10 jun. 2008

¿Gentilicio?

Debo comenzar por reconocer que la tolerancia no es precisamente una de mis cualidades más preciadas, ni tampoco una de las que más me esmero en cultivar. Tolerar, como ya lo he escrito por acá, es casi soportar a la fuerza algo que de ordinario y en la esfera privada resulta difícilmente soportable.

A la tolerancia como valor antepongo el respeto, porque éste siempre resulta de la disposición al aprendizaje y la comprensión mutua. Se respeta sólo aquello que se ha ganado tal actitud después de haber propiciado las condiciones para su reconocimiento y eventual entendimiento. De aquí que el respeto sea más difícil de obtener que la tolerancia, que es casi lo mismo que la indiferencia.

Pues bien, esta breve prédica de civismo de secundaria viene a cuento porque voy a escribir acerca de un tema al que ya le traía ganas desde unas semanas atrás, cuando me saltó repentinamente mientras evaluaba mis posibilidades de aplicar el consejo de Frédéric Beigbeder acerca de la reducción de las distancias en una fiesta. (Y bueno, de esto último dejaré que sea el propio Beigbeder quien amplíe la explicación al final de este texto).

Resulta que omitiendo eventualmente mi sagrado ritual de los fines de semana, consistente en encerrarme en casa para mirar películas y comer quesadillas, tacos o tortas, decidí asistir a la fiesta que había organizado uno de mis amigos en ocasión del cumpleaños de su novia.

Quienes entre todos mis tres lectores son asiduos a las fiestas y/o reuniones sociales, ya saben cuál es la dinámica: uno llega al lugar, acepta una copa o una cerveza, comienza a charlar con los conocidos y a mirar de reojo a las chicas guapas; o bien, si es que se llega acompañado, de todos modos hay miradas discretas a las chicas guapas y suspiros de resignación…

Como sea, el punto es que yo llegué solo, acepté una cerveza, comencé a platicar con algunos conocidos y miré a una chica chic que tenía unos ojos simplemente encantadores. Después de algún tiempo me animé a acercarme donde ella para platicar. Y ya desde el “hola” noté un acento extraño. Entonces le pregunté de dónde era, y ella respondió que de Reynosa, Tamaulipas. Le dije que yo conocía esa ciudad -lo cual es cierto- y que mi experiencia personal no había sido precisamente digna de recordarse -lo cual también fue cierto-. Entonces ella frunció el ceño, sonrió despectivamente y dijo:

-Claro, pero si eres el clásico chilango que donde quiera que va piensa que todo el mundo le tiene que hacer honores; que lástima, eh. Por tu aspecto pensé que eras diferente, pero veo que me equivoqué-. Y acto seguido se puso de pie y se fue platicar con otro grupo de invitados, dejándome con un palmo de narices.

Contrariado por el imprevisto batazo de home run, por un momento pensé en ir a decirle que era una tonta prejuiciosa. Pero casi inmediatamente caí en la cuenta de que, en efecto, quienes vivimos en el Distrito Federal no somos bien recibidos en algunas ciudades y localidades del interior de la república.

Sin embargo, lo que más me fastidió fue aquello de “clásico chilango”, porque además de ser una generalización infame, es peyorativa e hiriente.

Por lo menos en lo personal me irrita que me digan “chilango” porque en la gran mayoría de los casos tal adjetivo tiene la connotación de “ruin”, “transa”, “ventajoso”, “marrullero” y otras de similar significado.

Pero lo que más me jode es que se pretenda imponer esa palabreja como gentilicio de quienes vivimos en el Distrito Federal porque, en estricto sentido, entre “chilango” y Ciudad de México o Distrito Federal, no existe ninguna similitud fonética como sí la hay, por ejemplo, entre San Luís Potosí y “potosino”, o entre Tabasco y “tabasqueño” (o entre Tula y “tuleño”, aunque se preste al doble sentido).

Hace algún tiempo el venerable Gabriel Zaid escribió un artículo en “Letras libres” donde expuso las posibles razones que sustentarían la adopción de “chilango” como gentilicio, argumentando que tal apodo, al ser del conocimiento popular en casi todo el país, bien podría ser la solución para el viejo problema de la falta de gentilicio para los habitantes de la Ciudad de México.

Si no existieran estúpidas rencillas o resentimientos regionales -desafortunadamente históricos y propiciados por el centralismo crónico que hemos padecido como país- no habría inconveniente en aceptar “chilango” como gentilicio. El problema es que esas rencillas y resentimientos existen y la palabrita de marras se suelta con saña a la primera oportunidad. Además de que las otras posibles alternativas a usar nomás no pegan; por ejemplo, dicen los que saben que “defeño” sería elevar a la categoría de gentilicio las siglas de una entidad administrativa, y que “capitalino” es demasiado general y lo mismo puede aplicarse al habitante de Pachuca, que al de Toluca o Monterrey.


Sin embargo, tratando de ser ecuánime y objetivo, creo que comprendo el porqué de los prejuicios en contra de nosotros los “defeños” (a mi me gusta esta palabra aunque lingüísticamente no sea la apropiada). Personalmente he visto a algunos payasos (y payasas) fanfarronear acerca del pretendido cosmopolitismo inherente a quienes vivimos en el Distrito Federal.

