20 nov. 2014

Remover el polvo

Vine a remover el polvo y a agradecerle a Google Inc la generosidad por mantener vigente este espacio para regocijo de algunos y crispación de otros.

¡Ah! Por cierto, ya pasaron los días grises. Aunque ahora los días son aciagos en esta patria a la que al cielo un soldado en cada hijo le dio.

Pero de eso escribiré en otro momento que espero no sea muy lejano.

Un saludo para quienes aun visitan esta atalaya de pendejadas y asuntos sin importancia.

26 jun. 2014

Hasta cuándo los días grises...

Estimado lector, sé que en las últimas entradas que has leído en este cada vez más decadente espacio la crisis existencial de su autor ha sido un lugar común que probablemente está a punto de aburrirte, si no es que lo ha hecho ya, pues atrás quedó su desparpajo, ironía y quizá hasta socarronería para quejarse veladamente -en algunas ocasiones, en otras no tanto- de lo que considera la estupidez rampante en el mundo.

Pero te pido un poco de comprensión, porque este autor una vez más ha decidido emplear estas líneas como una forma de terapia para la angustia, melancolía y nostalgia que en estos momentos aprisionan a su alma. Si alguna vez tú has pasado por un momento similar, si tú también has atravesado por esa visible oscuridad -como le llamaría William Styron- entonces quizá hasta un consejo sabrás darle a él, que de tan autosuficiente y soberbio en lo intelectual y en lo afectivo, es ahora una piltrafa que clama cuál Job en medio de la tormenta un poco de piedad y una apenas mínima señal de que existe alguien allende el Cielo podrá compadecerse de su situación.

Y es que en verdad, esto de la espeleolología existencial no es nada divertido. Y lo es mucho menos cuando la nostalgia aumenta su intensidad, cuando sus inclementes vientos abren la ventana del pasado, de los recuerdos, de la memoria que invariablemente en algún momento hace que uno se pregunte cómo llegó a hasta aquí. Entonces es cuando el desánimo aparece y con él el desgano, el fastidio.

Sé que, como decía la enseñanza de una vieja leyenda, “esto también pasará”, pero lo que me consume es la incertidumbre acerca del cuándo. Cuándo pasarán estos días grises, tristes y desesperantes en los que ni siquiera hay la fuerza, el arrojo o la desvergüenza para llorar. ¿Cuándo será?


P.S. Una vez más pido tu compresión, amable lector, por este bochornoso espectáculo. No siempre será así. Como decía la filósofa jarocha “siempre vendrán tiempos mejores”. Espero que pronto lleguen la paz y la calma y puedas volver a leerme en mi estilo habitual.

19 jun. 2014

Año y medio sin Facebook y una señal de vida

Amado pueblo, hoy vuelvo a ti como el perro arrepentido, con sus miradas tan tiernas, con el hocico partido y con el rabo entre las piernas. Sin embargo no me juzgues. En mi -aun- condición de aspirante a intelectual (esnob) todo lo miro desde el crisol de la decadencia, incluida mi propia existencia. De ahí que de pronto todo me produzca hastío, incluso este olvidado espacio que tantas ocasiones fue un instrumento de terapia y atalaya desde la cual pontifiqué acerca de variopintos temas con una fluida, elegante, amplia, coherente y sarcástica prosa que causó algunas memorables reacciones entre los eventuales visitantes y lectores.




Ahora, agobiado por la dinámica ofininesca así como por la vacuidad discursiva e intelectiva de la clase godinezca (que dicho sea de paso: ignoro si es la expresión de la fase superior del proletariado, pero reconozco que comparte con él la condición de no tener cabeza que alguna vez señaló José Revueltas en uno de sus ensayos), caigo en la cuenta no sin tristeza que he perdido el gusto por la escribidera y que la falta de gimnasia gramatical ha causado estragos en mi habilidad sintáctica.



Estas líneas que lees ahora, pueblo querido, me han exigido un extenuante esfuerzo; tanto que casi olvido el porqué decidí volver a este espacio del cual, parafraseando a Hannah Arendt, sólo queda una montaña de escombros de aquellos pilares…



Pero no desesperes amable lector. Ya he recordado el propósito de estas líneas.



