Ya decía yo que era muy bonito para ser realidad.
Desafortunada y amargamente, el resultado del partido México-Argentina nos devolvió a la cruda realidad del país del "ya merito", del jugar como nunca y perder como siempre.
Algo hay en la psique profunda de los mexicanos, que en los momentos de definiciones importantes, cuando se requiere la mayor determinación, aparecen los titubeos, las fallas y el desánimo.
Hay quienes dicen que los países tienen el fútbol que son y los políticos que merecen. Fiel a mi papel de advocatus diavoli, disiento de tal afirmación. México, el país, su historia, no merece tener ni esa clase de fútbol, ni esa clase de políticos; de hecho me aterra pensar, aunque sea por un momento, que el ethos nacional esté representado por las patas de once gatos que corren tras una pelota. Sin embargo entre fútbol y política existe una relación que muy pocos logran visualizar.
La carencia de un fútbol competitivo es el resultado de las reminiscencias del México vuelto hacia adentro del pasado siglo XX. Un México aldeano y cerril que sólo en el rechazo a lo extranjero y a competir con los extranjeros con una mentalidad de igualdad de circunstancias, podía reafirmar su complejo de inferioridad (maldito Octavio Paz, odio aceptar que tenías razón).
Un México que en lo económico sólo con la anuencia y protección del Estado podía formar empresarios exitosos, pero no por iniciativa propia de los particulares.
Por supuesto que los principales responsables de esta situación fueron los gobiernos priistas y sus endebles proyectos de desarrollo.
El fútbol, y en general todo el deporte mexicano, padece de la falta de competitividad como resultado de la ausencia de una política de Estado enfocada al apoyo de los talentos individuales, a la vigilancia y regulación del mercado deportivo y a los incentivos económicos y de infraestructura para las nuevas generaciones de deportistas.
Por desgracia -y lo digo como politólogo- ni siquiera la discusión de esa política está en la agenda política nacional. No porque no sea importante, sino porque los responsables de esa agenda carecen de una visión mínima de lo que la idea de nación significa en los tiempos actuales y del impacto anímico que para una sociedad vilipendiada, burlada y en el borde del pauperismo, significa ver perder sistemáticamente a sus representativos deportivos.
En fin, respecto al partido México-Argentina que propició este comentario, estoy conforme con el resultado, y mi irritación no va más allá de lo momentáneo porque al fin y al cabo se trata de un juego. Sin embargo me molesta la medianía de actitud que algunas personas suelen adoptar frente a los totems; la del arbitro del partido fue ejemplar. El tipo no se atrevió a sacar las tarjetas que los jugadores argentinos, con todo y su impecable técnica individual, se merecían.
Ése es otro problema que también padecemos los mexicanos y por el cual Freud seguramente nos odiaría: le tememos a los totems y les reverenciamos con genuflexión, cuando en realidad deberíamos tratar de derribarlos o cuando menos ponernos a su nivel.
En mi profesión me ha tocado ver a colegas muy brillantes callar para evitar confrontar a las vacas sagradas, por miedo al rechazo o al qué dirán. En lo personal, aun con todo y rechiflas, miradas de ira y sonrisas despectivas, me he atrevido a hablarles de frente y decirles, al estilo López Obrador: "con todo respeto, pero lo que usted está diciendo son puras mamadas"; claro que con un lenguaje académico. Pero lo importante es ponerse a su nivel, sin insolencia, sin pretensiones, pero con la seguridad de que tenemos la capacidad para hacerlo.
Eso sin duda implica un cambio de actitud.
¿Por qué tuviste que morir a destiempo, Dr. Freud…?
Desafortunada y amargamente, el resultado del partido México-Argentina nos devolvió a la cruda realidad del país del "ya merito", del jugar como nunca y perder como siempre.
Algo hay en la psique profunda de los mexicanos, que en los momentos de definiciones importantes, cuando se requiere la mayor determinación, aparecen los titubeos, las fallas y el desánimo.
Hay quienes dicen que los países tienen el fútbol que son y los políticos que merecen. Fiel a mi papel de advocatus diavoli, disiento de tal afirmación. México, el país, su historia, no merece tener ni esa clase de fútbol, ni esa clase de políticos; de hecho me aterra pensar, aunque sea por un momento, que el ethos nacional esté representado por las patas de once gatos que corren tras una pelota. Sin embargo entre fútbol y política existe una relación que muy pocos logran visualizar.
La carencia de un fútbol competitivo es el resultado de las reminiscencias del México vuelto hacia adentro del pasado siglo XX. Un México aldeano y cerril que sólo en el rechazo a lo extranjero y a competir con los extranjeros con una mentalidad de igualdad de circunstancias, podía reafirmar su complejo de inferioridad (maldito Octavio Paz, odio aceptar que tenías razón).
Un México que en lo económico sólo con la anuencia y protección del Estado podía formar empresarios exitosos, pero no por iniciativa propia de los particulares.
Por supuesto que los principales responsables de esta situación fueron los gobiernos priistas y sus endebles proyectos de desarrollo.
El fútbol, y en general todo el deporte mexicano, padece de la falta de competitividad como resultado de la ausencia de una política de Estado enfocada al apoyo de los talentos individuales, a la vigilancia y regulación del mercado deportivo y a los incentivos económicos y de infraestructura para las nuevas generaciones de deportistas.
Por desgracia -y lo digo como politólogo- ni siquiera la discusión de esa política está en la agenda política nacional. No porque no sea importante, sino porque los responsables de esa agenda carecen de una visión mínima de lo que la idea de nación significa en los tiempos actuales y del impacto anímico que para una sociedad vilipendiada, burlada y en el borde del pauperismo, significa ver perder sistemáticamente a sus representativos deportivos.
En fin, respecto al partido México-Argentina que propició este comentario, estoy conforme con el resultado, y mi irritación no va más allá de lo momentáneo porque al fin y al cabo se trata de un juego. Sin embargo me molesta la medianía de actitud que algunas personas suelen adoptar frente a los totems; la del arbitro del partido fue ejemplar. El tipo no se atrevió a sacar las tarjetas que los jugadores argentinos, con todo y su impecable técnica individual, se merecían.
Ése es otro problema que también padecemos los mexicanos y por el cual Freud seguramente nos odiaría: le tememos a los totems y les reverenciamos con genuflexión, cuando en realidad deberíamos tratar de derribarlos o cuando menos ponernos a su nivel.
En mi profesión me ha tocado ver a colegas muy brillantes callar para evitar confrontar a las vacas sagradas, por miedo al rechazo o al qué dirán. En lo personal, aun con todo y rechiflas, miradas de ira y sonrisas despectivas, me he atrevido a hablarles de frente y decirles, al estilo López Obrador: "con todo respeto, pero lo que usted está diciendo son puras mamadas"; claro que con un lenguaje académico. Pero lo importante es ponerse a su nivel, sin insolencia, sin pretensiones, pero con la seguridad de que tenemos la capacidad para hacerlo.
Eso sin duda implica un cambio de actitud.
¿Por qué tuviste que morir a destiempo, Dr. Freud…?