28 sep. 2007

Lección de humildad

En unos minutos me iré a dar mi clase, y como el resto de la tarde díficilmente tendré tiempo para escribir el post del día, pues aprovecho para hacerlo de una vez.

Al respecto, había pensado en publicar una diátriba conservadora y amargosa en contra del reggeton, pero eso requiere tiempo para poder destilar a gusto toda la repulsión que ese demoníaco ritmo me genera.

Así que mejor pondré un fragmento de la selección de capítulos de la novela de Frederic Beigbeder que preparé para leerles a mis alumnos en la clase. Esto con la finalidad de no agobiarlos con puros rollos fumados acerca del ser, la apariencia y demás elucubraciones arendtianas. Además de que de esa manera los acerco por única vez en su vida (y en su bajada también) a la literatura.

Aunque pensándolo bien, creo que la novela de Beigbeder es más catárquica que la obra de Hannah Arendt. En fin, eso ya es un problema de apreciación.Por lo pronto ahí este fragmento de El amor dura tres años que está genial:

Lección de humildad

Resulta bastante exasperante darse cuenta de que uno se hace las mismas preguntas que todo el mundo. Es una lección de humildad.

¿Hago bien abandonando a alguien que me quiere?

¿Soy un hijo de puta?

¿De qué sirve la muerte?

¿Voy a cometer las mismas estupideces que mis padres?

¿Se puede ser feliz?

¿Es posible enamorarse sin que la cosa termine en sangre, esperma y lágrimas?

¿No podría ganar más trabajando menos?


Fredreric Beigbeder, El amor dura tres años, Anagrama

26 sep. 2007

Dilema II

El miércoles de la semana pasada, pasé por la doctora corazón al hospital donde trabaja para ir al cine. Como llegué más temprano de lo acordado, me dijo que la esperara en una salita donde un doctor estaba auscultando con su lengua las amígdalas de una enfermera…

Indispuesto a presenciar esa calenturienta escena de soft porn, me dispuse a curiosear por la salita y a lado de la cafetera encontré un libro de tapas duras y cubierta rojiza. En el lomo decía “Selecciones de Readers Diget’s” y tenía impresos en letras doradas los títulos de las novelas que contenía. Era un libro condensado. Al abrirlo en la primera página tenía escrito con la inconfundible letra de la Yarita: “Ex libris: Y.D”.

Sin otra cosa mejor qué hacer –bueno, podía continuar mirando al doctor y la enfermera, que ni se inmutaban con mi presencia- me puse a leer la segunda de esas novelas: El mundo de Ana Frank.

En este punto debo reconocer que a pesar de estar publicada en “Selecciones”, se trata de una novela bien escrita acerca de la vida de Ana Frank, narrada desde la perspectiva de Miep Gies, la secretaria de su padre.
Estaba pues tan imbuido en la lectura, que cuando escuché que la doctora corazón se aproximaba a la salita, metí rápidamente el libro en mi chamarra, en parte para que ella no reparase en el hecho de que había estado leyendo “literatura light” (y se burlara de mi durante lo que resta del año, como yo me había burlado de ella), y en parte porque me lo quería llevar a mi casa –como de hecho sucedió- para continuar leyéndolo.

Sin embargo, el domingo por la noche, mientras veníamos de regreso del concierto de Jorge Drexler (que por cierto, estuvo poca abuela) me comentó:

-Fíjate que sospecho que alguien me robó un libro en la salita del segundo piso.-

-¿Ah sí? A ver, platícame- dije yo con naturalidad mientras esperábamos la luz del semáforo.

-Pues sí. Resulta que el miércoles por la tarde, antes de que tú llegaras, entré a prepararme un café y dejé el libro junto a la cafetera. El jueves anduve muy ocupada y se me olvidó buscarlo, pero el viernes en la noche que lo estaba buscando para llevármelo a mi casa, no lo encontré.-

-¿Y buscaste bien? -dije- A lo mejor lo dejaste en otra parte.-

-No. Estoy segura que lo dejé ahí. A mi se me hace que el pinche Fito se lo llevó… le voy a preguntar mañana.- dijo con cierta preocupación.-

-Y ¿de qué era tu libro? ¿otra novela de Paulo Coelho? –dije sin poder contener la ironía.-

-¡Cómo crees! ¿Es que nunca se te va a olvidar eso? - dijo riéndose y continuó- No. Era una novela de Coetze.-

“¡Ajá! –pensé- con que quieres engañarme”.- Y le respondí:

-Busca bien. Ya verás que aparecerá tu novela de Coetze. Muy buen escritor ese Coetze.-

Y aquí es donde surge el dilema: si le digo que yo tengo su libro, se dará cuenta de que lo estoy leyendo y por tanto me convertiré en objetivo de su sistemático escarnio (aunque en justa venganza, debo reconocer); pero si no le digo, puede correr la sangre de un inocente: la del pinche Fito, que hasta donde sé, no lee ni el tarot.

Por otra parte, si le regreso el libro obviamente la desmentiría respecto a que se trataba de una novela de Coetze y sé que eso la hará sentir muy mal. Además de que me va a reclamar el por qué me lo llevé sin su permiso, se va a enojar y con toda posibilidad y hasta casi con total seguridad me va a mandar más hasta por allá de donde usualmente suelen mandarnos las personas a quienes les hacemos pasar un mal rato.

Sin embargo, si no se lo regreso me voy a ver muy mala leche y tendré que verme obligado a redoblar el número de flagelaciones diarias que me doy en la espalda para purificar mi alma del pecado de concupiscencia visual e imaginativa…

Así que ahora no sé que hacer. Bueno, sí sé: seguiré leyendo la novela. Pero después de que terminé de leerla, no sabré qué hacer: regresársela o no regresársela.

Esa es la cuestión.



P.S 1 Estimada Elisa, en modo alguno te discrimino. Es sólo que como son realmente muy pocas las personas que me leen, pues puedo ubicarlas a todas por sus nombres. Por el contrario, te agradezco que eventualmente te tomes un par de minutos para leer las sandeces que aquí publico.

P.S 2 Señor J.M qué edificante noticia saber que aun no he caído de su gracia, y que no me ha mandado al saco de la desmemoria, junto a la espada del augurio que alguna vez le regalaran sus papás en ocasión de su cumpleaños.

Y lo entiendo, debe ser un placer culposo leerme. Pero, sabe, esto es un don que simplemente se tiene o no se tiene. Y mire que yo soy afortunado.

A propósito del cambio climático, por ahí quedó pendiente un café o una chela, así que usté nomás diga rana y yo brinco.

