En esta ocasión comenzaré con las otras vicisitudes, contrariando así mi propia y sana costumbre de comenzar siempre por el principio. Y es que esas vicisitudes por poco interrumpen mi jornada de resistencia (in)civil contra el amor y demás yerbas (¿o hierbas? ya me surgió la duda porque “hierbas” sería la forma subjuntiva presente en voz imperativa del verbo hervir para la segunda persona del singular, pero en este momento no tengo al alcance mi diccionario de dudas del español, así que si lo escribí mal, ruego que me dispensen sus mercedes) a causa de una conjuntivitis aguda que me dejó el ojo izquierdo como de boxeador noqueado al segundo round.
Desde el miércoles de la semana pasada comencé a sentir un ligero malestar en el ojo, pero se lo achaqué al lomo del libro que involuntariamente había utilizado como almohada la noche anterior. Sin embargo la molestia persistió y hacia la noche del jueves ya tenía el ojo tan rojo como un comunista ruso de los años veinte.
La tarde del viernes fue el acabóse; mi ojo se parecía al del marido de Paquita la del Barrio luego de una tremenda madriza propinada por esa gorda siniestra y más amargosa que el jugo de limón.
Entonces decidí hacer una visita urgente a mi doctor, que se declaró incompetente para atender mi conjuntivitis y me canalizó con un oftalmólogo que -cosa extraña en profesionistas con escasa o nula vida social, como los médicos, o los politólogos- había salido a cenar con su esposa justo esa noche.
Sin detenerme en consideraciones de cortesía y buenas formas le marqué a su teléfono celular y le dije que mi vida dependía de su rápida actuación y sus habilidades técnicas, antes de que fuera demasiado tarde.
Con un eufemismo muy elegante me dijo que no fuera tan mamón, que nadie se había muerto por una pinche inflamación del ojo y que me esperaba el sábado ¡al medio día! en su consultorio.
Con otro eufemismo, también elegante, le dije que se fuera a la chingada, que mi ojo no aguantaba hasta el medio día del sábado.
Así que con la moral en el piso y con el ojo como de perro recién nacido, decidí echar mano de mi último recurso: mi amiga Yara, que según su dicho, estudió medicina en los ratos libres que le dejaban sus continuos viajes alucinógenos.
Me pidió que relatara mis síntomas y luego de un breve silencio del tipo “a ver acuérdate, cuál era el tratamiento”, me recetó neosporin oftálmico, trimetropina con sulfametazol y naproxeno; junto con ranitidina para la inflamación que me produciría el naproxeno. Además de que me sugirió hacerme profilaxis con té de manzanilla y mantener el ojo tapado.
Así que ya con mi dotación de medicamentos y mi parche de gasa, me dispuse a convalecer todo el fin de semana.
Sin embargo ahí no acabaron las vicisitudes. Debido al parche en el ojo no pude leer, ni escribir (como Pedrito Fernández con la niña de la mochila azul), pues por si fuera poco, el ojo que me quedó sano es con el que veo menos.
Pero el problema mayor no fue ese, sino mi incapacidad para conducir. Y como en mi auto priva una regla muy simple consistente en que quien conduce pone la música, al estar incapacitado para conducir tuve que soportar las músicas pubertas y hormonosas de mi sobrina, que contraria a mi, anda totalmente instalada en la dinámica del “amor y la amistad”, escuchando a Nikki Clan, o como se escriba.
Afortunadamente mi recuperación fue pronta y satisfactoria, aunque todavía tengo una ligera inflamación.
Sin embargo estoy de regreso, dispuesto a resistir el asalto de la ridiculez, los chocolates en forma de corazones y la nausea producida por tanta miel derramada.
Por cierto, aprovecho para agradecer las muestras de solidaridad para con mi heróica y grinchesca causa; así como los comentarios, que son pocos, pero sinceros y muy reflexivos.
Para esta ocasión había pensado en publicar algunos fragmentos de un ensayo de Giovanni Papini acerca del amor, pero esta mañana leí en el diario una estupenda columna de Braulio Peralta que me pareció muy divertida y al mismo tiempo muy ilustrativa de la incertidumbre y la confusión emocional generadas alrededor de una relación amorosa. Ahí va:
Amantes, I
-Te odio.
-Yo también.
-Porque muchas veces he intentado dejarte.
-Y no hemos podido.
-Nos gana eso que llaman amor.
-Del que nadie ha podido descifrar su significado.
-Un invento del que ahora no viene al caso encontrar su significado en el diccionario.
-Pero sí conocemos la del odio.
-Es elocuente, directo y seco.
-Te odio y me odias simple y sencillamente porque estamos condenados a vivir juntos el resto de nuestras vidas.
-Porque nunca he dejado a nadie, hasta que terminan abandonándome.
-Porque serías incapaz de lo mismo. Aunque no siempre estoy seguro.
-Te odio porque te amo.
-Y me amas aunque no entendamos el término.
-Porque el amor es cobardía.
-Y rebeldía.
-Una tenaz resistencia a querer quedarnos solos.
-Una sinrazón para separarnos.
-Por esto que va más allá de la carne y el deseo.
-Del asco.
-O la ambición.
-O el poder.
-…
-…
-Me pregunto qué será el amor.
-Un amasijo de mentiras.
-Un deseo insaciable de llenar la soledad.
-Miedo.
-Valentía.
-Una tristeza infinita.
-O un optimismo que raya lo estúpido.
-Un invento de hombres y mujeres para acompañarse en soledad.
-Una reinvención personal para alejarse de la realidad.
-Esa sociedad que no nos permite estar solos.
-Que constantemente endilga las reglas del comportamiento civil.
-O religioso.
-Es la frustración.
-Es el resentimiento.
