21 dic. 2012

Testamento

México, Distrito Federal; diciembre 21 de 2012

Imbuido en la paranoia milenarista derivada de las interpretaciones del calendario Maya, que aunada con mi delirio de persecusión y mi trastorno obsesivo compulsivo me han convertido en una extraña mezcla de presentador cubano de talk shows en Miami y señora gorda histérica, he decidido escribir mi testamento faltando unas cuantas horas para que se ciernan sobre nuestras cabezas las calamidades que habrán de terminar con nuestra existencia en la Tierra, o quizá hasta con la Tierra misma (los Mayas no especificaron si nomas nos iba a cargar el payaso a los humanos o al planeta entero).

Lo hago con el firme propósito de que, si en medio de la debacle lograsen salvarse las pequeñísimas ondas eléctricas producidas por los bits en los que habrán de convertirse estas letras para poder viajar por el espacio virtual de la red, algún día puedan ser detectadas por un radar súper avanzando de alguna otra civilización allende las fronteras nuestra galaxia.

Así que, más que testamento, esto es un testimonial del rudimentario estado mental de la especie humana que no sé cuantos millones de años (es la unidad métrica que empleamos para medir el transcurso del tiempo) tendrá de haber desaparecido de la faz del Universo como resultado del atinado cálculo de una civilización antigüa que se la pasaba comiendo cochinita pibil y construyendo piramides a la orilla de playas paradisíacas para posterior regocijo de los spring breakers (humanoides semi evolucionados dotados de una gran carga hormonal combinada con cadenas de etanol en su ADN), cuando el antropólogo alienígena encuentre estas líneas y las descifre adecuadamente.

Así pues, lo primero que debo señalar de nuestra especie que según las teorías más aceptadas hasta el momento de su desaparición desciende de los chimpances, es su predilección por el gregarismo que genera vínculos afectivos. Sencillamente nunca entendí porque las relaciones sociales de ayuda mútua tenían que desembocar en el surgimiento de sentimientos de proximidad o rechazo, pues tengo para mi que en esos sentimientos se fincó en gran medida la suerte de nuestra especie, sus tumbos evolutivos y su fatal desaparición el 21 de diciembre de 2012.

Me explico.

Las personas para sobrevivir necesariamente teníamos que cooperar para ayudarnos. Organizamos socialmente el trabajo. Pasábamos muchas horas del día haciendo una diversidad de labores en compañía de otras personas y por virtud de todo ese tiempo generábamos sentimientos de aceptación, que en algunas ocasiones llamábamos Amistad, y en otras Amor. Éstos eran los más complejos y dramáticos porque cuando terminaban algún humano salía llorando o traumado psicológicamente durante periodos en ocasiones muy prolongados.

Los sentimientos de rechazo no eran menos peligrosos. Generalmente siempre terminaban en la implementación de diversas acciones para complicarle la existencia a la persona rechazada o en una bola de madrazos entre ambas.

En los casos más acuciantes las relaciones de rechazo constituían conflictos, los cuales se volvían colectivos y las personas terminaban confrontándose violentamente en ocasiones hasta matarse.

Quizá si en lugar de desarrollar afectos nos hubiésemos contentado con satisfacer únicamente las necesidades mutuas mediante el trabajo colectivo otro hubiera sido nuestro desenlace. Pero no; en lugar de eso los humanos preferimos consumirnos en la hoguera de nuestros sentimientos y sus complejidades, al cabo que para enmendar los errores cometidos en la vida mortal existía un "Dios" que los perdonaría en la "Eternidad" en la que el "espíritu" (nombre dado por los humanos a la parte volitiva de la consciencia con ansias de trascendencia más allá de la vida material) permanecería después del efímero paso por la Tierra.

Y ese es el otro tema que nunca entendí: la invención de los dioses como productos para aliviar las angustias de la existencia.

Al principio, cuando andábamos casi desnudos por la Tierra y vivíamos en cavernas, le dimos ese nombre a los fenómenos de la Naturaleza que nos impresionaban por su fuerza, como el rayo, la energía del Sol o la fertilidad de la tierra. Así fue como confeccionamos tantos dioses como miedos acechaban a nuestra existencia. Era necesario paliarlos con el consuelo de que eran divinidades, es decir, esencias humanas desprovistas de la posibilidad de cometer burradas y provistas de todas las facultades que los hombres anhelabamos precisamente porque de ellas carecíamos: sapiencia, ubicuidad, eternidad, etc.

Ya con el tiempo, cuando fuimos creciendo desde la etapa infantil de las cavernas a la etapa adúltera de los edificios multifamiliares, concentramos todos los anhelos en un sólo Dios e incluso en algunos casos le inventamos agencias de representación institucionalizadas bajo el nombre de iglesias.

Lo alabamos, lo bendecimos y lo glorificamos bajo la ingenua creencia de que nos salvaría de todas las atrocidades propias y ajenas. Sin embargo, llegó el 21 de diciembre y Él nunca apareció por ningún lado para detener la barbarie cósmica.

Así que si usted, estimado antropólogo de otra galaxia que descifra este testiminio, también cuenta con un sistema de creencias trascendental en su sociedad, no se haga muchas expectativas respecto a la existencia de Dios. Aunque al final es sólo una cuestión de fe.

Finalmente, porque ya comienzan a sentirse las vibraciones de la tierra (independientes del camión de 80 toneladas que justo ahora mismo circula sobre la calle en la que se ubica el edificio desde cuyo piso ahora escribo esto) y porque ya se siente el aire más gélido en el sistema acondicionado que está instalado en mi oficina, lo cual presagia el final, debo hacer un acto de contrición y pedir humildemente disculpas a todas las personas que irrité con mi vibrante personalidad pretenciosa, corrosiva, fatua y arrogante: discúlpense humildemente.

También quiero decirles a todas las personas que me conocieron, que convivieron y que trabajaron conmigo, que siempre fue un placer para ustedes conocerme. Sé que me van a extrañar porque soy muy inteligente, crítico y mordaz. Pero ni modo. Imagino que debe ser difícil tenerme y después perderme. Aunque en este caso nos perderémos todos.

A todos los que siempre me cayeron mal, desearía decirles que al final me cayeron bien. Pero no es así. Sin embargo, les deseo que los atropellen... los buenos deseos y que un rayo los reviente como sapos... en la alegría del Señor.

Ahora sí. Prepararé todo para el final. Ya está listo mi extintor y estoy a pocos metros de la ventana del piso 18. 

Pinchis Mayas los veré en el Infierno!


18 dic. 2012

El Doomsday Clock de los Mayas y los milenarismos de café ¿qué haríamos si fuera real? (II)

En general se le denomina Cosmovisión a la forma en que una determinada civilización concibe al mundo, es decir, al entorno artificial creado por los hombres para su propia convivencia.

Los Mayas tenían una Cosmovisión compleja y sorprendente, muy similar a la desarrollada por los pueblos semitas de Medio Oriente en cuanto a la narrativa de la creación del mundo. De hecho, los orígenes de la civilización maya son más o menos contemporáneos con el desarrollo de las principales tesis del mazdeísmo de Zaratustra, situadas alrededor del 1500 a.C.

Así pues, dentro de la religión maya existe Nun-Yal-He, que es el dios creador del mundo. Esta deidad separa al cielo de la tierra, en una narrativa muy similar a la del libro del Génesis, que fue escrito alrededor del 1500 a.C. también.

