Vine a remover el polvo y a agradecerle a Google Inc la generosidad por mantener vigente este espacio para regocijo de algunos y crispación de otros.
¡Ah! Por cierto, ya pasaron los días grises. Aunque ahora los días son aciagos en esta patria a la que al cielo un soldado en cada hijo le dio.
Pero de eso escribiré en otro momento que espero no sea muy lejano.
Un saludo para quienes aun visitan esta atalaya de pendejadas y asuntos sin importancia.
20 nov 2014
26 jun 2014
Hasta cuándo los días grises...
Estimado lector, sé que en las últimas entradas que has leído en este cada vez más decadente espacio la crisis existencial de su autor ha sido un lugar común que probablemente está a punto de aburrirte, si no es que lo ha hecho ya, pues atrás quedó su desparpajo, ironía y quizá hasta socarronería para quejarse veladamente -en algunas ocasiones, en otras no tanto- de lo que considera la estupidez rampante en el mundo.
Pero te pido un poco de comprensión, porque este autor una vez más ha decidido emplear estas líneas como una forma de terapia para la angustia, melancolía y nostalgia que en estos momentos aprisionan a su alma. Si alguna vez tú has pasado por un momento similar, si tú también has atravesado por esa visible oscuridad -como le llamaría William Styron- entonces quizá hasta un consejo sabrás darle a él, que de tan autosuficiente y soberbio en lo intelectual y en lo afectivo, es ahora una piltrafa que clama cuál Job en medio de la tormenta un poco de piedad y una apenas mínima señal de que existe alguien allende el Cielo podrá compadecerse de su situación.
Y es que en verdad, esto de la espeleolología existencial no es nada divertido. Y lo es mucho menos cuando la nostalgia aumenta su intensidad, cuando sus inclementes vientos abren la ventana del pasado, de los recuerdos, de la memoria que invariablemente en algún momento hace que uno se pregunte cómo llegó a hasta aquí. Entonces es cuando el desánimo aparece y con él el desgano, el fastidio.
Sé que, como decía la enseñanza de una vieja leyenda, “esto también pasará”, pero lo que me consume es la incertidumbre acerca del cuándo. Cuándo pasarán estos días grises, tristes y desesperantes en los que ni siquiera hay la fuerza, el arrojo o la desvergüenza para llorar. ¿Cuándo será?
P.S. Una vez más pido tu compresión, amable lector, por este bochornoso espectáculo. No siempre será así. Como decía la filósofa jarocha “siempre vendrán tiempos mejores”. Espero que pronto lleguen la paz y la calma y puedas volver a leerme en mi estilo habitual.
19 jun 2014
Año y medio sin Facebook y una señal de vida
Amado pueblo, hoy vuelvo a ti como el perro arrepentido, con sus miradas tan tiernas, con el hocico partido y con el rabo entre las piernas. Sin embargo no me juzgues. En mi -aun- condición de aspirante a intelectual (esnob) todo lo miro desde el crisol de la decadencia, incluida mi propia existencia. De ahí que de pronto todo me produzca hastío, incluso este olvidado espacio que tantas ocasiones fue un instrumento de terapia y atalaya desde la cual pontifiqué acerca de variopintos temas con una fluida, elegante, amplia, coherente y sarcástica prosa que causó algunas memorables reacciones entre los eventuales visitantes y lectores.
Ahora, agobiado por la dinámica ofininesca así como por la vacuidad discursiva e intelectiva de la clase godinezca (que dicho sea de paso: ignoro si es la expresión de la fase superior del proletariado, pero reconozco que comparte con él la condición de no tener cabeza que alguna vez señaló José Revueltas en uno de sus ensayos), caigo en la cuenta no sin tristeza que he perdido el gusto por la escribidera y que la falta de gimnasia gramatical ha causado estragos en mi habilidad sintáctica.
Estas líneas que lees ahora, pueblo querido, me han exigido un extenuante esfuerzo; tanto que casi olvido el porqué decidí volver a este espacio del cual, parafraseando a Hannah Arendt, sólo queda una montaña de escombros de aquellos pilares…
Pero no desesperes amable lector. Ya he recordado el propósito de estas líneas.
