16 oct. 2009

Costumbrismo afectivo: los pobres también aman y lo hacen de verdad

En Mateo 5, 3 que narra el famoso sermón de la montaña, Jesús dice algo así como “felices los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Por supuesto que existe una gran variedad de interpretaciones hermenéuticas del sentido de esta frase; algunas apuntan a la humildad como valor social, otras a la pobreza material y cada una ha predominado durante algún tiempo ganando adeptos que han intentado ponerlas en práctica para apropiarse un acre en ése tan preciado Reino celestial del que solía hablar el predicador judío que siglos más tarde fue tomado por verdadero Dios y verdadero hombre por una religión que él muy probablemente no se propuso fundar.

Nada menos que en el Medioevo existieron gran cantidad de sectas, órdenes religiosas y posturas filosóficas que intentaban llevar a la práctica ese consejo dictado por Cristo durante sus días en la Tierra.

Ya durante el Renacimiento y la Modernidad, principalmente durante el siglo XIX, cuando en Europa comenzaron a surgir con gran fuerza los movimientos anarquistas y marxistas, la interpretación dada a la bienaventuranza en torno a la pobreza afirmaba que ésta en realidad era un recurso de dominación ideológica para aplacar los ánimos rebeldes de las clases oprimidas, haciéndoles creer que en el plano espiritual la pobreza era buena y la riqueza mala.

Sea como fuere, el punto es que debemos al cristianismo la glorificación de la pobreza, en cualquiera de sus vertientes.

Los pobres, en tanto seres vulnerables, marginados y desesperanzados, son los más propensos a descubrir y hacer suyo el llamado de la fe, que es la búsqueda de la salvación del alma.

La riqueza, por el contrario, ha estado asociada en la versión del cristianismo católico, a la avaricia, la ambición y la soberbia, antivalores todos ellos promovidos por el antagonista espiritual de Dios, es decir, el demonio. Caso contrario el de las confesiones protestantes, en las que la riqueza es fruto del trabajo consagrado a Dios.

Pero más allá de estas consideraciones, muy interesantes por lo demás, lo que me interesa resaltar aquí es la idea de que sólo los pobres, debido a su condición de carencia material están dotados de una especie de capacidad especial para expresar auténticamente su pensamiento y sus sentimientos, debido a una suerte de inocencia que ha logrado mantenerse intocada, porque al estar excluidos de la sociedad y sus vicios, ésta no ha podido corromperla.

De ahí surge el estereotipo que atraviesa tantas y tantas historias literarias que lo mismo se han escrito en Europa que en América en diferentes momentos históricos, pero con un denominador común: los pobres, en medio de su pauperismo, son los únicos que son auténticamente felices.

El Cuento de Navidad de Charles Dickens es quizá el ejemplo más claro de esta situación, en la que la felicidad de los pobres radica en su capacidad para estar unidos y prodigarse afecto, en contraste con la avaricia e insensibilidad de Mr. Scrooge que aunque rico, es soberbio y amargado.


En el México posrevolucionario de los años cuarenta del siglo XX, el arquetipo cultural de la pobreza entendida como pureza de espíritu y condición para la redención individual a través del sufrimiento causado por las carencias materiales, es “Pepe el Toro”, el personaje interpretado por Pedro Infante, que vive en los márgenes de una Ciudad de México en proceso de expansión y modernización.

En la saga Nosotros los pobres (1947)-Ustedes los ricos (1948)-Pepe el Toro (1952) se hace evidente la relación inversamente proporcional entre riqueza y felicidad: los pobres son felices y la pasan bomba porque son solidarios; en cambio, los ricos son avaros, individualistas, codiciosos y siempre viven angustiados. Ya en Escuela de rateros (1958) surge el otro estereotipo que se va a reproducir posteriormente en las telenovelas para perdurar hasta nuestros días: el pobre feliz y audaz que es capaz enamorar a una riquilla frívola y prejuiciosa, sólo que en esta ocasión ya no se trata de un pobre ingenuo y bonachón, emigrado del campo a los márgenes de la ciudad, sino de un individuo netamente urbano, desvergonzado y parlanchín, es decir, el pelado.

El pelado es el ancestro directo del naco de nuestros días, pero en términos estrictamente afectivos, el pelado es el abuelo en línea directa del looser, ése espécimen bucólico que ronda por los bares bohemios interpretando con su guitarra canciones de su propia autoría, en las que exalta su capacidad para amar con sinceridad y hace apología de su condición de pobre que no quiere progresar para no contaminarse con las perversiones de la movilidad social, y que con esa verborrea lograr enamorar a mujeres que en otras condiciones estarían fuera de su alcance, pero que al final terminan abandonándolo.

