania, comenzaban a organizarse los movimientos obreros que posteriormente darían origen a los partidos políticos laboristas, algunos de corte socialdemócrata y otros más canteados hacia el comunismo tan activamente promovido por Carlos Marx y Federico Engels por aquellos días. En Francia, Napoleón III instauraba el Segundo Imperio cuya influencia se hizo sentir incluso allende el Atlántico, como lo pudieron constatar los ecuatorianos con su idea de un Protectorado tutelado por el Imperio Francés y desde luego, algunos años más tarde los mexicanos con la invasión del ejército imperial.

En el ámbito literario la denominada revolución romanticista, que por increíble que parezca fue iniciada por los alemanes (creadores del idealismo y de la versión más acabada del racionalismo ilustrado con Kant y Hegel a la cabeza) y los ingleses impulsores del empirismo y el pragmatismo en las obras de Hume y Pierce, era reemplazada por el realismo impulsado por los escritores españoles y franceses.

En ese contexto, aunque ignoro la fecha precisa, fue en el cual se conocieron Camilo Castelo Branco, entonces incipiente escritor portugués avecindado en Oporto, y Ana Augusta Vieira Plácido, una mujer que fue a Castelo Branco lo que Bettina Von Armin a Goethe, una especie de fan empedernida, aprendiz de escritora inteligente y lúcida, aunque a diferencia de Bettina, bastante fea.

Su relación, al igual que las de los personajes de las novelas de Castelo, o quizá inspiradas en ella, fue tormentosa, prohibida, perseguida y estigmatizada. Cuando se conocieron, en aquel lejano 1856, ella tenía cinco años de matrimonio arreglado por su padre con un comerciante emigrado de Brasil, razón por la cual en 1860 fueron acusados por adulterio y Castelo, de 35 años entonces, condenado a un año de prisión al cabo del cual continuó su relación con ella pese a que seguía formalmente casada con Manuel Pinheiro, quien fallecería dos años después en 1863.

Un año antes, y en medio de las calamidades que afrontaba su relación marcada por el rechazo moral de la sociedad portuguesa de entonces, Camilo había publicado “Amor de perdición”. Una historia hecha con todos los rigores que dictaba el canon romanticista del que él fue uno de los últimos exponentes y que había sido escrita precisamente durante su reclusión en la cárcel de Oporto.

Esta obra aborda la historia de Simón Botello y Teresa de Albuquerque, dos jóvenes presuntamente enamorados que, como lo indica el nombre de la novela, son llevados a la perdición por causa de un sentimiento o cúmulo de sentimientos confusos que, si las circunstancias y tribulaciones que tuvieron que afrontar les hubiesen permitido detenerse un momento a analizarlos, tal vez habrían concluido que ni siquiera podían ser llamados “Amor” y que todo lo que padecieron, incluida la muerte y el destierro, no era necesario ante el tamaño de esa trivialidad.

Pero muchas veces las supuestamente “grandes historias de amor”, son así. De hecho tengo una teoría al respecto, a la cual he denominado la “paradoja de la Bella Durmiente”, inspirado desde luego en la parte no bonita de este cuento que por tener tal característica es poco conocida. Me refiero al hecho de que en las historias convencionales de amor, los amantes pasan todo el tiempo luchando contra las vicisitudes que amenazan a su relación y al cabo de vencerlas todas sólo conocemos que “vivieron felices para siempre”, cuando en realidad no es así.

En una de las versiones más antiguas de “La Bella Durmiente”, la relación entre ésta y el noble que la encuentra en el castillo abandonado –y que prácticamente la viola al sostener relaciones sexuales con ella mientras está en el trance profundo del sueño causado por la astilla evenenada- dura apenas una semana, después de la cual él la abandona para regresar con su esposa, quien al enterarse de su amorío y más aun, de que producto de la violación, la princesa durmiente tuvo gemelos, manda a secuestrarlos y ordena al cocinero prepararlos como plato fuerte para la cena mientras que para la princesa dispone una cruenta muerte en la hoguera.

