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28 ene 2008

Silogismos de Amargura


Hace algún tiempo publiqué en este mismo espacio un texto del gran Emile Cioran, extraído del Breviario de Podredumbre, ése pequeño compendio de ensayos no aptos para suicidas potenciales.

Hasta ayer por la tarde mi vida era completamente feliz. Sin embargo, cometí la estupidez de darme una vuelta por la librería, para ver qué me autoregalaré (y pediré que me regalen) el día de mi cumpleaños, que ya muy próximo está en fecha. Y fue ahí donde encontré los Silogismos de Amargura, que ya desde el título nos ofrecen una idea del contenido al interior de las páginas.

Temerario, como soy -o me considero- pensé que en esta etapa de mi vida, donde todo era quietud en la mar de mi existencia, después de haber afrontado algunas serias tormentas, leer a Cioran sería como ver episodio de Plaza Sésamo en la televisión. Sin embargo no contaba con que Silogismos de Amargura son precisamente eso: breves aforismos desbordantes de frustración, desamparo y nausea existencial.

Al leerlos me vino a la memoria una anécdota que narra Héctor Subirats en la presentación de la antología Misterios gozosos, que recoge algunos de los textos más importantes de Fernando Savater. Ahí narra que un día él y Savater estaban en el zoológico de alguna ciudad, y mientras avanzaban entre los pabellones de exhibición, se encontraron de frente con una morsa que, desde el otro lado del cristal, los miraba con tal repugnancia, que al mirarla se podía entender en el instante el asco que le producía a Cioran la existencia…

En fin, que no quisiera morir sólo; así que les comparto aquí algunos de los –a mi gusto- silogismos más desgarradores. Eso sí, antes de comenzar a leerlos sería deseable que se cercioren que no haya objetos punzocortantes en las proximidades de su computadora.

Felices depresiones:

Silogismos de Amargura

En este «gran dormitorio», como llama un texto taoísta al universo, la pesadilla es la única forma de lucidez.

Para vengarnos de quienes son más felices que nosotros, les inoculamos -a falta de otra cosa- nuestras angustias. Porque nuestros dolores, desgraciadamente, no son contagiosos.

Fuera de la dilatación del yo, fruto de la parálisis general, no existe ningún remedio contra las crisis del abatimiento, contra la asfixia de la nada, contra el horror de no ser más que un alma dentro de un salivazo.

¿Nuestros ascos? Desvíos del asco que nos tenemos a nosotros mismos.

Nadie puede conservar su soledad si no sabe hacerse odioso.

Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.

Tanto he mimado la idea de la fatalidad, a costa de tan grandes sacrificios la he alimentado, que ha acabado por encarnarse: de la abstracción que era, ahora palpita irguiéndose ante mí, aplastándome con toda la vida que le he dado.

“Señor, sin ti estoy loco, pero más loco aún contigo”. Ese sería, en el mejor de los casos, el resultado de la reanudación del contacto entre el fracasado de abajo y el fracasado de arriba.

Cuando, por apetito de soledad, hemos roto nuestros lazos con los demás, el Vacío nos embarga: nos quedamos sin nadie a nuestra disposición. ¿A quién liquidar ahora? ¿Dónde encontrar una víctima duradera? -Semejante perplejidad nos abre a Dios: al menos con El estamos seguros de poder romper indefinidamente...

La dignidad del amor consiste en el afecto desengañado que sobrevive a un instante de baba.
Una naturaleza religiosa se define menos por sus convicciones que por su necesidad de prolongar sus sufrimientos más allá de la muerte.

8 jun 2007

Cioran, o de la existencia y el abismo

Existe cierta clase de filósofos cuyos libros deberían de llevar una advertencia, semejante a la que llevan las cajetillas de cigarros (“fumar es causa de enfisema pulmonar”) o las botellas vino y de cerveza (“evite el exceso; todo con medida”), en la que se prevenga al lector acerca de las potenciales consecuencias que tales textos podrían acarrearle; generalmente asociadas a crisis existenciales, episodios de angustia y depresión, o todo junto.

De manera que la leyenda preventiva que libros como La fenomenología del Espíritu o Así habló Zaratustra, deberían de llevar sería la siguiente: “Cuidado. Lectura no apta para megalómanos de closet y pretenciosos patibularios. Se recomienda la lectura bajo la supervisión de un adulto que verdaderamente haya estudiado filosofía”.