Resulta que por cuestiones extrínsecas a mi entorno laboral directo, tales como el Mundial de fútbol, la falta de acuerdos entre los partidos políticos en el Congreso (¡raro, si casi no se les da!) que dificulta la convocatoria a un periodo extraordinario de sesiones, el cambio climático causante de días grises y tardes lluviosas y caóticas, la falta de un café decente y bebible, las obras de rehabilitación de Av. Presidente Masaryk, así como otras tantas que de momento no recuerdo, la carga de trabajo en la oficina ha estado muy liviana y, como es sabido, a menor tiempo de trabajo mayor tiempo de ocio.
Desde luego que hago esfuerzos titánicos por maximizar la utilidad de mi ocio realizando actividades provechosas para el incremento de mi bagaje cultural tales como ver videos de epic fails y bromas gandayas en YouTube y leer columnas y tuits insulsos (creo que tuit e insulso son un pleonasmo). Pero como bien saben, cuando se ha alcanzado el punto de optimización –en este caso del ocio- los rendimientos comienzan a ser decrecientes; lo que es lo mismo pero expresado con palabras más domingueras: llega un momento en que hacerse güey todo el día termina por aburrir.
Respecto al aburrimiento tengo la teoría, contrapuesta al milenario mainstream filosófico, de que es el padre del conocimiento porque precede a la curiosidad. ¿Ves mi punto, gentil lector? En caso de que no, ahí va de nuevo.
Aristóteles decía, si hemos de creer a Ramón Xirau, que la curiosidad era el motor que movía al conocimiento y por tanto a la filosofía, pues el asombro y la admiración que producía la contemplación de la physis conducían invariablemente a preguntarse acerca de sus causales. Pues bien, yo sostengo que para que haya existido la curiosidad necesariamente tuvo que existir un momento previo de profundo aburrimiento que moviera a los hombres a husmear por aquí y por allá causando luego la admiración, el asumbro y el cuestionamiento acerca del cómo, cuándo, dónde y por qué de las cosas. Incluso, si me apuran, puedo argumentar que el pecado original no fue la soberbia sino el aburrimiento. Si Adán y Eva no hubiesen estado tan aburridos deambulando desnudos por el Paraíso, no hubieran hecho caso al consejo de la serpiente de comer el fruto prohibido.
Ahora ¿qué tiene que ver todo esto del aburrimiento como fuente del conocimiento y del pecado original con la maximización de mi ocio mencionada líneas arriba? En estricto sentido, nada. Es únicamente una manera de justificar el hecho de que, como resultado del insondable tedio que me produjeron las horas nalga de los últimos días, tuve la curiosidad de reactivar furtiva y fugazmente mi cuenta de Facebook.
Sí. Me declaro autor material de esa atrocidad, pero debo mencionar en descargo de mi defensa que sólo fue un par de minutos después de los cuales la volví a suspender, y para asegurarme de no caer en la tentación en el futuro usé una contraseña de la que ya ni siquiera me acuerdo.
Así pues, transcurrió año y medio desde que en noviembre de 2012 desactivé la cuenta impulsado por varias circunstancias; una de ellas mi cada vez menos contenible intolerancia hacia la frivolidad de las publicaciones de mis contactos, sus memes, sus fotos retocadas, sus falsas pretensiones, su vacuidad.
Cierto es que a un gran número de ellos los conocí personalmente y a partir de esa experiencia creo que no son anodinos ni presuntuosos, pero cierto es también que a muchos de ellos los dejé de frecuentar desde hace mucho tiempo. De ahí que únicamente tenía noticias de su sino a través de sus publicaciones en el timeline del portal.
Otra circunstancia que me animó a cerrar el perfil fue el hecho de que se había convertido en una mala costumbre revisar periódicamente las actualizaciones, de modo que por lo menos un 30% del tiempo que permanecía en la oficina lo dedicaba a explorar las nuevas publicaciones y a platicar por el chat. Como lo mencioné anteriormente, alcanzado el nivel óptimo de maximización de mi ocio facebookero, llegaron los rendimientos decrecientes, me aburrí y lo cerré.
