5 jul. 2013

El fútbol y la conspiración de las cantinas

Quizá con el paso del tiempo lo que despuntaba como una actitud crítica y refinada por virtud de mi cercanía con los círculos intelectuales universitarios (¡ay pero qué mamón se ve esto!), ha devenido en vulgar y ordinaria intolerancia o en deplorable y rancio elitismo; el punto es que algunas manifestaciones culturales y sociales comúnmente aceptadas y reproducidas por la mayoría, me resultan irritantes. Las más de las ocasiones tal irritación la aduzco a una especie de esnobismo prevaleciente de forma inconsciente en esas mayorías, con el objetivo de construirse o sentirse parte de una identidad colectiva o de un cierto patrón de “normalidad”.

En otras palabras, a veces tengo la impresión de que la gente hace lo que hace porque lo considera “bueno”, “refinado”, “actual”, “correcto”, “acertado” o de “buen gusto”, simplemente porque alguien más también así lo considera, sin reparar que todas esas valoraciones con frecuencia les son impuestas por agentes externos y más bien son asumidas en forma acrítica.

Para ilustrar lo anterior tómese por ejemplo el fútbol. En sus inicios, como algunos otros deportes, era un ritual religioso –rasgo que aun prevalece en forma notoria para observadores con un poco de sentido común- practicado por nobles, guerreros y sacerdotes. Mucho tiempo después se convirtió en un juego profano practicado por el populacho; de aquí su “popularidad”, es decir su carácter plebeyo. Así prevaleció durante mucho tiempo, hasta que en los tiempos contemporáneos resulta que se ha convertido en una actividad de culto y enajenación de las masas.

Sí, quizá pueda parecer una apreciación demasiado exagerada. Pero cuando escucho los programas radiofónicos, leo los encabezados de los diarios deportivos o los comentarios de sobremesa en los comederos oficinísticos, me queda la impresión de que el fútbol, particularmente el europeo, se ha convertido en un objeto de culto y reproducción del aspiracionismo tan presente en los sectores medios y medios bajos de la sociedad. Cuando se escuchan con detenimiento esas charlas se puede identificar una especie de suficiencia argumentativa respecto a las capacidades tácticas de tal o cual equipo, a los talentos personales de X o Y jugador y a la productividad y eficacia del equipo A respecto al equipo B mediante la cita escrupulosa de las últimas estadísticas de anotación, tiros a gol o balones recuperados.

Pero ese no es el problema. Cada quien tiene el derecho a emplear su memoria en lo que mejor le plazca, así como a aparentar lo que así convenga a sus intereses laborales (quedar bien con el jefe demostrando los amplísimos conocimientos históricos, estadísticos y tácticos respecto a los equipos más prestigiados de las ligas inglesa, española e italiana), afectivos (impresionar al personaje oficinesco o talleresco que finge gustar de los deportes para sentirse aceptado por los demás o para asegurar su lugar en el comedor a la hora correspondiente) o viriles (demostrar que el tamaño de sus genitales es proporcional a sus conocimientos sobre ligas, jugadores y torneos).

El problema, el maldito y jodido problema, es que todos aquellos a quienes nos vale un reverendo rábano el fútbol y los mecanismos de manipulación y enajenación empleados por los grupos hegemónicos del capitalismo deportivo (no cabe duda: sigo siendo un insensible socialista irredento) tengamos que padecer el esnobismo y el aspiracionismo de esas masas palurdas cuando, al asistir a un restaurante a la hora en que por la televisión están dando un partido de fútbol, sencillamente es imposible encontrar una mesa disponible.

Incluso he llegado a sospechar que los torneos de fútbol nacionales e internacionales han sido confeccionados por la FIFA en contubernio con una cofradía secreta de restauranteros y dueños de bares y cantinas. De otra manera no me explico cómo es que cada dos semanas hay un juego Real Madrid vs. Barcelona, o Inglaterra vs. Francia transmitido en vivo.