Como en otros tiempos y lugares, en México la exaltación de la pobreza como virtud ha sido empleada como instrumento de dominación ideológica. En los años cuarenta fue a través del cine popular de Pedro Infante, Tin Tan y Cantinflas, y a partir del último tercio del siglo XX, mediante las telenovelas: Rosa Salvaje, María Mercedes y recientemente Hasta que el dinero nos separe (refrito de una producción sudamericana), son los ejemplos más claros de esta situación, donde el mensaje implícito es el siguiente: los pobres son felices y pueden amar con sinceridad, mientras que los ricos debido a su codicia están imposibilitados para hacerlo.

No obstante, el sustrato de la idea del amor auténtico hunde sus raíces en el planteamiento rousseauniano del buen salvaje, esto es, un hombre evolucionado apenas lo suficiente para caminar erguido y para tomar de la naturaleza sólo lo necesario para subsistir, sano, inocente, y por tanto, carente de toda noción de malicia.

En el caso particular de México, este planteamiento adquirió una expresión concreta en lo que se podría denominar como “costumbrismo afectivo”, una mezcla de inocencia campirana y pobreza que permite a los individuos expresar con autenticidad sus sentimientos debido a su sencillez e ignorancia respecto al hecho de que las palabras tienen significado y su pronunciación genera consecuencias.

A diferencia del looser, que es más citadino, lírico y rebuscado en la expresión de sus afectos, el individuo costumbrista es más franco y directo, emplea referencias y analogías propias de su entorno, como en la letra de “La Ley del monte” que es la canción por antonomasia del costumbrismo afectivo, que dice algo así como “grabé en la penca de un maguey tu nombre/unido al mío entrelazados/como una prueba ante la ley del monte/que ahí estuvimos enamorados”; o bien, la “Flor de capomo”: trigueñita hermosa/linda vas creciendo/como los capomos/que se encuentran en la flor….

Pero sin lugar a dudas, la canción que mejor expresa el pleno significado del costumbrismo afectivo” es El Chubasco, que narra la historia de un hombre que está al borde del insondable precipicio del desamor, debido a que la mujer que ha amado en silencio durante mucho tiempo, está a punto de partir hacia un lugar desconocido en un buque de vapor, ¡un buque! es decir, pondrá mar de por medio, y el pobre, totalmente incapaz de hacer nada para detener su partida se consuela imaginando la posibilidad de manipular las fuerzas de la naturaleza para formar un chubasco, con el declarado objetivo de detener la navegación del buque de vapor.

Por hoy ha sido demasiado; ya en el siguiente post entraremos al análisis puntual de la letra de “El Chubasco” y las implicaciones filosóficas que subyacen detrás del costumbrismo afectivo en el que se inscribe.

Lo que quería dejar en claro en este texto es que a diferencia de la concepción del amor como producto de consumo, el costumbrismo lo entiende como un sentimiento complejo y auténtico que no precisa de muchas elaboraciones sociales para poder ser expresado y experimentado. Asimismo hay que evidenciar el aspecto clasista del tema; mientras que el costumbrismo no precisa grandes elucubraciones y recursos para poder expresarse, el amor pequeño burgués de las redes sociales precisa de la tecnología y de un espacio virtual para poder subsistir. En fin, que la idea quedó inconcluso pero es porque ya me estoy doblando de sueño…

9 oct. 2009

Match.com: encuentra el amor

Todos los días, antes de cerrar mi sesión en la computadora de la oficina reviso mi correo electrónico personal y de paso echo un vistazo al messenger para ver quién está conectado.

Ayer por la tarde cuando abrí el messenger salió una ventanita emergente que invitaba a comparar el tamaño de los dedos de las manos para saber cuál era el tipo de personalidad correspondiente. Ignoro si tal ejercicio tiene un fundamento metodológico, y si de casualidad llégase a leerme aquì un psicólogo mucho le agradecería que me ayudase a aclarar el punto; pero haiga sido como haiga sido, el punto es que decidí perder el tiempo observado el tamaño de los dedos índice, medio y anular de mi mano derecha, para compararlos con los esquemas que aparecían en la pantalla, para más señas, en una página de MSN que se llama “amor y amistad” o una cosa similar.

Una vez que hube comparado mis manos y seleccionado el esquema más parecido en el monitor, se abrió otra página en la que había que resolver un test de personalidad. Para no hacer la historia larga diré que el resultado del mentado test respecto a mi personalidad decía que tengo un liderazgo tradicional y que soy una especie de Juan Camaney que masca chicle, baila tango y tiene viejas de a montón, turu rú, pero en versión intelectual y medio mamonesca.

Instantes después aparecieron las fotos de unas chicas que dizque eran compatibles con mi personalidad y cuando caí en la cuenta, ya estaba yo completando un perfil para un portal llamado “match” o algo similar.