De modo que en esta ocasión el aburrimiento me produjo la curiosidad reactivar la cuenta para saber qué había cambiado desde noviembre de 2012. Así lo hice y encontré que en lo que hace al portal casi todo sigue igual, aunque por lo que pude observar en el corto tiempo que husmeé por aquí y por allá en lo que hace a mis contactos sí han habido algunos cambios. Desde luego que éstos no me sorprenden, finalmente las personas no permanecemos inmutables a través del tiempo, pero sí me generan una suerte de asombro, algunos recuerdos, algunas sonrisas y algunos bostezos. Hay quienes cambian en la apariencia pero en el fondo siguen siendo los mismos. Sin embargo me da gusto por todos ellos. A algunos los veo en el mundo real, no con la frecuencia que quisiera pero sé qué es de su vida (su bajada ya es su asunto privado), a otros no los he visto desde hace mucho pero en ocasiones los recuerdo; a otros más ni siquiera los recordaba pero esa fugaz incursión me permitió recordarlos.
Quizá algún día reactive mi cuenta en forma tanto más permanente. Pero de momento no siento el interés por hacerlo. Si ya así, sin un distractor tan potencialmente adictivo como Facebook mis pasatiempos intelectuales se han atrofiado, teniéndolo a mi alcance de nuevo creo que podría acelerar la pauperización de mi pensamiento.
Sí, quizá en esta ocasión vengo más “molón” que las veces anteriores respecto a la decadencia de mi ethos arrogante y mala leche pero creo que estoy cursando la infame crisis de los treinta y tantos (yo, que pensé que eso nomás les sucedía a los tipos descerebrados que se negaban a crecer y madurar), así que discúlpame amable lector por tener que presenciar este bochornoso espectáculo. Espero que la próxima ocasión que venga por acá me encuentres más ecuánime y flemático, aunque no te lo prometo.
Ahora, agobiado por la dinámica ofininesca así como por la vacuidad discursiva e intelectiva de la clase godinezca (que dicho sea de paso: ignoro si es la expresión de la fase superior del proletariado, pero reconozco que comparte con él la condición de no tener cabeza que alguna vez señaló José Revueltas en uno de sus ensayos), caigo en la cuenta no sin tristeza que he perdido el gusto por la escribidera y que la falta de gimnasia gramatical ha causado estragos en mi habilidad sintáctica.
Estas líneas que lees ahora, pueblo querido, me han exigido un extenuante esfuerzo; tanto que casi olvido el porqué decidí volver a este espacio del cual, parafraseando a Hannah Arendt, sólo queda una montaña de escombros de aquellos pilares…
Pero no desesperes amable lector. Ya he recordado el propósito de estas líneas.
Resulta que por cuestiones extrínsecas a mi entorno laboral directo, tales como el Mundial de fútbol, la falta de acuerdos entre los partidos políticos en el Congreso (¡raro, si casi no se les da!) que dificulta la convocatoria a un periodo extraordinario de sesiones, el cambio climático causante de días grises y tardes lluviosas y caóticas, la falta de un café decente y bebible, las obras de rehabilitación de Av. Presidente Masaryk, así como otras tantas que de momento no recuerdo, la carga de trabajo en la oficina ha estado muy liviana y, como es sabido, a menor tiempo de trabajo mayor tiempo de ocio.
Desde luego que hago esfuerzos titánicos por maximizar la utilidad de mi ocio realizando actividades provechosas para el incremento de mi bagaje cultural tales como ver videos de epic fails y bromas gandayas en YouTube y leer columnas y tuits insulsos (creo que tuit e insulso son un pleonasmo). Pero como bien saben, cuando se ha alcanzado el punto de optimización –en este caso del ocio- los rendimientos comienzan a ser decrecientes; lo que es lo mismo pero expresado con palabras más domingueras: llega un momento en que hacerse güey todo el día termina por aburrir.
Respecto al aburrimiento tengo la teoría, contrapuesta al milenario mainstream filosófico, de que es el padre del conocimiento porque precede a la curiosidad. ¿Ves mi punto, gentil lector? En caso de que no, ahí va de nuevo.
Aristóteles decía, si hemos de creer a Ramón Xirau, que la curiosidad era el motor que movía al conocimiento y por tanto a la filosofía, pues el asombro y la admiración que producía la contemplación de la physis conducían invariablemente a preguntarse acerca de sus causales. Pues bien, yo sostengo que para que haya existido la curiosidad necesariamente tuvo que existir un momento previo de profundo aburrimiento que moviera a los hombres a husmear por aquí y por allá causando luego la admiración, el asumbro y el cuestionamiento acerca del cómo, cuándo, dónde y por qué de las cosas. Incluso, si me apuran, puedo argumentar que el pecado original no fue la soberbia sino el aburrimiento. Si Adán y Eva no hubiesen estado tan aburridos deambulando desnudos por el Paraíso, no hubieran hecho caso al consejo de la serpiente de comer el fruto prohibido.