La antítesis de Nun-Yal-He es Xilbalbá, señor del Inframundo.

Sin embargo, a diferencia de las culturas semíticas en las que la destrucción del mundo y con ella el final de los tiempos surgía de la lucha entre el Bien y el Mal encarnados en los dioses respectivos, en la cosmovisión maya el tiempo es cíclico y no lineal y si bien existe antagonismo entre el dios del cielo y el dios del inframundo, el resultado de éste no es el fin del mundo, sino el cierre de un ciclo. Así, a diferencia de las otras civilizaciones en las que existe una visión apocalíptica, en la de los Mayas el fin de una era trae consigo la regeneración del Cosmos y el consecuente inicio de otra que durará aproximadamente 5 mil años, lo cual por si mismo constituye otra diferencia sustancial respecto a los milenarismos occidentales que, como su nombre lo indica, cada mil años suponen que acabará el mundo.

Ahora, ¿qué sucedería si todo eso del final del mundo fuera cierto?

Lo primero que habría que dilucidar es si lo que acabará será el mundo o la Tierra, que son dos cosas totalmente distintas. En el primer caso, como ya se adelantó líneas arriba, el mundo es un artificio humano, diferente de la naturaleza, de la cual también formamos parte y tomamos distintos elementos para construir el mundo.

La tierra es el planeta sobre el que construimos el mundo. Una y otro son distintos y el fin de uno no significa necesariamente el fin del otro; esto es, puede acabar el mundo, desaparecer la humanidad, pero la Tierra continuará girando sobre su eje y gravitando alrededor del Sol. Pero si se acaba la Tierra entonces sí se acaba todo.

Ni una ni de otro podemos tener certeza acerca de cuándo dejarán de existir, pero sí tenemos nociones muy generales de los riesgos que podrían acrecentar esa posibilidad.

Al respecto, después de la Segunda Guerra Mundial se creó en la Universidad de Chicago el Doomsday Clock, cuya finalidad era indicar mediante las manecillas de un reloj las posibilidades de una catástrofe global que pusiera en riesgo la existencia de la humanidad.

En esa lógica, los creadores del Doomsday Clock pensaron que el final del mundo podría representarse cuando el reloj marcara las 12:00 y la magnitud de los riesgos podría medirse según las manecillas del reloj se acercasen a esa hora. Aunque actualmente estamos en las 11:45, eso no significa que exista en el horizonte próximo alguna amenaza para nuestra existencia.

En cuanto a la Tierra, gracias a los avances científicos sabemos que aún le restan unos 4.5000 millones de años, que son bastantes como para preocuparnos desde ahora.

Así y todo, resulta interesante situarnos hipotéticamente en las 11:59:59 del Doomsday Clock, o en el año 4.4999.99 y tratar de imaginar qué haríamos ante la inminencia del final. ¿Qué haríamos en lo personal? ¿Qué pensaríamos? ¿Cómo reaccionaríamos? ¿Habría arrepentimiento? ¿Resentimiento? ¿Fe?

Son todas ellas preguntas para tratar de responder en las charlas de milenarismos de café, a propósito de estos días.

P.S.: Murakami y Kundera están agotados en las librerías... comienzo a creer que el final de los tiempos sí está realmente cerca. Que las masas palurdas y apestosas que todo lo infestan consuman la literatura de ambos autores es una clara señal.

¡Paenitemini et credite evangelio!

13 dic. 2012

El Doomsday Clock de los Mayas y los milenarismo de café ¿qué haríamos si fuera real? (I)

La idea de la finitud de la vida ha estado presente en la conciencia de los hombres prácticamente desde su origen como especie. No debemos olvidar que aun antes de considerarnos seres racionales, los humanos somos animales y por tanto estamos dotados de intuiciones básicas (en el caso de las mujeres esas intuiciones han perdurado y se han desarrollado en forma sorprendente).

Ya las primeras especies de homínidos –hace unos 190 000 años- eran conscientes de la fragilidad de la existencia al afrontar múltiples condiciones climáticas adversas y acechanzas de otras especies mucho más fuertes y hostiles.

Sin embargo, la clave de su sobrevivencia hasta donde sus propios medios de lucha contra el entorno natural lo permitieron, fue el trabajo colectivo que, paradójicamente, también dio pauta al surgimiento de la idea colectiva del transcurrir del tiempo y a la postre, de que éste en algún momento acabaría y con él todo aquello que la embrionaria conciencia de aquellos seres primitivos les permitía concebir como totalidad de las cosas de la cual ellos formaban parte.

Así, conforme la vida social se fue volviendo más compleja, la consciencia de la condición mortal y de la finitud del tiempo fue adquiriendo la forma de productos intelectuales más elaborados, que contenían explicaciones acerca del origen de los tiempos y justificaciones de su final. De ahí que los mitos sean prácticamente consustanciales a las experiencias de lo religioso, que porta en sí la idea de una vinculación permanente con el origen, una religatio a través de distintas liturgias.

Si bien las nociones del origen y el final adquirieron distintas narrativas y matices en Oriente y Occidente, debemos en gran medida la noción del dualismo temporal al mazdeísmo que, como se sabe, es la religión fundada por Zaratustra durante la segunda mitad del Imperio Persa.


Al respecto, no hay que olvidar que Persia se situó geográficamente en una región estratégica que fue conocida como la Ruta de la Seda, a lo largo de la cual se desarrollaron distintas culturas con sus distintas manifestaciones religiosas, entre ellas la de los Hebreos que asimilaron del mazdeísmo la idea de la existencia de un solo Dios creador (para los persas es Ahura Mazda y para los hebreros es Yahveh Sebaot), que posteriormente fue retomada por los cristianos.

Sin embargo, tanto en el mazdeísmo como los monoteísmos occidentales –incluido el Islam- la unicidad del Dios creador es relativa, porque también existe una especie de lado oscuro de si mismo, un Anti Dios. En el zoroastrismo es Angra Mainyu, en el judaísmo y el cristianismo es Satanás, en el Islam es Iblis. En los tres casos, el Anti Dios es el responsable de la destrucción.

De la confrontación de ambas divinidades surgen todas las visiones milenaristas del mundo occidental.

Pero qué hay con los Mayas y en general, con las otras culturas que se establecieron en lo que ahora es América. ¿Tenían esa noción del principio y el fin del mundo y de los tiempos?

12 dic. 2012

Y ahora los muertos ¿de quién van a ser?

Recuerdo aquella ocasión en la que el entonces secretario de Gobernación, Santiago Creel, tuvo la genial idea de confeccionar un neologismo para denotar la permanente actitud de sospecha que permea en el ethos nacional bautizándola como sospechosismo. 

Fue ocasión para muchas semanas de crítica mordaz en los medios de comunicación y de permanencia en la posteridad del léxico político mexicano. 

Así y todo, hay algo de razón en lo que animó a don Santiago Creel a acuñar tal término. Y viene ahora a colación porque, sospechosista, curioso y mal pensado como uno es, no puede dejar de señalar el curioso vuelco de la línea editorial de la gran mayoría de los medios de comunicación de alcance nacional ocurrido a partir del pasado 1 de diciembre. 

Hasta antes de aquella fecha el panorama que esos medios presentaban de las diferentes regiones del país era muy parecido al que acontecía en Siria y en general en el Oriente medio. Pero a partir de la toma de protesta del presidente Peña Nieto (lo escribo con todo el dolor de mi corazón), el país se convirtió de pronto en la España transicionista de finales de los años 70, en donde todo eran acuerdos y prevalencia del interés superior de la Nación. 

