Mostrando las entradas con la etiqueta comentarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta comentarios. Mostrar todas las entradas

6 oct 2009

Comentarios varios

El primero de ellos es: ¡qué incómodo resulta escribir con la notebook sobre las piernas, mientras está uno recostado en la cama!

El segundo es que casi me doblo de sueño y si este texto sale sin errores de sintaxis es porque el Word es muy bueno en el procesamiento de textos.

El tercero es que detesto el office 2007 porque todo está muy confuso y cambia los formatos de grabación de los archivos.

El cuarto es: no sé para qué escribo si sólo yo me leo.

El quinto es: mis dedos y mis neuronas se han atrofiado por haber dejado de practicar la terapia de la escritura, ahora siento que escribo como Germán Dehesa… ¡qué horror!

El sexto es que en estos momentos de mi vida, realmente no hay nada de qué terapearme por medio de la escribidera. Dios se acordó de que yo existo y me va muy bien todos los aspectos de mi existencia.

El séptimo es: ¡qué chingado calor se siente esta noche!

El octavo es que me duele un poco el costado izquierdo porque anoche me dormí mal.

El noveno es que ya dejé mi dieta porque sólo bajé tres kilos en un mes; ahora intentaré hacer ejercicio en un gimnasio.

El décimo es que detesto los gimnasios porque son vulgares y malolientes centros de recreación de la vanidad y el amor propio.

El undécimo es que cuando ya no se recuerda con toda exactitud qué es lo que hizo una noche de viernes de tragos, lo mejor es dejar de beber, no sea que en una de esas uno amanezca en la habitación de sabe Dios qué hotel, sin saber cómo carajos llegó hasta ahí.

El duodécimo es que no importa cuánto me esfuerce, nunca conseguiré ser constante en mis colaboraciones en este espacio, cada día menos visitado.

El décimotercero es que de repente me jode la frivolidad que campea en mi trabajo, la cual aun cuando no deja de ser un epifenómeno, en ocasiones llega a ser irritante, pues hace que me pregunte en qué momento pasé de las charlas acerca de la teoría arendtiana del Estado o de la modernidad líquida de Zygmunt Bauman, a los recuerdos de las procesiones del colegio Cumbres a la Basílica de Guadalupe, o de las ofertas de Lacoste o del último evento del “Clásico”, que es el antro de moda entre la cerril pero snob pequeña burguesía defeña.

Y creo que tengo que abundar en este comentario.

Entre más conozco a gente egresada de universidades privadas, más quiero a la UNAM; o sea, esos tarados además de ser unos conservadores de primer nivel son unos imbéciles y unos ignorantes, carentes de todo sentido crítico y curiosidad siquiera para preguntarse por qué piensan que pensar no es importante o es cosa de “ñoños”.

Entiendo que de vez en cuando es necesario aterrizar en el mundanal ruido y conversar acerca de autos, antros y viajes para las siguientes vacaciones, pero hacerlo todo el tiempo es insulso, vacuo y muy aburrido.

Sólo con una colega que es egresada de la Universidad Iberoamericana puedo platicar más o menos de los temas que me interesan: cine aburrido, jazz, pseudo filosofía al estilo francés y muy de vez en cuando literatura, porque la pobre mujer casi no lee aunque piensa que con haber ido un año a una universidad patito pretendidamente gringa aunque asentada en París, sabe todo lo que un politólogo debe de saber acerca de no sé qué payasadas que nada más a los administradores públicos les resultan interesantes, pero que a los politólogos de verdad nos parecen pretensiosas y redundantes.

En fin, que me hacía falta desahogarme de esas situaciones que son, eso supongo, las vicisitudes típicas del trabajo de oficina. Pero bueno, no se puede tener todo en esta vida y por fortuna existen los sábados de cafelito con algunos amigos, que nos reunimos para compartir las penas que el mundo de los mortales nos ofrece para nuestro disfrute.