Ahora ¿qué tiene que ver todo esto del aburrimiento como fuente del conocimiento y del pecado original con la maximización de mi ocio mencionada líneas arriba? En estricto sentido, nada. Es únicamente una manera de justificar el hecho de que, como resultado del insondable tedio que me produjeron las horas nalga de los últimos días, tuve la curiosidad de reactivar furtiva y fugazmente mi cuenta de Facebook.
Sí. Me declaro autor material de esa atrocidad, pero debo mencionar en descargo de mi defensa que sólo fue un par de minutos después de los cuales la volví a suspender, y para asegurarme de no caer en la tentación en el futuro usé una contraseña de la que ya ni siquiera me acuerdo.
Así pues, transcurrió año y medio desde que en noviembre de 2012 desactivé la cuenta impulsado por varias circunstancias; una de ellas mi cada vez menos contenible intolerancia hacia la frivolidad de las publicaciones de mis contactos, sus memes, sus fotos retocadas, sus falsas pretensiones, su vacuidad.
Cierto es que a un gran número de ellos los conocí personalmente y a partir de esa experiencia creo que no son anodinos ni presuntuosos, pero cierto es también que a muchos de ellos los dejé de frecuentar desde hace mucho tiempo. De ahí que únicamente tenía noticias de su sino a través de sus publicaciones en el timeline del portal.
Otra circunstancia que me animó a cerrar el perfil fue el hecho de que se había convertido en una mala costumbre revisar periódicamente las actualizaciones, de modo que por lo menos un 30% del tiempo que permanecía en la oficina lo dedicaba a explorar las nuevas publicaciones y a platicar por el chat. Como lo mencioné anteriormente, alcanzado el nivel óptimo de maximización de mi ocio facebookero, llegaron los rendimientos decrecientes, me aburrí y lo cerré.
De modo que en esta ocasión el aburrimiento me produjo la curiosidad reactivar la cuenta para saber qué había cambiado desde noviembre de 2012. Así lo hice y encontré que en lo que hace al portal casi todo sigue igual, aunque por lo que pude observar en el corto tiempo que husmeé por aquí y por allá en lo que hace a mis contactos sí han habido algunos cambios. Desde luego que éstos no me sorprenden, finalmente las personas no permanecemos inmutables a través del tiempo, pero sí me generan una suerte de asombro, algunos recuerdos, algunas sonrisas y algunos bostezos. Hay quienes cambian en la apariencia pero en el fondo siguen siendo los mismos. Sin embargo me da gusto por todos ellos. A algunos los veo en el mundo real, no con la frecuencia que quisiera pero sé qué es de su vida (su bajada ya es su asunto privado), a otros no los he visto desde hace mucho pero en ocasiones los recuerdo; a otros más ni siquiera los recordaba pero esa fugaz incursión me permitió recordarlos.
Quizá algún día reactive mi cuenta en forma tanto más permanente. Pero de momento no siento el interés por hacerlo. Si ya así, sin un distractor tan potencialmente adictivo como Facebook mis pasatiempos intelectuales se han atrofiado, teniéndolo a mi alcance de nuevo creo que podría acelerar la pauperización de mi pensamiento.
Sí, quizá en esta ocasión vengo más “molón” que las veces anteriores respecto a la decadencia de mi ethos arrogante y mala leche pero creo que estoy cursando la infame crisis de los treinta y tantos (yo, que pensé que eso nomás les sucedía a los tipos descerebrados que se negaban a crecer y madurar), así que discúlpame amable lector por tener que presenciar este bochornoso espectáculo. Espero que la próxima ocasión que venga por acá me encuentres más ecuánime y flemático, aunque no te lo prometo.
17 feb 2014
Sigo aquí...