En cierta ocasión, durante un congreso de ciencia política realizado en Puebla escuché a un tarado que decía que el problema de la “provincia” era el retraso con el que llegaban las nuevas tendencias teóricas. En la sesión de preguntas y respuestas comenté con especial dedicatoria al idiota aquel, que la provincia sólo existía en la mente de quienes en su ingenua megalomanía pretendían ver a los estados federales desde la perspectiva del imperio romano, que hacía muchos siglos había caído por obra de los pueblos que despectivamente llamaba bárbaros.

Tiempo después, en alguna fiesta escuché a una chica que le decía al tonto que la escuchaba con mucha atención, que le parecía aburrida la vida de los “pueblos” porque nunca pasaba nada y todo transcurría muy lento. Como yo estaba cerca no pude evitar una carcajada sardónica, seguida la cual le pregunté a la tipa que en qué parte de la ciudad vivía, y me respondió que en alguna colonia fea de Iztapalapa, de la cual honestamente no recuerdo el nombre. Entonces le pregunté si existía alguna diferencia entre el aspecto de su barrio y los “pueblos” que criticaba. Obviamente ya no dijo nada.

Y es que es verdad. La Ciudad de México y el Distrito Federal todo, es un conglomerado de pueblitos. Sólo que ahora se les llama “colonias”; y aunque algunas están más urbanizadas que otras, lo cierto es que si se les mira con cierto detenimiento, reproducen las mismas pautas culturales de un pueblo y la estructura mental de sus habitantes es completamente local.

Así que cosmopolitismo, ¿dónde?

Lo que es más, ni siquiera en las zonas más exclusivas de la ciudad -como Las Lomas o Santa Fe- se puede observar un cambio de mentalidad. Existe, eso sí, una desestructuración de la convivencia y la proximidad personal debida al diseño urbanístico. Pero todo lo demás es simple esnobismo. Y es así porque nunca existió una clase aristocrática nacional: de dónde podía surgir, si a los aristócratas españoles los corrieron los independentistas, y a los aristócratas austriacos los mataron los liberales. (Sobra decir que desde entonces sólo hemos tenido panistas y “niños verdes”).

En fin, que debido a ése tipo de actitudes para con los habitantes de otras regiones del país, es que hemos tenido que pagar justos por pecadores, con motes como el de “el clásico chilango”, o expresiones de abierta intolerancia como aquella del “haz patria, mata un chilango”, que cuando la prudencia no aflora debería ser respondida con una similar: “haz patria, educa a un provinciano” (pero la verdad sería muy mala leche).

Con todo, la situación no deja de tener algo de socarronería, pues una de las acepciones de “chilango” se aplica a los habitantes del interior de la república que llegan a vivir a la Ciudad de México. De manera que he aprendido a tomar con cierto humor la palabreja. En alguna ocasión, he llegado a decir “no sé por qué me dicen chilango, si yo soy de San Juan de la Nopalera…”.

En fin, que a esto le falta una segunda parte, donde pretendo divagar acerca del esnobismo pueblerino de los chilangos, y la intolerancia de algunos especimenes de otras regiones del país.

Mientras tanto, cierro esta fumada con el texto de Beigbeder acerca de la reducción de las distancias en las fiestas, como método para ligar.

“En una fiesta, seducir consiste básicamente en reducir distancias. Hay que conseguir ganar terreno, centímetro a centímetro, sin que se note demasiado. Si ves a una chica que te gusta, hay que acercarse (a dos metros). Si a esa distancia te sigue gustando, te pones a hablar con ella (a un metro). Si tus chorradas la hacen sonreír, la invitas a bailar o a tomar una copa (a 50 centímetros). Luego, te sientas a su lado (a 30 centímetros). Cuando sus ojos empiecen a brillar, deberás colocar cuidadosamente un mechón de pelo rebelde detrás de su oreja (a 15 centímetros). Si permite que le toques el pelo, háblale acercándote un poco más (a 8 centímetros). Si notas que su respiración se acelera, pega tus labios a los suyos (a 0 centímetros). Evidentemente, el objetivo de toda esta estrategia consiste en lograr una distancia negativa producida por la penetración de un cuerpo extraño en el interior del cuerpo de la persona en cuestión (aproximadamente 12 centímetros según la media nacional)”.

Frédéric Beigbeder, El amor dura tres años, Anagrama.

2 comentarios:

Elisa dijo...

Las relaciones interpersonales siempre resultan complicadas...
Creo que Frédéric Beigbeder es tu gurú en materia sentimental ¿no?
Ya he leído "El amor dura tres años" y es real, al tercer año se pierde el encanto y por salud mental es mejor dejar las cosas hasta ahí.

Elisa dijo...

Las relaciones interpersonales siempre resultan complicadas...
Creo que Frédéric Beigbeder es tu gurú en materia sentimental ¿no?
Ya he leído "El amor dura tres años" y es real, al tercer año se pierde el encanto y por salud mental es mejor dejar las cosas hasta ahí.