30 jul. 2010

Amar la trama

En el siempre escabroso tema del amor -cualquier cosa que eso signifique, exista o no- hay una enorme variedad de fobias y filias que intervienen en la configuración de distintos tipos de relaciones con un igualmente variado grado de intensidad y complejidad.



Así, hay quienes se sienten atraídos y llegan a amar a personas que sufren algún tipo de pena, porque lo que los mueve a quererlas es una especie de misión redentora o un nivel más básico, la simple lástima por su condición de miseria existencial. 


Hay otros más que aman la posibilidad de llegar a insertarse en un círculo social o apropiarse de un conjunto de hábitos y prácticas sociales que les conferirían cierto status y aceptación, que no conseguirían si sólo se relacionaran con personas de su misma condición; de ahí que suelan buscar como parejas a personas que les ofrezcan esa posibilidad. El caso más emblemático y común es de las chavitas bobitas que sólo tienen novios que tengan auto, preferentemente de modelo reciente. Se trata del aspiracionismo en su versión pura y dura.

Otros disfrutan el momento del rompimiento, encuentran satisfacción emocional en el desamor, el rechazo o la humillación.

Todas estas manifestaciones de lo que podríamos denominar como lo amoroso, se encuentran en la vida diaria y todos conocemos una historia con tales características; incluso me atrevería a decir que las hemos juzgado como negativas o malogradas cuando en realidad son relaciones que se ubican en los márgenes del estereotipo convencional que se resume en la clásica frase de “… y vivieron felices para siempre”, aunque en los hechos no sea así.

Pero de todas esas formas alternativas de generar afectos hacia otras personas o hacia uno mismo a través del otro, la que me interesa abordar aquí es aquella en la que lo que genera interés e ilusión es el proceso de cortejo, la interpretación de las señales y el flirteo.

Jorge Drexler, compositor, intérprete y médico uruguayo radicado en España, ha denominado a esa manifestación de lo amoroso como “amar la trama más que el desenlace”; incluso así nombró a su nuevo disco, que salió a la venta a finales de mayo de este año y es acerca de lo que realmente quiero escribir en esta entrada.

 
Jorge Drexler(n. Montevideo, 1964).

Se trata de una excelente producción grabada durante cuatro días y que cuenta con la participación de músicos e intérpretes muy importantes, como el jazzista norteamericano Ben Sidran, que hace el acompañamiento de órgano y segunda voz en “I don’t worry about a thing”, un clásico que Drexler revisita con unos estupendos arreglos.

 
Portada de "Amar la trama" (2010)

En este disco, a diferencia de los anteriores, es posible percibir un equilibrio entre el contenido de las letras de las canciones, que sin temor a exagerar tienen calidad literaria, la armonía de los arreglos y la estupenda ejecución de los músicos.

En cuanto a los estados de ánimo que puede producir el escucharlo, Drexler repite la fórmula de brincar de una atmósfera de nostalgia y melancolía ("Aquiles por su talón es Aquiles”, “En la soledad”) a otra de relajación y alegría (“Una canción me trajo hasta aquí”, “Las transeúntes”), como lo había hecho en discos anteriores.



Definitivamente se trata de una producción impecable, ampliamente recomendable y disfrutable, que con sus letras y sus arreglos nos mueve a sentirnos parte de un comercial veraniego de Coca Cola, en el que se camina bajo la lluvia sobre la acera de alguna calle de un barrio colonial, con los audífonos puestos escuchando “Amar la trama”, mientras se reflexiona que sí, que amamos más el esfuerzo que la recompensa, como dijo alguna vez Confucio (si hemos de creerle a Frederic Beigbeder). 



P.S. Probablemente el dramita que del que todavía soy protagonista por causa del rechazo de una muchachita ingrata, sea el pago de una de las múltiples facturas que tengo acumuladas por ser de las personas que suelen amar la trama más que el desenlace; de los que sienten más emoción durante la conquista -porque la ven como tal, es decir, como una batalla en la que lo importante es ganarse los afectos de alguien- que durante la victoria, que se traduciría en el sí con el que suele iniciar toda relación de noviazgo. 

