30 jun. 2010

Es una cuestión básica: respeto

En la continuación de mi mini tragedia emocional hoy quiero escribir acerca del respeto a la libertad del otro y sus decisiones, que es o más bien debería de ser un requisito básico para propiciar la convivencia y el entendimiento entre las personas. Y esto lo digo porque recién tuve un episodio de irritación y envidia que afortunadamente controlé con presteza.

Sucede que fortuitamente me enteré de que el ex novio de la ingrata (adjetivo que emplearé para referirme al monstruito imberbe e insolente que tuvo la osadía de batearme a mi, promesa de la intelectualité de este país de globos, bicicletas y candidatos acribillados por el narcotráfico) pasó por ella a la oficina para llevarla a su casa. Aunque traté de contenerlo, fue inevitable experimentar un estado de molestia y supongo que de celos, sobre todo porque ella y yo habíamos quedado en que nos iríamos juntos (es que al batearme me aplicó la ya clásica fórmula del “te quiero como amigo”) y de un momento a otro me comunicó que siempre no.

Lo que me irritó fue precisamente el hecho de que hubiera preferido al muchachito que era su novio y que se supone que ahora es su amigo, o con toda probabilidad su pretendiente en reconquista, que a mí. Me sentí desplazado.

No obstante, poco después me detuve a reflexionar que esa era su decisión y que seguramente había argumentos que la sustentaban, quizá no muy elaborados o consistentes, pero argumentos al fin y al cabo, es decir, productos de un razonamiento, y que yo no soy quién para cuestionarlos, reprobarlos o descalificarlos.

Pienso que las personas las más de las veces olvidamos ubicarnos en nuestra justa dimensión o simplemente somos renuentes a ser concientes de nuestra propia realidad.

Si ella ha decidido darle otra oportunidad al muchachito éste, es porque ha valorado sus cualidades, porque la inercia de la historia que juntos construyeron durante el tiempo que duró su relación la empuja a valorar la posibilidad del reencuentro y reconstrucción de algo que posiblemente piensa que no está tan derruido. Y si decidió no dármela a mi (la oportunidad, desde luego) es porque no encontró algo que pudiera interesarle más allá de la amistad y los minutos del cigarrito en el pasillo.

Ante esa situación yo no tengo nada qué hacer y por tanto mi irritación no tiene sentido ni justificación. De modo que la única opción viable es respetar su libertad de elección, darle la vuelta a la página y seguir adelante, explorando otras posibilidades… o regresar a la doctrina del filósofo de Ciudad Juárez resumida en los siguientes axiomas: “Yo no nací para amar/Nadie nació para mi”; y “No me vuelvo a enamorar”. Pero la verdad es que esto último está medio cabrón –perdón si mi francés es medio golpeado- porque si algo caracteriza a la vida sobre la tierra, al milagro de la existencia en el Universo, es la contingencia: nada está escrito y nada es lo que parece.

De modo que hasta ese episodio de irritación y envidia me dejó una enseñanza, que es precisamente la de respetar las decisiones de los demás y ser concientes de que lo que unas personas no valoran otras sí lo harán.

Quizá como gentil y solidariamente me lo han expresado en los comentarios, la ingrata es la que se pierde una buena oportunidad, o quizá también ha decidido que la oportunidad que más le conviene en este momento es regresar a su relación anterior. Ya el tiempo, implacable pero sabio maestro y verdugo, se encargará de determinar cuál de las dos opciones era la adecuada. Lo importante, mientras tanto, es respetar la libertad y las decisiones que tomen los demás, aun cuando sean muy a nuestro pesar.

Después de todo, si algo nos enseñaron los maestros estoicos es que los infortunios propios deben de asumirse con entereza, determinación y plena conciencia de que nosotros mismos contribuimos a acontencieran; pero eso sí, con la certeza de que una vez que hayan pasado nos harán mejores personas, porque habrán contribuido a la formación y prueba de nuestro temple, es decir, esa capacidad/habilidad de permanecer firme aun cuando todo a nuestro alrededor se esté derrumbando y la tempestad sea aterradora.