Así que ante esa suerte de borrachera mediática a la que ha visto sometido el grueso de la chusma palurda y apestosa de este país de globos, bicicletas y personajes copetudos, no queda más que -oh si- ser la voz que disiente para señalar que, aunque ya no sea proyectada en la pantalla de la televisión y en las columnas de los diarios, la realidad de violencia y crisis de seguridad en distintas regiones del país continúa siendo álgida. Los muertos -y permítaseme emplear la siguiente tropicalísima figura de estilo- siguen muriendo, pero ahora ya no hay un record que nos permita saber si ya podemos llenar con sus cadaveres el Foro Sol, o de menos, el Estadio Azteca, como ocurría hasta hace bien poco cuando se hablaba, se debatía y se denunciaba con un halo melodramático de "los muertos de Calderón". 

Independientemente de que Peña y en general todo su gabinete me parecen personajes del museo de la Memoria y Tolerancia (no por ser precisamente tolerantes, sino al revés), les confiero el sensato beneficio de la duda. Pero tal vez comenzar a gobernar pretendiendo ocultar la realidad sacándola de las ondas hertzianas y de las prensas, no me parece un buen inicio para un gobierno que pretende demostrar su renovada dermis democrática, y sí más bien el de un gobierno que, como el Presidente, es un producto de la industria cosmética que maquilla su talante autoritario. 

10 dic. 2012

Además de escribir...

Pues nada, que después de convertirme en fan de Haruki Murakami, ahora, además de escribir sobre mis quiebres existenciales y exhibirme con un chico influenciable, cursi y melodramático, también he adoptado el sano hábito de correr como una forma saludable de canalizar las tensiones y el estrés que produce no sólo vivir en una ciudad tan convulsiva y en ocasiones bizarra como la Ciudad de México, sino las propias vicisitudes de lo cotidiano.

Confieso que aun no he leído "De qué hablo cuando hablo de correr" del gran Murakami, pero al igual que él y muchos otros que no necesariamente son escritores, le he tomado un enorme gusto al running.

Para algunas personas puede parecer un deporte o actividad aburrida, porque no implica más que acumular kilometros en las piernas y resistencia en general mientras se recorren calles y avenidas, o sencillamente se dan vueltas alrededor de una pista.

Sin embargo, correr proporciona la oportunidad de ejercitarse y pensar al mismo tiempo, tal vez porque sea un deporte casi solitario en el que la emoción y la recompensa es mirar atrás de vez en cuando y ver a una enorme distancia el punto de partida mientras se reflexiona acerca de muchos temas que van desde qué desayunar (si se corre por la mañana), cuáles son los pendientes del día, o cómo arruinarle la vida al vecino para que sufra lo que nosotros no sufrimos.

En lo personal prefiero salir a correr por las mañanas, sentir el aire fresco entrar en mis pulmones y mirar cómo la ciudad es iluminada poco a poco por el ambar de los rayos del sol matutino.

Y bueno, si antes no había escrito sobre mi gusto personal por esa actividad es porque la he adquirido recientemente. Tendrá unos cuatro o cinco meses que, angustiado por ver cómo mi cuerpo creía hacia los lados y mi panza hacía el frente en un medio circulo con un radio cada vez más amplio, decidí realizar alguna actividad física.

Debido a que soy muy proclive a la cultura del ahorro y a que tengo una personal aversión por los gimnasios porque generalmente son hogueras de las vanidades de la clase media en peligro de extinción, concluí que una actividad prácticamente gratuita era salir a correr. No implicaba más que tener unos shorts viejos, unos tenis sucios y apestosos y una sudadera con cachucha.

Sin embargo, como en todos los comienzos, el de mi faceta de atleta no fue fácil. Prodigiosamente no caí fulminando por una insuficiencia respiratoria en los primeros cien metros, pero sí hacía enormes esfuerzos por mantener el ritmo y no desistir.

Ya conforme fueron pasando las semanas fui tomando más condición y también recibí la enorme gratificación de bajar unos kilos que eran ostensiblemente notorios.

Fue así como, después de un tiempo de estar corriendo prácticamente en un trayecto, decidí hacerlo saliendo más allá de los linderos de mi colonia, llegando en cada ocasión un poco más lejos que en la anterior, hasta que descubrí que podía correr más de 5 kilómetros en una sola salida.

Pero lo mejor y más satisfactorio es cuando se tiene la oportunidad de probarse ante los demás que se puede llegar a una meta, recorriendo una ruta con pendientes, rectas y curvas. Por eso decidí correr la carrera que anualmente organiza la compañía para la que trabajo.

El resultado, para ser la primera vez, fue el recorrido de 5 kilómetros en 28 minutos. Desde luego que estuve a más de 10 minutos de diferencia del primer lugar, pero la idea no era tanto ganar como participar y saber que al correr junto a los demás, cada quien va haciendo su propia carrera, concentrado en sus propios pensamientos, pero tambíen compartiendo la satisfacción de saber que existen muchos otros que, como uno, encuentran ese deporte apasionante.

Por eso es que, ahora, además de escribir, pienso hacerle competencia a Forrest Gump.


7 dic. 2012

Simplemente duele vivir

La teoría, por muy refinada, reflexionada, ponderada y aterrizada que intente ser, nunca podrá suplantar a la experiencia de los fenómenos y los acontecimientos.

Los psicólogos podrán elaborar muchas teorías acerca del comportamiento, el desarrollo humano y el crecimiento, pero éstas nunca podrán aportar el aprendizaje que comporta la experiencia, el tomar de decisiones, enfrentar disyuntivas.

En ocasiones la teoría acerca del dolor elaborada por el más docto de los filósofos no se acerca ni siquiera un poco al sentimiento del dolor, el físico, pero especialmente el espiritual.

Hay ocasiones en las que sencillamente lo que queda por expresar es que duele vivir y duele tomar decisiones.

La paradoja reside en que muchas veces teorizamos sobre ello, y hasta corrientes de pensamiento formamos –el estoicismo es una de ellas- pero todo eso es en ocasiones superado por el fracaso personal, la incertidumbre y el miedo.

En ocasiones no hay algo a lo que asirse, ni remedio o consuelo.

Sólo queda la soledad.

5 dic. 2012

Los ardientes transportes...

Al cabo de un largo rato de permanecer en silencio, el maestro habló con las siguientes palabras: 
-No sé por qué te cuestionas acerca de las dificultades que experimentan los burdos y ordinarios mortales que padecen la vida mundana, particularmente en torno a esa quimera indefinible que nombran "Amor". Aunque te comprendo, algún día de hace ya muchos años, un alemán que se dedicaba a la literatura escribió en el colmo de su exasperación "¡maldigo al amor y sus ardientes transportes", y agregaría yo: "que siempre conducen al espíritu por inescrutables caminos de incertidumbre y angustia".-

Tan pronto terminó de escuchar las sentenciantes palabras pronunciadas por el maestro, el discípulo lo miró con sorpresa. Comprendió que sus reflexiones no eran producto de la paráfrasis de escritores muertos, sino de la experiencia viva en los recuerdos de su pasado.

24 nov. 2012

Soundtrack

A todas las personas que nos gusta la música nos ha sucedido en más de una ocasión, y también a quienes no les gusta tanto, que ciertas canciones tienen eso que a falta de una palabra adecuada en español se llama en inglés mood, que si hemos de creer a los psicólogos, es un estado emocional intimo relacionado con determinadas circunstancias. 