25 jul. 2010

Dante Gebel y el cristianismo de diván; a propósito de los momentos depresivos.

Me enteré de la existencia de Dante Gebel, predicador protestante de nacionalidad argentina y ascendencia alemana, durante una plática sobre ecumenismo que sostuve con un amigo que pertenece a una orden religiosa católica.

En esa ocasión charlábamos sobre los puntos en común existentes entre las diversas confesiones cristianas y de la necesidad de que éstas fomentaran la comprensión mutua.  Fue en este momento cuando salió a colación el nombre de Dante Gebel, de quien mi amigo dijo que era tan bueno interpretando y comunicando el mensaje cristiano, que el único defecto que tenía era ser protestante.

Poco tiempo después, mientras hacía zapping en el televisor dí con “Enlace TBN”, un canal cristiano que al parecer tiene amplia penetración en América Latina; lo que me llamó la atención de ese canal era el tipo que aparecía a cuadro, detrás de un atril de acetato transparente. Ataviado con una camisa blanca y una chamarra de piel negra, el hombre en cuestión hacía un chiste con un inconfundible acento argentino –porque el acento de los argentinos es inconfundible- sobre Abraham durante la noche previa al sacrificio de su hijo Isaac.

 
Dante Gebel

Después del chiste comenzó a hablar de los momentos difíciles que las personas tenemos que afrontar durante diversas etapas de nuestras respectivas vidas, e incluso relató una experiencia personal que bien podía ser la experiencia de cualquiera de las decenas de personas que lo escuchaban en el auditorio desde el que se transmitía su prédica, o de las miles de personas que la seguíamos por televisión.

En lo personal nunca he sido proclive a buscar orientación o respuestas –si es que tales pudiera haberlas- a las vicisitudes del vivir cotidiano en los textos religiosos; primero porque los encuentro terriblemente aburridos y segundo, porque siempre les doy una interpretación literal, según la cual poco o nada podrían decirme los salmos del rey David o los atávicos consejos del Eclesiastés. Si acaso el único libro que encuentro interesante y hasta divertido es el de Job, porque no cualquiera en el tiempo que fue escrito se atrevía a plantarle la cara al siempre irascible dios judío.

Así pues, obviando la parte de hermenéutica bíblica presente en la prédica de Dante Gebel, resulta interesante observar desde una perspectiva secular, la forma en que aborda diversos temas relacionados con la vida común y los momentos de desafío que en ocasiones tenemos  que encarar las personas para ir formando nuestro temperamento.

Hace poco veía en YouTube una de sus charlas, a la que puso por nombre “Esto también pasará”, para referirse precisamente a los momentos difíciles y la forma de hacerles frente mediante un examen de conciencia, pero no al estilo religioso, sino más bien psicológico; es decir, a través de una reflexión sobre el posible momento de quiebre que nos condujo a un estado de desánimo y depresión, aunque para hacerlo, el propio Gebel echó mano de un pasaje del libro del profeta Eliseo, en el cual se narra que cierto día se encontraba un grupo de hombres leñando algunos troncos, cuando repentinamente a uno de ellos se le zafó el hacha del mango y voló por los aires para extraviarse entre la maleza. El hombre muy preocupado porque el hacha era prestada, le dice a Eliseo que la ha perdido; el profeta le pide que le indique el lugar dónde ésta pudo haber caído y justo donde el hombre señala, el profeta lanza un palo que a los pocos instantes aparece flotando con el hacha incrustada. 

La metáfora es muy clara: es preciso identificar el punto de inflexión.

Saber dónde se cayó el hacha es buscar ese momento de separación, rechazo, desengaño, desilusión, etcétera, que nos quitó las ganas de vivir con entusiasmo aun a sabiendas de que al final no saldremos vivos.  

En estos días, no sé si por efectos del miserable clima que ha prevalecido en la Ciudad de México, por moda o por circunstancias meramente contingentes, algunas personas de mi entorno inmediato han perdido su hacha.

