19 feb 2011

Tokio Blues, o del dolor y la memoria

Hace algún tiempo tuve una chica, o debo decir ella me tuvo a mi…

Así comienza la letra de Norwegian Wood, escrita por Paul Mccartney y John Lennon. Los acordes de la melodía remiten inmediatamente a los años sesenta y setenta; tienen un tono nostálgico, tal como la letra, que está llena de evocaciones.

En general la vida, cuando ya se tiene algún trecho de ella recorrido, adquiere sentido por el cúmulo de evocaciones que concita, las cuales son como esas señales luminosas que delimitan los carriles de las carreteras de cuota para que los conductores no se salgan del camino en los trayectos nocturnos.

Bajo esa lógica adquiere sentido la historia, tanto la personal como la del mundo, que al final es el escenario en el que las personas representamos nuestros respectivos papeles en una trama las más de las veces improvisada y contingente.

La historia es, pues, el recuento de lo que hemos sido y un señero retrospectivo que permite evaluar los aciertos y los errores para encarar con nuevas energías lo que venga en el futuro, que es siempre incierto e indeterminado, pero que puede afrontarse de mejor manera echando mano de la experiencia generada con el paso del tiempo.

Por eso cuando evocamos tenemos la oportunidad de observar las experiencias pasadas con una perspectiva diferente, como Lennon y Mccartney; o como Toru Watanabe, el personaje principal de Tokio Blues, novela escrita por el japones Haruki Murakami en 1987.

Watanabe comienza a evocar el pasado a propósito de haber escuchado los acordes de Norwegian Wood mientras espera para descender de un avión en el aeropuerto de Hamburgo.  Su memoria lo transporta hasta finales de los años sesenta de una capital japonesa convulsionada, como otras ciudades del mundo, por las protestas de los jóvenes universitarios en contra del poder establecido.

Ya desde la primera reflexión mientras mira por la ventanilla del avión “las nubes oscuras que cubrían el Mar del Norte”, el personaje deja entrever el ejercicio de instrospección y evocación por el cual nos conducirá a lo largo de las 383 páginas en las que nos cuenta su historia: “pensé en la infinidad de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían”.

Han pasado 18 años desde que dio inicio su tránsito personal desde la adolescencia hacia la edad adulta (o el adulterio, si atendemos a los episodios de promiscuidad que relata en algunos pasajes) y lo primero que recuerda es un prado verde y brillante rodeado de montañas, pero en esto quisiera dejar que el propio personaje exprese lo que aquí no podría ser más que una ordinaria reseña que despoja de toda la estética a una prosa impecable, fluida y, sin temor a exagerar, sublime:

“Incluso ahora, dieciocho años después, recuerdo aquel prado en sus pequeños detalles. Recuerdo el verde profundo y brillante de las laderas de la montaña, donde una lluvia fina y pertinaz barría el polvo acumulado durante el verano- Recuerdo las espigas de Suzuki balanceándose al compás del viento de octubre, las nubes largas y estrechas coronando las cimas azules, como congeladas, de las montañas. El cielo estaba tan alto que si alguien lo miraba fijamente le dolían los ojos. El viento que silbaba en aquel prado agitaba suavemente sus cabellos, atravesaba el bosque. Las hojas de los árboles susurraban y, en la lejanía, se oía ladrar un perro”.

Y claro, los cabellos que agitaba suavemente el viento que silbaba en aquel prado eran los de Naoko, una de las co protagonistas de la historia que encarna al lado oscuro de la feminidad, ese que es dominado por el pudor y la dubitación que en los casos extremos conduce a la demencia. De hecho, Naoko es la causante de que Watanabe nos obsequie la narración de su historia, pues ella fue su primer amor.

Pero no se piense por esto que se trata de una historia de amor del estilo convencional al que nos acostumbró la lírica occidental, en la que si bien existen elementos trágicos, éstos son subsumidos por la idea que la intensidad de la atracción de los amantes prevalece sobre cualquier adversidad.

