7 may 2012

De debates, edecanes y otras frivolidades de la democracia mexicana



Domingo 6 de mayo de 2012. A las siete de la mañana promete ser un día soleado como tantos que son típicos de la primavera; sin embargo, por la tarde se deja caer una tormenta eléctrica al sur de la ciudad, que providencialmente refresca el ambiente como preludio del calor que se generaría unas horas después.

Son las ocho de la noche y en la pantalla del canal Once aparece la cortinilla institucional del Instituto Federal Electoral. Segundos después se observa a cuadro a la presentadora del primer debate entre los candidatos presidenciales ordenado por la legislación electoral. Tras la bienvenida de cortesía explica la mecánica del orden de las intervenciones y es cuando acontece el primer suceso definiría la tónica de ese encuentro: una mujer de formas voluptuosas enfundada en un ceñido vestido blanco, portando una urna con papeles que contienen las cuatro primeras letras del alfabeto.

Más de un espectador frunce el seño expresando su extrañeza ante el atuendo de la mujer, preguntándose si es propio de un acto que al menos hipotéticamente supondría el intercambio de ideas y propuestas para definir el rumbo del país durante los próximos años. Los televidentes más apegados a la corrección política esperan como mínimo un extrañamiento de los candidatos y casi inmediatamente registran su primera decepción: ningún aspirante hace alusión a la impropiedad de la vestimenta de la edecán. Las audiencias más pesimistas comienzan a preguntarse -no sin cierta dosis de sarcasmo- si acaso la mujer del ceñido vestido blanco es una alegoría acerca de cómo los partidos políticos y la autoridad electoral ven al país y a la democracia, esto es, como a una hembra suculenta con la cual satisfacer momentáneamente sus lascivos deseos carnales.

Sorteada la secuencia de las intervenciones, vino el posicionamiento de los candidatos y el segundo mensaje claro para los casi cinco millones de televidentes que veían la transmisión (si hemos de creer que el rating del debate fue de 10.4 puntos, en el entendido de que un punto equivale a 380 mil espectadores): en México es necesario cambiar para que todo siga igual.

El candidato de la alianza Compromiso por México, Enrique Peña Nieto, se veía nervioso y en algunos instantes hasta inseguro. De repente, se da un balazo en el pie al afirmar que la economía del país ha tenido el peor desempeño en los últimos ochenta años, sin reparar en el hecho de que su partido gobernó durante los primeros setenta del siglo XX. Cuestión de sintáxis, justificarían sus seguidores, pero el error estuvo ahí.

Poco después tocó el turno al candidato del Movimiento Progresista, Andrés Manuel López Obrador, veterano en las lides políticas y polemista avezado. Su discurso nos remonta al siglo XIX, a la lucha entre liberales y conservadores, a las teorías de conspiraciones de los clubes masones y sus propuestas de gobierno a la imagen del perfecto idiota latinoamericano que alguna vez describieran hilaridad Plinio Apuleyo y Álvaro Vargas Llosa en un libro de título homónimo.

Cuando habló Josefina Vázquez Mota parecía que escuchábamos hablar a una madre abnegada y entonces podíamos comprender por qué su editor decidió titular al único libro escrito por la candidata con el trágico cómico rótulo de “Dios mío ¡hazme viuda por favor!”. La señora definitivamente padece del Síndrome de Libertad Lamarque.

Del candidato del PANAL y sus manuales de política pública habrá oportunidad de escribir en la siguiente entrega de este ejercicio narrativo. 

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