Desde luego que cada quien afronta a su manera su momento de quiebre, pero me sorprende la falta de entereza o esa suerte de nihilismo individual que comienza a percibirse como una conducta y una actitud convencional -como si lo emo hubiera llegado para quedarse- entre las personas. Simplemente se niegan a buscar o no creen en la posibilidad de encontrar una salida a su situación.      

Hacer ese examen de conciencia para identificar el bache que descarriló el curso de nuestra vida siempre resulta difícil, porque implica enfrentarse a los recuerdos, a los miedos, a las tristezas, a los resentimientos. Pero no hacerlo es mucho peor; es tanto como ir arrastrando un una bola de hierro atada a uno de los tobillos, que con el paso del tiempo se va a haciendo más pesada y difícil de mover hasta que llega un momento en el que nos paraliza por completo.

En fin, que quitándole la parte confesional, la prédica de Dante Gebel puede resultar motivamente, sobre todo porque en un espíritu genuinamente protestante traslada la posibilidad de la “salvación” –o de trascender personalmente, para emplear palabras profanas- a la esfera individual; se trata de una responsabilidad personal. A diferencia del cristianismo católico, en el que entre más y más se sufra, mayores serán las posibilidades de ser recompensado por Dios en la vida futura, en el cristianismo protestante de Gebel la recompensa comienza en la vida terrenal, pero depende de cada quién, de sus acciones, sus actitudes y sobre todo de su disposición a recibirla. Por eso es preciso saber dónde se cayó el hacha, porque al hacerlo se adquiere madurez y temperamento para todo lo demás que venga, sea bueno o sea malo. 

20 jul. 2010

Que esté viejito no lo justifica

Quienes han seguido en forma más o menos regular –tan regular como lo permiten mis intermitencias- este blog, saben que cada que puedo defiendo y presumo a la UNAM porque, sin el afán de ser arrogante (aunque resulte difícil creerlo), es la mejor universidad del país según sus resultados académicos, su producción científica y su reconocimiento internacional. Sin embargo, el amor a la Alma Mater no debe ser motivo de autocomplacencia ni autoconsentimiento, porque hacerlo sería renegar precisamente de una de las principales herramientas que se aprenden a emplear en sus aulas, es decir, la crítica.

Resulta que el rector José Narro declaró hace poco que el país no merece lo que le pasa,  refiriéndose a los problemas nacionales, lo cual está muy bien que lo denuncie aprovechando la resonancia que tiene su voz entre la clase política debido al cargo que ostenta. Sin embargo, antes de andar metiendo su nariz en temas de alcance nacional, debería de atender la problemática que padece la Universidad en su interior, pues así como el país no se merece la desigualdad, ni la pobreza, ni la exclusión, ni todos los males que le aquejan, la UNAM no merece que a sus alumnos los asalten adentro de los campus, que la burocracia de las Facultades, Institutos y Centros de Investigación y Difusión de la Cultura absorban cantidades groseras del presupuesto en sus sueldos y prestaciones, cuando bien podrían canalizarse a becar a estudiantes de alto desempeño, ni merece que los partidos políticos traten de intervenir en su vida interna con un afán desestabilizador y de disputa de poder en un campo que debería de ser estrictamente académico.


En el número actual de Letras Libres aparece publicada una entrevista a Guillermo Sheridan, uno de los principales y escasos críticos de la UNAM desde dentro de la propia UNAM. Ahí hace un diagnóstico bastante puntual de los problemas que aquejan a la Universidad y que ponen en franco peligro su viabilidad como el principal proyecto educativo que se ha ideado en el país, lo cual no quiere decir que no existan otros exitosos y dignos de ser tomados en cuenta, como el sistema del ITESM que el propio Sheridan menciona; sólo que en una nación como la mexicana, donde las posibilidades de movilidad social son cada vez más escasas, acceder a la educación superior privada es realmente un privilegio o un sacrificio que muy pocas familias pueden realizar. De manera que la universidad pública y en particular la UNAM como modelo a seguir, tiene que superar sus propios obstáculos para poder ofrecer esa oportunidad a las generaciones presentes y futuras de jóvenes que aspiran a mejorar su situación y la de su entorno a través de la educación profesional.

