14 sep. 2015

PRD. Estas ruinas que ves

Transcurrieron 23 años desde aquel lejano 5 de mayo de 1989, fecha de la fundación formal del PRD como resultado de una coalición de pequeños partidos, organizaciones civiles y varios ex priistas de izquierda encabezados por Cuauhtémoc Cárdenas, hasta el 10 de septiembre de 2012, cuando en un acto multitudinario realizado en el Zócalo de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, ex dirigente nacional y ex candidato presidencial perredista anunció la renuncia a su militancia en el partido, significando con ello la fractura del único experimento relativamente exitoso de unificación de la izquierda mexicana.

Posteriormente, en noviembre de 2014 la debacle del denominado “partido del sol azteca” se hizo mucho más patente con la renuncia pública de Cuauhtémoc Cárdenas, hasta entonces considerado el líder moral del partido, en medio de una profunda crisis de credibilidad e imagen de éste a raíz de los hechos violentos de Iguala, Guerrero, en los cuales quedó de manifiesto el contubernio existente entre el alcalde de extracción perredista y el crimen organizado para perpetrar la matanza y desaparición de decenas de estudiantes normalistas opositores a su administración.

No obstante, el inicio del declive del PRD es muy anterior a estos acontecimientos y es posible rastrearlo desde 2008 cuando la corriente interna mayoritaria Nueva Izquierda –periodísticamente conocida como “Los Chuchos”- llegó a la dirigencia nacional del partido y comenzó a implementar una estrategia de alianzas político-electorales demasiado pragmática, en la cual la afinidad ideológica y la probidad pública de sus candidatos a diversos puestos de elección popular quedaron en segundo plano ante su nivel de competitividad y posibilidades de triunfo.

Pero no sólo eso. También en el ámbito parlamentario desplegaron una línea de colaboracionismo inescrupuloso a cambio de concesiones presupuestales para sus gobernadores y alcaldes, hasta llegar al punto culmen que catalizó la pérdida de cohesión e identidad cristalizado en el Pacto por México, con cuya participación legitimaron una serie de reformas contra las cuales históricamente se habían opuesto por resultar contrarias a sus postulados ideológicos.

Los resultados electorales del pasado 5 de junio fueron la última advertencia de que el partido había llegado al filo del precipicio al perder poco más de 30 curules en la Cámara de Diputados principalmente ante MORENA, el partido formado por López Obrador, la gubernatura de Guerrero ante el PRI como castigo del electorado por el tema de Iguala, y ocho jefaturas delegacionales en el Distrito Federal ante MORENA y el PRI, en gran medida como resultado de la errática administración de Miguel Ángel Mancera quien irónicamente ni siquiera es militante perredista.

Esta situación propició que las corrientes minoritarias solicitaran la renuncia de Carlos Navarrete al frente del partido, a fin de iniciar un proceso de reflexión y reconstrucción del mismo bajo la conducción de un nuevo liderazgo con capacidad para unificar y conciliar a los diferentes grupos y neutralizar el riesgo de convertirse en la cuarta fuerza política desplazados por el Partido Verde, con lo cual no quedaría lugar a dudas del corrimiento del electorado hacia el centro-derecha y correspondientemente del sistema de partidos.

Sin embargo este proceso de reconstrucción no ha sido del todo atinado y más bien se ha caracterizado por la improvisación y la falta de claridad respecto a la estrategia para lograr tal objetivo. Muestra de ello es la ocurrencia de ofrecer la dirigencia nacional a personajes de la sociedad ajenos ya no se diga a la militancia partidista sino a la izquierda, ignorando o pasando por alto a los cuadros internos formados durante años de militancia sin que necesariamente implique que sean personajes de otra época histórica, como en su momento sí lo fueron Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo o el propio López Obrador.