P.S 3 Estimado Doctor en Sabiduría del Mundo, don Mauro Santander Pérez Fernández del Castillo y Mondragón, yo tampoco lo he visto en la Facultad porque he andado rete apurado, pero no se preocupe, que un día de estos nos encontraremos. Mientras tanto no sea exagerado, sabe bien que yo no pertenezco a la clase privilegiada de la intelectualidad (in)orgánica que usted –señoritingo- frecuenta, y que sólo un par de veces fui con la susodicha T.W a tomar un café, pero por cuestiones de trabajo.

25 sep. 2007

Dilema I

Existen cierto tipo de mamonerías en las que la intelectualidad suele recaer sistemáticamente, como si tratase de vicios incontrolables.

Cualquier espacio sería insuficiente para poder describirlas todas, además de que sólo se pueden apreciar en su exacto significado e importancia a través de la observación sociológica directa. Así que la recomendación es ir algún viernes por la tarde a un café de diseño, o en su defecto a los cafés de las librerías ubicadas en Miguel Ángel de Quevedo, e identificar a los dizque intelectuales que ahí acuden para encontrarse con sus símiles en un ambiente alejado de las estridencias del populacho palurdo y apestoso.

Por lo demás, ubicarlos es muy fácil, ya que invariablemente victims of fashion como son, andan luciendo un look pandroso que, si bien se mira, no lo es tanto porque las chaquetas, suéteres y anteojos que usan son de marcas como SARA, Guess y Calvin Klein…

… en fin, que ya ni sé por qué salió esta descripción de la intelectualité

…¡ah, sí! Ya me acordé.

Resulta que entre esas mamonerías intelectualoídes está la de la crítica mordaz a la literatura ligera, que generalmente ocupa los primeros lugares en las listas de los libros más vendidos. Y por supuesto que por literatura ligera se entiende aquí la vasta, insustancial e intrascendente obra de autores como J.J. Benítez, Paulo Coelho, Dan Brown y el tipo ése que escribió “Quién se ha robado mi queso”.

Cierto día, hace algún tiempo, fuimos la doctora corazón y yo a la librería a dar una vuelta. Si bien ella estudió medicina, es una asidua lectora de literatura y filosofía (aunque no le entienda nada y tire puro rollo) y hasta antes de ese momento se preciaba de leer puros “autores alternativos”, como Blake, Calasso, Mallarmé y Belinsky.

En esa ocasión, mientras ella fue a buscar algo del chaparro bigotón de Nietzsche –que es su ídolo- yo me quedé a platicar un rato en la entrada de la librería con un amigo que había encontrado, y posteriormente me fui a buscar un diccionario de idioms que necesitaba para una traducción.

Al llegar a la caja, descubrí que entre los libros que iba a pagar la doctora corazón, estaba uno de ¡Paulo Coelho! Obviamente eso fue motivo suficiente para hacer escarnio de sus “autores alternativos” durante toda la tarde (de hecho lo sigo haciendo cada que la oportunidad se presenta)

Talvez esto no tenga mayor importancia entre quienes lo mismo les da leer “El libro vaquero” que “Hamlet”. Pero entre los que son quisquillosos, elitistas y desdeñosos –como la doctora corazón y yo- eso significa una buena oportunidad para poner el grito en el cielo y desgarrarse la toga en un acto tan histriónico como ridículo, que permite mofarse de la pretendida arrogancia intelectual del otro. Y así lo hice hasta el cansancio; me burlé sin piedad de su muy “alternativo” Paulo Coelho.

Sin embargo, como al que escupe al cielo le cae la saliva en la cara, debo confesar aquí, amparado en el amplio anonimato que me da el tener sólo dos lectores, más un anónimo, Elisa, Mael y Luis, que a espaldas de la doctora corazón estoy leyendo una novela del ¡Selecciones de Readers Diget’s!

Y lo más grave es que está re buena.

Pero, ¿cómo fue que caí en el resbaladizo suelo de las lecturas ligeras? Nada más y nada menos que por culpa de la propia doctora corazón.... (continúa, para no agobiar a mis dos lectores, más un anónimo, Elisa, Mael y Luis)

24 sep. 2007

Marcel Marceau

1923 - 2007
En política existe una frase lapidaria que sentencia: "la palabra es plata, pero el silencio es oro". Marcel Marceau, sin ser político, lo entendió muy bien e hizo del silencio su vida.

Entre las múltiples reseñas de la vida de este excelente mimo francés, que a diferencia de otros galos que se han hecho famosos por decir cosas estúpidas (do you remember Lyotard, Derridá y demás hierbas?), alcanzó la celebridad haciendo del lenguaje corporal un arte sútil y entendible (no como las cosas estrambóticas que hacen los del Cirque du Soleil), una que me gustó mucho fue la que hizo Jairo Calixto Albarrán, que en sus breves momentos de lucidez escribe cosas inteligentes.

Aquí las palabras de Jairo Calixto:

"Murió Marcel Marceau, el hombre que nos enseñó a valorar los apetitos del silencio. En un planeta donde el culto a la estridencia y el decibelaje conforma una religión fundamentalista y patibularia, Marceau representaba una encendida resistencia parapetada en la feliz y benéfica ausencia de sonidos. Desde la pantomima del sigilo y la afonía, Marceau ejercía su derecho a la crítica y la finísima ironía. Los efectos de sus gimnasias del sosiego eran más estentóreos y provocadores que una manifestación de sombrerazos, bombazos o encueramientos".

21 sep. 2007

De política y cosas peores II (ahora sí)

Debido a que Elisa –a quien no tengo el gusto de conocer todavía- me recordó que a ella sí le interesa leer la segunda parte de mi análisis sobre la coyuntura política nacional, aquí lo publico.


La política y sus instituciones no actúan por si mismas, ni tienen vida propia. Más bien la dinámica de los procesos que ambas suponen está animada por un determinado grupo social, especializado en el tratamiento, análisis y debate de los asuntos públicos (sin embargo, es conveniente precisar que esto no excluye la participación de la sociedad). Ése grupo social es precisamente el de los políticos de profesión.

Si bien éstos conforman subgrupos afines en términos ideológicos, e institucionalizan su organización mediante la forma de partidos políticos que pueden tener alcance local, regional o nacional, su origen es netamente social. Es decir, los políticos surgen de la propia sociedad y al mismo tiempo que desempeñan el papel de protagonistas del quehacer político, también desempeñan otros roles sociales mediante los cuales adquieren y reproducen determinadas pautas de comportamiento, hábitos y tradiciones que ya en su actuación en la esfera de los asuntos públicos se proyectan de forma exponencial.

De manera que los políticos y su desempeño son un reflejo del estado cultural que guarda la sociedad a la que pertenecen. De ahí que sea atinado decir que cada sociedad tiene los políticos que se merece, o el reflejo de lo que en realidad es.

