10 may. 2013

Historias de semáforos

Eran las cuatro de la tarde de ese martes de agosto. El verano, siempre atípico en esta parte del mundo, no ofrecía la convencional panorámica de las hojas secas cayendo de las copas de los árboles para tapizar las calles de distintas tonalidades marrón, ni los días soleados y calurosos coronados por un cielo despejado. Por el contrario, en las alturas de la bóveda celeste se cernían grandes nubes grises y blancas que, desplazadas velozmente al capricho del intenso viento, formaban tantas figuras como la imaginación de quien las mirase quisiera proyectar.

Abajo, en la calle, los tibios rayos del sol poniente bañaban los edificios, los parques y las avenidas, aunque continuamente eran eclipsados por el paso de las nubes, entre cuyos cúmulos los haces de luz se abrían paso produciendo un sublime espectáculo que acontecía majestuoso ante las indiferentes miradas de quienes caminaban a prisa por las aceras, así como entre las de quienes circulaban lenta y resignadamente en sus automóviles, con expresiones de hastío en sus rostros, absortos en sus pensamientos o simplemente distraídos por cualquier detalle de esa ordinaria estampa urbana.

A través del amplio ventanal del autobús que lo conducía de vuelta a casa, en medio del raudal del tráfico propio de esa hora del día, él dirigía la mirada hacia el profundo carmesí que aparecía en el horizonte. En sus manos sostenía un libro del que faltaban unas cuantas páginas para concluir su lectura. Había decidido precisamente descansar un poco sus ojos cuando reparó en el espectáculo que acontecía en el cielo, mientras en sus audífonos sonaba una vieja canción que creaba una atmósfera de introspección, o -si se permite al narrador realizar un breve apunte- de esa condición espiritual que en alguna de sus obras Hannah Arendt denominó como “solitud”.

Ahí, en ese ambiente intimista, comenzó a pensar en algo que había leído hacía ya algunos años en una obra de un escritor checo, acerca de la contingencia de los encuentros y el entrecruzamiento de historias personales. Mientras reflexionaba en torno a la relación entre necesidad, posibilidad, contingencia y determinación, el autobús había detenido su marcha obedeciendo el alto marcado por la luz roja del semáforo justo frente al paso peatonal paralelo a la avenida que pretenía atravesar.

Afuera, a través de la amplia ventana, se podía observar que ella también esperaba al cambio de luz para proseguir su camino. Un par de calles más adelante alguien aguardaba su llegada, sentado a la mesa de un pequeño y agradable café.

Casualidad, destino o contingencia, juzgue el lector lo más conveniente, ella también dilucidaba acerca de lo fortuito de los encuentros, de las miradas, de las sonrisas, de las historias que había detrás de cada una de las personas que a su alrededor también esperaban en ese cruce de avenidas para continuar sus respectivos trayectos.

Ambos, en esa fugaz coincidencia, si es que pudiera considerarse como tal al hecho de compartir por unos instantes un mismo punto en el espacio, ignoraban la existencia del otro.

Y he aquí la sorprendente capacidad de la literatura para deshilvanar historias, contar las acontecidas e inventar las improbables.

Y he aquí también las ventajas de la omnisciencia del narrador, que puede adelantarnos que ese encuentro, hasta ese momento potencial, se materializaría algunos años más tarde, unas calles más adelante; justo en el café en el cual la esperaban a ella esa tarde de martes de verano.

Lo que sucedió ahí, en ese lugar a donde la contingencia los llevó a ambos, queda para que el gentil lector imagine su propia historia.

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