Pero lo más preocupante es que la búsqueda de este nuevo liderazgo pareciera no estar enfocada a hallar un perfil de fuertes convicciones democráticas que renueve la visión y organización del partido, sino a encontrar a un padre providente que conduzca a las “tribus” infantiles ávidas de orientación y tutela. En otras palabras, pareciera que este partido y en general el resto de las organizaciones partidistas de la izquierda mexicana aún no han alcanzado un nivel de institucionalización tan sólido que les permita sobrevivir ante la ausencia de su líder máximo y/o fundador.

Y es tal y tan apremiante esa necesidad, que la llegada de un personaje tan gris y tan menor en la política y en la intelectualidad como lo es Agustín Basave, ha sido recibida con gran entusiasmo y esperanza en el PRD, a tal punto que diferentes corrientes internas y militantes destacados han enviado señales en el sentido de que podría ser el próximo dirigente.


Sin embargo, las cosas no son tan sencillas como parecen, pues quien quiera que sea el personaje que asuma la dirigencia perredista tendrá que pasar necesariamente por la aduana de la competencia en un proceso interno que le otorgue legitimidad, margen y capacidad de operación política. De otra manera el remedio podría resultar más riesgoso que la enfermedad y de ser el caso, entonces al PRD le quedaría muy a modo de descripción del estado crítico por el que atraviesa, la frase que intitula una de las novelas de Jorge Ibargüengoitia: estas ruinas que ves.

Publicado en El Imparcial 13/09/2015

El Día de la Autocomplacencia Presidencial

El 15 de agosto de 2008 se publicó en el Diario Oficial de la Federación una reforma a diversas disposiciones del Artículo 69 Constitucional a efecto de que a partir de ese mismo año el Presidente de la República se limitara a enviar por escrito su informe anual sobre el estado de la administración pública y evitara acudir el 1 de septiembre a la apertura del primer periodo ordinario de sesiones al Palacio Legislativo. Esto con la finalidad retórica por parte de los legisladores que impulsaron la reforma, de acabar con el denominado “Día del Presidente” de los tiempos de la hegemonía política priista.

Sin embargo, si se observa un poco el contexto que propició la presentación, debate y aprobación de esa reforma, resulta que detrás del argumento retórico había un sentimiento de agravio y una actitud de mezquindad e inmadurez política, además de una carencia de vocación democrática y republicana hacia las formas de relación entre los poderes constituidos. Esto porque el móvil real de la citada reforma fue el atropellado proceso electoral de 2006, en el cual el entonces presidente Vicente Fox desempeñó un lamentable papel de parcialidad no tanto a favor del candidato de su partido, Felipe Calderón, sino en contra del candidato de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador.

Esa indebida intromisión que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación sugirió que pudo haber influido en el resultado de la elección, fue la causa de  que los legisladores de oposición -principalmente el bloque conformado por el PRD, PT y Convergencia, hoy Movimiento Ciudadano- le impidieran al presidente Fox leer en la tribuna de la Cámara de Diputados el mensaje que había preparado con motivo de su último informe de gobierno.

Al año siguiente, con el encono todavía muy marcado, el presidente Felipe Calderón sólo se limitó a entregar por escrito su informe en un recinto legislativo casi vacío.

Ese fue el contexto real que propició la reforma, sólo que fue recubierto con la demagógica pretensión de acabar con una anquilosada “celebración faraónica” en la cual, más que rendir cuentas, el Presidente derrochaba presunción. Curiosamente, uno de los grupos parlamentarios más entusiastas en la promoción de la reforma que acabó con lo que algún ocurrente llamó el “Día del Presidente”, fue el del PRD. Ahora, ocho años después, este mismo partido ha propuesto en voz del presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Jesús Zambrano, que el Presidente de la República regrese al Congreso a dialogar con los legisladores.

Pasando por alto el oportunismo político de Zambrano y suponiendo sin conceder que la clase política ha alcanzado la madurez y civilidad necesarias para evitar hacer de la visita del Presidente al Congreso un espectáculo circense, se trata de una propuesta sensata que rescataría la esencia republicana del acto de informar e incluso podría ir más allá, hacia un diálogo institucional y una auténtica rendición de cuentas a la Nación (representada por los diputados) y a la Federación (representada por los senadores).