En una analogía quizá un tanto forzada, el mood es a la psique lo que el soundtrack al film. 

Para mi, esta canción es mi soundtrack del otoño. La letra y el tono evocan a esos momentos en los que estando solos con nosotros mismos, o como diría Hannah Arendt , estando en la "solitud", reflexionamos sobre lo que ha sido, lo qué es y lo que será de nuestra existencia. 

Sobre todo porque esa reflexión es motivada por las propias circunstancias del presente y por la angustia que produce la incertidumbre respecto al futuro. La pregunta básica que nos asalta en esos momentos es: qué será de nuestras vidas. 

Quizá por eso es que nos perdemos dentro de nuestra propia mente, pero sólo un poco. 


Rectificación de hechos


Pues nada. Sucede que la publicación de mi último texto en esta atalaya de pendejadas y asuntos sin importancia ha levantado la ceja de más de uno de mis dos asiduos lectores provocando extrañeza, no sé si por mi muy oxidado estilo narrativo, o por el contenido del relato.

En el primer caso, perdonadme ortodoxos. Yo que más quisiera que poseer una técnica fluida. Pero no soy profesional. Escribo a lo lírico.

En el segundo caso, no hay nada qué leer entrelíneas. No es un desahogo, no es una confesión, ni tampoco una proyección. Sencillamente se me ocurrió jugar un poco con esos elementos motivado más o menos por un texto que leí acerca de la existencia de las dimensiones paralelas y la hipotética expansión del Universo.

Sé que el resultado, es decir, mi texto, es bastante piñaton. Pero quería hacerlo, a ver qué resultaba.

Y resultó.

Agradezco a quienes se toman el tiempo menesteroso en leerme y por eso pensé que sería demasiado aburrido atosigarlos con alguna fumada política, teológica o pseudofilosófica.
De vez en vez hay que escribir algo diferente.

Por lo demás, y a propósito de escribir, ya superé la cantidad de textos escritos en el 2011, lo cual es un sano indicio de que mi racha de buena voluntad para retomar mis vomitadas textuales ha sido muy prolongada durante este año.

Ya en los próximos días escribiré un poco sobre un tema que entre sorna y no, da para detenerse a pensar un rato: el final del mundo.

¿Qué haríamos si realmente el mundo acabara algún día preciso? ¿Cómo sería ese último día sobre la Tierra? ¿Qué pensaríamos? ¿Cómo nos sentiríamos? Son preguntas que tal vez nunca nos hemos planteado en serio, o tal vez lo hemos hecho en lo individual y en la intimidad, si es que tenemos tendencias suicidas, en cuyo caso la noción del final de la existencia es precisamente eso, un final individual.

Pero tal vez la perspectiva cambia si se piensa el tema en términos colectivos. El mundo es un artificio humano, hecho por la colectividad; por tanto, uno pensaría que su final sería una preocupación de todos.

En tanto encuentro el tiempo para poder escribir acerca del tema, doy aquí una señal más de vida y de ganas de continuar escribiendo.

Un saludo para todos los que me leen. 

9 nov. 2012

Liberación

“En un Universo paralelo tal vez sería posible -comenzó a escribir en el procesador de textos de su computadora portátil- pero en este, ambos cursos se intersecaron tarde. En otra dimensión tal vez se podría experimentar la posibilidad de ese encuentro, pero en estas cuatro que delimitan nuestra existencia material es tanto como imposible. La imaginación es lo único que queda para proyectar esa vivencia. Y bueno, también queda extrañar". 

Después de este pequeño párrafo, el escritor reclinó la espalda en la silla. Puso sus manos sobre su nuca, levantó el rostro y fijó su mirada en el techo, tratando de encontrar ahí arriba las imágenes de esa posibilidad.

Transcurrido un tiempo, inclinó nuevamente su cuerpo y continuó escribiendo. La intención de sus letras no era tanto construir un gran relato como exorcizar un molesto demonio que había poseído a su imaginación, torturándola permanentemente con pensamientos y añoranzas, disonancias temporales e imposibles realidades.

¿Qué sucedió? ¿Por qué? ¿Cómo?

Eran preguntas a las cuales intentaba dar respuesta mediante su relato, cuyo único personaje padecía una crisis de nostalgia al evocar aquellos recuerdos y traer a su presente paradójicamente ficticio esas conversaciones, esas imágenes y esas voces.

“Si tan sólo hubiera llegado un poco antes -pensó, al tiempo que exhalaba un suspiro y el humo del cigarrillo que sostenía en su mano derecha se elevaba ceremonioso nublando su vista, absorta en la contemplación del vacio…”.

Fue así como el escritor terminó de narrar la que, aunque quiso disimular mediante la invención de un personaje, no es más que su propia historia.

Al hacerlo se sintió liberado, al menos por algún tiempo.

¿Cuánto? Imposible determinarlo. Probablemente hasta que la fuerza de sus recuerdos se debilite y el paso del tiempo los difumine en su memoria.

7 nov. 2012

Fiesta de XV años. Entre el ritual de paso y el mal gusto


Recuerdo que en mis primeras clases de sociología en el Colegio de Ciencias y Humanidades, impartidas como parte de una asignatura que no se llamaba precisamente Sociología, pero que contenía muchos temas propios de esta disciplina, los autores que leía se esforzaban en acentuar el carácter social de los seres humanos.

En ese momento, si bien lograba entender el concepto, me parecía demasiado rebuscado, estilizado o tal vez obvio; máxime porque las páginas de las antologías en las que aparecían esos temas eran ilustradas con fotografías de personas aglutinadas en la esquina de una gran avenida esperando el cambio en la luz del semáforo.

De modo que no fue sino hasta muchísimos años después que adquirí plena conciencia de que, como decía Aristóteles en la mala traducción hecha por los pensadores latinos, el hombre es un animal social.

Esta breve introducción viene a cuento porque hace poco fui invitado y asistí a una fiesta de XV años. Al estar sentado en aquella mesa adornada para la ocasión, con los mismos colores que el vestido de la festejada, y al mirar a toda esa gente comiendo y bebiendo en ocasión de ese evento, recordé las ilustraciones de las antologías que había leído en mis años mozos (pus sí, ya estoy ruco, qué se le va a hacer).

Pero más allá de ese hecho lógico, concerniente a la naturaleza social de los hombres (sobra hacer la acotación de que “hombres” es un genérico gramatical) que una vez más pude constatar sentado en medio de aquella pequeña multitud (los padres de la quinceañera invitaron a poco más de ¡400 personas!), lo que me interesa abordar aquí es el festejo mismo, la simbología que porta implícita y la reproducción de pautas culturales que muy poco abonan, desde mi perspectiva, a la construcción de una sociedad  ya no digamos más equitativa, sino aunque sea un poco más refinada.  

Supongo que tanto para los antropólogos como para los sociólogos queda muy claro el hecho de que la fiesta de XV años es un ritual de paso. Aunque en realidad tanto para los antropólogos como para los sociólogos todo es ritual y constatación de que los humanos somos simios semi evolucionados con una rústica noción e impetú de trascendencia.  De modo que para mí, como politólogo, analizar una festividad de ese tipo es un acto relativamente novedoso, no tanto por lo sorprendente o llamativo que pudiera parecerme tal acontecimiento (anteriormente había asistido a otros que me sí impresionaron, sobre todo por el mal gusto), como por las observaciones que realicé durante mi asistencia al más reciente.

