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17 sept 2007

De política y cosas peores (sin interrupciones) II

Superada la pereza (debería escribir huevonada, pero se vería muy feo) física y mental del lunes post fiestas patrias, a continuación publicaré la segunda parte de mi análisis sobre la coyuntura política nacional.

A juzgar por los comentarios recibidos respecto a la primera parte de tal texto, es más que evidente que las tantas “horas nalga” gastadas aplastadote en los cursos de formación docente sabatinos han valido pa’ puro rábano. Esto porque el comentario común de mis dos lectores, más un anónimo, Mael y Elisa, es que de todo el choro mareador, lo único que entendieron fue el título.

Desde luego que es comprensible, pues nadie está obligado a entender de política y mucho menos a interesarse en lo que acontece alrededor de ella. Además de que a excepción de algunos personajes cuyos nombres algún día habrán de esculpirse con letras de oro en los muros de la Cámara de Diputados (Fernández Noroña y Pancho Cachondo entre ellos), todos los políticos de nuestra neófita democracia parecen zombies sacados de The Resident Evil y son tremendamente aburridos y solemnes; lo que explica que a la gran mayoría de compatriotas y compatriotes, pueblo y puebla, les dé una tremenda flojera tener que fumarse sus arranques histriónicos a lo Diego Fernández de Cevallos.

Sin embargo, de vez en cuando es conveniente enterarse aunque sea un poquito y aunque sea por boca del mono cilindrero que ha demostrado ser el alcohólico López-Dóriga, de lo que pasa en la polaca; a fin de que las decisiones que ahí se toman, no nos caigan por sorpresa o nos agarren mal parados, propiciando que de la noche a la mañana unos pacíficos ciudadanos se conviertan en violentos macheteros que bloquean carreteras y secuestran a burócratas de medio pelo, como medida reactiva ante una decisión que afecta directamente sus intereses; o peor aún, que jóvenes antes valemadristas pasen de ser guerrilleros de lápiz y cuaderno a ser auténticos saboteadores, capaces de afectar sectores estratégicos de la economía.

En fin, ahí están algunas posibles razones del por qué la política es demasiado seria como para dejársela únicamente a los políticos.

Y aunque a nadie le importe, considero oportuno justificar por qué he publicado hasta ahora esta segunda parte.

Al respecto bien podría decir que este fin de semana lo pasé tranquilamente en casa, leyendo Ser y Tiempo en alemán, o tratando de comprender la estructura sintáctica del Ulises de James Joyce, sentado junto a la ventana de mi biblioteca que da hacia el jardín, degustando un delicioso cabernet sauvignon.

Pero eso sería mentir, porque ni leo alemán, ni tengo biblioteca con ventana hacia el jardín, ni me gustan los vinos (porque la neta, el vino es para las nenas).

Así que la verdad es que no anduve por acá durante el fin de semana, porque el sábado me puse hasta el keke de tequila. Eso desde luego, con motivo de la muy chovinista celebración del Grito de Independencia, que como bien apuntó Manijeh (a quién, por cierto, le mando un abrazote y le doy las gracias por nominarme para un premio de los bló’s) se celebra la noche del 15 de septiembre porque a don Porfirio Díaz se le ocurrió hacer coincidir la celebración de la independencia con la fecha de su cumpleaños.

Como sea, el punto es que esa noche hasta me cambié de nombre (me puse estupido de tanto tequila), bailé al ritmo del ta-chun-ta-chun-ta de la banda no sé qué y canté las infaltables de la ocasión: “Cielito lindo”, “México lindo y querido” y “Como México no hay dos” (gracias a Dios, como también gracias a Él tampoco hay dos EU –de lo contrario, qué haríamos con dos Bushes- ni dos Chinas –pues si hubiera otra, dónde meteríamos otros mil millones de chinos).

Y sí, casi puedo adivinar la reacción de mis dos lectores, más un anónimo, Mael y Elisa. Pero no me juzguen por mis debilidades etílicas, pues también a los intelectuales nos gusta el pisto. Lo que sucede es que algunos, señoritingos como lo son, les da pena aceptarlo; pero muy en el fondo de su memoria están guardados los recuerdos de las maratónicas borracheras de los viernes por las tardes, cuando eran estudiantes de licenciatura y le entraban hasta al mezcal de dos pesos que vendían en el Wal-Mart, mismo que los dejaba babeando en las banquetas hasta altas horas de la madrugada...

En fin, en fin, el punto es que como me puse hasta el gorro, el día domingo amanecí con una resaca espantosa que hizo insufrible el maratónico y hugochavezco regaño de la doctora corazón (a propósito, comienzo a pensar que me gustaba más cuando era hippie y vivía la vida loca)

Y luego, ya en la misma noche del domingo, cuando estaba a punto de entrar a publicar esta segunda parte, empezó el final de Destilando amor, telenovela de la que no tenía ni la más remota idea de su existencia, hasta que una noche que fuimos Carolina y yo a la lavandería, en Nashville, la encargada –de origen mexicano- sintonizó Univisión para poder mirar el sofocliano melodrama de Rodrigo y Gaviota; que a la Caro y a mi nos pareció excesivamente ridículo, lleno de lugares comunes y de diálogos a lo Corín Tellado. Luego nos enteraríamos de que esa historia era la versión mexicana de una telenovela colombiana (lo que explica el por qué de la sobrada ridiculez).

Así que me fumé las casi tres horas que duró la transmisión al frente de la TV y con la Caro al teléfono, chismeando y criticando las escenas de la novela. Ya en los siguientes días escribiré algo de eso; por ahora lo que comienza a angustiarme un poco es el monto de la larga distancia de mi recibo telefónico.

En fin, como me excedí de preámbulo, mejor dejo la publicación de esa segunda parte que a nadie le importa, para la siguiente ocasión.