El rector Narro, si realmente está comprometido con el futuro del país debería de comenzar por intentar poner orden en su propia casa y dejar de lado los discursos de lugar común que lejos de refrendar el papel de la Universidad como “conciencia crítica” lo demeritan. 

La UNAM no es sinónimo de revolucionarios de lápiz y cuaderno, ni de activistas apestosos y barbudos practicando el onanismo mental en salones y explanadas, con invectivas del siglo pasado; si realmente se pretende honrar a esa institución y conservar su calidad de Máxima Casa de Estudios, se deben dejar de lado los dogmatismos, los fundamentalismos, los integrismos y lo más importante: los cretinismos de todos los intelectuales (in)orgánicos que se han arrogado para sí el monopolio de la palabra de todos los universitarios.

La Universidad es plural, abierta y tolerante; en ese espíritu debe de dar cabida a todas las expresiones del pensamiento filosófico, humanístico y científico y no encerrarse en fórmulas anquilosadas que despiden un tufo a formol.

Debe de asumir los valores de la competencia, la eficacia y la transparencia, sin renunciar necesariamente a todos los demás que difunde y reproduce. No puede ser un feudo cultural en medio del avance de la modernidad, porque su tarea fundamental es precisamente estar a la vanguardia y marcar el derrotero por el que se debe conducir al país.

Pero eso no se hace pronunciando discursos bonitos como los del rector Narro, sino haciendo dos cosas muy fáciles pero muy difíciles a la vez: que los estudiantes estudien y que los profesores enseñen. Y son difíciles por todo lo que implican en cuestión de vencer obstáculos burocráticos, de egos personales y de taras mentales.

Que Narro esté viejito no justifica que diga chingaderas, con todo respeto. 

13 jul. 2010

A propósito de las elecciones del 4 de julio... segunda parte

Gary Cox, que es un profesor de Ciencia Política en la Universidad de California, es uno de los estudiosos más acreditados de las alianzas electorales a nivel teórico. En 1997 publicó un ensayo en el que afirmaba que ese tipo de instrumentos de competencia electoral resultaban de la coordinación estratégica de las elites partidistas, que en palabras llanas son todos esos fulanos (diputados, gobernadores, dirigentes estatales) que toman las decisiones más importantes al interior de los partidos, para maximizar sus beneficios en términos de votos y presencia en las instancias de representación y de gobierno.

Asimismo apuntaba la existencia de varios factores para formar alianzas, entre ellos la necesidad pragmática de equilibrar las condiciones de la competencia entre los partidos concurrentes. Desde mi perspectiva, lo que sucedió en los comicios locales de este año se ajusta adecuadamente a este factor, es decir, que después de haber una evaluación muy puntual de las condiciones políticas prevalecientes en el país, las dirigencias nacionales del PAN y el PRD concluyeron que era conveniente aliarse en varios estados para hacer contrapeso a la capacidad electoral del PRI y tratar de detener su tendencia ascendente en las preferencias de los votantes que lo proyectaban como el partido ganador de la contienda presidencial de 2012.  

Ya todo lo demás fue la estructuración de un discurso democrático por parte de tales partidos para revestir de legitimidad esa verdadera intención. De modo que la polémica que suscitó el anuncio de la negociación de las coaliciones también fue parte de un discurso de supuesta condena a la falta de principios y convicciones ideológicas de ambos partidos, formulado desde el PRI y respaldado por un conjunto de intereses de todo tipo (económicos, religiosos, etc) que se sintieron amenazados.

Incluso las críticas se valieron de la confrontación coyuntural que PAN y PRD sostuvieron en 2006 a raíz de los resultados de la elección presidencial y uno de los argumentos más empleados era que dos institutos políticos que se habían agraviado al grado de desconocerse, no podían ni debían aliarse para competir juntos. Pero lo cierto que ante el crecimiento del PRI, el desgaste del PAN como partido en el gobierno y las fracturas del PRD y en general de los partidos de izquierda, la alternativa más viable para evitar la expansión de las prácticas antidemocráticas y el monopartidismo, desde una perspectiva muy pragmática, era la conformación de las alianzas.