En el caso de México, ha sucedido algo muy interesante, consistente en una especie de desfase cultural y generacional entre la clase política y algunos de los sectores de la sociedad que se muestran más activos, enterados y propositivos en torno a la política. Y, a su vez, se ha abierto una brecha entre estos sectores y el grueso de la población que aun padece los remanentes autoritarios engendrados por más de siete décadas de gobierno no democrático de un solo partido.

Así pues, en esta coyuntura se observa una preocupante fragmentación cultural acompañada de un deterioro del tejido social, que la clase política pareciera acentuar en lugar de intentar contener.

Esto porque una de las principales tareas del entramado institucional de la política, consiste precisamente en procurar la cohesión de los diversos sectores de la sociedad, alimentar el consenso que permite la existencia del Estado y buscar salidas negociadas a la gama de conflictos que entre aquellos sectores se presentan.

La clase política encargada del funcionamiento de ese entramado en nuestro país, ha dejado de lado esas tareas, ha propiciado el debilitamiento del consenso y se ha desentendido de los reclamos y los planteamientos que diversos grupos sociales le han sugerido.

Por tal razón resulta paradójico plantear la posibilidad de reformar al Estado, pues pareciera más bien que las modificaciones legales que se han aprobado en los últimos días, tienen por objetivo disgregar a las partes sustentantes del consenso que lo funda –al Estado-, con la finalidad de que sea únicamente la clase política el único grupo social beneficiado.

Por otra parte, los grupos sociales –pero fundamentalmente económicos- que han resultado afectados por las disposiciones reformatorias de la clase política, poco han abonado al mantenimiento del consenso, y por el contrario, se han dedicado a promover la fragmentación social mediante la manipulación de la información y de la opinión pública.

En el caso de las modificaciones a las instituciones y procedimientos electorales, que se han presentado como “reforma electoral”, ha sido más que evidente la posición disgregadora y de abierta confrontación que han adoptado tanto los diversos grupos parlamentarios del Congreso de la Unión, como los concesionarios de radio y televisión.

No se percibe en ninguna de las dos partes, pero principalmente entre los diputados y senadores, un mínimo de noción de lo que significa el Estado y de la conveniencia de su fortalecimiento.

Salvo una excepción que resulta paradójica e irónica, debido a la filiación y trayectoria política del personaje –el senador por el estado de Sonora, Manlio Fabio Beltrones, que a la sazón de la reforma dijo, refiriéndose a los concesionarios de radio y televisión, “podrán quebrar a un político o dos, pero nunca podrán quebrar al Estado”- no se ha observado una visión de Estado y un liderazgo comprometido con esta visión y conciente de la importancia del actual momento político para la vida futura del país.

Aunado a lo anterior, el conjunto de modificaciones que se ha pretendido presentar como “la reforma del Estado”, son en realidad reformas muy específicas que en lugar de fortalecerlo, lo debilitan en el proceso de discusión y eventual aprobación de sus modificaciones, adiciones o derogaciones.

Así pues, la pretendida reforma electoral es en realidad una modificación muy puntual al sistema electoral, es decir, a la forma de organizar y administrar la competencia política; que si bien tiene sus aciertos (excluir al menos formalmente a los medios de comunicación de las campañas electorales), también tiene sus riesgos; entre ellos, el excesivo protagonismo de los partidos políticos en la determinación de las reglas bajo las cuales habrán de jugar la contienda electoral; es decir, el riesgo de que se conviertan en juez y parte del juego.

La llamada reforma fiscal –que es en realidad una modificación a la miscelánea fiscal- se encauza en la misma dirección; sólo que con un matiz compensatorio, pues mientras a los grandes consorcios de medios se les excluyó del negocio electoral, en el ámbito fiscal se les dejaron intocados sus privilegios, trasladando, o más bien asignando deliberadamente, su responsabilidad de contribución fiscal a las amplias mayorías ya de por sí sobrecargadas de impuestos y obligaciones para con la hacienda pública.

Aunado a lo anterior se debe considerar también el efecto negativo que tendrán en el corto plazo las alzas de precios tanto en la capacidad de ahorro e inversión de los sectores pequeño y mediano de la industria, como en el control de la inflación por parte de la autoridad monetaria, el Banco de México.

En suma, como se ha podido observar, la lógica subyacente en la pretendida reforma del Estado es aquella que hiciera célebre uno de los personajes de Giuseppe Di Lampedusa en “El Gatopardo”: cambiar para que todo siga igual.




Lluvia y ¿encharcamientos?

La tarde del miércoles una lluvia intempestiva que se precipitó implacable por más de tres horas, nos sorprendió a la gran mayoría de habitantes del sur de la Ciudad de México.

Sin decir agua va –en el sentido más literal de la expresión- repentinamente comenzaron a caer cubetadas de agua del cielo, acompañadas de un fantasmagórico espectáculo de relámpagos y truenos.

A esas horas me dirigía al hospital donde trabaja la doctora corazón, el cual por culpa de una bola de ingenieros y arquitectos irresponsables y carentes de visión a largo plazo, fue construido a lado del “anillo periférico” -la avenida que alguna vez rodeara las afueras de la ciudad- que para esas horas parecía más bien canal de desagüe.

Como tengo la insana costumbre de escuchar los noticiarios radiofónicos vespertinos, sintonicé la estación del reporte vial. Un insensato (por no decir estúpido imbécil) locutor decía que se reportaban “encharcamientos” en el cruce de periférico y viaducto tlalpan. Al escucharlo de plano me dieron ganas de darme de topes en el volante.

Lo que estaba frente a mi, o más bien, en medio de lo yo y otras decenas de conductores estábamos, no era un “encharcamiento”, ¡era una auténtica laguna con todo y olas incluidas! Pero ese idiota desinformado reportaba que eran encharcamientos.

Un encharcamiento es, como su nombre lo indica, un miserable charco que se puede sortear de un brinco, mas no un pinche océano de agua aceitosa de más de 40 centímetros de altura y 10 metros de largo.

Malpensado, aguafiestas y quejumbroso como soy, mientras estaba en ese “encharcamiento” (a quién se le habrá ocurrido tal eufemismo) me pregunté: ¿por qué el carnal Marcelo en lugar de andar haciendo consultitas pendejas sobre temas ecológicos, no promueve un programa para que la gente no tire su basura en las coladeras? o ¿por qué en lugar de haber construido un puto segundo piso que los pobres que decía defender ni siquiera usan, el hijo de su “#%=& madre del peje no le metió esa lana al mejoramiento del drenaje de la ciudad?

Habrán de dispensar los improperios, pero es que ahora sí me dio rete harta muina.