Como se puede apreciar, el amor romántico ideado en la imaginación de escritores como Castelo, Goethe, Musset y un largo etcétera, es precisamente eso, una idea parcialmente concebida, un cuento de hadas cuya versión real y original tiene un final cruento y terrorífico.

10 may 2013

Historias de semáforos

Eran las cuatro de la tarde de ese martes de agosto. El verano, siempre atípico en esta parte del mundo, no ofrecía la convencional panorámica de las hojas secas cayendo de las copas de los árboles para tapizar las calles de distintas tonalidades marrón, ni los días soleados y calurosos coronados por un cielo despejado. Por el contrario, en las alturas de la bóveda celeste se cernían grandes nubes grises y blancas que, desplazadas velozmente al capricho del intenso viento, formaban tantas figuras como la imaginación de quien las mirase quisiera proyectar.

Abajo, en la calle, los tibios rayos del sol poniente bañaban los edificios, los parques y las avenidas, aunque continuamente eran eclipsados por el paso de las nubes, entre cuyos cúmulos los haces de luz se abrían paso produciendo un sublime espectáculo que acontecía majestuoso ante las indiferentes miradas de quienes caminaban a prisa por las aceras, así como entre las de quienes circulaban lenta y resignadamente en sus automóviles, con expresiones de hastío en sus rostros, absortos en sus pensamientos o simplemente distraídos por cualquier detalle de esa ordinaria estampa urbana.

A través del amplio ventanal del autobús que lo conducía de vuelta a casa, en medio del raudal del tráfico propio de esa hora del día, él dirigía la mirada hacia el profundo carmesí que aparecía en el horizonte. En sus manos sostenía un libro del que faltaban unas cuantas páginas para concluir su lectura. Había decidido precisamente descansar un poco sus ojos cuando reparó en el espectáculo que acontecía en el cielo, mientras en sus audífonos sonaba una vieja canción que creaba una atmósfera de introspección, o -si se permite al narrador realizar un breve apunte- de esa condición espiritual que en alguna de sus obras Hannah Arendt denominó como “solitud”.

Ahí, en ese ambiente intimista, comenzó a pensar en algo que había leído hacía ya algunos años en una obra de un escritor checo, acerca de la contingencia de los encuentros y el entrecruzamiento de historias personales. Mientras reflexionaba en torno a la relación entre necesidad, posibilidad, contingencia y determinación, el autobús había detenido su marcha obedeciendo el alto marcado por la luz roja del semáforo justo frente al paso peatonal paralelo a la avenida que pretenía atravesar.

Afuera, a través de la amplia ventana, se podía observar que ella también esperaba al cambio de luz para proseguir su camino. Un par de calles más adelante alguien aguardaba su llegada, sentado a la mesa de un pequeño y agradable café.

Casualidad, destino o contingencia, juzgue el lector lo más conveniente, ella también dilucidaba acerca de lo fortuito de los encuentros, de las miradas, de las sonrisas, de las historias que había detrás de cada una de las personas que a su alrededor también esperaban en ese cruce de avenidas para continuar sus respectivos trayectos.

Ambos, en esa fugaz coincidencia, si es que pudiera considerarse como tal al hecho de compartir por unos instantes un mismo punto en el espacio, ignoraban la existencia del otro.

Y he aquí la sorprendente capacidad de la literatura para deshilvanar historias, contar las acontecidas e inventar las improbables.

Y he aquí también las ventajas de la omnisciencia del narrador, que puede adelantarnos que ese encuentro, hasta ese momento potencial, se materializaría algunos años más tarde, unas calles más adelante; justo en el café en el cual la esperaban a ella esa tarde de martes de verano.

Lo que sucedió ahí, en ese lugar a donde la contingencia los llevó a ambos, queda para que el gentil lector imagine su propia historia.