Por razones laborales y también por abierta, franca y vergonzosa flojera no tuve oportunidad (ni ganas) de escribir en este espacio durante buena parte del año pasado. Con cierto cinismo debo reconocer que han quedado lejos los días en que me daba pena a mi mismo por dejar de lado uno de mis otrora pasatiempos favoritos, que era precisamente escribir. Al contrario, en cierta medida me llena de satisfacción haber superado marginalmente la cantidad de posts publicados en 2012.
Así que no es mi intención, ni tendría porqué justificar mi falta de inspiración o interés para escribir como lo había hecho habitualmente en años previos, cuando las redes sociales eran aun incipientes armas de destrucción masiva y apenas se gestaba embrionariamente la tiranía de la imagen y el tag sobre la inteligencia, la imaginación y decencia ortográfica que durante mucho tiempo prevaleció en lo que por entonces se llamaba la blogosfera.
Sin embargo, al igual que las pequeñas embarcaciones ante las tempestades, confieso que he sido débil y he sucumbido ante el maremoto de superficialidad, estupidez y falsas pretensiones que inunda actualmente las redes sociales. La distancia que me separa de los selfies y e Instragram es una aplicación no instalada en mi teléfono celular.
Sencillamente me he abandonado al microblogging, autocensurando y mutilando mi capacidad analítica quizá inconscientemente influenciado por el social branding que define a la actitud de las generaciones contemporáneas: "¡qué hueva!".
Esto de ser un "Gutierritos" o "Godínez", por muy ejecutivo que se pretenda, tiene sus costos intelectuales. Y no podría ser de otra manera cuando el nivel de las charlas oficinescas se reduce a comentar sobre automóviles, gadgets, telenovelas y el postre que ofrece doña Lupe todos los días en su cocina económica.
Frente a esa circunstancia plantear una discusión en torno a los alcances conceptuales la epoché husserliana no es sólo una transgresión a la Pax Oficinística, sino una apuesta segura al ostracismo. De modo que esa circunstancia constituye un factor central en el proceso de desmantelamiento de mi intelecto y mi gusto por la escribidera. Así que si ahora mismo puedo articular un par de párrafos con un mínimo de coherencia sintáctica y expositiva es casi por milagro (nótese que ahora he comenzado a depositar mi confianza en los fenómenos sobrenaturales relacionados con la fe).
Por supuesto que todo esto me ha generado intensos episodios de crisis existencial cuando, como en los días previos al fin de año -que siempre son propicios para la introspección y el balance general respecto al curso de la vida de cada quien- mirando en retrospectiva reparé en el hecho de que antes, hace ya mucho tiempo, era ordenado al pensar, escrupuloso al escribir, arrogante al debatir y sarcástico al momento de fastidiar al prójimo.
Comparado el yo de aquel entonces con el yo del presente reconozco que hay una distancia cualitativa muy notoria. Aunque eso no significa que la parte esencialmente jodedora de mi ethos haya fenecido. Aún ahora me siguen causando conflicto e irritación muchas actitudes, modas e ideas prevalecientes entre las amplias mayorías, así como su falta de reflexión y su abandono a la exhibición y la aspiración frívola. Sólo que no encuentro la suficiente motivación para plasmar ese malestar por escrito porque, en el fondo, sé que la tiranía de lo efímero, sintético y conciso genera la sensación de no tener tiempo para leer tal retahíla de quejumbre.
Por ejemplo, hace poco mientras esperaba el cambio de la luz del semáforo en una de las avenidas más transitadas de la ciudad, veía con mucha curiosidad que un grupo de chavitas de no más de 25 años se tomaban fotos con la cámara de su teléfono celular en una jardinera bastante ordinaria y descuidada. Ese hecho me hizo pensar en que antes del advenimiento de la fotografía digital las personas administrábamos las poses para los acontecimientos importantes. No era barato revelar los rollos fotográficos y éstos además tenían un número limitado de exposiciones.
Hoy en día hasta una mugrienta jardinera es motivo para una fotografía en la cual, además, se exhibe uno de los vicios ocultos de la condición humana que hasta hace muy poco había permanecido circunscrito al ámbito de lo íntimo. Sí, me refiero al vicio del exhibicionismo que las redes sociales y la fotografía digital han potenciado hasta el límite del paroxismo.
