No obstante que es el objeto de estudio de mi profesión, generalmente evito escribir sobre política en este espacio por dos razones. La primera es que todos los días leo, escribo, platico e intento enseñar acerca de materias, factores y elementos relacionados con la disputa y el ejercicio del poder sobre una sociedad dada, que es el núcleo central de la actividad política. De manera que aun con todo y que disfruto y amo mi profesión, por salud mental trato de establecer cierta separación entre el ejercicio profesional y el devenir de mi vida personal, dentro del cual, por supuesto, está el mórbido placer de escribir estupideces y asuntos sin importancia, para después publicarlas en este lugar y recibir, a modo de comentarios, sendos renglones de grosero melodrama ranchero.
La otra razón está relacionada con el escaso rating de este blog. Si así que intento variar la temática de mis textos y adoptar un estilo en ocasiones corrosivo pero entretenido, de tres o cuatro lectores no paso, sospecho que al escribir sobre un tema serio del que pareciera sólo deben ocuparse los comentaristas de radio y televisión y los columnistas de los diarios, y hacerlo además con un estilo académico, este espacio quedaría prácticamente desolado.
Además, mercenario y usurero del intelecto como soy, suelo cobrar por la realización de un análisis serio porque para eso fui cuatro años a la universidad.
Sin embargo, en esta ocasión quisiera comentar acerca de un tema político que actualmente es central en la agenda de los asuntos públicos que se debaten en México; me refiero al conflicto político desatado por la propuesta de reforma a la industria petrolera nacional, presentada por el Presidente Felipe Calderón hace unas semanas.
La otra razón está relacionada con el escaso rating de este blog. Si así que intento variar la temática de mis textos y adoptar un estilo en ocasiones corrosivo pero entretenido, de tres o cuatro lectores no paso, sospecho que al escribir sobre un tema serio del que pareciera sólo deben ocuparse los comentaristas de radio y televisión y los columnistas de los diarios, y hacerlo además con un estilo académico, este espacio quedaría prácticamente desolado.
Además, mercenario y usurero del intelecto como soy, suelo cobrar por la realización de un análisis serio porque para eso fui cuatro años a la universidad.
Sin embargo, en esta ocasión quisiera comentar acerca de un tema político que actualmente es central en la agenda de los asuntos públicos que se debaten en México; me refiero al conflicto político desatado por la propuesta de reforma a la industria petrolera nacional, presentada por el Presidente Felipe Calderón hace unas semanas.

Para entender este conflicto, que en una primera aproximación parece demasiado complejo, hay que tener en cuenta dos hechos concretos: la presentación de la propuesta de reforma por parte del Presidente, en la cual se plantea la participación de capital privado en actividades de exploración y refinación del petróleo, que ha sido interpretada como una acción privatizadora por una parte de la oposición política presente en el Congreso de la Unión.
El otro hecho concreto es la intención declarada del candidato perdedor de la pasada elección presidencial, Andrés Manuel López Obrador, de complicar la actuación del actual gobierno constitucional hasta provocar su caída, por considerarlo un gobierno ilegítimo producto de un fraude electoral.
Con ambos hechos como referentes principales, se puede observar que el trasfondo del conflicto alrededor de la reforma petrolera, es la confrontación entre dos grupos políticos que representan dos visiones contrapuestas del ejercicio de la política y de la acción de gobierno.
Tal confrontación surgió prácticamente desde el año 2000 y desde entonces ha venido escalando en intensidad, mostrando los verdaderos valores –si es que se les puede denominar así- y las prácticas culturales presentes entre clase política mexicana.
Se trata de valores y prácticas tradicionales, heredadas de un largo periodo de autoritarismo ejercido desde el poder estatal por un solo partido, el PRI, que ha sido escuela política de casi todos los cuadros que actualmente operan en los espacios del régimen democrático, apenas habilitados con el advenimiento de la alternancia en la Presidencia de la República y la pluralidad en el Congreso de la Unión.
Esta situación plantea un grave riesgo para la emergente democracia mexicana, pues mientras a nivel institucional existen reglas y normas que prescriben las formas de disputa y ejercicio del poder, a nivel cultural prevalecen las visiones tradicionales, esto es, patrimonialistas, clientelares, nacionalistas y populistas de concebir y ejercer la política.
Esta situación se puede observar con mayor claridad en el ahora líder de la oposición autodenominada de izquierda, es decir, el otrora candidato presidencial del PRD, Andrés López Obrador, que independientemente de la valoración personal que se tenga sobre su figura, se debe reconocer con objetividad que es un hombre político. Esto es, que es un individuo dotado de un talento innato o lírico, acerca de la política, las pasiones, los intereses, las diputas, las lealtades, los conflictos, los costos y los beneficios que implica su ejercicio.
Hasta hace poco, y muy a mi pesar, había tenido que salir en defensa de este personaje con la objetividad que debe imperar en quién conoce y debe emplear con rigor los conceptos y categorías que integran una disciplina social tan abierta y flexible como lo es la ciencia política.
Y es que considerando que luego del conocimiento sobre las mejores tácticas del fútbol, la opinión sobre el acontecer político es el segundo oficio prácticamente de todo mundo, es muy prácticamente imposible no salir en defensa de la dignidad de la disciplina en cualquier charla de sobremesa.
De esta manera, en muchas ocasiones anteriores y –decía- muy a mi pesar, había tenido que salir en defensa no tanto de Andrés Manuel López Obrador, sino de los conceptos usados como adjetivos para denostar a tal personaje.
Así pues, lo había defendido de ser un golpista, un dictador y hasta un naco. Sin embargo, hoy por la mañana, luego de leer su discurso pronunciado el día domingo en el Zócalo de la Ciudad de México, por primera vez sentí un miedo terrible hacia este personaje.
Y no es para menos. Esto fue lo que dijo:
Aceptemos la afirmación del amor como la mejor forma de hacer política. No debe caber en nosotros ni el odio ni la amargura. Seamos el amor que todo lo da. Amar es perdonar en todo instante. Que nos mueva el amor a la Patria y la vocación humanista del amor al prójimo. Luchar por los pobres, los humillados y los ofendidos, es nuestro propósito esencial. Tengamos la confianza de que la fuerza del amor se impondrá sobre la codicia y la manipulación…
El mesías tropical
Cuando un líder político comienza a hablar en estos términos es hora de comenzar a correr, porque los espíritus del mesianismo, el paternalismo y el totalitarismo se han poseído de él, y entonces sí, cabe esperar las más deplorables aberraciones y atrocidades.
P.S No obstante los desencuentros, no podría odiar a Colombia, por una razón. Una sola, admirable, respetable aunque muy impulsiva razón. No es necesario decir cuál es esa razón; qui habet aures audendi, audiat.
P.S Ése contador que recién instalé miente. Indica un promedio de 35 visitas diarias; pero dudo mucho de que sea así.