-De la necesidad de separarnos.
-De vez en cuando, sí.
-Y regresar.
-Por miedo.
-Y soledad.
-…
-…
-Dejémoslo así.
-Dejémoslo así.
-Buenas noches.
-Buenas noches.
Braulio Peralta, Amantes, I en Milenio Diario 12/II/07, p. 37
Desde el miércoles de la semana pasada comencé a sentir un ligero malestar en el ojo, pero se lo achaqué al lomo del libro que involuntariamente había utilizado como almohada la noche anterior. Sin embargo la molestia persistió y hacia la noche del jueves ya tenía el ojo tan rojo como un comunista ruso de los años veinte.
La tarde del viernes fue el acabóse; mi ojo se parecía al del marido de Paquita la del Barrio luego de una tremenda madriza propinada por esa gorda siniestra y más amargosa que el jugo de limón.
Entonces decidí hacer una visita urgente a mi doctor, que se declaró incompetente para atender mi conjuntivitis y me canalizó con un oftalmólogo que -cosa extraña en profesionistas con escasa o nula vida social, como los médicos, o los politólogos- había salido a cenar con su esposa justo esa noche.
Sin detenerme en consideraciones de cortesía y buenas formas le marqué a su teléfono celular y le dije que mi vida dependía de su rápida actuación y sus habilidades técnicas, antes de que fuera demasiado tarde.
Con un eufemismo muy elegante me dijo que no fuera tan mamón, que nadie se había muerto por una pinche inflamación del ojo y que me esperaba el sábado ¡al medio día! en su consultorio.
Con otro eufemismo, también elegante, le dije que se fuera a la chingada, que mi ojo no aguantaba hasta el medio día del sábado.
Así que con la moral en el piso y con el ojo como de perro recién nacido, decidí echar mano de mi último recurso: mi amiga Yara, que según su dicho, estudió medicina en los ratos libres que le dejaban sus continuos viajes alucinógenos.
Me pidió que relatara mis síntomas y luego de un breve silencio del tipo “a ver acuérdate, cuál era el tratamiento”, me recetó neosporin oftálmico, trimetropina con sulfametazol y naproxeno; junto con ranitidina para la inflamación que me produciría el naproxeno. Además de que me sugirió hacerme profilaxis con té de manzanilla y mantener el ojo tapado.
Así que ya con mi dotación de medicamentos y mi parche de gasa, me dispuse a convalecer todo el fin de semana.
Sin embargo ahí no acabaron las vicisitudes. Debido al parche en el ojo no pude leer, ni escribir (como Pedrito Fernández con la niña de la mochila azul), pues por si fuera poco, el ojo que me quedó sano es con el que veo menos.
Pero el problema mayor no fue ese, sino mi incapacidad para conducir. Y como en mi auto priva una regla muy simple consistente en que quien conduce pone la música, al estar incapacitado para conducir tuve que soportar las músicas pubertas y hormonosas de mi sobrina, que contraria a mi, anda totalmente instalada en la dinámica del “amor y la amistad”, escuchando a Nikki Clan, o como se escriba.
Afortunadamente mi recuperación fue pronta y satisfactoria, aunque todavía tengo una ligera inflamación.
Sin embargo estoy de regreso, dispuesto a resistir el asalto de la ridiculez, los chocolates en forma de corazones y la nausea producida por tanta miel derramada.
Por cierto, aprovecho para agradecer las muestras de solidaridad para con mi heróica y grinchesca causa; así como los comentarios, que son pocos, pero sinceros y muy reflexivos.
Para esta ocasión había pensado en publicar algunos fragmentos de un ensayo de Giovanni Papini acerca del amor, pero esta mañana leí en el diario una estupenda columna de Braulio Peralta que me pareció muy divertida y al mismo tiempo muy ilustrativa de la incertidumbre y la confusión emocional generadas alrededor de una relación amorosa. Ahí va:
Amantes, I
-Te odio.
-Yo también.
-Porque muchas veces he intentado dejarte.
-Y no hemos podido.
-Nos gana eso que llaman amor.
-Del que nadie ha podido descifrar su significado.
-Un invento del que ahora no viene al caso encontrar su significado en el diccionario.
-Pero sí conocemos la del odio.
-Es elocuente, directo y seco.
-Te odio y me odias simple y sencillamente porque estamos condenados a vivir juntos el resto de nuestras vidas.
-Porque nunca he dejado a nadie, hasta que terminan abandonándome.
-Porque serías incapaz de lo mismo. Aunque no siempre estoy seguro.
-Te odio porque te amo.
-Y me amas aunque no entendamos el término.
-Porque el amor es cobardía.
-Y rebeldía.
-Una tenaz resistencia a querer quedarnos solos.
-Una sinrazón para separarnos.
-Por esto que va más allá de la carne y el deseo.
-Del asco.
-O la ambición.
-O el poder.
-…
-…
-Me pregunto qué será el amor.
-Un amasijo de mentiras.
-Un deseo insaciable de llenar la soledad.
-Miedo.
-Valentía.
-Una tristeza infinita.
-O un optimismo que raya lo estúpido.
-Un invento de hombres y mujeres para acompañarse en soledad.
-Una reinvención personal para alejarse de la realidad.
-Esa sociedad que no nos permite estar solos.
-Que constantemente endilga las reglas del comportamiento civil.
-O religioso.
-Es la frustración.
-Es el resentimiento.
-De la necesidad de separarnos.
-De vez en cuando, sí.
-Y regresar.
-Por miedo.
-Y soledad.
-…
-…
-Dejémoslo así.
-Dejémoslo así.
-Buenas noches.
-Buenas noches.
Braulio Peralta, Amantes, I en Milenio Diario 12/II/07, p. 37