Pero hay otros textos que por su densidad, crudeza y rudeza in(necesaria), deberían de llevar una leyenda más temeraria; algo así como: “No apto para suicidas potenciales, poetas frustrados y amantes desilusionados. Se recomienda evitar su lectura cerca de puentes elevados, vías de tren, autopistas, líneas de alta tensión y farmacias de similares”.

Lo libros del filósofo húngaro Emile Michel Cioran y Del sentimiento trágico de la vida, de don Miguel de Unamuno –texto que, por cierto, no pudo correr peor suerte que caer en manos de alguien que ni siquiera lo lee, o que si lo lee no lo entiende, cuando, en un arrebato de estupidez, tuve la mala idea de regalarlo- deberían de llevar esa leyenda, porque hay en sus páginas un desgarrador grito de la conciencia ante la miseria de la materia, que permite que la existencia del Ser devenga mundana.

Leer a Cioran y a Unamuno –curiosamente ambos han sido prologados por Fernando Savater- es como asomarse al fondo de un abismo cuya profundidad es imposible siquiera advertir, debido a la densidad de la penumbra que lo rodea. Y es tal el riesgo, que si no hay un entrenamiento espeleológico previo, consistente en la sistemática complicación de la existencia, el espíritu podría quedarse para siempre ahí perdido; dando tumbos en medio de la oscuridad, totalmente desorientado y vaciado de fe y de sentido.

De manera que lo realmente importante no es leer los libros de ambos filósofos; esto es, asomarse al abismo de la Nada. Lo realmente importante es asomarse y no morir en el intento.

En lo personal me identifico sobremanera con los planteamientos de ambos pensadores, así como sus particulares estilos siempre corrosivos, apasionados y directos.

Los dos fueron hombres que remaron a contracorriente -como decía Isaiah Berlín- porque se mostraron renuentes a abrazar la filosofía en boga y, por el contrario, se dedicaron a afirmar sus propias ideas y críticas, con todo y que eso no les acarreara precisamente las simpatías de sus respectivos establishment’s filosóficos.

Como sea, todo este preámbulo ha sido para presentar este pequeño texto de E. M. Cioran, en el que se puede observar su agudeza, su melancolía y su desconsuelo acerca de lo que otrora se creyó absoluto.


Teología

Estoy de buen humor: Dios es bueno; estoy tristón; es malo; indiferente: es neutro. Mis estados le confieren atributos correspondientes: cuando gusto del saber, es omnisciente, y cuando adoro la fuerza, es todopoderoso. ¿Me parece que las cosas existen? Él existe: ¿Me parecen ilusorias? Él se evapora. Mil argumentos Le apoyan, mil Le destruyen; si mis entusiasmos Le animan, mis malhumores Le ahogan. No sabríamos formar imagen más cambiante: le tememos como a un monstruo y le aplastamos como a un insecto; si Le idolatramos, es el Ser, si Le repudiamos es la Nada. La Oración, aunque debiera suplantar a la Gravitación, no lograría nunca asegurarle una duración universal: siempre permanecería a merced de nuestras horas. Su destino ha querido que no permaneciese inmutable más que a ojos de los ingenuos o de los ignorantes. Un examen Le revela: causa inútil, absoluto sinsentido, patrón de los bobos, pasatiempo de solitarios, oropel o fantasma según divierta a nuestro espíritu u obsesione nuestras fiebres.

Si soy generoso, se magnifica de atributos; si amargado, se grava de ausencia. Lo he vivido bajo todas sus formas: no resiste ni la curiosidad ni la investigación: su misterio, si infinito, se degrada; su brillo se oscurece; sus prestigios disminuyen. Es un traje raído del que hay que desnudarse: ¿Como seguir revistiéndose de un dios harapiento? Su despojo, su agonía se prolonga a través de los siglos; pero no nos sobrevivirá, pues ya envejece: su estertor precederá al nuestro. Agotados sus atributos, nadie tendrá energía para forjarle otros nuevos; y la criatura que los asumió, para rechazarlos después, irá a reunirse en la nada con su más alta invención: su creador.

E.M Cioran, Breviario de Podredumbre, Taurus, Madrid 1988.