11 feb. 2013

Resistir al amor

Febrero sería un mes fenomenal si entre sus celebraciones no estuviera esa ridiculez del día de San Valentín, pues contrasta sobremanera con otra efeméride mucho más trascendente para la gloria nacional de México y me atrevería a decir que de la Humanidad, relacionada con el natalicio de un prócer en potencia de las letras y la sesuda reflexión teórica.

Así que no queda más que presentar resistencia y combate a la fiesta de la frivolidad, la superficialidad y la estupidez englobadas en el 14 de febrero, catalogado como el "día del amor y la amistad".

Sin embargo ahora lo haré desde una óptica distinta, con mucho más experiencia y conocimiento de causa, aclarando que cuestionar y criticar una celebración y la trivialización de su contenido, no significa en modo alguno incongruencia con lo que se practica, porque dicha práctica está sustentada en una base mucho más firme que las preconcepciones provistas a las masas palurdas por la educación sentimental desarrollada e impartida por la cultura occidental a través de sus centros de consumo y medios de generación de expectativas y necesidades artificiales.

En otras palabras, lo que quiero decir es que mi critica no anula ni entra en conflicto ni con mi pensamiento respecto al tema del amor, desarrollado y sostenido a largo de un tiempo ya considerable, ni con mi manera de vivir y experimentar lo afectivo en el plano de mi vida privada.

Dicho lo anterior, lo primero que hay que plantear es una interrogante: ¿se puede resistir al amor?

Ello depende de la idea de amor que prevalezca en el contexto en el que se pretenda presentar la resistencia y mucho más mundanamente, de contra quién se presentaría tal resistencia y a pesar cuáles prenociones.

Me explico.

Si la idea del amor que prevalece está relacionada con la cosificación de un cúmulo de sentimientos complejos, superpuestos y a menudo antagónicos que convergen en la conciencia de una persona respecto a otra y que han sido dificil y vagamente definidos con claridad, como ocurre actualmente en las sociedades occidentales; la resistencia contra el amor resulta sumamente compleja porque implica cuestionar y criticar aspectos de la cultura que comumente damos como realidades asentadas, e incluso, como leyes inexorables de la naturaleza humana.

Ya desde el principio mismo de la atracción surge la duda de hasta dónde es un genuino acto de voluntad consciente y autónomo, o más bien, un acto reflejo que responde a los estímulos bombardeados constamente por la estética prevaleciente. En otras palabras, cuando conocemos a una persona y la consideramos "atractiva", ese juicio es autónomo o está influido por la idea en torno a "lo atractivo" que se ha forjado desde la cultura dominante.

Pongamos por caso los concursos de belleza, en los que la arrogancia de la estética capitalista la ha conducido a asumir que los patrones de belleza occidentales son aplicables a todo el universo, dando el nombre de "señorita universo" al certamen que determina cuál mujer de todas las que cumplen con los parámetros de "lo bello" sobresale por encima de todas las demás.

Cuando un sujeto ordinario mira esos certámenes introyecta la idea de belleza y la convierte en un patrón a partir del cual construye sus juicios y parámetros para considerar a una mujer atractiva. De manera que para este sujeto la posibilidad de presentar resistencia y cuestionar las ideas establecidas en torno a la belleza y la atracción es muy remota, porque su conciencia no es plenamente autónoma y más bien ha sido moldeada para responder a determinados estímulos visuales. En este sentido valga también el ejemplo de la estética del cuerpo para preguntarse ¿por qué atrae la voluptuosidad? ¿es una cuestión puramente animal de instintos primigenios en la naturaleza humana? ¿o es más bien el resultado de un modelo impulsado desde determinados centros de diseño de conductas de consumo?

Lo más irónico de todo esto es que el paradigma estético occidental es totalmente machista y alienante. En él la mujer aparece como un objeto sexual hecho para la recreación o perdición del hombre; de manera que, en esa lógica, las mujeres no podrían resistir a la atracción porque carecen de un modelo cosificable. De ahí que estén en mayor posibilidad de desarrollar el lado afectivo y enfocar la atención en aspectos relativamente más cualitativos, como el intelecto y las conductas afectivas de los hombres, pues los estímulos visuales y las preconcepciones culturales no han sido confeccionadas para que ellas las introyecten.

No obstante, existe otro ángulo de la atracción que también debe ser abordado como objeto de análisis y es el relacionado con la seducción de la atracción misma; esto es "querer" solamente "el querer" pretendiendo falsamente creer que quiere al sujeto de la querencia.

Muchas personas desarrollan esta suerte de patología afectiva, la cual generalmente está asociada con rasgos de narcicismo y autosificiencia estética que son reforzados por experiencias de complacencia en el ámbito afectivo; es decir, por sujetos que cumplen con los rasgos generales establecidos por el patrón de la estética occidental prevaleciente y que por esa misma razón no han tenido complicaciones en el establecimiento de relaciones afectivas con las personas que desean.

Sin embargo, cuando experimentan una negativa o resistencia a la atracción comienzan a gestar una suerte de obsesión, capricho o antojo pasajero respecto no al sujeto que ha rechazado o resistido su atracción, sino a la negativa misma. De ahí que comiencen a creer que han desarrollado un afecto por el sujeto emancipado a su atracción, cuando en realidad sólo anhelan descubrir las razones de la resistencia.

Hasta aquí parece que el cuestionamiento inicial respecto a la posibilidad de presentar resistencia al amor encuentra una respuesta afirmativa si por amor se entiende al producto social de consumo ideado por la cultura occidental y reproducido por pautas de conducta ridículas y esterotipadas, así como celebraciones como la del 14 de febrero a la cual el catolicismo ha aportado una parte sustancial de la trivialización al relacionar a un personaje como Valentín de Terni con el amor de pareja (cupiditas), que no es en modo alguno el amor oblativo (caritas) predicado por Pablo como mensaje central de Cristo.

Sin embargo, cuando se piensa en la idea del amor desarrollada en los albores de la cultura occidental en Atenas (propria ratio amoris) y muy pronto extraviada en las pasiones viscerales de Roma (aegritudo amoris), pero más tarde rescatada por personajes como Agustin de Tagaste y con resonancias en el pensamiento ilustrado de Kant, la resistencia al amor pasa de ser un acto de conciencia crítica contra lo que en algún momento Andreas Capellanus y Pedro el Hispano denominaron amor hereos y muchos siglos más tarde Bauman denomina "amor líquido", a un impulso visceral contra la razón y el discernimiento.

El único problema es que ese amor sólo existe en la literatura filosófica, a lo sumo, como una aspiración moral de la sociedad, tal como el propio Kant alguna vez lo planteó. Pero no en la realidad concreta y próxima, donde la cosificación de esa complejidad afectiva adquiere la burda forma de un cursi corazon de cartoncillo...

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