Anteriormente, después de ser reveladas, las fotografías se guardaban cuidadosamente en un álbum y constituían una fuente de privacidad a la cual muy pocos tenían acceso. Quién no recuerda aquellos momentos de visitas familiares o de amigos íntimos a los que se les mostraban las fotografías de los distintos acontecimientos que iban marcando la historia personal y familiar; o aquellos otros bochornosos episodios en los que la madre orgullosa de su vástago mostraba a la novia de éste las fotografías en las que salía retratado en calzoncillos con la cara chamagosa, el pelo desaliñado y las mejillas empapadas de lágrimas.
Ahora esa barrera de intimidad ha sido demolida. Sin el mínimo escrúpulo las personas se abandonan a la exhibición pública; es más, hasta la desean. Ahora las fotografías no se toman para recordar un momento especial, sino para exhibir a los demás la vida cotidiana, para construir una apariencia y para tratar de engañar con ésta a quien se deje. Es un mecanismo de autorrealización y construcción de la identidad bastante pobre.
Por supuesto, habrá quien no concuerde con esta perspectiva, pero antes de que ese gentil lector prepare su contundente batería de argumentos, permítame expresar que no he compartido tal perspectiva para pontificar y convencer acerca de la objetividad y veracidad de la que carece. Sencillamente es algo que percibo y que me preocupa porque su vacuidad e irreflexividad algún impacto deben tener en el curso general de los asuntos que deberían ser de interés común. Pero eso ya es tema para otra conjetura que podría ser expuesta en otra ocasión.
Por el momento baste este desahogo y señal de vida por parte de este humilde y analfabeta funcional mortal para quienes en algún momento han considerado entretenidas algunas de las ocurrencias que aquí se han publicado.
Perdonad ortodoxos la conversión en lo que soy ahora.
13 ago 2013
Aquellos tiempos...
Para seguir con la nostalgia y el pañuelo de la última entrada de este anónimo e intrascendente blog, en esta ocasión escribiré acerca de mis años maravillosos como pobresor universitario motivado por una charla reciente acerca de aquellos tiempos y el reciente inicio de los cursos en la Universidad.
Si bien desde que estudiaba la licenciatura ya consideraba la idea de algún día convertirme en profesor, en gran medida motivado por la enorme admiración que sentía por los maestros que me dieron clases, no visualizaba tan próxima la posibilidad, ni tan circunstancial como ocurrió.
Sucede que como resultado de mi innata inteligencia y dedicación al estudio, desde que ingresé al primer semestre de Ciencias Políticas y Administración Pública había obtenido buenas notas en todas las asignaturas. Sin embargo, al terminar de cursar Filosofía y Teoría Política Contemporáneas en el séptimo semestre obtuve la deshonrosa nota de 9.5 para mi ensayo final que versaba sobre alguna mamada metafísica relacionada con la política, pero en el cual -dicho sea de paso- ya se vislumbraba con mucha claridad la complejidad, vastedad e intrepidez de mi pensamiento.
Indignado por tan deplorable acontecimiento, me dirigí a la oficina de la profesora que había impartido el curso para exigirle una explicación objetiva y contundente del porqué de esa nota tan ignominiosa. Ella me recibió amablemente y con mucha cortesía me explicó que mi ensayo le había parecido una soflamería pretensiosa, pero que comparada con las estupideces que mis demás compañeros habían escrito, era la soflamería con la nota más alta ya que nadie había alcanzado el 10 como calificación, lo cual restituyó mi orgullo intelectual y me hizo sentir como un filósofo o sociólogo francés (por aquello de la soflamería pretensiosa).
Acto seguido a las aclaraciones y disculpas pertinentes, la profesora me preguntó sí me gustaría ser su ayudante en el próximo curso, en el cual impartiría la asignatura de Filosofía y Teoría Política II, que era la continuación de la revisión de los filósofos y teóricos políticos clásicos que iniciaba en Gianbattista Vico y culminaba en Max Weber.
Evidentemente le respondí que aceptaba con gusto ser su ayudante y que estaba dispuesto a tolerar estoicamente ser su gato particular, cargarle el bolso, llevarle el café y firmarle sus asistencias a cambio de que me iniciase en el arcano mundo de la academia (la de la docencia, no la de TV Azteca).