Sí, es una historia del tipo “un chico conoce a una chica”, parafraseando a la voz en off de 500 días con ella, pero no es una historia de amor; sino sobre el amor y sus vicisitudes, es decir, la muerte, el dolor, la nostalgia, la indecisión, el crecimiento y la maduración, que es la etapa en la que ya es posible compaginar la experiencia del dolor con los intentos de ser feliz, cualquier cosa que eso signifique.

La otra co protagonista, Midori Kobayashi, es la antítesis de Naoko y representa precisamente la posibilidad de ser feliz y alcanzar la plenitud a lado de una persona. Y aunque Murakami pareciera poner como heroína a Naoko, yo y seguramente muchos lectores más, preferimos a Midori que aunque no ha tenido una vida fácil a sus 20 años, conserva siempre la energía, la vivacidad y la rebeldía propias de la juventud.

Al terminar de leer esta historia, es imposible no establecer cierto paralelismo entre la prosa de Murakami y las historias y personajes sórdidos de Milan Kundera, imbuidos también en la nostalgía y en cierto dejo de tristeza dentro del cual aprenden a ser felices, aunque en el trasfondo adviertan el vértigo de la soledad.

Una reseña no es suficiente para transmitir lo inefable que genera en el lector observar el cruce de las vidas de Watanabe, Naoko y Midori, que salen de la adolescencia y descubren que el mundo, con todo y sus miserias, o el hecho objetivo que describe con una parquedad implacable el protagonista principal de Noches Blancas de Dostoievksi (otro autor sórdido, a propósito del mood), de que está habitado por “criaturas malvadas y tétricas”, también alberga posibilidades para la realización de la felicidad, efímera, incierta, o si se quiere, placenteramente dolorosa (es un oximoron muy malo, lo sé), pero felicidad al fin y al cabo.

Para concluir, no sé si con el paso de los años o con las evocaciones propias de estos días, he devenido en una persona más sensible (o ridícula), pero debo decir que al finalizar la lectura de la novela inevitablemente me entró una basurita en el ojo. O quizá sea también, a efecto de justificarme, que mientras leía esos últimos párrafos escuchaba precisamente Norwegian Wood e imaginaba paisajes lluviosos, fríos y solitarios…

... esos japoneses en las cosas que nos hacen pensar. 

P.S. Mención especial merece la traductora Lourdes Porta Fuentes, no solo por guardar con escrúpulo el estilo del autor, sino por los breviarios culturales que obsequia en las notas al pie. 

10 ene 2011

And here we go... again!

Este es mi primer post formal del año y quisiera aprovechar la ocasión para escribir sobre un tema al que le traía ganas desde hace ya un buen tiempo, pero que por diversas excusas no había tenido ocasión de pensarlo con detenimiento, o más bien de estructurar lo que había pensado al respecto. 

El tema al que me refiero es en realidad una práctica social que a falta de conocimiento sobre su manifestación en otras latitudes y ámbitos culturales, me arriesgaré a ser determinante afirmando que es mucho más visible en México; tal práctica es el aspiracionismo, es decir, la sistematización del anhelo de llegar a ser o llegar a tener -o más preciso aún- de llegar a ser a través de la adquisición y/o posesión de cosas que otorgarían acceso a un status social pretendidamente más refinado. Leszek Kolakowski lo llamaría la cosificación del ser; aunque yo le llamaría simplemente pendejismo puro y duro. 

El aspiracionismo es particularmente visible en los estratos sociales de clase media baja que mediante dinámicas de consumo expresan su miedo a caer en la pobreza; es como si a través de la adquisición de determinados bienes y la asistencia a determinados lugares pretendieran neutralizar, olvidar o negar su origen humilde. E incluso este empeño en aparentar ser lo que no son constituye un acto reflejo de la vergüenza que sienten por si mismos y al mismo tiempo es indicativo de ciertos indicios de resentimiento social. 