23 abr 2013

El último encuentro

Sandor Marai y la impaciencia producida por su prosa elegante

Ahora que me reconozco sin pudor como uno más de los analfabetas funcionales que pueblan este parroquial país de globos, bicicletas y presidentes frívolos y superficiales, debo aceptar que me enteré de la existencia de Sandor Marai por simple casualidad, mientras leía una entrevista a un novel político presuntamente de izquierda que, al cuestionamiento sobre algunos de sus escritores favoritos, soltó el nombre de este húngaro, que unos días más tarde volví a escuchar en un noticiario matutino. Así fue como se suscitó mi interés hacia su obra.

Semanas más tarde, al acudir a la librería, caí en la cuenta de que Marai había sido un escritor prolífico y por tanto la elección de una de sus obras para un primer encuentro era estratégica. Porque con los narradores de vasta producción siempre es prudente escoger con dedicación el primer texto a leer, pues de él dependerá el apego o el rechazo a su prosa. Aunque también puede darse el caso, desde luego, de que sin importar la obra que se escoga, el escritor en todas será siempre el mismo. O también puede ocurrir que la convergencia de determinadas circunstancias propicien el trauma o la afección a un autor y sus escritos; como me sucedió con Imre Kertéz cuya Kaddish por el hijo no nacido llegó a mi haberes en una etapa en la que, hasta antes leerla, pensaba que era insondablemente crítica pero que comparada con el dolor impregnado en cada letra de esa historia no era más que un frívolo y superficial lapsus de estupidez.

En el caso de Marai, supongo que ni las circunstancias, ni quizá la elección de la obra sirvieron para que pudiera unirme al numeroso club de fans que elogian su escrupuloso estilo narrativo y la profundidad psicológica de sus personajes. Sencillamente el argumento central de El último encuentro no me pareció lo suficientemente sólido en su desarrollo para sembar en el lector la semilla de la reflexión en torno a la temática de la verdad y la apariencia, la amistad, el amor y la traición como valores y antivalores centrales en la definición del curso y el sentido de la vida de las personas, así fueran éstas parte de la menguante aristocracia del Este de Europa durante el tránsito del siglo XIX al XX.

Si hemos de dar crédito a la Wikipedia y la mayoría de los estudiosos de la obra de este escritor y periodista húngaro, El último encuentro es una de sus novelas más importantes, debido a que la escribió durante su etapa de madurez. En ella cuenta la historia de dos hombres que se conocen durante su etapa preadolescente en una escuela de formación de oficiales del ejército austrohúngaro. Provenientes de dos estratos sociales distintos y hasta contrapuestos, Konrad (el pobre) y Henrick (el rico), entablan una amistad que se prolonga a través de los años hasta que, oh si, la fórmula no es novedosa, una mujer aparece para introducir el elemento de discordia y disputa entre los amigos, que después de una fría mañana de caza en uno de los frondosos bosques húngaros, terminan separándose bajo la sospecha de la traición e incluso del intento de homicidio.

Después de ese episodio habrán de transcurrir 41 años, al cabo de los cuales el otoño ha llegado a la vida de Konrad y Henrick, mientras que la muerte ha sobrevenido como ejecutoria casi divina para la mujer que fue la causa de la separación de los dos amigos.

Es hasta entonces que deciden sostener un último encuentro, no en el sentido del final de una serie consecutiva de reuniones sociales, sino en el de la plena conciencia de que el ocaso de la vida es inminente. Ahí, en esa última cena, es en donde encontramos la más exasperante prueba de paciencia a la que nos somete el escritor, quien recuerre a una excesvia perorata victimista en voz de Henrick, el amigo traicionado, para tratar de conducir la reflexión en torno al descubrimiento de la verdad subyacente en los hechos como elemento sine qua non para la liberación de la conciencia, aunque al final termina pareciendo más bien que lo es para la satifacción de un capricho de un viejo aristócrata, que usa el encuentro para arrojar a la cara del antigüo amigo el cúmulo de sapiencia senil.