Así fue como, al inicio del siguiente curso, siendo las seis de la tarde en punto, me apersoné en el salón B 301 de la Facultad, cerré la puerta tras de mí y dirigí la mirada a la docena de alumnos que miraban con incredulidad y quizá también con un tanto de decepción, que alguien un par de años mayor que ellos sería su profesor adjunto -en adelante “el adjunto”- probablemente durante todo el semestre, pues era práctica común entre algunos profesores de carrera no impartir sus clases por considerar casi una humillación tener que enseñar en licenciatura. Pero éste no era el caso. Con la profesora titular habíamos acordado que yo impartiría la primera media hora de la clase y la hora y media restante la impartiría ella.
Así que ahí estaba yo, con mis veintipocos años a cuestas, mi morral de intelectual progre de Coyoacán, mis notas acerca de la “Historicidad de la filosofía política” escritas en un bloc óptico, mi gis y mi borrador.
Con un poco de inseguridad en la voz que denotaba mi nerviosismo me presenté ante los alumnos diciéndoles que yo sería el ayudante de profesor. Sólo hasta el momento de pronunciar esas palabras fui consciente de la responsabilidad que denotaban, pues implicaban tener que hacer todo lo que el profesor titular no tenía ganas de hacer, es decir, revisar los controles de lectura, calificar los ensayos, recomendar bibliografía y atender a los alumnos con dudas sobre los temas de la clase.
Ya cuando comencé a disertar sobre el tema que había preparado y noté en la mayoría de los rostros que prestaban atención a mis palabras, comprendí que más allá de la charolez que significaba ser profesor universitario, realmente me gustaba el oficio de enseñar.
Sin embargo, todo lo narrado hasta ahora no describe cómo era mi actitud ya como profesor titular, pero lo resumiré en un par de palabras: era un profesor gandaya. Es decir, no era el tipo de profesor que quería ser amigo de los alumnos, ni el pedante que pretendía mirarlos siempre hacia abajo, ni mucho menos el que quería tener un club de fans que lo alabara.
Era más bien distantemente cordial o sobriamente amable. Aunque ahora que lo pienso, creo que en realidad sólo me importaban los alumnos cuando estaban en mi clase. Me interesaba que retuvieran un poco de lo que les decía, que hicieran caso de la bibliografía que les recomendaba, que se interesaran en los libros de literatura que les leía en la última hora de la clase de los viernes. Pero fuera del salón lo cierto es que detestaba que se me acercaran, que intentaran ser mis amigos, que las alumnitas tontitas y bonitas mostraran su síndrome de Julissa (por aquello de querer ser las consentidas del profesor). No me interesaba tener fans y cuidaba mucho mi endeble e incipiente imagen de joven profesor. No podía darme el lujo de que los demás colegas me vieran por los pasillos con un enjambre de alumnos rodeándome. Me disgustaba.
A estas alturas y después de ya varios años de haber dejado la Facultad no sé si mi desempeño fue bueno, malo, regular o intrascendente. Nunca me he encontrado a algún alumno para preguntárselo o para que me lo diga. Pero me queda el recuerdo haber sido parte de la Universidad, de haberme esforzado en preparar las clases y de intentar hacer entendibles los en ocasiones oscuros párrafos de la obra de algunos autores y de escuchar y aprender a tolerar una diversidad de opiniones y también –porqué no- de sinsentidos, como las estupideces de este blog.
24 jul 2013
Panikkar y la razón de mi no optimismo
Hace ya seis años -justo por estas fechas- oí por primera vez el nombre de Raimon Panikkar Alemany en la cátedra Global Ethics de la Vanderbilt University, en Nashville, Tennessee.
Por aquellos entonces quien esto escribe era un entusiasta, joven, brillante y prominente profesor universitario (sobra decir que también poco humilde y más bien soberbio, ególatra y presuntuoso como el lector podrá notar) interesado en la filosofía política, la teología y la ética. De ahí que haya podido obtener una beca para asistir a dicha cátedra entre cuyos lecturers figuraba precisamente Panikkar, cuya disertación no fue presencial sino virtual mediante videoconferencia.
Ese único “encuentro” fue singular por muchas razones. Una de ellas porque el nivel de comprensión auditiva del inglés por parte del profesor universitario no era precisamente el óptimo, y el inglés con acento catalán y balbuceos con el que pronunciaba su ponencia el senil conferencista Panikkar dificultaba captar la totalidad de sus ideas. Otra razón era el hecho de que tales ideas, pertenecientes al punto de confluencia de la filosofía y la teología, me eran hasta cierto punto ajenas aunque no del todo desconocidas.
