23 abr. 2012

A propósito de libros y su Día Internacional


El 23 de abril se instituyó formalmente por la UNESCO como el día para fomentar la lectura y la industria editorial a nivel mundial. Así que cada año en esa fecha, desde 1996, varios países organizan una serie de actividades relacionadas con la lectura y con el ambiente literario.

Existen muchas formas de acercarse a la cultura y de producirla, pero quizá una de las más notables y prolijas es la formada por la diada escritura/lectura; y no sólo a nivel propiamente narrativo, sino también de divulgación, reflexión e investigación científica; de ello las bibliotecas son una muestra evidente.

A través de un libro se plasman ideas, experiencias, hipótesis, pensamientos, sentimientos. Es un objeto físico en el que toman forma visible elementos invisibles. Es la concreción de lo abstracto y permite la posibilidad de la trascendencia del ser en el tiempo. Eso son los clásicos.

No obstante, no hay que generalizar. En los libros también quedan plasmadas ideas insulsas e intrascendentes como pareciera ser el caso de aquello a lo que da cabida la industria editorial contemporánea que, en tanto tal, responde a las exigencias del mercado y basa su oferta en remedios artificiales para las patologías sociológicas y psicológicas producidas por el vivir cotidiano, que hay quienes catalogan como posmoderno, pero que desde otras perspectivas resulta realmente difícil clasificar, porque las causas de aquellas patologías continúan siendo tan básicas como el miedo, la incertidumbre y la ausencia de sentido e identidad.

De ahí que en la hora actual sea común encontrar títulos tan deleznables como “El monje que vendió su Ferrari” o “Caldo de pollo para el alma”, que extrapolan el pragmatismo propio de la cultura norteamericana la experiencia de lo cotidiano que se viven en otras latitudes, en las que la falta de un sentido crítico posibilita la adopción de las recetas fáciles para la “superación personal” que permita al individuo integrarse al ciclo de producción económica sin mayores contratiempos y sin conciencia de su lugar y condición en dicho proceso.

Leer siempre es bueno, pero depende del tipo de lectura qué tan bueno pueda ser. Escribir es bueno, pero si sólo se hace como un afán bestselleriano se sacrificará la calidad ante beneficio económico y se dará pauta a la formación de un lector acrítico y visceral.

No habrá mejor homenaje para honrar al libro en su día, que señalar esa condición y propiciar su modificación. 

12 abr. 2012

Niños ¿incómodos?

Y sí. Adivinaste estimado lector. Yo también escribiré sobre el mentado videito en el que aparecen unos niños haciendo de policías corruptos, secuestradores y narcotraficantes. 

Contrario a la muy probablemente opinión mayoritaria, que aplaude ese ejercicio de libertad de expresión de traumatizantes efectos mediáticos, a mi no me causa furor justiciero. Y no sólo por mi tendencia natural a ejercer de advocatus diavoli, ni por la indignación tipo señora gorda histérica que ha producido en la clase política y en la intelectualidad inorgánica, el empleo de niños actores para intervenir en el proceso electoral federal en curso, violando las disposiciones legales, sino por la esencia del mensaje que forma parte de una tendencia en boga entre la sociedad civil.

A principios de los años noventa comenzó a gestarse en la escena política mexicana una moda que en ese momento tenía una razón de ser y resultaba efectiva en sus propósitos. Era la moda de constituir grupos críticos, formados por empresarios, intelectuales, ex guerrilleros, curas liberacionistas y activistas ambientales y de derechos humanos. 

Uno de esos grupos que más resonancia tuvo fue el "Grupo San Ángel" del que formaban parte, entre otros personajes, Vicente Fox, Amalia García, Jorge G. Castañeda, Lorenzo Meyer y Elba Esther Gordillo. El objetivo era promover la democracia y aun más específico, impulsar la alternancia en la Presidencia de la República, porque en su diagnóstico -y que conste que había allí intelectuales quesque renombrados y formados en el extranjero- el remedio para todos los males del país era que el PRI dejara de pedorrear la silla presidencial.

Los resultados de la elección de 1994 desanimaron al Grupo y cada uno de sus integrantes tomó su respectivo camino en las intricadas veras de la política, e incluso a muchos de ellos podemos verlos en activo al día de hoy. 