Aunque es una novela corta, queda la sensación de que pudo haber sido aun más corta, y que la elegancia de la prosa con la que está narrada en nada se hubiese sacrificado si el autor nos hubiera puesto en antecedentes de la historia de los personajes en menos páginas, y si nos hubiese ahorrado detalles insulsos. Al final, para introducir una reflexión existencial acerca de los universales del espíritu humano (valores, sentimientos, apetitos, etc) no es necesario dosificar en forma tan prolongada los detalles de una historia que comparada con su propósito principal (incitar a la reflexión acerca de la verdad), pareciera más bien secundaria o superficial.

Pero esa es solo mi modesta opinión de lector aficionado. Ya los críticos literarios seguramente tendrán juicios más informados y precisos para elogiar y recomendar la obra de este escritor. Como sea, el hecho concreto es que si a mi en lo particular me preguntaran si recomendaría o no la obra de Marai, respondería que sustentado sólo en El úlitmo encuentro no tendría elementos suficientes para decir que es un buen autor, pero que siempre será recomendable un escritor serio, sistemático, culto y perdurable en la memoria y el tiempo, a un best seller que al cabo de un par de años ya nadie recordará.

8 abr 2013

Estar a la mitad de esta carretera

Ha comenzado Abril. En la Ciudad de México ya se siente con fuerza el calor primaveral, quizá un tanto acentuado por la tradicional escasez de agua que suele presentarse en los días de la "Semana Santa" por causa del mantenimiento al sistema de distribución proveniente del Estado de México.

Afortunadamente en esos días, en los que es común ver a temprana hora a los vecinos de algunas colonias corretear en pijama a los camiones-cisterna (las "pipas") para negociar el llenado de sus respectivos depósitos, tambos, cubetas y cualesquiera otros medios de almacenamiento, yo acostumbro estar fuera de la ciudad. Como ha ocurrido en esta ocasión.

Sin embargo, contrario a la práctica habitual de quienes salen del Distrito Federal en el asueto de los días santos, yo no suelo ir a revolcarme en la arena de alguna playa barata y maloliente, ni a chapotear en las albercas rebosantes del lumpen proletariado llegado de los márgenes de la ciudad a algún balneario de los estados de México, Morelos o Hidalgo. Desde luego que tampoco acostumbro recorrer las calles en procesiones, ni flagelarme la espalda, ni asistir a representaciones teatrales que en ocasiones rayan en lo snuff acerca de la muerte de Jesucristo, como ocurre con los naturales de Guanajuato, Guerrero y Jalisco.  

No escribiré aquí acerca de lo que hago en esas fechas, pero sí de lo que no hice en esta ocasión; o más bien, de porqué no lo hice.

Resulta que por pecar en los días de guardar entregándome a los placeres de la gula, pesqué una gastroenteritis infecciosa marca "no llego al sábado de Gloria" (a propósito de las fechas) y tuve que quedarme en cama, alternando desde luego con frecuentes visitas al baño. Así que lo que originalmente había sido planeado como un asueto para relajarme, tomar una que otra cerveza fría y visitar uno que otro lugar, fue sustituido por visitas al médico, la farmacia y una dieta astringente.

Falto de previsión, o más bien, pleno de conciencia de la flojera que me produciría (ahora que me he convertido en un analfabeta funcional), no eché entre los objetos de mi maleta un sólo libro para que si quiera él pudiera acompañarme en mis momentos de congoja existencial y tormento gástrico. De modo que renuente a entregarme a la programación de los canales de televisión satelital, no tuve más remedio que permanecer durante largas horas acostado boca arriba, con la mirada fija en el techo, convaleciendo mi enfermedad.