P.S Creo que merezco una felicitación por haber rompido (que es cualitativamente algo más intenso que roto) mi propio record en lo que va del año, al haber escrito duramente el mes de junio nada menos que ¡siete entradas!

Un efecto colateral positivo de mi mini tragedia es que me ha inspirado para continuar escribiendo.

Gracias a Juan, Paola (mi), Nata, LuCis y Lupita por sus comentarios; como siempre, pocos pero constantes lectores.

27 jun. 2010

Extrañar

La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.

Gabriel García Márquez

23 jun. 2010

Y finalmente lo supe: fue un "no"

Hoy miércoles 23 de junio de 2010 fue un día un tanto difícil para mi y siento la necesidad de escribirlo aquí, de compartirlo con quienes gentilmente se toman el tiempo necesario para leerme de vez en cuando, porque ya los considero mis amigos de letras; porque compartimos esa necesidad de externar lo que sentimos a través de las letras.

Hoy retomo esa terapia que aprendí a través de la lectura de uno de los libros de Imré Kertesz: escribir para buscar el dolor, el dolor más intenso que sirve como exfoliante de los residuos que atormentan al alma; pues sólo después de haber experimentado un dolor profundo, punzante, es cuando se puede sentir el alivio de la circunstancia superada.

Escribo también porque haciendo caso a la máxima de Miller, pienso que la mejor manera de olvidar a una mujer es convirtiéndola en literatura. Probablemente mi literatura no sea la más exquisita, o tal vez ni siquiera sea literatura. Pero desahogar el malestar afectivo a través de las palabras es reconfortante.

Así que hoy quiero escribir acerca del “no”. Pero no del “no” como negación, sino del “no” como rechazo. Porque se trata de un “no” que nos vuelve vulnerables, que hiere nuestro orgullo, pero al mismo tiempo, que termina con nuestra angustia y nuestra zozobra.

Por supuesto, me refiero al “no” del rechazo de una mujer.

Pero el “no” que taladra mi pensamiento y mis sentimientos no es un “no” de desamor, es uno muy raro, difícil de describir. A diferencia de otras ocasiones, este “no” lo recibí con mucha entereza y eso me asusta un poco, porque no sé si mi reacción es un indicador de que he madurado o de que realmente me he vuelto indolente.

En otras ocasiones el rechazo me había orillado al quiebre, a las ganas de querer mandar todo al demonio, de salir corriendo para evadir la realidad. Pero el de ahora es distinto. Es verdad, duele, es disgustante, pero no me ha orillado a los típicos episodios de depresión y melancolía cantinesca a los que nuestra tradición nos ha enseñado que debemos de recurrir cuando, en un momento de humildad, decidimos doblegar el orgullo para externar lo que sentimos a alguien que nos interesa.

De pronto me asusta la entereza con la que lo estoy procesando, porque puede ser un indicador de que ni siquiera he comenzado a procesarlo. No lo sé, hoy priva en mí ser la confusión.

Lo que sí es verdad es que ahora siento la (in)soportable levedad del ser y eso es un alivio.

Al final, pienso que la filosofía de los Gatos Samurai me está haciendo fuerte, porque ellos, tan sabios como eran, decían que lo importante era siempre caer de pie. Además de que estoy conciente de que el mundo no se acaba con un “no”; que como escribió en uno de sus comentarios mi estimado amigo Lu Cis, la vida está llena de oportunidades y la cancelación de una no significa la cancelación en automático de todas las demás. Ya vendrán otros momentos, ya la suerte, el destino, Dios o la simple contingencia, tienen reservadas para mí muchas otras más posibilidades.

Y como bien dice el maestro Jorge Drexler, nada se pierde, todo se transforma.

22 jun. 2010

No estaría mal no tener que saber qué es lo que va a pasar

En 1996 surgió en Barcelona un grupo de música difícilmente clasificable dentro de algún género debido a la versatilidad de sus interpretaciones, que mezclan ritmos pop ye-ye con rock británico y otras cadencias medio alternativas. Formado por Manolo Martínez y Genís Segarra, Astrud hace su debut tres años después con un álbum cuyo título es bastante sintomático: “Mi fracaso personal”.