Es claro que el fútbol es un espectáculo y como tal un divertimento. Sin embargo no está de más pasarlo de vez en cuando por un crisol crítico, porque el otro lado no tan amable de un espectáculo es el negocio. Y el fútbol es un negocio indecentemente millonario en el que no sólo se comercia el trabajo de un jugador, traducido en sus capacidades y habilidades, sino el patrocinio de los equipos, la publicidad en la transmisión de los partidos, el marketing de todos los productos adyacentes (jerseys, souvenirs, consumibles dentro y fuera de los estadios) y, desde luego, las reservaciones de las cantinas, bares y restaurantes.

Está bien emocionarse porque a mitad de la semana transmitan los partidos de la Copa Confederaciones y a la siguiente la Champions Ligue y a la más siguiente la Copa Pistón o como quiera que la hayan nombrado los publicistas. Pero también estaría bien detenerse un momento a pensar que más allá del rato de diversión, el fútbol no deja nada más que pérdidas económicas para los espectadores y aficionados, reflejadas en el consumo de la cantina, el pago de los boletos para asistir al estadio, la compra de las revistas y diarios deportivos, así como de la basura que suele anunciarse en las transmisiones en vivo y en los programas deportivos.

Está bien saber cuántos goles ha anotado Messi (o como se escriba, da igual), pero también estaría bien preguntarse si él y su equipo pagan los suficientes impuestos, o si es decoroso que un jugador que es el ídolo de las amplias masas de desclasados viva en la opulencia, mientras que éstos últimos están al borde del pauperismo propiciado por la crisis económica que padece buena parte de Europa.

Y más aun, en el caso de la afición mexicana que suele atestar las cantinas y restaurantes de las zonas oficinísticas, cabría preguntarse si esa exacerbada afición por el fútbol, los equipos y los torneos europeos no es más bien un vehículo de escape ante la mediocre realidad del fútbol nacional, secuestrado por los intereses de las televisoras y la falta de exigencia de la propia afición ante los pobres resultados ofrecidos por los jugadores, los entrenadores y sus directivos. Porque ese es el otro lado del problema: si el fútbol en México es mediocre en parte se debe a una afición conformista que no exige y no presiona para que el espectáculo deportivo eleve su calidad, lo cual también demuestra su mediocridad como consumidora.

Eso lo saben muy bien los directivos, las televisoras y la cofradía secreta de cantineros y restauranteros, que constantemente conspiran para mantener narcotizadas a las hordas de aficionados godinezcos con torneos puñetones, pero llenadores de localidades.

Sin embargo, no siempre será así. O al menos eso espero yo y seguramente muchos más que hemos tenido que padecer los inconvenientes de no poder comer y charlar decentemente porque las masas de simios sin cultura están mirando pasivamente cómo 22 gatos corren detrás de un balón.

P.S. Un saludo cordial para los visitantes que leen las entradas anteriores. Muchas gracias por hacerlo. Ya he publicado sus comentarios. Me da gusto saber que de vez en cuando las idioteces que se me ocurren le resultan entretenidas a alguien más.

1 comentario:

Natalia Olvera dijo...

Mi estimado, tendrías que leer un poco respecto a la psicología de las masas y la teoría de la influencia social para entender que todo esto, efectivamente es manipulación en su más fina expresión y que la necesidad de pertenencia está tan arraigada en nuestro ente social, que ahora ya las mujeres también hablan, viven y beben del futbol e incluso muchas son críticas comentaristas. Renglón aparte es este excluirlas de los torneos y competencias porque cuando son buenas no se les apoya y cuando son malas, pues son viejas.
Yo no tengo pena y lo digo siempre que me preguntan. A mi no me gusta el futbol y como salgo a comer a mi casa, agradezco las tardes futbolísticas porque el tráfico se relaja y llego bien y regreso mejor a seguir trabajando.
En fin, que tanta liga algo bueno tiene, la gente no anda en la calle y se guarda para gastar lo que no tiene en equipos que ni nuestros son :D