Por otra parte, la sensatez y la civilidad no anulan la controversia y la polémica expresada tal vez con aspereza, pero también y principalmente con solidez argumentativa; pues sólo de esa manera se evitaría una actitud triunfalista por parte del Presidente y, por el contrario, se fomentaría una mayor sensibilidad a la crítica constructiva. Sin embargo, se observa complicado que en la actual coyuntura reformar nuevamente la Constitución en este sentido sea una prioridad.

Por otra parte, el decálogo de acciones anunciado por el presidente Peña Nieto durante el mensaje con motivo de la presentación de su Tercer Informe de Gobierno tiene múltiples lecturas y ese era precisamente su objetivo; es decir, que tanto los medios de comunicación como los demás actores políticos se concentraran en analizar las acciones propuestas para dejar en segundo término no sólo los pálidos resultados de su tercer año de mandato -repetidos incesantemente para que a fuerza de costumbre los ciudadanos terminemos creyendo que son verdaderos y tangibles- sino principalmente el entorno crítico en lo económico, lo político y lo social, que resulta difícil discernir si es causa o efecto de las acciones y omisiones de su gobierno; es decir, la inestabilidad del tipo de cambio, la baja en los precios del petróleo, la lenta recuperación económica perceptible solamente en los indicadores estadísticos pero no en la realidad cotidiana, la inseguridad imperante en amplias regiones del país, la autocensura de los medios de comunicación motivada por el temor y las violaciones a los derechos humanos cometidas por distintas corporaciones  y agencias gubernamentales de seguridad pública.

Pero más allá de ese efecto distractor, lo cierto es que esas acciones tienen un evidente tinte electoral y adolecen de un contradictorio diseño de origen, pues por una parte el Presidente anuncia acciones de austeridad y un presupuesto base cero para 2016, pero por la otra propone crear una secretaría de cultura que en los hechos significa más burocracia y por tanto más gasto corriente destinado al pago de salarios y gastos operativos. Lo electoral, en tanto, está fincado en el anuncio de la rehabilitación de la infraestructura escolar, en la inversión para desarrollar las zonas económicas especiales en el sur del país y en los apoyos a los pequeños productores, que básicamente son subsidios para crear y/o consolidar clientelas electorales.

En fin, que un análisis más detallado del contenido del mensaje presidencial requiere de más espacio del disponible. Así que en resumidas cuentas baste decir que en caso de hacerse realidad la propuesta de que el Presidente regrese al Congreso para rendir cuentas se evitaría la consolidación del 2 de septiembre como el “Día de la Autocomplacencia Presidencial”. 

Publicado en El Imparcial 06//09/2015

2 sep. 2015

Cambiar para que todo siga igual

Los largamente esperados y finalmente anunciados ajustes al gabinete del presidente Enrique Peña Nieto generan una percepción de superficialidad e insuficiencia frente a un panorama económico, político y social demasiado complejo tanto en lo doméstico como en el entorno global.

Hasta antes del anuncio realizado por el propio Presidente de la República el pasado jueves, las expectativas giraban alrededor de dos objetivos que se suponía debían estar en la lógica presidencial al momento de plantear relevos en su equipo de trabajo. Por una parte, enviar un mensaje de sensibilidad ante la delicada coyuntura nacional e internacional con cambios en las dependencias primordiales de su gobierno en las cuales los resultados generados hasta el momento no son precisamente los más satisfactorios; es decir, las secretarias de Hacienda y Gobernación, cuyos titulares se mantienen intocados pese a que el primero no ha podido hallar la fórmula para impulsar la reactivación económica y, por el contrario, se ha dedicado a buscar en el exterior la justificación para explicar la falta de dinamismo, amén de que su principal resultado ha sido el incremento en 2 millones de personas la cifra de la población en condiciones de pobreza; mientras que el segundo ha fallado en forma exorbitante en el cumplimiento de su responsabilidad prioritaria vigilar casi personalmente la reclusión del narcotraficante más rico y peligroso del mundo, el cual se fugó de un penal de “máxima seguridad” con una maniobra que raya en lo fantástico.