Moraleja de la historia: en esta época de lluvias, no está de más traer una lancha inflable en la cajuela del coche o, en su defecto, una muñeca; la ventaja de esta última es que también resulta útil en otro tipo de emergencias…

P.S. 1. Ya a ver si la siguiente semana pongo aquí el logo del premio al que me hizo acreedor la siempre simpática Manijeh, así como mis respectivas nominaciones. Aunque adelanto que no serán las que se piden como requisito.

P.S. 2 El próximo 24 de septiembre se presentará en el Teatro Metropolitan de la Ciudad de México Jorge Drexler ¡y yo lo voy a ver! Para quien no le suene este cantautor uruguayo, basta decir que varias de sus canciones aparecen de fondo en comerciales de caldos de pollo (Sea y Me haces bien) y de pan (Todo se transforma) y que sin ser pretencioso, rebuscado y de mal gusto como aquel
Serrat del personal de servicio doméstico, mejor conocido como Arj… ¡ése! tiene canciones muy llegadoras que se podrían catalogar como soft pop.

Para comenzar a conocerlo recomiendo escuchar “Todo se transforma” del album "Eco".

19 sep. 2007

Ernie Chambers


Observen bien a este individuo.
No. No se trata de algún limosnero de Brooklyn o el Bronx. Se trata del senador estatal de Nebraska, Estados Unidos, Ernie Chambers, quien el pasado 14 de Septiembre presentó una demanda judicial en contra de Dios.
Sí, tal como se lee. Este ahora célebre senador demandó a Dios por el delito de terrorismo en contra la humanidad, ya que según él, Dios -conocido también con diversos alias- ha provocado innumerables catátrofes a lo largo de la historia, causantes de "muertes generalizadas, destrucciones y ha aterrorizado a millones y millones de habitantes de la tierra, incluido bebes inocentes, niños, ancianos y enfermos, sin ninguna distinción".
Si este tipo hubiése presentado su demanda en una agencia del Ministerio Público de la PGR, además de pitorrearse todos los presentes en su cara, lo hubiésen mandado directo y sin escalas a recluir en el hospital psiquíatrico más cercano.
Pero como la presentó en Estados Unidos, país de -aun- amplias libertades y oportunidades, en el que hasta las actrices porno pueden postularse para alcadesas de sus respectivas ciudades; pues el juez del distrito de Douglas, en Nebraska, tendrá que citar a declarar al demando o a sus defensores.
A mi francamente casi me mata de la risa esa nota. Y lo digo en sentido literal, porque mientras la leía le estaba dando un sorbo a mi café, y al no contener la risa al momento de leerla, me dio un ataque de tos bastante prolongado.
Pero supongo que no todos reaccionaron de esa manera; por tanto me pregunto, cómo habrá reaccionado Benedicto XVI que ya no la ve con las demandas de pederastia en contra de algunos sacerdotes católicos, ahora que también le han tachado al propietario de la franquicia que jugosamente explota, como terrorista...
En fin, cuestión de percepciones.
Aquí está en enlace a la nota completa.

17 sep. 2007

De política y cosas peores (sin interrupciones) II

Superada la pereza (debería escribir huevonada, pero se vería muy feo) física y mental del lunes post fiestas patrias, a continuación publicaré la segunda parte de mi análisis sobre la coyuntura política nacional.

A juzgar por los comentarios recibidos respecto a la primera parte de tal texto, es más que evidente que las tantas “horas nalga” gastadas aplastadote en los cursos de formación docente sabatinos han valido pa’ puro rábano. Esto porque el comentario común de mis dos lectores, más un anónimo, Mael y Elisa, es que de todo el choro mareador, lo único que entendieron fue el título.

Desde luego que es comprensible, pues nadie está obligado a entender de política y mucho menos a interesarse en lo que acontece alrededor de ella. Además de que a excepción de algunos personajes cuyos nombres algún día habrán de esculpirse con letras de oro en los muros de la Cámara de Diputados (Fernández Noroña y Pancho Cachondo entre ellos), todos los políticos de nuestra neófita democracia parecen zombies sacados de The Resident Evil y son tremendamente aburridos y solemnes; lo que explica que a la gran mayoría de compatriotas y compatriotes, pueblo y puebla, les dé una tremenda flojera tener que fumarse sus arranques histriónicos a lo Diego Fernández de Cevallos.

Sin embargo, de vez en cuando es conveniente enterarse aunque sea un poquito y aunque sea por boca del mono cilindrero que ha demostrado ser el alcohólico López-Dóriga, de lo que pasa en la polaca; a fin de que las decisiones que ahí se toman, no nos caigan por sorpresa o nos agarren mal parados, propiciando que de la noche a la mañana unos pacíficos ciudadanos se conviertan en violentos macheteros que bloquean carreteras y secuestran a burócratas de medio pelo, como medida reactiva ante una decisión que afecta directamente sus intereses; o peor aún, que jóvenes antes valemadristas pasen de ser guerrilleros de lápiz y cuaderno a ser auténticos saboteadores, capaces de afectar sectores estratégicos de la economía.

En fin, ahí están algunas posibles razones del por qué la política es demasiado seria como para dejársela únicamente a los políticos.

Y aunque a nadie le importe, considero oportuno justificar por qué he publicado hasta ahora esta segunda parte.

Al respecto bien podría decir que este fin de semana lo pasé tranquilamente en casa, leyendo Ser y Tiempo en alemán, o tratando de comprender la estructura sintáctica del Ulises de James Joyce, sentado junto a la ventana de mi biblioteca que da hacia el jardín, degustando un delicioso cabernet sauvignon.

Pero eso sería mentir, porque ni leo alemán, ni tengo biblioteca con ventana hacia el jardín, ni me gustan los vinos (porque la neta, el vino es para las nenas).

Así que la verdad es que no anduve por acá durante el fin de semana, porque el sábado me puse hasta el keke de tequila. Eso desde luego, con motivo de la muy chovinista celebración del Grito de Independencia, que como bien apuntó Manijeh (a quién, por cierto, le mando un abrazote y le doy las gracias por nominarme para un premio de los bló’s) se celebra la noche del 15 de septiembre porque a don Porfirio Díaz se le ocurrió hacer coincidir la celebración de la independencia con la fecha de su cumpleaños.

Como sea, el punto es que esa noche hasta me cambié de nombre (me puse estupido de tanto tequila), bailé al ritmo del ta-chun-ta-chun-ta de la banda no sé qué y canté las infaltables de la ocasión: “Cielito lindo”, “México lindo y querido” y “Como México no hay dos” (gracias a Dios, como también gracias a Él tampoco hay dos EU –de lo contrario, qué haríamos con dos Bushes- ni dos Chinas –pues si hubiera otra, dónde meteríamos otros mil millones de chinos).

