17 feb. 2014

Sigo aquí...

Por razones laborales y también por abierta, franca y vergonzosa flojera no tuve oportunidad (ni ganas) de escribir en este espacio durante buena parte del año pasado. Con cierto cinismo debo reconocer que han quedado lejos los días en que me daba pena a mi mismo por dejar de lado uno de mis otrora pasatiempos favoritos, que era precisamente escribir. Al contrario, en cierta medida me llena de satisfacción haber superado marginalmente la cantidad de posts publicados en 2012. 


 Así que no es mi intención, ni tendría porqué justificar mi falta de inspiración o interés para escribir como lo había hecho habitualmente en años previos, cuando las redes sociales eran aun incipientes armas de destrucción masiva y apenas se gestaba embrionariamente la tiranía de la imagen y el tag sobre la inteligencia, la imaginación y decencia ortográfica que durante mucho tiempo prevaleció en lo que por entonces se llamaba la blogosfera. 



Sin embargo, al igual que las pequeñas embarcaciones ante las tempestades, confieso que he sido débil y he sucumbido ante el maremoto de superficialidad, estupidez y falsas pretensiones que inunda actualmente las redes sociales. La distancia que me separa de los selfies y e Instragram es una aplicación no instalada en mi teléfono celular. 



 Sencillamente me he abandonado al microblogging, autocensurando y mutilando mi capacidad analítica quizá inconscientemente influenciado por el social branding que define a la actitud de las generaciones contemporáneas: "¡qué hueva!". 



Esto de ser un "Gutierritos" o "Godínez", por muy ejecutivo que se pretenda, tiene sus costos intelectuales. Y no podría ser de otra manera cuando el nivel de las charlas oficinescas se reduce a comentar sobre automóviles, gadgets, telenovelas y el postre que ofrece doña Lupe todos los días en su cocina económica. 



Frente a esa circunstancia plantear una discusión en torno a los alcances conceptuales la epoché husserliana no es sólo una transgresión a la Pax Oficinística, sino una apuesta segura al ostracismo. De modo que esa circunstancia constituye un factor central en el proceso de desmantelamiento de mi intelecto y mi gusto por la escribidera. Así que si ahora mismo puedo articular un par de párrafos con un mínimo de coherencia sintáctica y expositiva es casi por milagro (nótese que ahora he comenzado a depositar mi confianza en los fenómenos sobrenaturales relacionados con la fe). 



Por supuesto que todo esto me ha generado intensos episodios de crisis existencial cuando, como en los días previos al fin de año -que siempre son propicios para la introspección y el balance general respecto al curso de la vida de cada quien- mirando en retrospectiva reparé en el hecho de que antes, hace ya mucho tiempo, era ordenado al pensar, escrupuloso al escribir, arrogante al debatir y sarcástico al momento de fastidiar al prójimo. 



Comparado el yo de aquel entonces con el yo del presente reconozco que hay una distancia cualitativa muy notoria. Aunque eso no significa que la parte esencialmente jodedora de mi ethos haya fenecido. Aún ahora me siguen causando conflicto e irritación muchas actitudes, modas e ideas prevalecientes entre las amplias mayorías, así como su falta de reflexión y su abandono a la exhibición y la aspiración frívola. Sólo que no encuentro la suficiente motivación para plasmar ese malestar por escrito porque, en el fondo, sé que la tiranía de lo efímero, sintético y conciso genera la sensación de no tener tiempo para leer tal retahíla de quejumbre. 



Por ejemplo, hace poco mientras esperaba el cambio de la luz del semáforo en una de las avenidas más transitadas de la ciudad, veía con mucha curiosidad que un grupo de chavitas de no más de 25 años se tomaban fotos con la cámara de su teléfono celular en una jardinera bastante ordinaria y descuidada. Ese hecho me hizo pensar en que antes del advenimiento de la fotografía digital las personas administrábamos las poses para los acontecimientos importantes. No era barato revelar los rollos fotográficos y éstos además tenían un número limitado de exposiciones. 



Hoy en día hasta una mugrienta jardinera es motivo para una fotografía en la cual, además, se exhibe uno de los vicios ocultos de la condición humana que hasta hace muy poco había permanecido circunscrito al ámbito de lo íntimo. Sí, me refiero al vicio del exhibicionismo que las redes sociales y la fotografía digital han potenciado hasta el límite del paroxismo. 



Anteriormente, después de ser reveladas, las fotografías se guardaban cuidadosamente en un álbum y constituían una fuente de privacidad a la cual muy pocos tenían acceso. Quién no recuerda aquellos momentos de visitas familiares o de amigos íntimos a los que se les mostraban las fotografías de los distintos acontecimientos que iban marcando la historia personal y familiar; o aquellos otros bochornosos episodios en los que la madre orgullosa de su vástago mostraba a la novia de éste las fotografías en las que salía retratado en calzoncillos con la cara chamagosa, el pelo desaliñado y las mejillas empapadas de lágrimas. 



Ahora esa barrera de intimidad ha sido demolida. Sin el mínimo escrúpulo las personas se abandonan a la exhibición pública; es más, hasta la desean. Ahora las fotografías no se toman para recordar un momento especial, sino para exhibir a los demás la vida cotidiana, para construir una apariencia y para tratar de engañar con ésta a quien se deje. Es un mecanismo de autorrealización y construcción de la identidad bastante pobre. 



Por supuesto, habrá quien no concuerde con esta perspectiva, pero antes de que ese gentil lector prepare su contundente batería de argumentos, permítame expresar que no he compartido tal perspectiva para pontificar y convencer acerca de la objetividad y veracidad de la que carece. Sencillamente es algo que percibo y que me preocupa porque su vacuidad e irreflexividad algún impacto deben tener en el curso general de los asuntos que deberían ser de interés común. Pero eso ya es tema para otra conjetura que podría ser expuesta en otra ocasión. 



Por el momento baste este desahogo y señal de vida por parte de este humilde y analfabeta funcional mortal para quienes en algún momento han considerado entretenidas algunas de las ocurrencias que aquí se han publicado. 



Perdonad ortodoxos la conversión en lo que soy ahora.