8 abr. 2010

Ajenos

Si he decidido escribir este texto es porque leí un blog muy ameno de un colega politólogo, también egresado de la UNAM, y casi inmediatamente después vine a revisar este mi espacio y sentí una profunda pena por mi y por mi “vaciamiento” intelectual.

O sea, mientras este colega se dedica a escribir sobre cuestiones de la disciplina o bien sobre temas circundantes, como la espléndida crítica que hizo de uno de sus posts a la comentocracia, yo escribí hace más de un mes un ridículo cuento acerca de un ¡french poodle!

En qué momento abandoné el camino que me conduciría a convertirme en un refinado y mamoncete intelectual, para comenzar a andar el que, si no lo corrijo a tiempo, me llevará a ser como German Dehesa o Jairo Calixto Albarrán.

Si bien antes escribía con cierta mordacidad, mis textos tenían algún transfondo; había lecturas detrás de ellos, referencias que sustentaban algunos de mis pareceres con la intención de presentarlos sin formalidad y más bien con cierto desparpajo. Eso era el estilo.

Ahora creo que eso lo he perdido.

Hasta hace poco pensaba que se trata de una crisis de inspiración, de algo temporal; pero ahora que estoy preparando una ponencia acerca de la cultura política en México, descubro con preocupación que mi habilidad para pensar lógicamente y sistematizar las ideas está severamente atrofiada.

No sé si se deba a la distancia con el mundo académico o a la falta de insumos que existe a mi alrededor, o a mi propio desinterés, o al hecho de que en realidad soy un “politólogo instrumental” cuya motivación para aprender es contar con instrumentos para operar en el mundo laboral.

No sé tampoco si ese sea mi ámbito natural, porque cuando escucho las conversaciones a mi alrededor y descubro que giran en torno a especular quién es el asesino de la niña Paulette o a enjuiciar las cualidades estéticas de un jugador de fútbol, la verdad es que siento irritación por la superficialidad de los contenidos. También detesto la música pop de los 40 principales que suena de repente en el reproductor de alguna notebook cercana y las frases chic del tipo “sale bye” y “riqui” (whatever it means).

Creo que ahora puedo entender la noción de exclusión social porque me siento excluido, pero tampoco anhelo entrar en ese mundo de los comunes que piensan que no son comunes sólo porque su léxico y sus lugares de reunión de fin de semana no son los mismos que los de la generalidad.

Al final pienso que es este contexto el causante de mi atrofia y no obstante, no lo veo como un obstáculo, sino como un reto y quizá hasta como un objeto de estudio. Hasta hace algún tiempo pensaba que la superficialidad sólo existía en los anuncios de Rexona Teens y que en la tierra no podrían haber personas así; pero ahora sé que sí las hay y he aprendido a observarlas y hasta a soportarlas, con todo y sus ideas conservadoras.

Quizá también sea que yo soy demasiado pretensioso y arrogante como para pensar que sólo yo estoy en condiciones de tener la verdad sobre todo -como diría Matthew Stewart- y que todos los demás, si no piensan como yo, viven en el error; que aspiro a más de lo que puedo, pero cuando me ha tocado hablar con algunos amigos he descubierto que coincidimos en ese sentimiento de sentirnos ajenos a lo que los demás denominan como “lo normal”, que nos sentimos inconformes y hasta que pasamos por rebeldes cuando en realidad no lo somos, o cuando menos no pretendemos serlo concientemente.

Y otra vez, lo único que me consuela y me indica que aun tengo alguna posibilidad de ser salvado es que continúo leyendo; y quizá sea también que por ahora deba seguir la máxima de los grandes, consistente en que antes de escribir hay que leer, pues en el trayecto habrá pasado el tiempo y se habrá generado la experiencia que hará que al final, lo que se tenga que contar, valga la pena de ser leído.