En el entendido de que dicha festividad es popular en toda América Latina obviaré su descripción, y aun más, en el entendido de que no pretendo aquí elaborar un estudio académico sino simplemente perder mi tiempo divagando sobre una estupidez, tampoco intentaré rastrear su genealogía. Baste pues sólo mencionar que fue la primera vez que traté de dimensionar la fiesta más allá de su significación inmediata como ocasión para comer, beber y bailar de gorra y en su lugar pasarla por un crisol de observación tanto más elaborado, en el que confluyen en una enorme y difusa cápsula ideológica todas mis rudimentarias nociones politológicas, sociológicas, antropológicas y religiosas.

Así, lo primero que quisiera comentar es el sello sexista de la celebración en varios aspectos. El primero y más evidente es que en su mayor parte es una festividad reservada exclusivamente para las niñas. La industria de consumo que existe a su alrededor así lo demuestra. Los vestidos, las zapatillas, los velos, los ramos de flores y hasta los “chambelanes” son  confeccionados exclusivamente para el target femenino (ignoro si también se contemple a la comunidad LGTB).

No hay trajes de XV años para niños, ni chambelanas (el modelo table dancer, en caso de existir, sería muy exitoso), ni zapatos, ni invitaciones.

¿El motivo? Aparentemente muy sencillo: en una sociedad predominantemente machista –aunque en tránsito hacia otras pautas culturales tanto menos atávicas- son las niñas las que deben casarse para ser mantenidas por el hombre, y por tal razón hay que anunciar que han entrado ya en la edad reproductiva.  

Los niños no tienen esa “necesidad” y por tanto no es necesario armarles ese fasto.

El segundo aspecto que denota el sexismo de la celebración es el fuerte acento en su simbolismo, es decir, que ese acontecimiento significa el trásito de “niña a mujer”, pasando por alto el proceso de maduración implícito en la adolescencia propia de esa edad.  El rito mismo del ofrecimiento del “último juguete” evidencia el hecho de que la festejada es aun una niña que es arrancada violentamente de esa condición en un acto público, a la vista de la comunidad. Es violencia simbólica tout court (los créditos del concepto corresponden a Pierre Bordieu).

El tercer aspecto es el reforzamiento de la noción mujer-objeto, tan sólo matizado por el eufemismo de la “presentación en sociedad”, que es por lo demás un término anacrónico. Esto es, que en las sociedades hispanoamericanas parroquiales y las más de las veces aldeanas del siglo XIX y principios del XX, el término “sociedad” se reservaba para los estratos presuntamente altos, aunque muchas veces no quedaba claro si la naturaleza de ese estatus provenía de una cultura refinada o de una pudiente condición económica basada en las rentas agrícolas. De tal suerte que, en esas pequeñas sociedades cerradas, con un poco más de noción de la urbanidad que el grueso de la población que vivía dispersa en el campo, era común “presentar” a las hijas de los hacendados, pequeños comerciantes y profesionistas, para arreglar matrimonios de conveniencia a partir de la negociación de determinadas dotes.

La mujer, pues, era un objeto de cambio para asegurar la prosperidad de los negocios familiares.

En la fiesta de marras a la que tuve oportunidad de asistir, durante el preámbulo del vals, la festejada tomó las copas de una charola que le había acercado otra niña ¡para repartirlas entre sus “chambelanes”! en un acto que adicionalmente proyectó la imagen de la mujer como servidumbre del hombre.

Ahora, la pregunta es ¿hasta qué punto las personas que organizan y participan en ese tipo de acontecimientos son conscientes del carácter ritual que implica la celebración? O si se prefiere, ¿hasta qué punto ésta es sólo un reflejo de su mal gusto y escaso bagaje cultural o a lo más, una burda expresión de su esnobismo?

Al respecto, uno de los aspectos que se muestran en forma exponencial y se reproducen en la celebración de la fiesta de los XV años es el aspiracionismo de las clases medias bajas por alcanzar un estatus más respetable, no tanto frente a los otros estratos de la sociedad, sino entre aquellos de su misma condición. Esto es, que entre más fastuosa sea la festividad mayor será imagen de pujanza económica, aunque esto diste demasiado de la realidad.

De modo, pues, que en la fiesta de XV años convergen y se reproducen una serie de prácticas culturales que lejos de vulnerar los valores conservadores y anacrónicos, los afianzan; y sea tal vez esa circunstancia la que propicie que los otros valores, es decir, los de la democracia, no terminen de enraizar y exhiban las contradicciones de una sociedad que en lo público aspira a la modernidad y al progreso, pero que en lo privado mantiene el tradicionalismo.

Tal vez haya sido demasiado pretencioso lo vertido en este texto, pero no pretendo que se convierta en referente de estudio. Son sólo mis impresiones a partir de una observación más detallada de un acontecimiento social común en nuestra  sociedad. 

30 oct. 2012

Las ventajas de ser invisible (o acerca de los héroes de todos los días)


En 1977 David Bowie y Brian Eno escribieron “Heroes”. Once años después The Wallflowers, la banda comandada por Jakob Dylan, hijo del legendario Bob Dylan, hizo un cover de esa canción como parte del soundtrack de una espantosa versión gringa de Godzilla.

La letra de la canción habla básicamente de anhelos, deseos y amor; tema éste último que no puede faltar en ninguna canción pop moderna que se precie de serlo.

Hay quien, embebido por los distintos usos publicitarios y emocionales que se le han dado a esa canción, afirma –tal vez con desbordado optimismo- que se trata de un himno moderno y por esa razón constituye el soundtrack que adhereza sentimentalmente algunos momentos convencionalmente considerados importantes en la vida de las personas, como el triunfo en una justa deportiva o la obtención de un logro académico.

Lo cierto es que la letra y la música de esa canción sí están como para formar parte de la banda sonora de la vida de personajes habituados a remar contracorriente en las agitadas aguas del manantial del espíritu, para parafrasear a Günther Frager (todos los créditos a Les Luthiers), como es el caso de Charlie, el protagonista principal de la cinta “Las ventajas de ser invisible”, adaptada y dirigida por Stephen Chbosky, autor del best seller del mismo nombre publicado por MTV Books (sí, yo también fruncí el ceño al enterarme de que MTV editara libros).

Charlie es un adolescente que carga tras de sí con un pasado incómodo y farragoso. Es el menor de tres hermanos criados en el seno de una familia católica norteamericana, lo cual quizá acentúa aún más los rasgos de culpa en su personalidad ya por si misma tendiente al conservadurismo heredado de un padre que aun bendice los alimentos a la hora de la cena.
Producto de esa historia de vida, Charlie es un sociópata potencial, incapaz de entablar amistad  en la escuela, retraído aunque aplicadamente inteligente, lo cual resulta hasta cierto punto explicable cuando no tienes distractores mundanos en la vida como los amigos o la novia.

Sin embargo su vida comienza a dar un giro cuando conoce a Patrick y a Sam, dos hermanastros del último año de la preparatoria con quienes entabla una amistad fundada en gran medida en el piso común de la anti popularidad escolar por razón de la homosexualidad de él y la promiscuidad de ella.