Y sí, casi puedo adivinar la reacción de mis dos lectores, más un anónimo, Mael y Elisa. Pero no me juzguen por mis debilidades etílicas, pues también a los intelectuales nos gusta el pisto. Lo que sucede es que algunos, señoritingos como lo son, les da pena aceptarlo; pero muy en el fondo de su memoria están guardados los recuerdos de las maratónicas borracheras de los viernes por las tardes, cuando eran estudiantes de licenciatura y le entraban hasta al mezcal de dos pesos que vendían en el Wal-Mart, mismo que los dejaba babeando en las banquetas hasta altas horas de la madrugada...

En fin, en fin, el punto es que como me puse hasta el gorro, el día domingo amanecí con una resaca espantosa que hizo insufrible el maratónico y hugochavezco regaño de la doctora corazón (a propósito, comienzo a pensar que me gustaba más cuando era hippie y vivía la vida loca)

Y luego, ya en la misma noche del domingo, cuando estaba a punto de entrar a publicar esta segunda parte, empezó el final de Destilando amor, telenovela de la que no tenía ni la más remota idea de su existencia, hasta que una noche que fuimos Carolina y yo a la lavandería, en Nashville, la encargada –de origen mexicano- sintonizó Univisión para poder mirar el sofocliano melodrama de Rodrigo y Gaviota; que a la Caro y a mi nos pareció excesivamente ridículo, lleno de lugares comunes y de diálogos a lo Corín Tellado. Luego nos enteraríamos de que esa historia era la versión mexicana de una telenovela colombiana (lo que explica el por qué de la sobrada ridiculez).

Así que me fumé las casi tres horas que duró la transmisión al frente de la TV y con la Caro al teléfono, chismeando y criticando las escenas de la novela. Ya en los siguientes días escribiré algo de eso; por ahora lo que comienza a angustiarme un poco es el monto de la larga distancia de mi recibo telefónico.

En fin, como me excedí de preámbulo, mejor dejo la publicación de esa segunda parte que a nadie le importa, para la siguiente ocasión.

14 sep. 2007

De política y cosas peores (sin interrupciones) I

Aunque a juicio de lo que aquí escribo no lo parezca, soy politólogo de profesión; es decir, observo y analizo los fenómenos políticos desde una perspectiva teórico-metodológica tanto más cauta, sistemática y objetiva que la ofrecida por otras disciplinas sociales y por el ejercicio periodístico. Sólo que como la mayor parte del tiempo pienso, hablo y escribo como politólogo, aquí me doy la licencia de escribir con desparpajo lo que mejor me viene en gana, sin la formalidad que impone el estilo académico (sacando a la luz las otras dos formas en que suelo estructurar mi pensamiento, es decir, la literaria y la sociológica).

Sin embargo, en esta ocasión quisiera escribir como politólogo a efecto de compartir con los eventuales lectores de este espacio, mis apreciaciones y preocupaciones en torno a algunos temas de la agenda política nacional, que bien podrían definir el rumbo y futuro político del país.

Así que sobre advertencia no hay engaño: lo que sigue a continuación es serio y aburrido, pero importante si lo que se pretende es abonar a la cultura cívica, es decir, a aquel conjunto de hábitos, conocimientos y prácticas sociopolíticas encaminadas a apuntalar la condición y ejercicio de la ciudadanía, cimiento indispensable de una forma de vida democrática.

Así pues, a partir del desenlace del proceso electoral del 2006, que arrojó los resultados más cuestionados y polémicos del reciente historial democrático del país, se comenzó a plantear con mayor intensidad en los círculos académicos, los espacios institucionales de representación y los medios de comunicación, la necesidad de readecuar el entramado institucional de la política a las nuevas circunstancias y desafíos de la realidad cotidiana: narcotráfico, desempleo, emigración y estancamiento económico, por citar los más apremiantes.

De entonces a la fecha, ese planteamiento tomó forma en una categoría conceptual con larga trayectoria teórica dentro de la ciencia política, y gran desgaste discursivo en la prensa, es decir, la reforma del Estado.

Como suele ocurrir con el uso indiscriminado e irresponsable de las categorías y conceptos, el de reforma del Estado perdió su contenido y complicó aun más la posibilidad de entender el tipo de proceso al que apunta y los alcances que pretende. De manera que en la hora actual hablar de reformar al Estado puede significar todo y nada al mismo tiempo; por eso resulta indispensable procurar un mínimo de claridad conceptual.

En este sentido es conveniente precisar lo que se entiende por entramado institucional de la política, pues se trata nada menos que del ámbito al que están dirigidos los posibles cambios.

Así pues, tal término alude al conjunto de reglas, mecanismos, procedimientos e instrumentos que regulan la disputa, influencia y ejercicio del poder político, cuyas principales formas concretas de manifestación son las decisiones legislativas, las acciones político-administrativas y las disposiciones normativas reguladoras tanto de la disputa como del ejercicio del mismo poder. Se trata, pues, de un complejo proceso de autorregulación, detrás del cual subyace una larga historia de procesos y fundamentos teóricos que aquí no es conveniente precisar.

En otras palabras, el entramado institucional de la política lo integran las leyes y procesos electorales; los espacios formales de representación política, o sea, las asambleas legislativas; la institución depositaria de la facultad de ejecutar las disposiciones ordenadas por aquellas asambleas; los tribunales de justicia, y los organismos autónomos dotados de facultades regulatorias.

Ahora, cómo se relaciona el entramado institucional de la política con la reforma del Estado, es una pregunta que para poder ser respondida precisa de una mínima definición de lo que es el Estado, categoría también desgastada discursivamente.

El Estado –grosso modo- es la forma moderna de organización política que se da una sociedad a si misma, o que se le impone desde el exterior. Se trata de una forma de organización política moderna, porque hasta antes del siglo XVI, aproximadamente, existieron otras muy distintas, como el reino, el señorío, el Imperio y la ciudad (civitas, en latín).

El rasgo fundamental del Estado es su autonomía frente a otras formas de organización dotadas de cierto poder para imponer sus decisiones, como la Iglesia, los feudos y las organizaciones gremiales.

Al formarse como producto de la voluntad libre así como del consentimiento de los miembros de la sociedad, a efecto de arbitrar el conflicto social, el Estado adquirió un enorme poder y se erigió por encima de los otros poderes, que si bien no quedaron del todo sometidos, sí se subordinaron a las disposiciones de aquél en el razonamiento de que como árbitro del conflicto social, el Estado procuraría orden y estabilidad.

Por tanto, el origen y fundamento del Estado es el consenso social, el acuerdo generalizado de que la existencia de éste es necesaria para el mantenimiento de cierto grado de cohesión e identidad entre los distintos grupos y fuerzas sociales coexistentes en una misma locación geográfica.