Pero lo importante no es la página en sí, ni sus características, por lo demás demasiado parecidas a las de las redes sociales como Facebook o Hi5, donde hay que poner fotos, una breve descripción personal y demás payasadas. No. Lo importante es el perfil mismo de las personas que concurren a ése tipo de herramientas tecnológicas para relacionarse socialmente.

Sé que lo que voy a escribir ya ha sido escrito con antelación y con mucho mayor claridad y fluidez por sociólogos y psicólogos con doctorados y cuando menos un par de artículos publicados en antologías y revistas académicas totalmente desconocidas. Pero es interesante observar cómo personas con un promedio de edad que va de los 30 a los 50 años emplean ésa red social para tratar de encontrar a otras personas con las que puedan entablar una relación afectiva.

Por supuesto que esa situación no es nueva, y que más bien es la versión electrónica de los anuncios de las “almas solitarias” que alguna vez figuraron en las secciones de avisos de ocasión de periódicos y revistas impresas.

Sin embargo, lo que me causa curiosidad y hasta un poco de asombro es esa especie de ingenuidad o hipocresía, banalidad o estupidez, subyacente en el hecho de creer que en un medio totalmente impersonal y por tanto potencialmente propenso a la suplantación de la realidad por la fantasía, como lo es Internet, las personas podrán encontrar a otras personas con las características que exigen: buena apariencia, buenos sentimientos, buena posición laboral y por tanto económica, entre otras más.

Lo que me cuesta trabajo entender es la reticencia a buscar todo eso en el mundo real, afuera de su casa, oficina o del café internet desde el que día con día revisan esperanzadamente sus buzones de correo electrónico, para ver quiénes han observado sus respectivos perfiles y han decidido dejarles algún comentario.

El amor, cualquier cosa que eso signifique y suponiendo sin conceder que pueda existir realmente, no viaja a través de los 0 y 1 de las fotografías digitales, ni en los emoticons que adornan las descripciones personales, ni en tampoco se encuentra en la estupenda sintaxis que estructura una frase efectista escrita en un blog.

Cierto, se trata de un acontecimiento contingente, esto es, algo que sucede cuando nadie espera que suceda. Pero sus posibilidades de devenir una experiencia concreta se potencializan en la realidad inmediata, y quizá el “amor de la vida” de la chica cuya descripción leí y me provocó un ataque de risa seguido de cierta conmiseración debido a la inocencia escondida en sus pretendidos aires de madurez y cosmopolitismo (preocupantes si se consideran los 33 años que afirmaba tener), es su vecino de estacionamiento en el lugar donde trabaja, o el gordo, calvo y malvestido que siempre la saluda gentilmente en el elevador; pero muy probablemente no lo percibe porque existe todo un entorno que paulatinamente, desde su infancia, le interiorizó tal cantidad de estereotipos que la han predispuesto a observar sólo un determinado patrón de prospecto y de relación.

Es como en ésa peli gringa con Jack Black y Cameroon Díaz, en la que el ideal de mujer de él es una chica rubia, delgada y superficial, pero que por obra de un psicoterapeuta aprende a descubrir que lo que realmente importa de las personas no es la apariencia física, sino la esencia espiritual, por decirle de algún modo a esos aspectos de la personalidad que vuelven a alguien interesante, aburrido o detestable, y entonces cae en la cuenta de que está enamorado de una mujer excesivamente gorda pero noble y comprensiva.

Esto es lo que subyace en el imperio de la imagen que representan las redes sociales: la apariencia, el intento permanente de cubrir un patrón diseñado por la sociedad ya sea para autocomplacerse por su pretendido refinamiento en gustos, o bien para contrastarse con lo que no tiene pero que le gustaría tener. Como cuando una familia snob de un barrio popular tilda a la familia vecina de “corriente” siendo que en realidad ambas se ubican exactamente en la misma escala sociocultural.

En match.com se pretende encontrar el amor de los cuentos de hadas, las telenovelas y las historias de Corín Tellado y Bárbara Cartland. Los hombres pretenden encontrar a la mujer bonita pero tonta que puedan presumir como un bonito llavero, aunque escondan esa pretensión real en descripciones personales que apelan a la sensibilidad y la bondad; y las mujeres pretenden encontrar al príncipe azul de los cuentos de los hermanos Grimm. Pero ni unos, ni otros reparan en el hecho de que sus posibilidades de ser felices, cualquier cosa que entiendan por ello, no están en la contemplación de fotografías retocadas, ni en la lectura de descripciones personales falsas, sino en la cotidianeidad de su vida diaria, con el Shrek o la Fiona con la que se cruzan todos los días excluyéndolos del horizonte de su mirada mediante la indiferencia.

Si algo nos han enseñado los maestros de la meditación y la reflexión, es que no debemos buscar afuera y lejos lo que tenemos que descubrir adentro y cerca.