Ahora queda por responder por qué las coaliciones sólo se negociaron en cinco estados. La respuesta apunta a dos razones fundamentales. La primera de ellas es que Durango, Hidalgo, Oaxaca, Puebla y Sinaloa eran estados que desde finales de los años treinta del siglo XX habían sido gobernados únicamente por el PRI, es decir, no habían registrado una experiencia de alternancia en la gubernatura. Aquí cabe precisar que Veracruz es otro estado con el mismo problema, sólo que en este caso la lógica fue distinta pues el presidente de la República decidió operar directamente la campaña del PAN en alianza con el PANAL, con la convicción de que podía ganarle en la disputa al gobernador Fidel Herrera, uno de los priístas expertos en manejar la maquinaria electoral no democrática de su partido, consistente en la compra de votos y otras maniobras bastante deshonestas.

La otra razón es que se trata de entidades con el mayor número de distritos electorales federales, número de habitantes y de recursos presupuestales. Son estratégicos, pues, para la elección presidencial de 2012.

Respecto al balance general de ganadores y perdedores, es claro que ganan los sectores moderados del PAN, PRD y Convergencia que logran así posicionarse al interior de sus respectivos partidos para dar un paso adelante a fin de superar la polarización surgida y reproducida desde 2006.

Gana también Elba Esther Gordillo, lideresa no formal del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y del PANAL Logró posicionarse como un factor clave para definir los resultados electorales y en lo venidero sabrá vender muy bien el apoyo de su partido y de su sindicato a candidatos de diferentes partidos en diferentes elecciones, con el consiguiente aumento de su poder personal.

El presidente Felipe Calderón también gana, aunque queda la impresión de que es muy poco lo que obtiene, pues su apuesta fundamental, como ya lo mencioné, era ganar Veracruz con el director general del ISSSTE, Miguel Ángel Yunes como candidato del PAN. Lo que gana es el apoyo de la izquierda moderada en un momento en que su sexenio parecía estar a punto de culminar por la ruptura con el PRI, ocasionada por el golpeteo mediático al que desde el Gobierno Federal se sometió a algunos de sus gobernadores y por el asesinato de su candidato a la gubernatura de Tamaulipas por parte del narcotráfico, pero que el PRI endosó al presunto fracaso de la estrategia de combate contra el crimen organizado.

Los que, para usar una expresión coloquial, “quedan tablas” son los priístas, pues se quedaron con igual número de estados gobernados que antes de la elección, aunque con una ligera tendencia a la baja, pues en términos número se redujo el número de población gobernada.

Quienes perdieron fueron Andrés Manuel López Obrador, que ahora anunció desesperadamente su auto postulación como candidato presidencial, como reacción a la ganancia que obtuvo el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, al apoyar a los candidatos aliancistas; y pierde también el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, quien incluso renunció a su militancia en el PAN como forma de protesta ante la negociación de las alianzas entre éste y el PRD.

Así, el escenario para 2012 parece reequilibrarse, aunque eso dependerá todavía de los resultados de las seis elecciones estatales que habrá el siguiente año y entre ellas la del Estado de México, en la que se pretende aplicar la misma fórmula de coalición PAN-izquierda para neutralizar al actual gobernador Enrique Peña Nieto.

No obstanta, habrá que observar cómo se irán desarrollando los acontecimientos, pues en un año pueden pasar muchas cosas y reconfigurarse las actuales circunstancias políticas.


P.S. Deberían de darme un premio por haber rompido (que ya sabemos que es peor que roto) mi record personal de batazos. En menos de un mes ya sumé dos: uno por ingenuo y el otro por pendejo, que parece lo mismo pero no es igual. 

8 jul. 2010

A propósito de las elecciones del 4 de julio (y otras vicisitudes que padecemos los politólogos)

Si los politólogos, como los médicos, cobráramos por cada consulta que le damos a las personas que se nos acercan para pedirnos una explicación de lo que sucede en la política, seríamos sin duda de los profesionistas con mejores ingresos y nuestra disciplina una de las más rentables.