Y como siempre ocurre cuando el ocio se apodera de la conciencia, se comienza invariablemente a pensar sobre una y mil cosas que cotidianamente son irrelevantes; como la letra de las canciones que suelen estar en el repertorio de nuestro reproductor portátil. En esta ocasión tocó el turno a "Sea", himno a la esperanza y la contingencia escrito por el gran maestro Jorge Drexler (que por cierto, vendrá a la Ciudad de México el 24 de abril próximo), que abre la composición haciendo referencia a estar a la mitad de la carretera, simbolizando con ello estar precisamente en el punto intermedio de un trayecto que ha sido complicado, plagado de retos, como la vida misma, que no es en modo alguno un regalo, como en ocasiones ilusa e ingenuamente se nos pretende hacer creer, si no un reto a superar, casi que un derecho a ser conquistado, sin más armas que las que la propia contingencia y la selección natural nos han dado.

Estar a la mitad del camino, del reto, de la adversidad o incluso de la prosperidad, es siempre motivo de reflexión porque supone pensar acerca de lo que se ha logrado, lo que se ha errado y lo que está por delante, lo que falta por hacer, por superar o por disfrutar. De lo que resulte de esa reflexión dependerán los ánimos para resistir y continuar o la debilidad para desistir.

Un pequeño momento de adversidad, trivial si se quiere, como una enfermedad pasajera, un momento de ocio tal vez más encauzado, da siempre oportunidad a pensar si uno mismo está o no a la mitad de la carretera. La única manera de saberlo es mirar hacia atrás y si aquellos recuerdos de la infancia y la adolescencia desprevenidas y despreocupadas, aparecen ya como punto lejanos, es muy probable que sí se esté a la mitad del camino. Pero también puede ser que el camino sea una metafora para denotar un reto que se ha tomado; uno de esos que se toman a veces con mucha determinación, con plena conciencia de los riesgos que implica, de las vicisitudes que habrá de concitar, o también de aquellos otros que se encaran sin nada más que arrojo momentáneo, de ese que generalmente es coronado con la muy folclórica expresión "¡chingue a su madre, a como nos toque y a ver qué pasa!".

Cuando se está en ese punto intermedio pueden ocurrir dos situaciones: una, que se abra una espiral de nostalgia, melancolía y angustia. Nostalgia por el pasado, por lo que fuimos, por lo que hicimos, por las risas de la infancia, por los recuerdos de la adolescencia y la ausencia de mayores tribulaciones que aquellas que imponía la angustia de saberse correspondido por quien en ese momento ocupaba nuestro pensamiento y nuestra imaginación. Melancolía por el shock que produce la conciencia de la realidad presente, tangible, perceptible y constantemente efímera a la vez, contrastada con el pasado que fue y ya no está. Melancolía por los que se han ido, pero nos han marcado, por los que han pasado de largo y los que se han quedado sólo un poco para luego emprender sus propios caminos, por todo lo que no se hizo y no se dijo, por el dolor y por la alegria, pues al final ambos contribuyeron a forjar lo que actualmente somos. Angustia por desconocer lo que vendrá adelante, saber si cuando, llegados al final de la carretera, en el examen final de la conciencia, los resultados de las acciones y las omisiones, de los pensamientos y las acciones, serán aprobatorios y satisfactorios o reprobatorios y frustrantes.

La otra situación es que el temple se imponga a los impulsos y la sensatez a las angustias. Que se adquiera la conciencia de que todo pasa, lo bueno y lo malo, pero siempre con la oportunidad de aprender algo, una lección impartida por las circunstancias. Esto siempre se dice fácil. Pero buscar "lo bueno" en medio de un infortunio, una lección a través de una pérdida, es tal vez uno de los desafios más complejos que haya que afrontar porque sólo será hacia el final cuando aquilatemos el esfuerzo invertido y el resultado obtenido.

Sea cual fuere de estas situaciones a la que nos enfrentemos, lo más importante será no quedarse a la mitad de la carretera, ni desandarla; sino ir siempre hacia adelante, con la certeza de que a cada paso se estará más cerca de la meta y que llegados a ésta seremos un tanto diferentes de quienes éramos cuando echamos a andar el camino. Con la conciencia de que caminar será siempre una oportunidad de aprender y madurar.