El título del libro y de la cinta reflejan con total claridad la condición de Charlie y de muchos adolescentes promedio que no son retratados en las películas gringas, que generalmente suelen jugar con los extremos de los estereotipos. Esto es, o se dedican a narrar la vida de las porristas y los jugadores de los equipos deportivos (Chicas pesadas y Todas contra John), o denuncian en forma bastante comercial la condición de los marginados (Kids, Perversión).

En “Las ventajas de ser invisible” encontramos la vida de un adolescente ordinario, de esos que forman el enorme grueso de la población de los centros escolares pero que también tienen una historia que contar. Como en el caso de Charlie, Sam y Patrick, que a pesar de sus propias circunstancias luchan por encontrar la felicidad sin necesariamente tener que embonar en los patrones de la “normalidad” impuestos por la sociedad del consumo y sus centros de diseño mercadológico, que ya no ideológico, si habremos de hacer caso a Naomi Klein (No Logo).

De ahí quizá el tino de hacer de “Heroes” la canción principal de la banda sonora, pues como decían Bowie y Eno, se puede ser héroe… aunque sea por un día. 

19 oct. 2012

Noroñismo


Hoy traigo la inspiración desbordada, como podrá constatar el lector si se apercibe que en un solo día he publicado dos entradas en esta humilde atalaya de pendejadas y asuntos sin importancia.

Lo que en esta ocasión me mueve a escribir ha sido la (in)grata noticia de que mis textos publicados con anterioridad aun son leídos por algunas almas extraviadas pero generosas que, dejando a la deriva su devenir por los inescrutables caminos de la Internet, han encallado en este pequeño archipiélago de insensateces.

Sucede que, hace un par de días, revisando los comentarios pendientes de autorización, encontré un par de ellos para un texto que escribí en el 2009, en el cual, tal vez todavía movido por alguna reminiscencia de insidia, comparé a este honorable país de globos, bicicletas y premios de chocolate para escritores piratas, con otro país del sur del continente, ubicado entre Venezuela, Perú y Ecuador, cuyo nombre no recuerdo en este preciso momento.

El punto es que mi texto resultó ofensivo para esos lectores, que me dejaron encendidos reclamos que en el más amplio respeto a la libertad de expresión tuve a bien aceptar y publicar.

Debo confesar que me da gusto saber que lo que escribo suele ser leído de vez en cuando por alguien más. Y también debo confesar, pero con mucho placer maligno, que disfruto cuando mis letras arrancan algún impulso en quien las lee.

No sé, y esto es motivo de una profunda reflexión y devaneo existencial, si sea un provocador por naturaleza, o si mi naturaleza me incita a provocar. Pero lo importante es que en ocasiones lo hago tan bien, que hasta improperios concito.

Supongo que si esa práctica, hábito, costumbre, inclinación o simples y sencillas ganas de chingar formaran el corpus de una ideología, ésta sin duda se llamaría Noroñismo. Y ahora explico por qué.

Entre la fauna política nacional habita un espécimen único, aunque emparentado con especies endémicas como el homo radicalis pendejus y el homo irremediabilimente stupidus. Dicho espécimen responde al nombre de Gerardo Fernández Noroña y tiene entre sus hábitos y costumbres oponerse a todo y a todos por todos los medios.


Es un provocador y reventador nato, dotado de una palabrería fluida y una habilidosa capacidad para el escarnio, la sorna y la ironía. De ahí el origen del Noroñismo, que además de ideología también podría ser un padecimiento mental.

No sé en qué nivel se encuentre mi  Noroñismo, pero de que provoca, provoca. Ante tal circunstancia, sólo puedo alegar, en descargo de mi defensa, que aunque quiera en ocasiones no puedo evitar llevar la contra o poner el dedo en la llaga y hundirlo con saña; o en los casos menos notorios, hacer  un discreto escarnio a costa de mi interlocutor y cualquier cosa que en su ethos me desagrade.

Es como cuando en las chicas chic que piensan que piensan me desagrada su pose aspiracionalmente rebelde y casi intelectual que me produce comentarios sarcásticos que tienen toda la intención de probar su agilidad mental midiendo su reacción. Las más de las veces es triste ver que no se dan cuenta.

O en el caso del snobismo facebookero de las frases hechas y las fotos con poses. Por lo menos en un par de ocasiones he recibido amenazas vía mensajes privados de personajes irritados al ser exhibidos en su fatuidad. Aquí una muestra. Son las palabras de una chica chic que, allá por el 2010, se enojó sólo porque descubrí que su papá había participado en el Yunque en Puebla y me burlé -solo un poquito- de su discurso (el de ella) presuntamente progre y favor de... AMLO: 
[...] usted se metió en honduras, abusó de su discurso racista y clasista ahora debe soportar lo que venga. No le extrañe que lo denuncie ante el ministerio público federal por esa "guerrita" de odio desatada en su muro y en el mío... Lo que Usted tiene es un gran resentimiento social, que no le permite ver el alma o el corazón de los otros [...] 
Dios me libre de verle la cara por que lo único que merece es un escupitajo... o ni eso, la indiferencia es lo mejor!!! QUE asco demuestra ser usted como ser humano.

Desconozco si mi noroñismo sea un síntoma de mi falta de madurez o de mi potencial misantropía. Pero lo cierto es que lo disfruto. Aunque supongo que todavía no estoy tan grave, porque en ocasiones, cuando así lo considero pertinente, suelo pedir una disculpa.

Lo que no entiendo a veces es porque no me la dan. 

Cuando Facebook aburre...


A todos los que hemos sucumbido a las redes sociales, que curiosamente y contrario a la percepción imperante, existían aun antes de Facebook y Twitter, nos ha pasado que por temporadas encontramos tremendamente aburrido andar fisgoneando en la vida de nuestros amigos o conocidos.

Sencillamente ya no encontramos interesante hurgar en sus fotografías o en las actualizaciones de su estado o incluso, en los casos de los amigos que son todavía más farolones que los que tienen cientos de fotos y emplean la aplicación foursquare, ni siquiera nos llama la atención enterarnos de los lugares en los cuáles comieron y las esquinas en las cuales orinaron borrachos.

Cuando eso sucede, los usuarios de las redes sociales que aun tenemos un poco de sentido común y evitamos eZcRiviR AsI (que por cierto, es muy laborioso), tenemos la opción de escribir en un blog. Como es mi caso.

Sucede que es viernes por la tarde. Estoy en la oficina. Técnicamente debería estar haciendo algo provechoso como revisar los pendientes para la próxima semana o algo parecido. Pero lo cierto es que estoy aburrido. Y si he decidido escribir este post es simplemente por dos razones: la primera es entretenerme en algo lúdico y la segunda es hacerte perder el tiempo a ti, estimado lector. Aunque supongo que coincidirás conmigo en lo que escribí al inicio de este texto.

Incluso ahora mismo me viene a la mente la duda acerca de qué hacíamos cuando no existían Facebook, Twitter, Hi5 y todas esas cosas para el ocio virtual. Al respecto, apenas vagamente recuerdo que solía platicar con las personas a mí alrededor. Pero eso era en el tiempo en el que platicar con algún desconocido en forma presencial aun no era percibido en forma sospechosa como ahora paradójicamente sucede.

Lo paradójico reside en que, ahora, preferimos platicar con los amigos de nuestros “amigos” del Facebook, aunque nunca los hayamos visto, ni sepamos absolutamente nada de sus filias y sus fobias, que darle la oportunidad a la persona que cotidianamente comparte el elevador con nosotros, de la cual por lo menos sabemos en piso trabaja o en qué número de departamento vive.