Sin embargo, al igual que los médicos padecen la competencia desleal de las curanderas, los boticarios y las botargas del Dr. Simi, los politólgos en México sufrimos la competencia de los taxistas que escuchan Radio Fórmula o alguna otra de las tantas estaciones que transmiten noticiarios conducidos por periodistas medio burros que, provistos de una verborrea bastante nutrida (cualquier parecido con Carmen Aristegui es pura coincidencia), hacen pasar sus pareceres como verdades reveladas.

Como sea, el punto es que ante la persistente pregunta que me han formulado vecinos, amigos y familiares en los días recientes, acerca de los procesos electorales que tuvieron lugar en 14 estados del país el pasado domingo 4 de julio, me veo en la necesidad de poner por escrito mi lectura de los acontecimientos, un poco a modo de guión para estructurar mi respuesta cuando que me formulen el ya muy frecuente cuestionamiento de: “¿y tú qué le sabes mucho a la política, cómo viste lo de las elecciones?”.

Por otra parte, el hecho de que vuelva a escribir de política y cosas peores en este espacio, después de muchos meses de no hacerlo, es un indicador muy positivo de que he recuperado totalmente la inspiración para reflexionar y analizar los acontecimientos relacionados con el, la disputa, la influencia y el ejercicio del poder, más allá de los choros mareadores que tengo que escribir todos los días en el trabajo, los cuales por lo demás llegan a ser demasiado crípticos en ocasiones, porque no sé qué oscura tradición o falsa creencia prevalece respecto a que los altos ejecutivos de las empresas no tienen el tiempo suficiente para leer más de dos cuartillas de texto, cuando en realidad la falta de sustancia y de léxico amplío en los dizque análisis ejecutivos lo que hace es precisamente limitar su capacidad de discernimiento, por no decir de entendimiento, de por sí bastante limitado debido a sus lagunas de formación profesional y de bagaje cultural. Si algo he aprendido en este tiempo que he estado trabajando en el glamoroso mundo de la iniciativa privada, es que los viajes en primera clase y las comidas en restaurantes exclusivos no sustituyen a la cultura y el refinamiento que dan los libros.

Pues bien, como sabemos, si es que acaso leemos aunque sea el encabezado de los diarios o escuchamos las notas principales en los noticiarios de radio y/o televisión, el pasado domingo 4 de julio hubo elecciones en 14 estados de la República; en 12 de ellos, es decir, Aguascalientes, Chihuahua, Durango, Hidalgo, Oaxaca, Puebla, Sinaloa, Tamaulipas, Tlaxcala, Quintana Roo, Veracruz y Zacatecas, se renovaron las gubernaturas, presidencias municipales y diputaciones locales; mientras que en dos más –Baja California y Chiapas- se eligieron solamente a los próximos alcaldes y diputados locales.

Esas elecciones tuvieron varias peculiaridades, entre ellas, que se trató de los primeros comicios concurrentes en el país, con miras a empatar una sola fecha electoral tanto a nivel local como federal para todos los estados hacia 2015. Pero la más importantes de todas sus características es que se formaron alianzas en Durango, Hidalgo, Oaxaca, Puebla y Sinaloa entre el PAN y el PRD, para contender por las respectivas gubernaturas.

Esa situación plantea dos preguntas. La primera es ¿por qué causó tanta polémica la formación de coaliciones entre tales partidos? Y la otra es ¿por qué sólo en esos estados?

Las respuestas son las siguientes: las coaliciones entre el PAN y el PRD suscitaron polémica debido a que se trata de dos partidos histórica e ideológicamente antagónicos. Sin embargo, tal observación es relativa por dos razones: la primera es que sólo algunos grupos al interior de ambos partidos están plenamente definidos en términos ideológicos hacia la derecha (PAN) y la izquierda (PRD), pero la gran mayoría de sus militantes y cuadros dirigentes están más tirados hacia el centro para poder ser más competitivos y ganar el mayor número de votos. Sólo en las elecciones presidenciales de 2000 y 2006 ambos partidos presentaron diferencias importantes en sus concepciones de lo que debería de ser el país y cómo lograr su transformación.