Tal situación es alimentada por los clichés que los medios de comunicación han sabido observar en las dinámicas de interacción interpersonal e intergrupal, y explotar a través de diversos contenidos, distorsionándolos de tal forma que la estigmatización que llevan implícita pase como algo gracioso o paródico. Así, es común observar en los programas televisivos la distinción entre nacos y fresas, en la que se asume tácitamente que lo "naco" es bajo, carente de valor y socialmente reprobable; mientras que lo fresa es sofisticado, aceptado y altamente valorado. 

Bajo esta premisa se articula el aspiracionismo en su faceta de consumo, pues si pertenecer a un estrato socioeconómico bajo supone bajas posibilidades de aceptación entre los estratos altos, entonces es necesario adquirir los bienes y frecuentar los lugares que darían la posibilidad de acceso y reconocimiento en esas esferas. De esta manera es común observar en los centros comerciales a personas llegadas de los barrios periféricos a adquirir o a anhelar adquirir la ropa y/o los accesorios de determinada marca; o bien, asistir a la discoteca de moda, que en el burdo y bastante ramplón lenguaje pseudoadolescente que impera en el rango de los 15 a los 35 años de edad es denominada como "antro". 

En la faceta cultural el aspiracionismo es aun más ordinario, pues la inserción en los círculos pretendidamente intelectuales no se da por la calidad de los contenidos culturales que se consumen, sino por su popularidad; de manera que la posibilidad de aceptación o sentido de pertenencia a lo supuestamente refinado se adquiere en la medida que sea lea la literatura de moda (entiéndase Paulo Coelho y demás autores de antología de curso de literatura latinoamericana de Secundaria), se asista a la obra de teatro más comentada de la temporada o la función de la película más taquillera. 

Adicionalmente hay otra expresión del aspiracionismo cultural que resulta aún más tragicómica y es la de los pretendidos hábitos, gustos y expresiones "alternativas" -cualquier cosa que eso signifique- que indicarían un nivel más alto de autonomía del pensamiento y creatividad de la imaginación. En inglés, la voz para denotar esta dinámica sería "indie", pero en español sería algo así como "esnobismo cerril". Se trata de hallar en lo impopular una manifestación de cosmopolitismo e intelectualidad, aunque lo desconocido por el común no necesariamente es lo mejor. Así por ejemplo, que Vicente Battista sea mucho menos conocido que Borges no lo hace mejor que él, pero en el limitado horizonte cultural del aspiracionismo indie sí lo es. 

Pero regresando al tema central, el aspiracionismo por si mismo no es un problema, ni un práctica o actitud reprobable; más bien lo es la carencia de valores en la que se sustenta. 

Pensar que sólo a través de la posesión y acumulación de bienes, de la asistencia habitual a lugares "trendy" (porque en el aspiracionismo se tiende a aglosajonizar el lenguaje, porque el inglés es mejor que la lengua materna), se puede llegar a la plenitud de la existencia -aunque los aspiracionistas no sepan conscientemente que eso es lo que pretenden- indica la ausencia de reflexión y la alta proclividad a ser teledirigido desde los centros de diseño e implementación de estrategias para el permanente sostenimiento de una agenda de consumo acrítica. 

En "Vidas desperdiciadas: la Modernidad y sus parias", Zygmunt Bauman plantea que en la estética del consumo en la modernidad líquida convierte a las clases económicamente dominantes en objetos de adoración y admiración por parte de aquellas que son conscientes que su imposibilidad de llegar a ese nivel, con lo cual asumen que su incapacidad para consumir es la vía directa hacia la exclusión. 

De manera que ante el aspiracionismo lo que cabría impulsar sería el valor de la propia condición humana, la dignidad de ser y existir como hombres y mujeres libres, la capacidad de pensar y cuestionar y la libertad de elegir conscientemente; pues de no ser así, estaremos obligados a padecer conversaciones vacuas sobre la asistencia al restaurante de moda el fin de semana; la adquisición de tal o cual modelo de automóvil, o la exhibición de la marca de la ropa a la menor provocación. 