La particularidad principal de Astrud son las letras de sus canciones, que entre sorna e irreverencia retratan la complejidad de eso que a falta de un mejor nombre llamamos amor, sobre todo durante la etapa en la que mejor hubiéramos deseado no habernos enamorado, es decir, en la etapa del rompimiento.

Portada de Mi fracaso personal

El título de una de sus canciones es en realidad una reflexión que todos hacemos cuando, después de la desilusión o el quiebre, nos instalamos temporalmente en el presente de los pendejos, esto es, el pretérito pluscuamperfecto también conocido como “el hubiera”.

El título al que hago referencia es precisamente el que decidí emplear para este post: “No estaría mal no tener que saber qué es lo que va a pasar”; aunque realidad pienso que es al revés: estaría bien saber qué es lo que pasará, porque de esa manera se podrían tomar las previsiones para que el batazo duela menos, o para hacerlo menos tortuoso para ambas partes.

Pero eso es en el caso de las relaciones que terminan y para eso hay toda industria musical, editorial y etílica que ayuda a sobrellevar de la mejor manera el rompimiento, el duelo, la nostalgia y la melancolía.

Sin embargo, para el caso contrario, es decir, el del cortejo, las señales y los coqueteos, no tenemos mucho para orientarnos, y quizá se deba a que en ese momento casi nadie se preocupa por analizar tanto las cosas, además de que casi es imposible, porque el cerebro queda atrofiado por el caudal de químicos, enzimas y péptidos que segregan las glándulas correspondientes para enviar las señales de la atracción. Además, supone que las personas nacemos equipadas con la capacidad/habilidad para detectar cuándo le interesamos a alguien más en en forma distinta a la amistad.

No obstante, no todos tenemos bien desarrollada esa capacidad y más bien somos bastante torpes para entender las señales o para interpretarlas correctamente y evitar caer en el ridículo cuando lo que interpretamos como una señal clara, resulta que no lo era tanto.

Ante esa situación yo recomendaría que Zygmunt Bauman escribiera un estudio sociológico acerca del “ligue líquido” (es que en Bauman todo es líquido) antes de que se muera, porque objetivamente ya está viejito; o ya de perdida Jordi Rosado y Gaby Vargas deberían de escribir un “Quihubole con las señales en el ligue”, para que los simples mortales que no somos expertos en hermenéutica ni en el estudio de los rituales, podamos orientarnos y saber cuándo realmente le gustamos a alguien y cuando no, para así evitar esa infame reflexión que da título a la canción de Astrud.

Ahora que no en todos los casos resulta difícil saber cuándo alguien quiere algo y ese algo no es precisamente dinero. Pero hay algunos otros en los que sí es complicado dilucidar la situación, sobre todo cuando previamente se ha desarrollado una relación de amistad, porque entonces ya no se puede distinguir cuándo una señal es más bien una muestra de afecto filial y cuándo es una invitación para pasar de la condición de simplemente amigos, a la de amigos que se besan.

En lo personal hay casos en los que las señales son muy claras y hasta me sirven para saber si tengo que correr para no caer en relaciones obsesivas (porque tengo una suerte para ese tipo de situaciones) o asumir esa condición del enamoramiento de la que habla Frederic Beigbeder en “El amor dura tres años”, esto es, la de tener conciencia de que el amor es como saber que te puedes estrellar contra una pared y acelerar a pesar de todo.

Sin embargo, hay ocasiones en las que me cuesta trabajo dilucidar las señales y entonces comienzo a cavilar un montón de cosas y construir múltiples escenarios para luego concluir que estoy interpretando mal. Y supongo que así como el mío debe de haber muchos, muchísimos casos; tantos, que alcanzarían para formar grupos de autoayuda que podrían denominarse “Complicados Sentimentales Anónimos” y hasta tener su código de los once pasos y once señales.