Supongo que son de esas paradojas de la Modernidad en las que tanto suelen hacer hincapié aquellos teóricos sociales que alguna vez leí. Y ahora que lo recuerdo, qué buenos eran esos tiempos. Había discusiones con contenido, argumentos encendidos, replicas vehementes. Incluso había un vocabulario que aspiraba a la exquisitez. Eran los días, parafraseando a un escritor que aparentemente nunca plagió a nadie, de las batallas en el desierto. Últimamente he andado entre la nostalgia y pañuelo.

En fin, que cuando Facebook aburre siempre queda escribir. 

15 oct. 2012

La historia y la trama


Marx, Carlos, no Groucho (pausa para una cápsula mental: qué anticuado resulta citar al filósofo alemán en estos tiempos; es como acordarse de “Chispita” ahora que Lucero es la novia de Jaime Camil en la telenovela que dan en el canal 2 de Televisa, en la que él se caracteriza de drag queen)… Marx –vuelvo al hilo de mi exposición- iniciaba el 18 Brumario de Luis Bonaparte, escrito seguramente allá por 1851, entre Moby Dick y el péndulo de León Foucault, citando a Hegel con aquella famosa frase respecto a que la historia se repite dos veces; la primera como tragedia y la segunda como farsa.

Desde luego que el viejo de las barbas (Marx, no Santa Claus) se refería a los grandes acontecimientos  y personajes. Sin embargo, un párrafo más adelante en la misma obra afirmaba que si bien los hombres hacen su propia historia, no la hacen a su libre arbitrio, sino condicionados por las circunstancias actuales y las que les han sido heredadas por el pasado.

Más allá de que Marx y Hegel puedan caernos gordos por pretensiosos y oscuros, no podemos negar que hay gran lucidez en su diagnóstico. De modo que tal vez hubieran sido más respetados y conocidos por el grueso de la masa palurda que todo lo infesta si a sus reflexiones no les hubiesen puesto cotos de exclusividad para los grandes sucesos y los grandes hombres. Esto debido a que en la vida cotidiana de los ordinarios mortales que poblamos este yermo infértil a pesar de las lágrimas sobre él vertidas llamado mundo, la historia también suele repetirse a veces como tragedia y a veces como farsa.

Es decir que en ocasiones el Cosmos, el Destino, el Karma (como ahora vulgarmente se emplea esta palabra para denotar una situación inexorable como las leyes del Universo) o –si se prefiere- Dios, confabulan para producir circunstancias similares a experiencias pasadas en la vida de las personas, aunque con matices cualitativamente distintos.

Donde generalmente resulta más fácil adquirir conciencia de esto es en la experiencia amorosa, coquetosa, sentimental o como el gentil lector que ahora gasta su tiempo en leer esta baratija mental quiera nombrarle. El punto es que, en ese tipo de situaciones es en las que se puede observar con mayor claridad cuándo algo adquiere tintes trágicos y cuándo tintes cómicos o banales.

Es como cuando, en la adolescencia, donde todo es inocencia y campo fértil para sembrar la delicada planta de la experiencia, se suscita el primer desamor cristalizado en sentimientos no correspondidos.

Todos en alguna ocasión sentimos cómo el alma abandonaba a nuestros cuerpos al escuchar ese primer “no”, o el todavía más lacerante y lastimoso “sólo te quiero como amigo” pronunciado por la musa que durante meses y quizá hasta años fue la fuente de arrebato poético y desbordamiento lírico.

Ya las segundas ocasiones el golpe pasa y es menos seco. Hay quienes incluso hasta aprenden a disfrutarlo y a vivir en ese estado de inmunidad sentimental que es el estoicismo. Ya en estas ocasiones la musa portadora de la primera experiencia trágica se convierte en la bufona a la cual se le pueden escribir poemas como “Una carroña” de Baudelaire o letras todavía más domingueras como la de “La tumba falsa”, o ya en el límite del paroxismo “Que chingue a su madre la que no me supo amar”.    

Pero hay otras veces en las que lo cómico de la experiencia toma la forma de un deja vu. Y es tal vez cuando resulta más hilarante porque sabemos perfectamente cómo acabará. Por eso sólo queda disfrutar el halago, proyectar los escenarios, poner en guerra las imaginaciones y –como diría el maestro Drexler- amar la trama.

Sea tal vez esa la palabra que podría actualizar la vigencia de la sentencia hegeliano-marxista: la trama sucede dos veces, una como tragedia y una como comedia. Tal vez hasta en las mismas latitudes… 

10 oct. 2012

Instántanea fugacidad


Mientras el aire soplaba con liviana intensidad, meciendo suavemente las ramas de los árboles, en el horizonte se observaba con claridad el lento inicio del andar de la luna llena en esa clara noche de octubre.

Sentado sobre una roca, el discípulo se hallaba plenamente entregado a la contemplación de ese sublime paisaje cuando subrepticiamente un recuerdo pasó con gran velocidad por su mente.

Había pasado tanto tiempo desde aquella experiencia que tenía la aparentemente plena seguridad que se hallaba enterrada en el más recóndito lugar de su memoria. Pero aun a pesar de la instantánea fugacidad, todo aquello vino nuevamente a su presente.

Sin duda, era el preludio de algo que, al igual que en ella ocasión, sería irónico, cómico y mordaz.

Por eso es que lo vemos ahí, sentado sobre la roca con el semblante apacible. Si observamos bien, podremos ver en los labios del discípulo la curvatura causada por una discreta sonrisa… 

4 sep. 2012

Y cuando uno menos lo espera...


En ocasiones, quizá las más, las personas nos dejamos atraer fácilmente por la monotonía. A fuerza de repetir cotidianamente determinadas tareas, realizar casi en forma autómata las mismas acciones y mirar constantemente los mismos paisajes, nos desapercibimos (sé que muy raramente se usa el adjetivo como verbo, pero qué demonios, es mi blog y por lo tanto me permito esa licencia) del resto de realidad que acontece a nuestro alrededor.

Pero sobre todo, dejamos de lado el resto de posibilidades que aguardan a nuestras respectivas vidas, siguiendo la idea de los romanticistas alemanes, quienes afirmaban en reacción febril a la cuadratura y/o rigidez de los filósofos idealistas que ensalzaban a la Razón, que el hombre era una posibilidad.

Ya después la física cuántica se encargaría de decir que, efectivamente, la realidad se puede crear a partir del modo de observar el mundo, pues implica la selección de una posibilidad de todas las que acontecen simultáneamente.

Y bueno. Después de esta introducción medio dispersa, ya no me acuerdo porqué decidí escribir este texto… ah sí, ya recordé.

La idea es que cuando uno se vuelve monotemático, monolítico, monográfo, monocorde, monofacético, monosílabo, monoteísta y hasta monógamo, pierde de vista todo lo que anteriormente constituía su realidad.

Esto, desde luego, lo digo por mí, que en algún momento del curso de estos últimos años he ido dejando de lado muchas otras facetas de lo que gradualmente ha dejado de ser mi realidad para devenir en recuerdos de lo que fue.

Pero como ya estoy arjoneando, quisiera decir que decidí escribir toda esta perorata porque revisando mis mensajes del Facebook, me encontré uno de una amable lectora que me preguntaba porqué había dejado de escribir en este espacio.