Por otra parte, el segundo objetivo que se suponía debían cumplir los cambios era aterrizar en el equipo de trabajo del Primer Mandatario las palabras pronunciadas por él  mismo durante su visita a la sede nacional del PRI hace algunas semanas, en el sentido de reconectar al partido y a su gobierno con las demandas de los jóvenes, que son el sector mayoritario de la sociedad. Salvo por los casos de Aurelio Nuño (SEP) y Rafael Pacchiano (SEMARNAT), el resto de los nuevos secretarios y titulares de dependencias rebasa los cuarenta años de edad y se antoja difícil que puedan conectar con los más de veinte millones de jóvenes de entre 15 y 24 años.

De modo, pues, que estamos ante un escenario de altas expectativas no satisfechas debido a movimientos que se asemejan más a una rotación de personal que a ajustes estratégicos o “enroques” en un equipo de gobierno. Lo que es más, parecería que los movimientos obedecen a un reconocimiento por parte del Presidente a la meritocracia de personajes de segundo nivel que ahora se integran a su primer círculo de colaboradores no tanto por su probada capacidad de operación política, sino meramente burocrática.

Observados desde la perspectiva de la sucesión presidencial, los ajustes tampoco obedecen al propósito de ampliar el abanico de aspirantes a la candidatura del PRI; ni siquiera en el caso de la llegada de José Antonio Meade a la SEDESOL pues pese a ser un servidor público eficiente que ha logrado mantenerse en la nómina gubernamental de primer nivel durante dos sexenios consecutivos, carece de militancia priista, carisma y capacidad para comunicar. Pero, sobre todo, porque su arribo a esa cartera significa la reincidencia de este gobierno en el mismo error cometido en el pasado de colocar en esa dependencia a un perfil técnico sin mayor conocimiento de la problemática real que padecen los sectores más vulnerables de la sociedad.

Algo similar ocurre con la llegada de Aurelio Nuño a la SEP, institución --por cierto-- dejada a la mano de funcionarios multitasking (“chambistas sería la traducción coloquial) que lo mismo han sido aprendices de diplomáticos (Javier Treviño) que contralores de PROFECO (Alberto Curi). El arribo del “joven maravilla” del gobierno federal a la titularidad de esa dependencia, de cuya temática la revisión de su trayectoria curricular da cuenta de que sabe muy poco, prácticamente significa un triunfo para la visión mercantilista de la educación promovida por “Mexicanos Primero”, que tendrá en el nuevo secretario a un aliado en su objetivo de continuar debilitando a la figura magisterial así como en el de imponer su perspectiva en el diseño e implementación de los contenidos y las políticas educativas.

Por otra parte, la continuidad de Luis Videgaray y Miguel Ángel Osorio debe leerse como un mensaje al interior del PRI de que la alianza entre las elites partidistas del Estado de México e Hidalgo se mantiene vigente y no ha sido mermada en su hegemonía, pese a la salida de Emilio Chuayffet y Jesús Murillo.

Y si de alianzas se trata, el ascenso de Rafael Pacchiano desde una subsecretaria a la titularidad de SEMARNAT refrenda la connivencia con el Partido Verde y a través de éste con las televisoras.

En suma, los ajustes en el gabinete no fueron pensados e implementados para corregir y transformar sino para mantener la continuidad.


En uno de los pasajes más célebres de El gatopardo, Tancredo Falconeri recomienda a Don Fabrizio Corbera que “algo debe cambiar para que todo siga igual”. A juzgar por lo evidente, parece que –tristemente-- ésa es la lógica de los cambios anunciados por el Presidente y el sello particular del ejercicio de la política en este país.

El Imparcial, 30/08/2015.