A nadie que tenga un ápice de inteligencia le gustaría vivir soportando ese martirio todos los días... ¿o sí? 

6 ene 2011

Hoy hace cinco años...

Hace cinco años abrí este espacio, con sus altas y sus bajas, he logrado mantenerlo a flote. Aquí he plasmado momentos alegres y tristes, angustias y ansiedades, alguna que otra reflexión lúcida y alguna que otra crítica con intenciones rijosas. 

Aquí ha quedado plasmado en grado y medida mi propio yo en diferentes etapas. 

Lo he descuidado, lo acepto; pero sigo aquí. 

A quienes me han seguido a lo largo de este tiempo les agradezco su paciencia y su persistencia; gracias por leerme.

Ya a lo largo de este 2011 espero, ahora sí, retomar el buen hábito de la escritura, que además siempre sirve como terapia. 

Feliz Año Nuevo y ojalá que tengan, tengamos, la suficientemente madurez y persistencia para ir cumpliendo nuestros objetivos y afrontando los desafíos que este traerá consigo. 


Un abrazo para ustedes y una auto felicitación para mi, por mantener vigente este espacio a pesar de mi mismo y mi flojera.

30 nov 2010

Introspección

Casi termina el año y este espacio casi ha quedado en el olvido. Pero lo más preocupante y quizá hasta triste, es caer en la cuenta de la involución que ha experimentado.

Cierto es que nunca fue un lugar donde se explayaran chispazos de lucidez, pero de vez en cuando aparecían algunas cosas dignas de leerse y de pensarse. Ahora se ha convertido, lo he convertido, en un burdo moleskine, terminajo probablemente demasiado pretencioso para aludir a una ordinaria bitácora donde han quedado registradas frivolidades sentimentales.

Quizá haya llegado el momento de reconocer y aceptar que la inteligencia ha quedado eclipsada por los lances de frivolidad sentimental y que la capacidad de escribir con una mínima dosis de coherencia y creatividad se ha extinguido.

Desde hace mucho tiempo había elegido el camino de las dificultades, las complicaciones, los obstáculos y los retos. Si hubiera que identificar ese momento de decisión en una etapa precisa, diría sin dudar que fue desde el primer día de clases de la escuela primaria y el primer signo fue que, mientras en mi salón de clases estaban las niñas más feas que hubiera visto en mis cortos seis años de vida (bueno, esto es una exageración, porque en realidad las niñas comenzaron a gustarme por ahí de los cinco años), en los otros salones estaban las que sí eran bonitas.

Todavía recuerdo ese lunes de la última semana de agosto de 1986, cuando, angustiado por tan decepcionante situación, me paré junto a la puerta, mirando hacia el largo corredor donde se encontraban los otros salones del primer grado, para ver si era posible que ocurriese el milagro de que por lo menos una niña bonita pudiera entrar en mi aula. Pero no fue así.

Ahí, junto a mí, estaba Iván, quien fue mi primer amigo de la etapa escolar primaria. Ahora no sé qué haya sido de su vida; ignoro si a estas alturas sea un profesionista exitoso, un padre de familia trabajador y honesto que se esfuerce en sacar adelante a sus hijos, o si andará conduciendo un taxi por las intricadas calles de alguna ciudad, o trabajando en algún restaurante de Brooklin, Nueva York.

Pero ese lunes de la última semana de agosto de 1986 ahí estaba, junto a mi, en la puerta de entrada del salón 1º A, de la escuela primaria “Justo Sierra”, diciéndome –mira, ella sí va a entrar aquí- mientras dirigía su mirada hacia la figura de una niña de tez blanca, cabello castaño recogido hacia atrás y trenzado, con ojos risueños, que intempestivamente detuvo su andar y dobló hacia un costado para ingresar por la puerta del salón del 1º B.