Al leer su mensaje lo primero que sentí fue una suerte de orgullo (o tal vez fatuidad) al saber que todas esas ideas y ocurrencias que fui dejando plasmadas en esta humilde atalaya fueron leídas por alguien más. Aunque a decir verdad, siempre he escrito para mí, como una forma de terapia y divertimento, sin el ánimo de volverme un blogstar con miles de seguidores.

Sin embargo, volviendo a la interrogante de esa gentil lectora, debo reconocer que fue precisamente el aliciente para reflexionar acerca del hecho de que la monotonía propicia el desapego a actividades tan recreativas e intelectualmente estimulantes como la lectura y la escritura.

Y ahora, motivado por el hecho de saber que alguien de vez en cuando leerá las idioteces que publique en este lugar, retomaré ese bonito hábito de criticar y llevar la contra a lo pendejo. Después de todo, algo bueno saldrá de eso.

Prometo, además, ser menos extenso y más variado en los temas. Creo que ahora he desarrollado la capacidad de síntesis y resulto menos cansado de leer.

Y en cuanto a los temas, pues para no sólo escribir de política ahora, además de leer los periódicos, tendré que leer libros: novelas, crónicas, ensayos y un largo etcétera que comprende el mundo literario.

A los que aun me leen, gracias por hacerlo. Y a los que pasan por aquí por casualidad, pues pasen más seguido.

Un abrazo para todos. 

6 ago. 2012

¿Angustia, incertidumbre, inquietud?


(y sí, otra vez a los episodios de melancolía)


Hubiera preferido un estado de ánimo más animado - válgase el redundar- para venir nuevamente a este espacio y comprobar que la infinita bondad de los dueños de ese emporio mediático llamado Google Inc ha permitido que permanezca disponible en el insondable océano de la web para aquellos lectores atribulados que tengan a bien dispendiar su ocio leyendo el inventario de insensateces que aquí han quedado plasmadas a lo largo ya de muchos días y pocos años.

Pero no, hoy vengo imbuido con una sensación de incertidumbre y angustia existencial que hacía ya un tiempo que no experimentaba. Sólo con la intención de emplear estas líneas como una terapia catárquica que me permita siquiera aliviar la pesadumbre existencial.

Quizá se trate de uno esos episodios que periódicamente se presentan en el transcurso de la vida de cualquier ser humano para moldear el carácter, o sólo tal vez para recomponerlo después de haberse atrofiado embebido de largos periodos de calma y ausencia de preocupaciones.

La existencia humana, y ello es un saber ancestral, no es sencilla. Hay quienes afirman incluso que es dolorosa y apenas apaciguada  por breves instantes de calma que a falta de mejor nombre se han denominado con el pomposo y demasiado extenso término de felicidad.

Pero dolorosa o no, lo cual es fuente de interminables debates, lo paradójicamente cierto es que la existencia es incierta y, para más INRI de la situación, fortuita.

Estamos aquí sin haberlo solicitado y parte esencial de nuestro ser que piensa, habla, razona y siente y actúa, no es ajeno. Es resultado de la convergencia de un conjunto de factores azarosos. Nosotros no los escogimos para poder ser de tal o cual manera.

Este yo que ahora se acongoja y que busca respuestas casi clarividentes del futuro es así de agustiado y quejumbroso no por una voluntad ontogenética (perdón por la palabra dominguera) definida y conciente, sino por la contingencia de las reacciones químicas de los procesos celulares del traje biomecánico que le da sustento, por el curso de los acontecimientos alrededor de su existencia y hasta por la ridiculez de las canciones de los Hombres G y las películas de Ismael Rodríguez que tuvo que padecer durante su infancia.

Y es este yo el que se pregunta, ahora, aquí, imbuido de angustia, incertidumbre y ansiedad, cómo serán las circunstancias de su existencia más adelante, cuando el tiempo y las convenciones sociales (vaya redundancia gramatical) decidan que ha entrado plenamente en la vida adulta.

En esa etapa todo lo que se hace hoy tendrá repercusiones. Cuáles serán, de qué magnitud, con qué intensidad.
Si tan sólo se pudiera saber…

7 may. 2012

De debates, edecanes y otras frivolidades de la democracia mexicana



Domingo 6 de mayo de 2012. A las siete de la mañana promete ser un día soleado como tantos que son típicos de la primavera; sin embargo, por la tarde se deja caer una tormenta eléctrica al sur de la ciudad, que providencialmente refresca el ambiente como preludio del calor que se generaría unas horas después.

Son las ocho de la noche y en la pantalla del canal Once aparece la cortinilla institucional del Instituto Federal Electoral. Segundos después se observa a cuadro a la presentadora del primer debate entre los candidatos presidenciales ordenado por la legislación electoral. Tras la bienvenida de cortesía explica la mecánica del orden de las intervenciones y es cuando acontece el primer suceso definiría la tónica de ese encuentro: una mujer de formas voluptuosas enfundada en un ceñido vestido blanco, portando una urna con papeles que contienen las cuatro primeras letras del alfabeto.

Más de un espectador frunce el seño expresando su extrañeza ante el atuendo de la mujer, preguntándose si es propio de un acto que al menos hipotéticamente supondría el intercambio de ideas y propuestas para definir el rumbo del país durante los próximos años. Los televidentes más apegados a la corrección política esperan como mínimo un extrañamiento de los candidatos y casi inmediatamente registran su primera decepción: ningún aspirante hace alusión a la impropiedad de la vestimenta de la edecán. Las audiencias más pesimistas comienzan a preguntarse -no sin cierta dosis de sarcasmo- si acaso la mujer del ceñido vestido blanco es una alegoría acerca de cómo los partidos políticos y la autoridad electoral ven al país y a la democracia, esto es, como a una hembra suculenta con la cual satisfacer momentáneamente sus lascivos deseos carnales.

Sorteada la secuencia de las intervenciones, vino el posicionamiento de los candidatos y el segundo mensaje claro para los casi cinco millones de televidentes que veían la transmisión (si hemos de creer que el rating del debate fue de 10.4 puntos, en el entendido de que un punto equivale a 380 mil espectadores): en México es necesario cambiar para que todo siga igual.

El candidato de la alianza Compromiso por México, Enrique Peña Nieto, se veía nervioso y en algunos instantes hasta inseguro. De repente, se da un balazo en el pie al afirmar que la economía del país ha tenido el peor desempeño en los últimos ochenta años, sin reparar en el hecho de que su partido gobernó durante los primeros setenta del siglo XX. Cuestión de sintáxis, justificarían sus seguidores, pero el error estuvo ahí.

Poco después tocó el turno al candidato del Movimiento Progresista, Andrés Manuel López Obrador, veterano en las lides políticas y polemista avezado. Su discurso nos remonta al siglo XIX, a la lucha entre liberales y conservadores, a las teorías de conspiraciones de los clubes masones y sus propuestas de gobierno a la imagen del perfecto idiota latinoamericano que alguna vez describieran hilaridad Plinio Apuleyo y Álvaro Vargas Llosa en un libro de título homónimo.

Cuando habló Josefina Vázquez Mota parecía que escuchábamos hablar a una madre abnegada y entonces podíamos comprender por qué su editor decidió titular al único libro escrito por la candidata con el trágico cómico rótulo de “Dios mío ¡hazme viuda por favor!”. La señora definitivamente padece del Síndrome de Libertad Lamarque.

Del candidato del PANAL y sus manuales de política pública habrá oportunidad de escribir en la siguiente entrega de este ejercicio narrativo.