Resulta que por cuestiones extrínsecas a mi entorno laboral directo, tales como el Mundial de fútbol, la falta de acuerdos entre los partidos políticos en el Congreso (¡raro, si casi no se les da!) que dificulta la convocatoria a un periodo extraordinario de sesiones, el cambio climático causante de días grises y tardes lluviosas y caóticas, la falta de un café decente y bebible, las obras de rehabilitación de Av. Presidente Masaryk, así como otras tantas que de momento no recuerdo, la carga de trabajo en la oficina ha estado muy liviana y, como es sabido, a menor tiempo de trabajo mayor tiempo de ocio.



Desde luego que hago esfuerzos titánicos por maximizar la utilidad de mi ocio realizando actividades provechosas para el incremento de mi bagaje cultural tales como ver videos de epic fails y bromas gandayas en YouTube y leer columnas y tuits insulsos (creo que tuit e insulso son un pleonasmo). Pero como bien saben, cuando se ha alcanzado el punto de optimización –en este caso del ocio- los rendimientos comienzan a ser decrecientes; lo que es lo mismo pero expresado con palabras más domingueras: llega un momento en que hacerse güey todo el día termina por aburrir.



Respecto al aburrimiento tengo la teoría, contrapuesta al milenario mainstream filosófico, de que es el padre del conocimiento porque precede a la curiosidad. ¿Ves mi punto, gentil lector? En caso de que no, ahí va de nuevo.

Aristóteles decía, si hemos de creer a Ramón Xirau, que la curiosidad era el motor que movía al conocimiento y por tanto a la filosofía, pues el asombro y la admiración que producía la contemplación de la physis conducían invariablemente a preguntarse acerca de sus causales. Pues bien, yo sostengo que para que haya existido la curiosidad necesariamente tuvo que existir un momento previo de profundo aburrimiento que moviera a los hombres a husmear por aquí y por allá causando luego la admiración, el asumbro y el cuestionamiento acerca del cómo, cuándo, dónde y por qué de las cosas. Incluso, si me apuran, puedo argumentar que el pecado original no fue la soberbia sino el aburrimiento. Si Adán y Eva no hubiesen estado tan aburridos deambulando desnudos por el Paraíso, no hubieran hecho caso al consejo de la serpiente de comer el fruto prohibido.



Ahora ¿qué tiene que ver todo esto del aburrimiento como fuente del conocimiento y del pecado original con la maximización de mi ocio mencionada líneas arriba? En estricto sentido, nada. Es únicamente una manera de justificar el hecho de que, como resultado del insondable tedio que me produjeron las horas nalga de los últimos días, tuve la curiosidad de reactivar furtiva y fugazmente mi cuenta de Facebook.



Sí. Me declaro autor material de esa atrocidad, pero debo mencionar en descargo de mi defensa que sólo fue un par de minutos después de los cuales la volví a suspender, y para asegurarme de no caer en la tentación en el futuro usé una contraseña de la que ya ni siquiera me acuerdo.



Así pues, transcurrió año y medio desde que en noviembre de 2012 desactivé la cuenta impulsado por varias circunstancias; una de ellas mi cada vez menos contenible intolerancia hacia la frivolidad de las publicaciones de mis contactos, sus memes, sus fotos retocadas, sus falsas pretensiones, su vacuidad.



Cierto es que a un gran número de ellos los conocí personalmente y a partir de esa experiencia creo que no son anodinos ni presuntuosos, pero cierto es también que a muchos de ellos los dejé de frecuentar desde hace mucho tiempo. De ahí que únicamente tenía noticias de su sino a través de sus publicaciones en el timeline del portal.



Otra circunstancia que me animó a cerrar el perfil fue el hecho de que se había convertido en una mala costumbre revisar periódicamente las actualizaciones, de modo que por lo menos un 30% del tiempo que permanecía en la oficina lo dedicaba a explorar las nuevas publicaciones y a platicar por el chat. Como lo mencioné anteriormente, alcanzado el nivel óptimo de maximización de mi ocio facebookero, llegaron los rendimientos decrecientes, me aburrí y lo cerré.