Desde ese momento, con esa señal, supe que todo lo demás no sería fácil.

Y efecto, mientras que a los alumnos de los otros grupos les había asignado a las profesoras más dulces y pacientes de todo el plantel, a nosotros nos tocó la maestra Lina. Una mujer gorda, de mirada irascible y ojos de azul perturbador, por no decir demoníaco.

Mi generación fue una de las últimas que fueron formadas bajo la máxima draconiana pero efectiva de que la letra con sangre entra y la maestra Lina era una experta empleadora de ese método.  

Reglazos en las manos, coscorrones y jalones de orejas y patillas eran tan sólo algunas de las técnicas que manejaba con destreza.

Los demás años de educación primaria transcurrieron más o menos en esa misma atmósfera y la relación con las niñas fue siempre difícil. De hecho, también tengo la sospecha de que sobre mi existencia pesa un extraño designio que dicta que a las niñas, ahora mujeres, que me gustan, yo no les guste, y que a las que no me gustan, les guste.

Al final, o para no parecer tan determinante, hasta este momento y en medio de mis congojas afectivas, tengo para mi que una de las principales lecciones que me han dado las circunstancias en las que me ha tocado vivir, es que todas las complicaciones se asocian a esa desgracia de no ser correspondiendo por las que yo quiero, y ser pretendido por aquellas de las que preferiría mejor correr.

Desde luego que ha habido algunas excepciones (y sí, tú eres una de ellas), pero aun en esos casos las circunstancias no han sido fáciles.

Y heme aquí, que justo ahora, mientras escribo estás líneas, descubro que los esfuerzos por cultivar la inteligencia, por destacar de entre la generalidad con pensamientos más o menos coherentes, se van directito al infierno cuando aparecen unos ojos bonitos y una sonrisa encantadora.

Y heme aquí, sintiéndome apenado por aceptarlo en un espacio que si bien es casi anónimo, alberga algunas cuántas posibilidades de ser leído por alguien más. Así que estimado lector casual, casi contingente, no me juzgues por parecer vano y por escribir estos párrafos casi inconexos, porque en ellos encuentro una válvula de escape a un estado de ánimo que en este preciso momento podría definir como sombrío y angustiante.

Por lo demás, en algún otro momento decidiré retomar esta terapia con más constancia y desempolvar un estilo corrosivo un tanto hilarante que, si me permites emplear la siguiente figura, es como la diástole de un ecocardiograma que indica que mi estado de salud afectivo es normal y equilibrado.

Y ya, por hoy y con estas líneas he expurgado eso que me molestaba.

Hasta nuevas venias. 

20 oct 2010

Sí, aun vivo

Apenas ahora se me ha pasado la resaca de los festejos bicentenarios, propiciada tanto por los debates respecto a la conveniencia de festejar o no, como por la traición de mi inconsciente que me hizo entregarme a los beodos excesos de los gritos y sombrerazos propios de esas fechas.

Tenía tanto tiempo que no venía a ver el blog, que ahora que lo hice descubrí algunos comentarios que amablemente me dejaron algunos lectores esperando a ser publicados. 

Le agradezco a mi entrañable amigo Juan Valenzuela haber referenciado mi último texto en su reseña de la película de Luis Estrada, "El Infierno", que en lo personal no me gustó, no por cuestiones propiamente ideológicas, sino por el tratamiento vago, cínico y excesivamente satirizado del tema. 

No sé por qué extraños obstáculos ontológicos el cine mexicano continúa entrampado en sus taras de siempre: escenas de sexo vulgarsonas, críticas políticas del nivel de cubículo universitario leninista-marxista-cretinista-latinoamericanista y actores que nos demuestran que incluso en esa industria está presente nuestra insana tendencia cultural al surgimiento, enquistamiento y esclerosamiento de élites que forman feudos díficilmente disputables por nuevos talentos. 