De esa forma podríamos evitar tener que decir, junto con Astrud “no estaría mal no tener que saber qué es lo que va a pasar”…

17 jun. 2010

El síndrome de Benito Juárez (a propósito de lo que podría ocurrir en el Mundial) III

Definitivamente no pudo haber un mejor día que éste para publicar la tercera y última parte de mi texto acerca del síndrome de Benito Juárez y lo que podría suceder en el Mundial. Hoy 17 de junio de 2010 la Selección Mexicana de fútbol ganó el segundo partido de la primera fase del torneo mundialista con marcador de 2-0 contra Francia, y uno de los anotadores encaja perfectamente en la etiología del síndrome que aquí nos ocupa. Efectivamente, me refiero a Cuahtémoc Blanco.

No obstante, para entender los porqués del síndrome del presunto benemérito de las Américas (esos colombianos y sus ocurrencias) es preciso revisar su etiología, la cual está estrechamente relacionada con la biografía personal de Juárez de la que ya escribí en el post anterior.

Así pues, el síndrome de Benito Juárez hace referencia a esa situación en la que un mexicano triunfa a pesar de todo y de todos, incluso de él mismo; lo cual más que la regla es la excepción en un país dónde el clasismo y el ethos mala leche e hijo de la chingada propician que la estructura de oportunidades de movilidad social sea demasiado reducida.

De ahí que una primera característica del síndrome sea que cuando el mexicano que lo padece triunfa, primero se maree por lo abrumador que resulta el aroma del éxito y luego se pase de rosca con las demás personas que están en la búsqueda de una oportunidad, sencillamente porque considera que deben sufrir lo mismo y padecer las mismas vejaciones. De modo que en lugar de facilitarles las cosas, se las complican y les ponen más trabas.

En el caso de Benito Juárez era bien evidente el malestar que le causaban los indígenas que se resistían a ser “civilizados” por sus políticas liberales, no obstante que en sus inicios en la vida pública se había dedicado a defender a comunidades mixtecas y zapotecas, en conflictos que sostenían con grandes hacendados por la propiedad de determinadas tierras en diferentes regiones de Oaxaca.

Otra característica de esta enfermedad endémica es que sólo es reconocida cuando el paciente ya tiene los síntomas avanzados y entonces irresponsablemente el resto de la sociedad contribuye a agudizar sus mareos a través del reconocimiento de su hazaña, a tal punto de sublimarla y considerarla como una gesta heroica. Ejemplos recientes de esta situación son Noé Hernández y Rosario Espinoza, ambos medallistas olímpicos. El primero ganador de medalla de plata en la disciplina de caminata, en los juegos de Sidney 2000, y la segunda ganadora de medalla de oro en Beijing 2008.

La verdad es que no sé cuál de las dos historias se la más conmovedora, al punto de robar alguna lágrima a los espíritus mas sensibles, porque ambas son ejemplo de tenacidad y persistencia. Pero veamos primero la de Noé Hernández, quién horas después de haber alcanzado fama internacional relataba en una entrevista lo siguiente:

“Todavía no me caía el veinte. Pasaron varias horas de que gané la medalla y cuando me fui a dormir vino a mi mente cuando tuve que hacerle a la albañilería para tener algo de dinero.

Tenía que levantarme a las cinco de la mañana para ir a hacer colados y terminaba con los pies hinchados, curtidos por el cemento”.


Noé Hernández

Más adelante, en el mismo trabajo periodístico su madre relataba que:

“Si no encontraba trabajo, entonces él tenía que exprimir los cinco o diez pesos que yo le daba. Mi muchacho tenía que comprarse, hasta seis meses antes de los juegos de Sydney, tenis de medio callito o esperar a que alguien se los regalara. Y todavía tenía que aprovechar cada plato de comida que le daban en el centro de entrenamiento, porque aquí en casa sólo había sopa y frijoles”.

Por supuesto, después de que ganó como siempre sucede en este país, todo mundo quiso colgarse de su triunfo personal y estoico, de manera que el pobre Noé, nada habituado a los ajetreos de la fama, se mareó.