De modo que en esta ocasión el aburrimiento me produjo la curiosidad reactivar la cuenta para saber qué había cambiado desde noviembre de 2012. Así lo hice y encontré que en lo que hace al portal casi todo sigue igual, aunque por lo que pude observar en el corto tiempo que husmeé por aquí y por allá en lo que hace a mis contactos sí han habido algunos cambios. Desde luego que éstos no me sorprenden, finalmente las personas no permanecemos inmutables a través del tiempo, pero sí me generan una suerte de asombro, algunos recuerdos, algunas sonrisas y algunos bostezos. Hay quienes cambian en la apariencia pero en el fondo siguen siendo los mismos. Sin embargo me da gusto por todos ellos. A algunos los veo en el mundo real, no con la frecuencia que quisiera pero sé qué es de su vida (su bajada ya es su asunto privado), a otros no los he visto desde hace mucho pero en ocasiones los recuerdo; a otros más ni siquiera los recordaba pero esa fugaz incursión me permitió recordarlos.



Quizá algún día reactive mi cuenta en forma tanto más permanente. Pero de momento no siento el interés por hacerlo. Si ya así, sin un distractor tan potencialmente adictivo como Facebook mis pasatiempos intelectuales se han atrofiado, teniéndolo a mi alcance de nuevo creo que podría acelerar la pauperización de mi pensamiento.



Sí, quizá en esta ocasión vengo más “molón” que las veces anteriores respecto a la decadencia de mi ethos arrogante y mala leche pero creo que estoy cursando la infame crisis de los treinta y tantos (yo, que pensé que eso nomás les sucedía a los tipos descerebrados que se negaban a crecer y madurar), así que discúlpame amable lector por tener que presenciar este bochornoso espectáculo. Espero que la próxima ocasión que venga por acá me encuentres más ecuánime y flemático, aunque no te lo prometo.

17 feb. 2014

Sigo aquí...

Por razones laborales y también por abierta, franca y vergonzosa flojera no tuve oportunidad (ni ganas) de escribir en este espacio durante buena parte del año pasado. Con cierto cinismo debo reconocer que han quedado lejos los días en que me daba pena a mi mismo por dejar de lado uno de mis otrora pasatiempos favoritos, que era precisamente escribir. Al contrario, en cierta medida me llena de satisfacción haber superado marginalmente la cantidad de posts publicados en 2012. 


 Así que no es mi intención, ni tendría porqué justificar mi falta de inspiración o interés para escribir como lo había hecho habitualmente en años previos, cuando las redes sociales eran aun incipientes armas de destrucción masiva y apenas se gestaba embrionariamente la tiranía de la imagen y el tag sobre la inteligencia, la imaginación y decencia ortográfica que durante mucho tiempo prevaleció en lo que por entonces se llamaba la blogosfera. 



Sin embargo, al igual que las pequeñas embarcaciones ante las tempestades, confieso que he sido débil y he sucumbido ante el maremoto de superficialidad, estupidez y falsas pretensiones que inunda actualmente las redes sociales. La distancia que me separa de los selfies y e Instragram es una aplicación no instalada en mi teléfono celular. 



 Sencillamente me he abandonado al microblogging, autocensurando y mutilando mi capacidad analítica quizá inconscientemente influenciado por el social branding que define a la actitud de las generaciones contemporáneas: "¡qué hueva!". 



Esto de ser un "Gutierritos" o "Godínez", por muy ejecutivo que se pretenda, tiene sus costos intelectuales. Y no podría ser de otra manera cuando el nivel de las charlas oficinescas se reduce a comentar sobre automóviles, gadgets, telenovelas y el postre que ofrece doña Lupe todos los días en su cocina económica. 