Sin embargo, no se podría entender la eficacia en el cumplimiento de su tarea de árbitro regulador, si el Estado no contase con la posibilidad de ejercer en determinados momentos la fuerza para hacer valer sus disposiciones. Por esta razón es que, en resumidas cuentas, el Estado es el resultado de la suma de consenso y fuerza, como lo explicó en su momento el teórico italiano Antonio Gramsci.

Con esta breve aproximación al concepto de Estado se puede explicar ahora la relación que existe entre éste y el entramado institucional de la política, que como ya se anotó, es el complejo de reglas y procedimientos ideados para canalizar el conflicto hacia cauces pacíficos de resolución.

En la medida en que una sociedad crece, cambia y se diversifica, los componentes del entramado institucional de la política tienen que ajustarse a nuevos problemas y hacer frente a nuevos conflictos. Y si ese entramado cambia, entonces también cambia la forma de articulación de la actuación del Estado.

Lo que está pasando actualmente en nuestro país, es que los conflictos, los desafíos y las nuevas circunstancias sociales y económicas, han rebasado al entramado institucional de la política, o más bien a los responsables de hacer operativo ese entramado; lo que ha propiciado a su vez, que el consenso sustentante del Estado haya entrado en una espiral de desgaste que ha dejado a éste sin el apoyo necesario para hacer valer sus determinaciones y eventualmente su uso de la fuerza.
(...)

13 sep. 2007

De política y cosas peores

Generalmente evito escribir sobre política en este espacio. Esto porque además de que es la materia prima de mi trabajo diario con la que desayuno, como y ceno (aunque ahora un poco menos que cuando trabajaba en la consultoría), es motivo seguro de un bajón en mi rating de lectores (si de por sí son sólo dos) a causa de la percepción generalizada de que se trata de un tema aburrido reservado para gente igual de aburrida, habituada a usar palabras tan raras como "sinergia", "coyuntura" e "insolayable".

Sin embargo, en esta ocasión quisiera aprovechar este espacio para externar mis opiniones acerca de la delicada situación que padece el país en estos momentos.

Y es que resulta preocupante que no se le dé la importancia que merece el conjunto de acontecimientos que se han presentado en los días recientes; especialmente los actos de sabotaje del Ejército Popular Revoluacionario a las instalaciones de Petroleos Mexicanos, y la confrontación abierta y frontal entre el Poder Legislativo y las grandes empresas de medios de comunicación del país.

Esto sin considerar que la ola de violencia relacionada con el narcotrafico parece retomar fuerza.

Existe en sudamérica cierto país al que deberíamos mirar para saber qué es lo que debemos evitar. Ese país se llama Colombia; y bueno, ahí no hay Estado y cada quien hace lo que quiere porque además de que a sus habitantes les afecta la altura y los bruscos cambios de temperatura, son demasiado temperamentales (son las vicisitudes de vivir cerca del trópico) . Si no me creen, lean a Montesquieu; especialmente los capitulos del "Espíritu de las leyes" que tratan la relación de los climas con el tipo de leyes de cada país...

... ahora que ya estaba llegando la inspiración me interrumpió una llamada al celular (maldita teconología) y pues ya se me olvidó todo lo que quería decir.

Ya en otro comentario lo expondré con mayor detalle; por ahora seguiré en la angustia acompañado de un buen cafecito.

11 sep. 2007

Al sur

En lo alto del cielo se escuchó el graznido de la parvada de aves. Al verlas, el maestro bajo la mirada y se dirigió al discípulo preguntándole:

-¿Sabes por qué los patos vuelan al sur durante el invierno?-

-No maestro, ¿por qué?-.

-Porque caminando tardarían más tiempo en llegar...

9 sep. 2007

Consecuencias

Eso de incorporarse con tres semanas de retraso a la Facultad ha tenido sus consencuencias. Y hasta ahora no todas son buenas.

Para empezar resulta que cambiaron a los achichincles de la coordinación de ciencia política, que es en la estoy adscrito como profesor de asignatura.

Cuando estaba la maestra Roqueñil en la secretaría académica, bastaba con deslizarle una discreta sonrisa para que aprobáse sin mayores tramites mi programa de trabajo. Ahora que la cambiaron por otro profesor que en mi vida había visto, tuve que batallar para que aceptará mi programa y para que me asignara un pinche saloncito que está ¡en el tercer piso!

La semana pasada que estuve llegando con retraso a las clases, casi caigo muerto en los escalones a causa de una insuficiencia respitoria, provocada por tanto méndigo escalón que tengo que subir.

Defintivamente no es justo, porque a otra profesora que tiene como 70 y todos los años, le dieron un salón grande en el primer piso del edificio A, a ras de la explanada. Digo que no es justo porque ella ya vivió, y por tanto tiene todo el derecho -diría incluso hasta la obligación- de morirse de un infarto, tratando de subir las escaleras hasta el tercer piso. En cambio yo aun estoy joven, tengo mucho que dar. Soy una promesa intelectual, algo así como el arca de noe (es decir, la salvación de todos los animales) del análisis político en este país de elviras arellanos y saulitos.

Pero si lo del salón y la tramitología académico-burocrática ha sido un auténtico dolor de cabeza, el intento de sedición de mis alumnos ha sido motivo de aguda preocupación y agandalle tiránico de parte mía.

Esto porque el martes que llegué al salón (tarde, como ya lo mencioné), una alumna me preguntó con aire desdeñoso:

-¿tú vas a ser el profesor de filosofía política?- a lo que me vi obligado a responder:

-sí, yo soy su profesor; de usted y de todos los demás. Así que mucho le agradecería que en esos términos se dirija a mi; no como teacher, ni profe. Como p r o f e s o r, porque aunque no soy de tiempo completo, dedico mis buenas horas a preparar mis clases-.

Y para que no quedáse duda y aprendieran a respetar, les pedí La condición humana en inglés para la clase del próximo martes.

Es seguro que nadie lo llevará leído, pero el sólo hecho de que hayan tenido que buscar el texto y sacarle fotocopias, satisface mis muy dictatoriales deseos de venganza por pretender, sin exito, sacarme la vuelta.

Todavía no sé si son un buen grupo o no. Eso lo dirá el tiempo y su interés en las clases; por lo mientras, que sufran un poco.

Además de lo anterior, también he tenido que cumplir con las obligadas reuniones de café con mis amigos, para ponerme al corriente de los chismes locales y corroborar que nuestras vidas continuan siendo miserables.

Por eso es que no había tenido tiempo para escribir por acá.

Hoy por ejemplo, fui al rancho con la doctora corazón (hay que aprovechar los escasos días que ella tiene libres). Y eso porque se canceló su examen para la especialidad, al parecer porque se descubrió una red de corrupción (raro en este país) relacionada con la venta del examen entre diversos aspirantes.