En fin, que en todo este tiempo también me perdí la oportunidad de escribir acerca de los primeros 100 años de la Universidad Nacional Autónoma de México, y del orgullo que sentí al escuchar un emocionante goya! en el salón de plenos de la Cámara de Diputados aquel 22 de septiembre pasado, cuando el rector José Narro acudió a decir que la Universidad está más presente que nunca en la vida del país y contribuye activamente a buscar salidas a los graves problemas que lo aquejan, por más que sus detractores de siempre se empeñen en decir y hacer creer a algunos sectores de la sociedad, que la UNAM es un gasto innecesario que mina las finanzas públicas. 

Pero debo confesar que hoy también decidí venir a escribir a modo de terapia, como generalmente suelo hacerlo cuando se presentan momentos sombríos, cuando mi ánimo no está precisamente en sus niveles más altos de entusiasmo y buena disposición a encarar los retos y vicisitudes del vivir cotidiano. 

Habrá quien piense que esta forma de escribir y el hecho de ocupar estas líneas para expresar mi estado anímico es una muestra del nivel de "acorrientamiento" por el que estoy atravesando desde hace algún tiempo; pero ante eso sencillamente digo que es una necesidad hasta cierto punto frustrante, porque no puedo describir con precisión lo que siento. 

Se trata simplemente de desánimo, incertidumbre, ganas de tirar la toalla y sustraerme de la realidad; pero al mismo tiempo es una situación de vergüenza conmigo mismo por pensar en esa posibilidad, porque no puedo traicionar a mi propio pensamiento y a mi propia postura ante la vida que ha consistido en plantarle cara los momentos adversos, porque eso sería tanto como una contradicción. 

No lo sé. al final hago mías las palabras de don Miguel de Unamuno en "Del sentimiento trágico de la vida": soy un hombre de contradicción y pelea, pero en estos momentos no tengo ganas de pelear; sólo tengo ganas de salir corriendo del mundo y perderme en un profundo sueño... 


22 ago 2010

Legalizar o no legalizar ¿esa es la cuestión? II

La violencia asociada al narcotráfico se explica en gran medida por el hecho de que no existe una autoridad que se ubique por encima de los agentes en competencia para imponer reglas mínimas y sanciones a prácticas anticompetitivas. Esa autoridad, en el caso de las actividades económicas legales, es alguna instancia reguladora como la Comisión Federal de Competencia, que se encarga de vigilar que los oferentes de bienes y servicios en los diferentes mercados interactúen en una atmosfera de relativa paridad, a fin de que sean los consumidores quienes dedican por cuál opción optar.  

Descabezados y "cocinados". Un caso de violencia patológica.


No obstante, es necesario no perder de vista que la legalización no implica que la debilidad de las instituciones encargadas de garantizar la seguridad pública, así como su falta de coordinación y la torpeza de sus operadores para ejecutar programas, políticas y estrategias preventivas, sean subsanadas automáticamente. Al respecto, la insistencia de las autoridades de los tres niveles de gobierno en endosar a la delincuencia organizada los problemas de inseguridad y descomposición del tejido social es un recurso bastante burdo para ocultar o justificar su incapacidad para afrontar un problema que ha transitado desde lo meramente coyuntural, hacia una dimensión estructural; esto es, que la inseguridad y los niveles de violencia ya no se explican solamente por la necesidad de las personas de delinquir para sobrevivir, pues fenómenos como los de el “Mochaorejas” y el “Pozolero” son indicadores de que algo se descompuso profundamente en el seno de la sociedad, al punto de generar individuos cuyo nivel de saña y resentimiento son tan patológicos como paradigmáticos.

Ellos deberían de garantizar la seguridad pública.

