24 jun. 2013

Nostalgeos

-¿Qué te sucede?- preguntó el viejo maestro al discípulo, quien se hallaba sentado a un costado suyo al filo de aquella peña, desde que la cual contemplaban los tupidos arces y abedules que cubrían con la sombra de sus frondosas ramas el suelo de aquella fría región. El aire soplaba liviano, agitando suavemente los cabellos de ambos, ondeando como lábaros sus amplios y ásperos hábitos. El sol, que caía lentamente a sus espaldas, arrojaba sus últimos tibios rayos sobre el denso bosque de distintos matices de verde y marrón que yacía a sus pies, mecido discretamente por el viento que al rozar su follaje producía un sonido lastimero.



-Maestro- preguntó el joven discípulo- ¿alguna vez en su juventud anheló ir más allá de donde podían mirar sus ojos? Quiero decir ¿alguna vez quiso descubrir el mundo? ¿sus pueblos? ¿sus costumbres? ¿sus lenguas? ¿Alguna vez se sintió prisionero de sus circunstancias, atrapado en un círculo, en una rutina?



Mientras hacía estas preguntas, el joven aprendiz mecía sus pies en el vacío y mantenía la mirada fija un punto indeterminado, al tiempo que el viento que comenzaba a tornarse frío pegaba directo sobre su cara, levantando sus cabellos castaños.



El maestro, por su parte, jugueteaba con los nudos del cordón que ceñía el sayal alrededor de su cintura. Al cabo de escuchar las preguntas permaneció un momento en silencio para, acto seguido, hablar en los siguientes términos:



-Creo saber cuál es la pena que te acongoja, joven amigo. Se llama nostalgia y contrario a la común creencia, no es un sentimiento de anhelo por el pasado. Los griegos le llamaban "nosteo" y "algeo"; con lo primero querían significar el deseo por la gloria pasada, por el hogar que se ha dejado atrás, por la patria lejana. Con el segundo denotaban el dolor causado por la evocación, la tristeza y la melancolía generadas por remembrar las presencias ausentes; los recuerdos de los que no están presentes, pero están ahí: en la memoria y en el pensamiento.



Pero también -prosiguió el viejo con un tono doctoral- describían la "nostalgeos" como la necesidad de estar en otra parte o en otra condición; de transcender la temporalidad y la espacialidad. Era un sentimiento indicativo del despertar de la conciencia a la universalidad, al saber que allende las fronteras individuales, más allá de las circunstancias que mencionabas, también habían un mundo y un cúmulo de experiencias aguardando a ser vividas.



Todos en algún momento hemos sentido nostalgia, dolor por existir, anhelo por regresar, deseo de trascender, necesidad de estar en otra parte. Eso no representa ningún problema. El desafío, porque se trata de un reto que constantemente debe ser superado, es afrontarla sin morir en el intento.



-Pero ¿cómo se puede hacer eso maestro- interrumpió bruscamente el discípulo la disertación de su tutor- cuando ese sentimiento es tan fuerte y desgarrador; cuando la frustración nubla el juicio y el discernimiento, cuando la propia conciencia señala la imposibilidad que las economías refuerzan?



Al pronunciar estas últimas palabras la voz del joven registró un discreto quiebre y sus ojos, siempre curiosos y alegres, se rozaron agobiados indicando hasta qué punto la pena que padecía lo desbordaba.



El maestro notó ese detalle y levantándose cuidadosamente de la orilla de aquel risco se volvió hacía el sol que ofrecía sus últimas luminiscencias, las cuales coloreaban el horizonte con suaves tonalidades rojas, azules y verdes que realzaban el titilar de los primeros luceros de la tarde. Sin apartar la vista de esa escena, el viejo reanudó su discurso.



-El desafío, como te decía antes de que tu arrebato le robase la palabra a tu razón, es afrontar la nostalgia. Y para ello la clave es mirarla como una oportunidad para aprender, como una corriente contra la cual hay que navegar. Porque será siempre en la adversidad en donde ejercitaremos la fuerza del espíritu y no en los momentos de sosiego, que aletargan la conciencia y reblandecen el alma.



Por eso nunca rehuyas a las complicaciones y las complejidades.



Cierto, ellas son como las tormentas que azotan inclementes a las pequeñas embarcaciones en medio del océano. Pero si los navegantes conocen los caprichos de los vientos, bien pueden superarlas. Así como ellos, tú tienes que aprender a conocer los caprichos de tu espíritu. Pero más importante aún: debes aprender a dominarlos. Por eso debes afrontar esa nostalgia que ahora te embarga y preguntarte qué la ha causado: ¿una añoranza del pasado? ¿un anhelo del futuro? ¿una imposibilidad del presente?



Cuando hayas reflexionado lo suficiente en torno a esas preguntas, entonces la noche que ahora envuelve a tu alma anunciará la proximidad del alba y la claridad del nuevo día. Y ahí es donde tendrás que mostrar firmeza en tu decisión, para afrontar con entereza, satisfacción y determinación todas sus consecuencias.



No sé si con esto haya contribuido a responder tus cuestionamientos. Pero en cualquier caso, no eches estas palabras en un saco roto, que en ellas algo de razón existe. Ya en otra ocasión, cuando tus ánimos se encuentren apaciguados, te mostraré las enseñanzas de los maestros de la Stóa poikilé. En esa ocasión también procuraré que no estemos en un lugar tan alto como éste, para evitar que el vértigo que experimenta ahora tu existencia te provoque ganas de volar hacia el vacío...



Concluida su perorata, el maestro se levantó la capucha de la espalda, la colocó sobre su cabeza, unió sus manos sobre su regazo, bajó la mirada y comenzó a caminar por el sendero serpenteante que conducía hacía el monasterio.



El discípulo, que había flexionado su pierna derecha a la altura de su pecho, la rodeó con ambos brazos y como si se tratase de alguien que estuviese sentado a su lado, recargó en ella su mejilla derecha y permaneció en esa posición mirando hacía el frente, sintiendo como el gélido viento bañaba su cara.