Sin embargo a los mercadólogos, a los publicistas, a los anunciantes y patrocinadores de redes como match.com, de programas como “12 corazones” o telenovelas como las de Fernando Gaitán (de las que algún día escribiré porque son muy interesantes en su construcción dramática y trasfondo social) no les conviene que las amplias masas descubran que son objeto de la manipulación sentimental y de la introyección de patrones de comportamiento afectivo y formas de interacción social, porque entonces sus respectivos negocios se acabarían.

Creo que a Marx ya no le alcanzó el tiempo para decirlo, pero en mis afanes megalómanos lo diré yo: el amor es un producto de consumo confeccionado por el capitalismo, que ha construido sobre él toda una industria en permanente innovación: ayer fueron los anuncios de las almas solitarias, hoy son sitios como match.com, y siempre han sido las canciones románticas.

El amor así entendido no es más que un ordinario producto burgués.




P.S. Me fumé demasiado, ¿verdad? Ya en otra ocasión escribiré de esa especie de contracultura del amor representada por el costumbrismo, en el que el pueblo llano, las clases bajas y los excluidos, expresan con total inocencia sus auténticos sentimientos.

6 oct. 2009

Comentarios varios

El primero de ellos es: ¡qué incómodo resulta escribir con la notebook sobre las piernas, mientras está uno recostado en la cama!

El segundo es que casi me doblo de sueño y si este texto sale sin errores de sintaxis es porque el Word es muy bueno en el procesamiento de textos.

El tercero es que detesto el office 2007 porque todo está muy confuso y cambia los formatos de grabación de los archivos.

El cuarto es: no sé para qué escribo si sólo yo me leo.

El quinto es: mis dedos y mis neuronas se han atrofiado por haber dejado de practicar la terapia de la escritura, ahora siento que escribo como Germán Dehesa… ¡qué horror!

El sexto es que en estos momentos de mi vida, realmente no hay nada de qué terapearme por medio de la escribidera. Dios se acordó de que yo existo y me va muy bien todos los aspectos de mi existencia.

El séptimo es: ¡qué chingado calor se siente esta noche!

El octavo es que me duele un poco el costado izquierdo porque anoche me dormí mal.

El noveno es que ya dejé mi dieta porque sólo bajé tres kilos en un mes; ahora intentaré hacer ejercicio en un gimnasio.

El décimo es que detesto los gimnasios porque son vulgares y malolientes centros de recreación de la vanidad y el amor propio.

El undécimo es que cuando ya no se recuerda con toda exactitud qué es lo que hizo una noche de viernes de tragos, lo mejor es dejar de beber, no sea que en una de esas uno amanezca en la habitación de sabe Dios qué hotel, sin saber cómo carajos llegó hasta ahí.

El duodécimo es que no importa cuánto me esfuerce, nunca conseguiré ser constante en mis colaboraciones en este espacio, cada día menos visitado.

El décimotercero es que de repente me jode la frivolidad que campea en mi trabajo, la cual aun cuando no deja de ser un epifenómeno, en ocasiones llega a ser irritante, pues hace que me pregunte en qué momento pasé de las charlas acerca de la teoría arendtiana del Estado o de la modernidad líquida de Zygmunt Bauman, a los recuerdos de las procesiones del colegio Cumbres a la Basílica de Guadalupe, o de las ofertas de Lacoste o del último evento del “Clásico”, que es el antro de moda entre la cerril pero snob pequeña burguesía defeña.

Y creo que tengo que abundar en este comentario.

Entre más conozco a gente egresada de universidades privadas, más quiero a la UNAM; o sea, esos tarados además de ser unos conservadores de primer nivel son unos imbéciles y unos ignorantes, carentes de todo sentido crítico y curiosidad siquiera para preguntarse por qué piensan que pensar no es importante o es cosa de “ñoños”.

Entiendo que de vez en cuando es necesario aterrizar en el mundanal ruido y conversar acerca de autos, antros y viajes para las siguientes vacaciones, pero hacerlo todo el tiempo es insulso, vacuo y muy aburrido.

Sólo con una colega que es egresada de la Universidad Iberoamericana puedo platicar más o menos de los temas que me interesan: cine aburrido, jazz, pseudo filosofía al estilo francés y muy de vez en cuando literatura, porque la pobre mujer casi no lee aunque piensa que con haber ido un año a una universidad patito pretendidamente gringa aunque asentada en París, sabe todo lo que un politólogo debe de saber acerca de no sé qué payasadas que nada más a los administradores públicos les resultan interesantes, pero que a los politólogos de verdad nos parecen pretensiosas y redundantes.

En fin, que me hacía falta desahogarme de esas situaciones que son, eso supongo, las vicisitudes típicas del trabajo de oficina. Pero bueno, no se puede tener todo en esta vida y por fortuna existen los sábados de cafelito con algunos amigos, que nos reunimos para compartir las penas que el mundo de los mortales nos ofrece para nuestro disfrute.