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26 abr 2007

Sexo y Filosofía

He llegado al post número 69, y siendo éste un emblemático número sexoso, he decidido festejarlo dedicando este texto a tratar, aunque sea de modo harto sucinto, la relación existente entre el sexo y la filosofía.

I

Sexo y Filosofía por lo general nunca se han llevado bien. Este desencuentro se debe en gran medida a que el sexo es fundamentalmente sensación y placer, es decir, realización plena de los sentidos; mientras que la filosofía es el intento sistemático de aproximación a la verdad por medio de la razón.

Razón y sensación han sido dos antagonistas históricas en la empresa epistemológica de conocer la realidad, así como en la odisea ontológica dedicada al descubrimiento de la esencia del Ser.

Y aunque pareciera que la balanza se ha inclinado histórica y teóricamente de lado de la Razón, Baruch Spinoza, el polémico filósofo portugués de origen judío, sugirió en el todavía bastante mojigato siglo XVII, que las pasiones humanas estaban en el centro de la empresa ontológica de perseverancia en el Ser, es decir, el connatus o volición esencial del ser existente. En otras palabras, lo visceral no debía descartarse o descalificarse en la indagación acerca de las causales de la determinación de las acciones humanas.

Por supuesto que la reacción de los philosophers a la propuesta de Spinoza fue la misma que la de una señora gorda histérica, porque al otorgar un papel central al conato en la conformación de lo que hasta ese momento se conocía como filosofía moral, el autor del Tractatus theologico-politicus, colocó a las pasiones a la par de la Razón, que por siglos había estado por encima de las voliciones y los apetitos.

De hecho, es posible rastrear esta división y superposición entre razón y sensación en la teoría platónica del carruaje. En La Republica, Platón expone que el alma es como un carruaje jalado por dos caballos y conducido por un cochero. Uno de los caballos es blanco y representa al coraje, el otro es negro y representa a los apetitos; mientras que el cochero es la razón. De lo que se deduce que tanto el coraje como los apetitos, es decir, las partes volitivas del ser, son inferiores que la razón y por tanto deben ser gobernadas por ella.

Por supuesto, esto sólo acontecía en un plano hipotético y de forma prescriptiva; causa por la cual se podría afirmar que la teoría platónica del carruaje era meramente deontológica.