Rosario Espinoza

La historia de Rosario Espinoza es tanto o más conmovedora, pues se trata de una joven originaria de La Brecha, una comunidad rural cercana a Guasave, Sinaloa, quien ganó la medalla de oro no obstante que unos días antes en plena concentración con la Delegación Mexicana que asistía a los juegos de Beijing, se había enterado se la dolorosa noticia de la muerte de su abuelo que la había apoyado para que se dedicara a practicar ese deporte. Luego, el mismo día que ganó la medalla sus padres relataron que debido a su escasez de recursos no podían darle el dinero completo para sus pasajes entre La Brecha y Los Mochis, donde tenía que acudir un determinado número de veces por semana a entrenar, de manera que para poder llegar a su destino tenía que hacerse la dormida en el camión.

Y así como éstas hay muchas más historias de mexicanos que padecen el síndrome de Benito Juárez, el cual, en lugar de volverlos más humildes y sensibles para abrirle las puertas a otras personas en busca de oportunidades para desarrollarse personalmente, los ha vuelto codiciosos y clasistas.

Por supuesto que no se trata de una situación generalizada, afortunadamente, pero sí ayuda a comprender el por qué de nuestro clasismo y nuestro aspiracionismo mala leche. No hay peor enemigo para un mexicano que otro mexicano.

Ahora, lo interesante del Mundial es que podríamos enterarnos de que el síndrome de Benito Juárez, como sucedió con el virus AH1N1, haya sido salido de México para difuminarse por otras latitudes del orbe. Y en ese caso me quedaría claro que el principal portador y agente de contagio es Cuauhtémoc Blanco, el jugador más veterano de la Selección (trans)Nacional, que de después de haber tenido un origen humilde en un barrio popular de la Ciudad de México, ahora se conduce con prepotencia, lenguaje procaz y un deleznable mal gusto.

Al final, como diría esta señora aburrida, Cristina Romo Hernández, que acostumbra lucrar con el apellido de su esposo, José Emilio Pachecho, quien es un brillante escritor: aquí nos tocó vivir…

Ya nada más para cerrar, a continuación mencionaré a algunos célebres personajes de la cultura popular que han padecido el síndrome de Benito Juárez: José Alfredo Jiménez, Juan Gabriel, Vicente Fernández y Vicente Fernández, ya si algún lector se le ocurre otro nombre más, pues hágamelo saber.

P.S. Como que ya me está regresando el gusto por la escribidera, quizá tenga algo que ver la frase esta atribuida a Arthur Miller, que dice algo así como: la mejor forma de olvidar a una mujer es convertirla en literatura.

P.S. Bien por la UNAM y el campus que abrirá en León, Guanajuato. Es un gran paso para liberalizar a esa zona del país. Bien también por el gobernador, Juan Manuel Oliva, que demuestra que no todos los panistas son oscuros, conservadores y temibles personajes.

9 jun. 2010

El síndrome de Benito Juárez (a propósito de lo que podría ocurrir en el Mundial) II

...sólo tomaba prestados unos centavos para comprarse su tarro de gel

Todos los que fuimos víctimas del sistema de educación pública de México (y los de la educación privada también, porque regían los mismos planes de estudio) en algún momento de nuestra instrucción primaria tuvimos que memorizar y declamar en grupo el poema a Benito Juárez, escrito por el tan insigne como desconocido poeta Francisco Huerta, que ridículamente se titula Pastorcito y Presidente y que he decidido transcribirlo aquí a modo de síntesis biográfica:

En casa lejana/de barro y de paja/el niño Benito/nació una mañana [no sabemos si fue de mañana, pero sí que fue en San Pablo Guelatato, Oaxaca, el 21 de marzo de 1806]

Vestido de manta/y jerga de lana/soñaba mirando/el agua encantada [el mito oficialmente difundido cuenta que Juárez quedó huérfano cuando tenía 3 años de edad y desde entonces quedó al cuidado de sus abuelos paternos, que también murieron pocos años después, razón por la cual tuvo que trabajar como jornalero del campo y pastor]

Tocaba su flauta/su flauta tocaba/y la ovejitas/balaban, balaban [esto es de una cursilería vomitiva que no necesita explicación; a menos que se refiera a las habilidades masturbatorias de Benito adolescente, pero sus asuntos hormonales no nos incumben, aunque tan sólo imaginarlo me recordó una escena de Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar, de Woody Allen]

