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15 sept 2009

A propósito del grito

A propósito del día de hoy, en que miles de personas acudiremos a las plazas públicas a reafirmar nuestro muy acendrado chovinismo, leí este texto de Ivabelle Arroyo, una brillante politóloga jalisciense que colabora periódicamente en Eje Central.

El planteamiento del texto, escrito en un estilo entre corrosivo y sarcástico, es muy interesante: los mitos y los rituales sirven no sólo para reafirmar la pertenencia a una comunidad, sino también para legitimar a quienes la dirigen, por muy torpes o estupidos que puedan ser, pues la colección de mitos y rituales es lo que confiere a la historia la posibilidad de convertirse en leyenda, en un insumo más para alimentar la idea de la identidad nacional.

En fin, que hoy se conmemora el Grito de Independencia y es día, o noche más bien, de comer pozole, chiles en nogada y beber tequila, alimentos todos ellos que me están vedados debido a mi régimen de control de peso. ¡Pinche patria, no sabes cuánto te detesto por haber creado platillos tan suculentos!
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Se vale gritar

Ivabelle Arroyo Ulloa

La religión mexicana lo manda así: cada 15 de septiembre la mexicanidad debe afirmarse vistiendo los tres colores, bebiendo tequila, tirando confeti, usando trenzas, dando sombrerazos, uniéndose en un solo ser con el Presidente, gritando Viva México en el Zócalo, en Chicago, en las plazas de los estados, en California, París y con la comunidad de chilangos en Japón. Nadie que se llame mexicano puede pasar por alto la fecha, el grito, el rito. Festejar la idea de nación, cualquier cosa que eso signifique, es el primer mandamiento de la estricta Iglesia mexicana.

De hecho, ser Presidente de este país no se llena de contenido hasta que el abanderado sale de Palacio Nacional por primera vez y grita, con la sensación de ser ovacionado como Porfirio Díaz, que México es patria, héroes y libertad. En ese momento, el titular del Ejecutivo es el capitán de una idea, el líder indiscutible de millones de hombres y mujeres que no le reclaman el tono, la ideología, el proyecto o la política pública. Lo siguen sin discutir, repiten sin chistar, celebran con él.

Hay que decir la verdad: la fiesta crece, año con año, por la glotonería de los gobernantes. Ningún Alcalde, ningún Gobernador, ningún Presidente puede evitarlo: babean ante la idea de festejar con su pueblo, de darle a su pueblo (sí, así, “a su pueblo”) fiesta, jolgorio y libertad, de comulgar con las masas, de ser vitoreados mientras se vitorea a los héroes.

La idea del bicentenario es producto de esa fiebre gubernamental: ¿o usted ha visto a un ciudadano de a pie entusiasmado por festejar los 200 años de una batalla que es más circo que verdad? Usted mismo, diga la verdad, ¿está ahorrando para comprar adornos alusivos para su casa el próximo año? ¿Pondrá una foto de Hidalgo en la sala? ¿Adornará el jardín, el patio, la cocina, con reproducciones a escala de la campana de Dolores?

No. En todo caso, disfrutará como invitado de su gobierno. Los festejos son un festín populista de los gobiernos de todos los colores, en todos los países. En México se prepara con ahínco el bicentenario de la independencia con cientos de acciones que van desde la construcción de obra prioritaria con el nombre del cura Hidalgo hasta la emisión (¡qué emocionante!) de estampillas postales conmemorativas.

A pesar de la austeridad presupuestal anunciada por Felipe Calderón, el ánimo aún no decae. El gobierno del DF pondrá plaza conmemorativa y línea del metro; la comisión para el bicentenario pretende impulsar 618 acciones, entre las que destaca un monumento que deje pálido al Ángel de la Independencia.

En Guanajuato construyen la Expo Bicentenario, con un costo de casi mil 400 millones de pesos, más del doble de lo que destina ese estado a la seguridad. Hasta ahora, han gastado poco más de 2 mil millones en 130 obras alusivas al festejo, incluyendo los letreritos que usted puede ver en todas las carreteras para saber que por ahí pasó el bueno del cura.

En Querétaro ya se adelantaron: el gobierno de la capital inauguró en marzo el Parque Bicentenario, una especie de bonita Disneylandia queretana que vale la pena visitar pero que se llevó la tercera parte de su presupuesto anual. Pero quién les quita el parque, a ver.

En Jalisco habrá museo en el lugar en el que Hidalgo fue derrotado, faltaba más, y por supuesto, ya se etiquetaron dos millones de pesos para restaurar templos en memoria del libertador. Qué buena excusa.

Pero los aguafiestas empiezan a asomarse: el PRD ya tiene voceros pidiendo a Felipe Calderón que le baje a los gastos y en Cancún se atrevieron este mes (¡osados apátridas!) a eliminar del presupuesto la partida para el bicentenario.

Los recortes empezarán a hacer mella: en Morelos peligran plazas y fuentes, y las que de plano ya se dieron por olvidadas son las 200 escuelas y bibliotecas que la comisión del bicentenario había anunciado.

En todos los estados comienzan apenas a verse las grietas presupuestales del año que entra. Los congresos, los cabildos avizoran la debacle, pero las fiestas son las fiestas, la identificación con el pueblo es vital, la idea de nación está en peligro y aunque le pese al gasto, se vale gritar.


Eje Central, 15/09/2009.