La segunda razón es que el antagonismo como tal surgió apenas en la elección federal de 2006, aunque ya había tenido sus primeros visos desde el año 2000 debido a la gradual polarización en la que enfrascaron a los ciudadanos Vicente Fox desde la Presidencia de la República y Andrés Manuel López desde la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal.

Hasta antes del año 2000 si bien ambos partidos mostraban diferencias considerables, mostraban un punto de coincidencia fundamental, consistente en promover la democractización del país, expresada entre otros muchos acontecimientos y acciones, en la erosión de las prácticas autoritarias en el ejercicio del poder desarrolladas y reproducidas en forma sistemática por el PRI durante varias décadas. De ahí que cuando en el año 2000 se logró desplazar a este partido de lo que se consideraba como punto medular de la política en México, es decir, la Presidencia de la República, ambos partidos cambiaron sus roles. El PAN se convirtió en partido gobernante y el PRD en una oposición aguerrida y en algunas ocasiones intransigente, pero con cierta justificación, debido a que el cambio prometido por Acción Nacional nunca terminó por concretarse y más bien se perdió en las frivolidades y el desconocimiento del ejercicio del gobierno por parte de Vicente Fox. De modo que hacia 2006 ambos partidos se enfrentaron en una reñida y cuestionada elección, en la que como sabemos, Felipe Calderón ganó por un margen mínimo la elección presidencial a Andrés Manuel López Obrador, que no por ser un político con bastante arrastre entre amplios sectores de la población era un demócrata, sino más bien un líder carismático con fuertes inclinaciones hacia el autoritarismo, como lo demostró posteriormente al desconocer los resultados y declararse “Presidente Legítimo de México”, cuestionando y desconociendo la eficacia de las instituciones democráticas que él y su hasta entonces partido, el PRD, habían ayudado a construir en años previos.

Entre tanto, el PRI logró recomponerse –que no necesariamente renovarse y reinventarse políticamente- y recuperar algunos espacios que había perdido a nivel local, en gubernaturas, alcaldías y diputaciones locales. Tal recuperación se hizo patente en 2009, cuando logró ganar la mayoría de los distritos electorales federales y convertirse en primera fuerza en la Cámara de Diputados. Incluso anteriormente, desde 2003 más o menos, se comenzó a presentar un fenómeno muy interesante, consistente en el hecho de que las prácticas autoritarias que se habían logrado desplazar de la política a nivel federales, tales como el desvío de recursos, el ejercicio discrecional del poder para cambiar a jueces, magistrados y legisladores, controlar medios de comunicación e instituciones electorales y vulnerar la autonomía de órganos fiscalizadores tales como las comisiones de Derechos Humanos y Auditorías fiscalizadores del ejercicio de los recursos públicos, se desplazaron hacia los estados. Fue así como pudimos observar la forma casi despótica de ejercer el poder de gobernadores como Mario Marín en Puebla, Ulises Ruiz en Oaxaca y Fidel Herrera en Veracruz; por no hablar del dispendio en la promoción de su imagen personal con miras a ganar la candidatura presidencial del PRI, por parte del gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto.

El PAN y el PRD vieron en esa situación un riesgo potencial, pues si el PRI ganara nuevamente la Presidencia de la República en 2012, podría restaurar esas prácticas a nivel federal; de ahí que en un cálculo pragmático hayan decidido hacer a un lado sus diferencias y sus agravios mutuos, para conformar alianzas que pudieran elevar  sus porcentajes de votación a nivel estatal y ganar tantos cargos de elección como fueran posibles, pues en el caso de que el PRI los ganara, supondría el hecho de que más del 70% del país fuera gobernado con esas prácticas no democráticas, que se harían aun más intensas en 2011 y 2012 para poder ganar la elección presidencial muy probablemente con Enrique Peña Nieto como su candidato.

Si hasta antes de la elección del pasado 4 de julio el PRI gobernaba en 19 estados a poco más de 50 millones de habitantes, de haber ganado las 12 gubernaturas que se disputaron en esos comicios gobernaría 22 estados, es decir, más del 65% del país, lo cual implicaría ejercer con bastante opacidad miles de millones de pesos de recursos públicos y utilizar el aparato bucrocrático de 22 administraciones públicas estatales para apoyar a su candidato presidencial en 2012.