Y aquel indiecito/calmando sus ansias/valiente se marcha/con rumbo a Oaxaca [en 1818 el joven Benito sale de San Pablo con rumbo a la ciudad de Oaxaca, con el presunto objetivo –otra vez, siguiendo el mito oficial- de aprender a leer y escribir; aunque existe otra versión que sugiere que su partida se debió a que perdió dos borregas del rebaño que usualmente pastoreaba; sin embargo, para que no se piense que aquí se pretende desacreditar al único héroe patrio que es percibido en el imaginario colectivo como relativamente honrado durante su paso por la Presidencia de la República (porque sólo tomaba prestados unos centavos para comprar su tarro gel) daremos por verosímil la versión de que emigró con la finalidad de adoptar el Oaxaca’s way of life, para lo cual se apoyó en el fraile franciscano Antonio Salanueva, quien primero lo aceptó como aprendiz de encuadernador y posteriormente lo acreditó para que pudiera ingresar al seminario a estudiar Teología y Gramática Latina, no sin antes pasar por vejaciones y actos discriminatorios en las escuelas seculares a las que acudió previamente, debido a su condición de indígena]

Y fue licenciado/llegó a Presidente/¡Qué viva el gran Juárez!/¡Qué vivan sus leyes! [Efectivamente, después de haber cursado algunas materias en el seminario, Juárez decidió estudiar Jurisprudencia, volverse masón y entrar a la grilla en 1831 cuando fue electo como regidor del ayuntamiento de Oaxaca. Sin embargo, su entrada a las grandes ligas de polaka mexicana sucedió en 1855, cuando se adhirió al Plan de Ayutla que pretendía derrocar a Santa Anna (el dictador, no la santa), lo cual se logró ese mismo año. Tres años después, en 1858, se convirtió en Presidente de la República por primera vez, porque hay que mencionar que se reeligió dos veces más, una en 1867 y otra en 1871; o sea, ya le estaba tomando cariño al puesto y en una de esas y de no ser porque se murió a tiempo -en 1872- se nos hubiera quedado en el poder hasta finales del siglo XIX].

Como se puede observar, la historia de Benito Juárez tiene cierta dosis de romanticismo y lirismo dickensoniano (para mencionar a un escritor de la época) que conmueve y neutraliza toda posibilidad de crítica a los posibles errores que el personaje haya cometido, pues sería tanto como blasfemar decir que Juárez fue un tarado nada más porque mandó a fusilar a Maximiliano de Habsburgo porque resultó más liberal que él, o porque cedió a perpetuidad el tránsito a través del istmo de Tehuantepec a los gringos, mediante la ratificación del Tratado McLane-Ocampo en 1859. Incluso, si se busca una biografía crítica de don Benito es realmente difícil encontrarla. Solamente está ese espléndido libro de Francisco Bulnes titulado El verdadero Juárez y la verdad sobre la Intervención y el Imperio, o bien, las caricaturas que se publicaban en los diarios de la época en las que se le dibujaba como un payaso.

Pero haiga sido como haiga sido, el punto es que a partir de este breve y medio irreverente esbozo biográfico de Juárez (perdonadme ortodoxos si es que me han leído) es posible formular la etiología del síndrome que lleva su nombre. Pero eso será en la siguiente entrega, porque quiero que este mes haya por lo menos tres entradas en el blog.

P.S. En caso de que este texto sea leído por algún médico, le pido me disculpe por emplear la palabra etiología para divagar sobre un asunto sin importancia; sé que se trata de un tecnicismo que forma parte del bagaje teórico de su profesión; pero no se enoje, que nosotros los politólogos no nos enojamos cuando sus colegas emplean nuestros términos con total desparpajo y en forma irresponsable.

5 jun. 2010

El síndrome de Benito Juárez (a propósito de lo que podría ocurrir en el Mundial)

Aunque parezca insensiblemente socialista y sea una forma poco amable de comenzar a escribir después de no hacerlo durante mucho tiempo, debo hacerlo: México de siempre ha sido un país clasista que se niega a asumirse como tal.

Luego, para matizar un poco debo expresar también que México es un país aspiracionista, y por tanto, y en cierta forma, inconforme; aunque es conveniente precisar que tal aspiracionismo no está animado por el genuino impulso de transformar el estado actual de las cosas, sino de aparecer ante los demás como políticamente correctos.