Espero poder regresar completamente a la normalidad conforme transcurran los días. Aunque dudo mucho que eso sea posible, pues definitivamente no es normal padecer inundaciones de 90 cms, en los pasos a desnivel de algunas avenidas por causa de la lluvia, ni granizadas que dejan en las calles un prematuro paisaje navideño.

En fin, como dirían los romanos: eppure sum; sin embargo, existo.

Un saludo


P.S Gracias a todos los dos que me leen. Un gusto estar de regreso.

4 sep. 2007

Regreso a Cuautitlán

Originalmente había pensado en poner como título a este comentario, que marca mi regreso al virtual, insensato y vacuo mundo de las bitácoras electrónicas, "Regreso a Comalá", en alusión a las primeras líneas con las que Juan Rulfo da inicio a Pedro Páramo; la celebre novela que describe puntualmente al México costumbrista y aldeano de principios del siglo XX, poblado por personajes sórdidos, parroquianos y cerriles.

Y es que por más que intenté resistir, fue inevitable padecer el jet lag cultural propio de quienes, luego de pasar una temporada fuera del país –particularmente en Estados Unidos y Europa- y conocer la modernidad, sus lujos y comodidades, sienten cierto rechazo, decepción y calosfríos al contemplar nuevamente el pintoresco paisaje de globos y bicicletas del México lindo y querido, que con todo y sus asegunes, amlos y calderones, nos hace sentir orgullosos de haber nacido en su suelo.

A punto, pues, de escribir aquel título, recordé súbitamente la frase que –de creerle a las malas y envidiosas lenguas de la época- alguna vez pronunciara la “Güera” Rodríguez a propósito del costumbrismo prevaleciente a lo lago y ancho del país en el siglo XIX: fuera de México, todo es Cuautitlán.

[En este punto hay que hacer la acotación geográfica: Cuautitlán es uno de los municipios del Estado de México, ubicado al norte del Distrito Federal, a pocos kilómetros de la caseta de cobro de la autopista México-Querétaro].

El propósito de la frase de la “Güera” era evidenciar –no sin cierto desdén y sarcasmo- que el único centro urbano del país, era la Ciudad de México y que todo lo demás era un gran pueblote.

Influenciado todavía por el jet lag cultural y aun en contra de mi acendrado chovinismo, tan sintomático del mes que transcurre, creo que la meretriz preferida de Iturbide se equivocó en su frase. Aunque es comprensible, porque además de ser una disoluta, en el fondo era también una ordinaria aldeana con disfraz de citadina.

Hasta antes de largarme del país pensaba como la “Güera” Rodríguez, que fuera de Coyoacán todo era Cuautitlán, pues para mi el norte de la ciudad comenzaba en la avenida Miguel Ángel de Quevedo; sin embargo, ahora que he descubierto el verdadero significado de lo cosmopolita, pienso que lo correcto es que fuera de los centros urbanos del primer mundo, todo es Cuautitlán.

De ahí que haya regresado a Cuautitlán.



Greyhound; o de los guajoloteros gabachos

Con todo y que los Estados Unidos de Norteamérica son la primera potencia económica mundial, que tienen una infraestructura carretera envidiable y gratuita, además de una docena de aeropuertos internacionales enormes e importantes, resulta increíble descubrir que tienen un servicio de autotransporte carretero más chafa e incómodo que los chimecos de la ruta Cd. Neza-Metro Pantitlan .

Pero más que increíble resulta doloroso, en el sentido literal de la palabra. Esto porque ya en la última semana de estancia en la universidad, Carolina tuvo la peregrina idea de que regresáramos a México en autobús, porque además de que sería una buena oportunidad para conocer un poco más del otrora territorio mexicano que el imbécil de Santa Ana vendió por el precio de unas sabritas y una coca-cola, representaba la oportunidad de ahorrar una significativa diferencia en dólares respecto al costo de los boletos de avión.

Así que compramos nuestros boletos de Greyhound para Laredo, Texas, donde conectaríamos con Autobuses Sultana para llegar hasta Monterrey, Nuevo León.

Ya desde el itinerario del viaje la cosa comenzó a pintar mal. El autobús saldría de Nahsville a las 5 de la tarde del jueves 30 de Agosto y llegaría a Memphis a las 10:45 de la noche, para de ahí abordar otro autobús con rumbo a Dallas, Texas, pasando por Little Rock, en Kansas; y una vez en Dallas, abordar otro autobús a las nueve de la mañana del viernes 31 con dirección a Laredo, el cual llegaría a esta ciudad fronteriza a las seis de la tarde.

Animado por el choro mareador y sentimentalista de la Caro, acerca de que serían los últimos días que estaríamos juntos, procedí a mentalizarme que sería un viaje agradable y no tan largo.

Pero desgraciadamente mi capacidad de autosugestión no dio para tanto, pues al subir al autobús descubrí que sus pinches asientos ni siquiera tenían cabeceras y eran más rectos que un ángulo de 90 grados. Es más, ni siquiera tenía video.

Carolina nada más se reía de mi expresión, que imagino que era lo suficientemente cómica o angustiada, o las dos cosas.

Para no hacer el cuento largo, diré que de Nashville a Memphis no hubo tanto problema porque fueron sólo cinco horas; y todos los que íbamos viajando estábamos despiertos, comiendo la chatarra que habíamos comprado en una gasolinera en la que el autobús había hecho escala, además de que íbamos viendo todos los Cuautitlanes por los atravesaba la autopista.

El problema comenzó en el trayecto de Memphis a Dallas, porque no pude dormir ni siquiera cinco minutos durante toda la noche, a causa de la incomodidad de los asientos y del pequeño detalle de que al pinche autobús se le había descompuesto el aire acondicionado y olía a picadero de cocainómanos, por causa de los somníferos que los resignados pasajeros habían tomado para poder dormir. Aunque en lo personal, yo hubiera preferido tomar una dosis de prozac.

Ya en Dallas a Carolina se le había acabado el entusiasmo y cuando llegamos a Laredo estuvimos a punto de echarnos a llorar, al ver la fila enorme de autos y camiones que hacían fila para la revisión aduanal. Así que después de casi tres horas pudimos pasar hacia Nuevo Laredo para abordar nuestro próximo y último autobús hacia Monterrey, donde, muy a pesar nuestro, Carolina y yo tiramos la toalla y nos fuimos directo al aeropuerto, ella a tomar el primer vuelo a Culiacán y yo a la Ciudad de México.

Moraleja de la historia: siempre es mejor viajar en avión, aunque en la revisión para entrar a los andenes te miren hasta el color de los calzones.

En fin, lo importante es que ya estoy de regreso, y en mi próximo comentario escribiré todo lo que no pude escribir en las últimas semanas.