En la siguiente entrega de este análisis concluiré la respuesta al pregunta del por qué causaron polémica las alianzas PAN-PRD y responderé al cuestionamiento de que por éstas sólo se dieron en determinados estados, además de que ofreceré un balance acerca de los ganadores y perdedores con los resultados de esas elecciones, más allá de los candidatos y lo que la nueva configuración política del país implica para 2012.

Un saludo y gracias por leerme.  

3 jul. 2010

¡No nos dejes!

La llanura era tan extensa y árida que desde la lejanía se podía observar cómo la estela de polvo que dejaba el cortejo a su paso era rápidamente disipada por las fuertes ráfagas de viento. Comenzaba a oscurecer y unos nubarrones negros cubrían el cielo a manera de tétrico preludio de la primera lluvia torrencial en meses. Por escasos instantes el horizonte se iluminaba con los relámpagos, y los sollozos de los dolientes eran acallados por el fragor  de una tormenta que descargaba toda su furia en una región vecina. 

La escena parecía sacada del cuadro de algún pintor tenebrista. No eran más de 20 personas, en su mayoría mujeres mayores, encorvadas y famélicas, las que formaban la procesión fúnebre. Llevaban la cabeza gacha, cubierta con harapos sucios y malolientes que alguna vez, hace muchos años, fueron confeccionados con la forma de velos oscuros.

Cuatro hombres con rostros adustos y apagados, no por la tristeza, sino por el hambre y la desesperanza, llevaban el humilde féretro con los pies temblorosos, cubiertos por zapatos viejos, sucios y rotos, que se desgastaban aun más a cada paso lento y desfalleciente que daban con grandes esfuerzos.

El camino que conducía desde las pocas casuchas de madera y techos de asbesto que formaban la comunidad, hacia el descampado que cumplía las funciones de cementerio, era recto y agreste pues estaba cubierto por piedras poliformes, blancas y filosas, enterradas en espesas capas de polvo que eran poco perceptibles a la vista y tornaban más difícil el andar.

El llanto incontenible de la mujer de rostro abatido que era sostenida por los brazos enclenques de un muchacho de no más de 15 años, se hacía más doloroso cuando sus harapientos acompañantes entonaban la estrofa de un cántico religioso que decía: “entre tus manos/está mi vida Señor/entre tus manos/pongo mi existir…”.

Faltando ya pocos metros para llegar a la fosa que se había dispuesto para depositar el féretro, dos niños que habían salido corriendo desde el pueblo lograron alcanzar el cortejo. La niña tenía el pelo ensortijado y grasiento, la carita inocente pero compungida y las manitas y el vestido llenos de tierra, señal de que en el trayecto había tropezado por causa de las piedras escondidas entre finas capas de polvo.

Para ese momento habían comenzado a caer las primeras gotas del aguacero  y los relámpagos y truenos eran más constantes. En el rostro del pequeñito era imposible advertir si la mugre que escurría por sus mejillas había sido deslavada por la lluvia o por las lágrimas que derramaba en abundancia con sollozos agudos y desgarradores.

Cuando llegaron al frente del miserable cortejo abriéndose paso entre empujones, se aferraron a la pierna de uno de los hombres que cargaban la caja de madera en la que yacía el cuerpo inánime y como si quisieran detener sus pasos comenzaron a gritar con sus vocecitas ahogadas por sollozos desesperados y angustiantes: 

-¡Papá, papacito! ¡por qué nos dejaste solos papacito!-

-¡No nos dejes papito! ¡te extrañamos!-

El momento, que habría conmovido hasta al espíritu más indolente, pareció no causar efecto en el hombre a cuya pierna se aferraban como si en ella se les fuera la vida, pues con una expresión severa en el rostro bajó la mirada, los apartó con una mano y les dijo:

-¡Chamacos cabrones, ¿qué no les he dicho que no me molesten cuando estoy trabajando!-