Frente a esa circunstancia plantear una discusión en torno a los alcances conceptuales la epoché husserliana no es sólo una transgresión a la Pax Oficinística, sino una apuesta segura al ostracismo. De modo que esa circunstancia constituye un factor central en el proceso de desmantelamiento de mi intelecto y mi gusto por la escribidera. Así que si ahora mismo puedo articular un par de párrafos con un mínimo de coherencia sintáctica y expositiva es casi por milagro (nótese que ahora he comenzado a depositar mi confianza en los fenómenos sobrenaturales relacionados con la fe). 



Por supuesto que todo esto me ha generado intensos episodios de crisis existencial cuando, como en los días previos al fin de año -que siempre son propicios para la introspección y el balance general respecto al curso de la vida de cada quien- mirando en retrospectiva reparé en el hecho de que antes, hace ya mucho tiempo, era ordenado al pensar, escrupuloso al escribir, arrogante al debatir y sarcástico al momento de fastidiar al prójimo. 



Comparado el yo de aquel entonces con el yo del presente reconozco que hay una distancia cualitativa muy notoria. Aunque eso no significa que la parte esencialmente jodedora de mi ethos haya fenecido. Aún ahora me siguen causando conflicto e irritación muchas actitudes, modas e ideas prevalecientes entre las amplias mayorías, así como su falta de reflexión y su abandono a la exhibición y la aspiración frívola. Sólo que no encuentro la suficiente motivación para plasmar ese malestar por escrito porque, en el fondo, sé que la tiranía de lo efímero, sintético y conciso genera la sensación de no tener tiempo para leer tal retahíla de quejumbre. 



Por ejemplo, hace poco mientras esperaba el cambio de la luz del semáforo en una de las avenidas más transitadas de la ciudad, veía con mucha curiosidad que un grupo de chavitas de no más de 25 años se tomaban fotos con la cámara de su teléfono celular en una jardinera bastante ordinaria y descuidada. Ese hecho me hizo pensar en que antes del advenimiento de la fotografía digital las personas administrábamos las poses para los acontecimientos importantes. No era barato revelar los rollos fotográficos y éstos además tenían un número limitado de exposiciones. 



Hoy en día hasta una mugrienta jardinera es motivo para una fotografía en la cual, además, se exhibe uno de los vicios ocultos de la condición humana que hasta hace muy poco había permanecido circunscrito al ámbito de lo íntimo. Sí, me refiero al vicio del exhibicionismo que las redes sociales y la fotografía digital han potenciado hasta el límite del paroxismo. 



Anteriormente, después de ser reveladas, las fotografías se guardaban cuidadosamente en un álbum y constituían una fuente de privacidad a la cual muy pocos tenían acceso. Quién no recuerda aquellos momentos de visitas familiares o de amigos íntimos a los que se les mostraban las fotografías de los distintos acontecimientos que iban marcando la historia personal y familiar; o aquellos otros bochornosos episodios en los que la madre orgullosa de su vástago mostraba a la novia de éste las fotografías en las que salía retratado en calzoncillos con la cara chamagosa, el pelo desaliñado y las mejillas empapadas de lágrimas. 



Ahora esa barrera de intimidad ha sido demolida. Sin el mínimo escrúpulo las personas se abandonan a la exhibición pública; es más, hasta la desean. Ahora las fotografías no se toman para recordar un momento especial, sino para exhibir a los demás la vida cotidiana, para construir una apariencia y para tratar de engañar con ésta a quien se deje. Es un mecanismo de autorrealización y construcción de la identidad bastante pobre. 



Por supuesto, habrá quien no concuerde con esta perspectiva, pero antes de que ese gentil lector prepare su contundente batería de argumentos, permítame expresar que no he compartido tal perspectiva para pontificar y convencer acerca de la objetividad y veracidad de la que carece. Sencillamente es algo que percibo y que me preocupa porque su vacuidad e irreflexividad algún impacto deben tener en el curso general de los asuntos que deberían ser de interés común. Pero eso ya es tema para otra conjetura que podría ser expuesta en otra ocasión. 



Por el momento baste este desahogo y señal de vida por parte de este humilde y analfabeta funcional mortal para quienes en algún momento han considerado entretenidas algunas de las ocurrencias que aquí se han publicado. 



Perdonad ortodoxos la conversión en lo que soy ahora.