Por lo pronto, como dice una canción popular: “ya llegué de donde andaba, se me concedió volver”.

3 sep. 2007

Instantáneas

Nada más los recuerdos quedan...




2 sep. 2007

Señal de vida

Aunque es seguro que a nadie le importe, comunico con este mensaje que sobreviví a la dieta del supersize me y al infernal calor veraniego de los yunates estates, y he regresado a mi anegado y caótico país, justo el día en que el Presidente Calderón fue a darse un paseo de tres minutos por la cámara de diputados.

Por consiguiente, debo arreglar todos mis pendientes: pagar las cuentas del teléfono, la luz y el agua, reportarme a la Facultad a ver si aun estoy en la plantilla -y en caso afirmativo, enfrentar la furia de mis posibles alumnos luego de estar dos semanas sin hacer nada en las horas de mi clase- ver a mi vecinita para cerciorarme que aun siga soltera y esperando por mi; convencer a la doctora corazón de que se largue a Guadalajara a hacer su primer año de residencia, en lugar de quedarse a estudiar "medicina aveyurdica" o "ayervedica", o como se llame, llamarle a la Caro nada más porque se me ocurre; y después de hacer todo eso, reanudaré la publicación periódica de mis estupideces sin sentido con normalidad.

De la lengua desviada
Por el momento dejo este texto del maestro José de la Colina, que me pareció genial, agudo y muy ameno. Que lo disfruten.
De la lengua desviada

Iba yo en el metro y cuando a todo lo ancho de una gran plana en un periódico desplegado en manos de otro pasajero leí las grandes letras de una cabeza de sección: SECTOR AUTOMOTRIZ, me dolió el corazoncito de hispanoparlante, no sólo por la unión contra natura (en sentido estricto) del sustantivo masculino “sector” con el adjetivo femenino “automotriz”, sino además porque cualquier “sector automotor”, si bien hubiera sido lingüísticamente correcto, no sería un “sector automovilístico”, esto es de automóviles, sino un sector capaz de moverse por sí solo, como la marabunta y los enfermos perláticos. Entonces, desde la estación Hidalgo hasta la de Río Mixcoac, me acordé de tres casos de adulteración del idioma en la prensa, en los otros “medios” o donde sea que se usen públicamente las palabras, y los fui apuntando para este correo fantasma en que a veces descargo mi humor respecto de la tontería y la locura del mundo (o de mí mismo).

Antes de poner aquí los tres casos, advierto al lector que, a mi juicio, todo se vale con las palabras: se vale inventar y usar con mero antojo las que se quieran, y se vale combinarlas, mezclarlas, violentarlas, y hasta, como quería Octavio Paz, gritarles ¡chillen putas! y hacer que se traguen todas sus palabras... pero siempre que se trate de hacer un poema (en prosa o verso o en reverso), pues para eso existe la licencia poética y los poetas son sagrados licenciosos (y algunos hasta profanos licenciados). Lo que no se vale es usarlas en la mera y también necesaria prosa informativa, documental, periodística, judicial, policial, política, de mera razón práctica, etc., etc., pervirtiendo —por mera ignorancia del idioma— su condición de monedas de buena ley en el intercambio social, y obligándolas, aunque sólo sea por descuido, a decir otra y hasta contraria cosa de su significado, y así propiciar la anfibología, la ambigüedad, la confusión mental, la demagogia delirante, el pajareo curulero y el discurso cantinflesco como cortina de humo sonoro, como double talk.

Y... por lo pronto van los tres casos:

AMBULANTE. Significa un ser o una cosa que ambula, esto es que “va de un sitio a otro”: digamos un peatón, un perro noctívago, un automóvil de patrulla o una ambulancia (a la cual, what a coincidence, por eso se la llama así). Pero en Esmógico City hemos decidido que “comercio ambulante” (en realidad un comercio callejero y semifijo) significa el vasto comercio de contrabando o falluca instalado en un sinnúmero de aceras de la ciudad y montado en puestos estables al menos durante las ocho horas practicables del día. Así, el “ambulantaje" es el que durante muchas horas nos secuestra la vialidad, el que nos roba con “diablitos” la electricidad que pagamos los tontos y el que nos estorba el paso a quienes, precisamente, intentamos ambular.

EVENTO. Un evento es un “acaecimiento o hecho imprevisto, o que puede acaecer”, por lo cual resulta idiota una noticia como la leída en cierta revista ondera acerca de una de esas histéricas orgías de ruido, aullidos y ondulantes rebuznos llamadas sesiones de rock: “El concierto al aire libre de Higinio Mendoza, El Wichita, y su grupo El Terror Futuro, fue un evento bien planeado y realizado”. Esto es una burrada, pues el evento hubiera sido algo imprevisto, algo que interrumpiera o echara a perder el dizque concierto: digamos una súbita tormenta o un feliz accidente, por ejemplo: que el largo cabello del Wichita se enredara en la guitarra eléctrica y él fuese hermosamente electrocutado y silenciado y quedara carbonizada su guitarra, ese esencial instrumento del horrorrock.

INICIAR. Es decir “comenzar algo, introducir a alguien en la práctica de un culto o en las reglas de una sociedad”. Es verbo transitivo y pronominal y a veces reflexivo y significa que alguien inicia algo o inicia a alguien, o que SE inicia en una respetable religión o, siquiera, en alguna idiotez sublime como la Cienciología o el Espiritismo o la Derecha o la Izquierda. Pero el que esto escribe jura que leyó lo siguiente en la crónica de una publicación vagamente amarilla: “El comandante de la Policía, Fulano de Tal, habló de la gran oleada de crímenes que inició el mes pasado”. De lo cual se deduciría que el tal comandante habría sido el iniciador de la gran oleada criminal de aquel mes (¿sólo de aquel mes?). Y aunque el cartero fantasma, como cualquier ciudadano medianamente suspicaz y vagamente frecuentador de periódicos y de los otros "medios", sospecha que hay no pocos policías de todas las jerarquías que ejercen el crimen en sus horas de ocio (que también pueden ser de negocio), podría asegurar, sin riesgo de equivocarse, que no era eso lo que el gacetillero quiso y no supo decir, sino esto: “Fulano se refirió a la oleada de crímenes que SE inició”, etc.

(El gacetillero de marras no sabe la buena fortuna que tuvo gracias a que nuestros agentes de la “autoridad” son expertos practicantes del analfabetismo funcional. De lo contrario, lo hubieran llevado ante los tribunales, no por atentar contra el idioma con el que se gana la vida en el modo de "aisevá", sino, al menos, por haber incurrido en el delito de difamación.)

Jose de la Colina

Letras libres, versión on line: http://www.letraslibres.com/
23 de Julio del 2007