Sin embargo, la moda de la creación de grupos para denunciar con el índice flamígero la perversión de la política prevaleció e incluso se fortaleció por ahí de la primera mitad de la década de los 2000, cuando la ola de la inseguridad se agravó y la arrogancia de algunos liderazgos políticos como el de López Obrador, los impulsó a organizar marchas de gente bonita vestida de blanco para protestar paseando por la Alameda Central. 

En tanto, lo que todos esos grupos no registraron, fue el hecho de que con sus asegunes, peros y renuencias, el país se había vuelto más democrático y por tanto, exigía de nuevas formas de participación política que no se agotaran en la denuncia fácil.

Y es ahí en donde radica el gran problema de videitos como el de los "Niños incómodos" y las ecuaciones sosas del tipo "- políticos y + ciudadanos".

Ser ciudadano no se agota en andar denunciando con el índice flamígero, ni en el áurea impoluta que se forma al pertenecer a una organización de la sociedad civil que no quiere contaminarse incursionando en actividades políticas. Tampoco significa promover una percepción maniquea y bastante rudimentaria de "ciudadanos buenos vs. políticos malos", ni en frases soeces del tipo "estamos hasta la madre".

Ser ciudadano, y esto lo dicen algunos personajes con más o menos "cierta" credibilidad ganada al paso de los años e incluso de los siglos, como Hobbes, Rousseau, Montesquieu y más recientemente Hannah Arendt, es ser parte activa de lo público que es la fuente primigenia de su condición de cive, es decir el que vive en la civitas, que a su vez tiene su origen en la polis, formada por los pólites o politkós (ciudadanos).

Sin embargo, y siguiendo con el rastreo etimológico, pareciera más bien que las críticas que hacen las buenas conciencias de la sociedad civil buena onda, las formulan desde su condición de idiotikós, que para evitar las malas interpretaciones, eran los "privados", aunque para más señas, aquellos que no se ocupaban de los asuntos públicos eran más bien "idiotes".

¿Será acaso que su condición de idiotes (con "s", no con "z") hacen esas críticas "por encimita"?



3 abr. 2012

Temporada electoral

El pasado 30 de marzo inició formalmente la temporada electoral en México. El próximo 1 de julio estarán en juego la titularidad del poder Ejecutivo, representado por la figura del Presidente de la República, y la renovación del Congreso de la Unión, integrado por 128 Senadores y 500 Diputados.

Además habrá elecciones concurrentes (realizadas la misma fecha que la elección federal) en 13 estados, de las cuales, en seis se elegirá al próximo Gobernador, y en el resto estarán en juego diputaciones locales y alcaldías.

Con las reformas a la legislación electoral aprobadas en 2007 ahora los ciudadanos tendremos que fumarnos por fuerza los spots y las pautas publicitarias de los partidos políticos y sus respectivos candidatos presidenciales.

De marzo a julio de este 2012 los politólogos tendremos que atravesar una penosa etapa, en la que además de tratar de analizar las propuestas de los candidatos y los partidos -si es que tales pudiera haberlas- tendremos que convertirnos en críticos de televisión, revisando los spots y los eructos mentales en ellos contenidos. El imperio del marketing a todo lo que da.

Quizá más adelante, o quizá en el horizonte próximo, los legisladores con ánimo genuinamente reformador, que los hay por increíble que parezca, tendrán que analizar la manera de superar ese obstáculo para la consolidación de la democracia que es la mercadotecnia política, que más allá de ser un mero instrumento para comunicar el perfil y las propuestas de un candidato, es una herramienta bastante limitada para atender los asuntos públicos y confundir a los ciudadanos sobre los alcances de la eficacia de los gobiernos y la eficiencia de sus decisiones y políticas públicas.

Pero mientras eso sucede, padezcamos estoicamente los promos de Peña Nieto, que se ven bastante falsos; los de  Vázquez Mota que son tristes y lúgubres; y los de López Obrador, que son como de la iglesia brasileña "Pare de sufrir".

Ya sólo faltan como 80 días para que los dejen de transmitir...