De manera pues, que inseguridad pública y narcotráfico si bien son dos problemas íntimamente relacionados, tienen dimensiones distintas; de ahí que pensar que la legalización de los estupefacientes puede ser una solución para la inseguridad y la violencia resulta ingenuo. Para ese problema son necesarias otras estrategias de carácter social y no meramente policíaco, como obtusamente se empeñan en proponer el gobierno Federal y la gran mayoría de los gobiernos estatales.

Y como el tema da para mucho más, seguiremos analizándolo por entregas. Por el momento presento aquí algunos datos de las dimensiones económicas del narcotráfico y de la viabilidad de legalizarlo, no sin antes poner énfasis en la importancia de que en la actualidad existen las condiciones para debatir el tema. De manera que legalizar o no legalizar no es la cuestión; sino más bien si la clase política estará dispuesta a asumir ese costo y transformarlo en una ganancia para el futuro próximo.

Numeralia de la dimensión económica del narcotráfico:

-Según cifras dadas a conocer por el Departamento de Estado de Estados Unidos, las ganancias anuales del narcotráfico en México son de entre 25 mil y 40 mil millones de dólares, con la participación aproximada de 450 mil personas, de las cuales 150 mil participan directamente (distribución y comercialización) y 300 mil en forma indirecta (actividades de producción); esto sin contar a las redes de informantes (“halcones”) y menudistas (propietarios de las “tienditas”).

-Para situar en una dimensión comparativa lo que significan las ganancias económicas provenientes del narcotráfico, es preciso tener en cuenta que los ingresos por remesas son del orden los 21 mil millones de dólares; mientras que los ingresos por turismo oscilan entre los 11 mil y 12 millones de dólares.

-La producción anual promedio de mariguana en el país es de entre 16 mil y 18 mil toneladas, orientadas al mercado norteamericano; mientras que la producción de heroína es de 18 toneladas.

- De acuerdo a Guillermo Garduño Valero, investigador de la UAM, las estimaciones oficiales de las ganancias son demasiado conservadoras, pues “producir un kilo de cocaína pura en términos reales, si esto fuera legal, sería de aproximadamente unos 250 dólares, pero en Colombia donde se genera el mayor volumen, allí tendría un valor de 2,500 dólares, cuando llega a Panamá ya tiene un costó de 4,500 dólares, cuando llega a Guatemala ya tiene un valor de 11 mil, llegando a México de 16 mil, llegando a la frontera de 35 mil y llegando al mercado norteamericano al menudeo se obtiene una utilidad de 132 mil dólares”.

-Ante este panorama una pregunta obligada es: ¿dónde se convierte este dinero ilícito en “gaancias lícitas”? ¡Exacto! En el sistema financiero. La siguiente pregunta entonces es: ¿quiénes controlan el sistema financiero? Así es: los grandes corporativos como Citigroup, Barclays y Deutsche Bank que tienen capacidad para presionar a las autoridades hacendarias de los respectivos países en los que tienen operaciones. Cuando el supuesto combate al narcotráfico llegue hasta aquí, entonces tendremos razones de peso para creer que es real.  

21 ago 2010

Legalizar o no legalizar ¿esa es la cuestión? I



Desde hace algunos años el tema de la legalización de las drogas duras en México ha estado presente en el debate sobre las políticas y estrategias adecuadas para combatir a los grupos delincuenciales que lucran con su producción y trasiego.


Se trata de una propuesta polémica debido a la enorme carga moral que se le ha dado al problema del narcotráfico, asociado con niveles de violencia que han escalado en forma tan alarmante, que según los últimos datos de los organismos de seguridad pública, de 2006 a la fecha han producido más de 28 mil muertes, entre las que se cuentan altos oficiales del Ejército, autoridades locales de procuración de justicia y recientemente un candidato a Gobernador de un estado del norte del país donde dicha actividad ha proliferado con más intensidad debido a la cercanía del mayor mercado de consumo a nivel mundial, que es Estados Unidos.