Así pues, el México clasista es el que se empeña en estigmatizar a los sectores menos afortunados que integran su sociedad. Es el que emplea en forma peyorativa la palabra “indio” para denostar al integrante de alguna etnia y el que califica como “naco” a todo lo que considera kitsch, aunque ignore el significado de esta palabra.

Curiosamente el clasismo mexicano no es exclusivo de los sectores más cultos o refinados, sino más bien una prerrogativa de todas las clases sociales; esto por la simple razón de que carecemos de una tradición aristocrática gracias al resentimiento guardado por los españoles criollos hacia a los peninsulares, que propició que durante la guerra de Independencia los echaran del país con todo y sus linajes y títulos nobiliarios.

Un claro ejemplo de que en México hasta el clasismo es sui generis lo constituye “doña Florinda”, ese personaje de la serie de televisión “El Chavo del Ocho”, creada por Roberto Gómez Bolaños y transmitida por Televisa, en la que se relataban las vicisitudes cotidianas de una vecindad del centro de la Ciudad de México en los años setentas.

Florinda Corcuera y Villalpando, nombre completo del personaje en cuestión, es una viuda que en varios de sus diálogos emplea la frase “chusma” para referirse al resto de los habitantes de la vecindad, a quienes siempre mira con desprecio no obstante pertenecer a la misma clase social. Lo que es más, “doña Florinda” ni siquiera es una mujer culta como para tener, si quiera por virtud del conocimiento, la licencia de menospreciar a sus vecinos por ignorantes. Incluso, en el colmo de su patetismo, su máxima aspiración es ser conquistada por el mediocre profesor de primaria de su hijo.

Pero en forma simultánea al clasismo como práctica social, en México también existe una clara noción de lo políticamente correcto, que entra en tensión con el primero y genera una especie de crisis de conciencia que se agrava en la medida en que la tradición cristiana católica ha permeado bastante profundo en la configuración de la mayoría de nuestras nociones morales y éticas.

Así, es como se explica la segregación y discriminación de los grupos étnicos marginados y los migrantes centroamericanos que además son vejados por las corporaciones policíacas federales y estatales, en coexistencia con la indignación por la promulgación de la ley SB 1070 de Arizona. O bien, las marchas en contra de la delincuencia y la inseguridad en las que los mismos que acuden vestidos de blanco se muestran indiferentes ante los pobres y la pobreza, que en gran medida es un factor que orilla a la comisión de actividades delictivas.

Incluso en este ejemplo se puede observar la otra característica de nuestra desdichada idiosincrasia, es decir, el aspiracionismo. Asistir a una marcha cuyo móvil es exigir a las autoridades combatir la inseguridad pública sería una actividad genuina si se hiciera con plena conciencia de la complejidad del problema, de que no se trata solamente de que existan malos porque son malos, sino también porque existe una forma de distribuir los beneficios producidos por el sistema económico que es inequitativa, y que en último término es lo que se debería de cambiar.

Sin embargo la gran mayoría de quienes asisten lo hacen con aspiración de ser parte de un modelo de ciudadano de ocasión, o bien, para sentirse momentáneamente parte de algo importante sólo porque así es comúnmente percibido.

No obstante, tanto el aspiracionismo como el clasismo y la corrección política tienen un origen común que podría ubicarse en lo que me he tomado la licencia de llamar el “síndrome de Benito Juárez”, que explicaré en la siguiente entrega de este texto, pero que adelanto que tiene que ver con la historia del personaje al que hace alusión. Como se sabe, la historia lírica de Benito Juárez García habla de un indígena oaxqueño que a fuerza de voluntad y espíritu de supervivencia llegó a ser presidente de México. El síndrome que lleva su nombre tiene que ver precisamente con las vicisitudes y la forma en que influyen en la conformación del carácter y el ethos personal.

Un saludo para los que todavía vienen por aquí. El otro día estaba leyendo uno de los post anteriores y resulta que sí hay gente que los lee y hasta deja comentarios. Muchas gracias por leerme.