Si bien violencia y narcotráfico son dos problemas estrechamente asociados, en la actualidad resulta difícil distinguir cuál de los dos ha sido el que mayores estragos ha causado en el deterioro del tejido social, o si más bien ambos son resultado de este proceso, cuya gestación inició cuando menos hace 25 años, con el cambio del modelo económico que en teoría debería de impulsar el crecimiento y el desarrollo.

Desde luego yo no soy experto en el tema, ni pretendo pasar como tal, pero las observaciones que expondré a continuación respecto a la legalización de los narcóticos no precisan de un amplio conocimiento y sí más bien de un mínimo de sentido común y nociones lógicas.

Así pues, el primer problema que se observa en la falla de las estrategias que hasta ahora se han aplicado en el presunto combate al narcotráfico y sus problemas adyacentes, es la visión moral desde la que se concibe y evalúa a esa actividad, porque le confiere una valoración negativa y hasta estigmatizante a quienes se dedican a ella, cuando en realidad se debería de cambiar la perspectiva y entender que se trata de un problema fundamentalmente económico, asociado a la ineficacia distributiva del modelo de crecimiento prevaleciente, que no ha generado las oportunidades de movilidad social suficientes para que los individuos de diferentes regiones del país puedan subsistir y prosperar dentro de los cauces de lo legalmente aceptable.

Si se dejara de caracterizar a las personas que participan en la cadena productiva de los narcóticos como agentes desestabilizadores del sistema social (en el que están incluidas la política y la economía) y se les comenzara a observar como agentes económicos activos y relativamente exitosos, la situación cambiaría radicalmente, porque entonces se entendería que lo que hace tan atractiva y arriesgada a su actividad comercial es la alta rentabilidad que genera, aunque aquí cabría precisar que los beneficios de ésta no se reparten necesariamente en forma equitativa o proporcional al trabajo realizado por cada uno de los elementos que intervienen en la producción, si no que, como ocurre en otras actividades económicas legales relacionadas con el agro, las mayores ganancias las obtienen los intermediarios y no los productores.

Así por ejemplo, si en las condiciones actuales de prohibición de la producción, distribución y venta de los diferentes tipos de drogas, lo que les agrega plusvalía como productos son los costos logísticos necesarios para que lleguen al consumidor final, la intercepción de un cargamento cuyo valor estaba calculado en 500 mil pesos, muy probablemente se incremente en forma considerable para el mercado receptor en la siguiente entrega debido a estos factores: a) la escasez y las dificultades implícitas en la producción; b) su nivel de demanda; y c) la exploración nuevas rutas de transporte o la corrupción de las autoridades y corporaciones policíacas encargadas de combatir el trasiego y evitar su distribución.

Bajo esta lógica cabría entonces preguntarse si el supuesto combate al narcotráfico realmente pretende mitigar el problema o, por el contrario, maximiza sus beneficios económicos a costa del deterioro de una de las pocas instituciones del Estado que se habían mantenido relativamente sólidas, estables y prestigiadas, como lo es el Ejército, cuya oficialidad además de ser susceptible de ser corrompida, al permanecer durante prolongados periodos de tiempo en las calles puede tejer redes sociales que en un momento dado le otorgarían su respaldo en la organización y ejecución de un golpe de Estado, por muy dramático o exagerado que esto pueda parecer; o en el extremo opuesto, que la sociedad le retire su apoyo y simpatías a causa de los excesos en los que incurra debido al cumplimiento de funciones que deberían de desempeñar corporaciones civiles de seguridad pública.

El anterior es uno de los tantos argumentos que pueden emplearse para impulsar la legalización de la producción, distribución y venta de narcóticos, tales como la mariguana y los derivados de los opiáceos.  Además de que en términos de racionalidad administrativa, es mucho mayor el costo que el Estado eroga en el mantenimiento de una estrategia reactiva que no ataca al punto medular del problema, que son las cuantiosas ganancias que dichas actividades económicas generan, que el que implicaría legalizar sus operaciones y su consumo.