Sin embargo, logré captar algunos planteamientos en torno a la ética como disciplina dialogal y compartida en la que la aspiración a la universalidad de sus normas y cosmovisión debía surgir del encuentro cultural de la otredad consigo misma, es decir, de las diferentes culturas entre sí, pues “lo otro” es siempre lo ajeno y lo ajeno es una constante dado que no hay una única cultura, sino diversas.
Esta remembranza viene a colación porque la reciente visita de Jorge Mario Bergoglio Sivori, (el Papa Francisco) a Brasil ha desatado el entusiasmo de muchos columnistas que ven en dicho acontecimiento una oportunidad de renovación de la Iglesia por lo que el acto en si mismo significa; es decir, la asistencia de un Pontífice presuntamente reformista al Encuentro Mundial de Jóvenes (que por tal condición son supuestamente dinámicos y siempre dispuestos a cuestionar el orden establecido y empujar cambios trascendentales) organizado en un país sudamericano en cuyo seno religioso surgió una teología disidente a la dogmática imperante: la teología de la liberación.
No comparto tal entusiasmo y más bien disiento de quienes aun ven en el Papado un liderazgo carismático, influente y transformador. Ciertamente es una institución que aun posee algunas de esas cualidades, pero pienso que no son las necesarias ni tienen el empuje para lograr transformaciones que vayan más allá de la propia Iglesia Católica como comunidad de fe.
Aunque si tal viso de esperanza o posibilidad reformadora existiese en la figura de Bergoglio, quizá debiera de expresarse en un planteamiento discursivo más ecuménico, que no por ser tal está exento de valores, sino que por esa condición puede llegar a un auditorio más amplio que el de la comunidad católica. Pero ello depende del contenido y éste debiera rescatar el planteamiento en torno a la ética desarrollado por Panikkar, que curiosamente también fue sacerdote católico; de lo contrario, aunque sea un hombre “venido del fin del mundo” –como el mismo se definió al asumir el Pontificado- el entusiasmo renovador y la intención de desempeñar un papel activo en la esfera global mostrado por Francisco, se irán diluyendo en el océano de las expectativas incumplidas por líderes y movimientos de diversa índole y escala.
18 jul 2013
El microblogging y la pauperización de la cultura
Después de poco más de un año, apenas ahora he conseguido reunir el valor y hacer a un lado la vergüenza para confesar que abrí una cuenta de Twitter. Sí. Yo que fui un crítico acérrimo de esa red social en este mismo espacio, ahora soy uno más entre sus millones usuarios.
Desde luego que no pretendo justificarme diciendo que abrí la cuenta más por necesidad que por gusto. Pero en cierta medida algunas cuestiones de información relacionadas con mi trabajo me impulsaron a socavar mi congruencia personal para tratar de entender el funcionamiento y la dinámica del microblogging, tan diferente a la hoguera de vanidades y frivolidades visuales del Fakebook (¿o era Facebook?), que ya tiene más de seis meses que tomé la decisión de abandonar, un tanto impulsado por el hastío producido por la carencia de contenidos interesantes y la desbordante abundancia de acontecimientos intrascendentes para mis intereses personales. (Básicamente me aburrí de husmear en las fotografías y los “posteos” de mis “amigos”).
No obstante, que Twitter y su dinámica sean diferentes a las de Facebook no significa que sean mejores. Ahí también campean la cretinez, la frivolidad, la vacuidad y la superficialidad; sólo que, para fortuna de todos, sus apariciones aunque permanentes son fugaces y seguirlas o no es una cuestión opcional. Es un poco como sucede cuando se prueba una droga: es uno mismo quien decide su adicción.
Pero, principalmente, Twitter está hecho para escribir y leer, no para mirar y aspirar (que no suspirar). Y es precisamente en este aspecto en cual radican al mismo tiempo su fortaleza y su debilidad.
Por una parte, la limitación de los 140 caracteres exige desarrollar una cierta capacidad de síntesis para expresar una opinión o una idea con la suficiente claridad y precisión para que pueda resultar atractiva al resto de los usuarios. Eso desde luego, tratándose de usuarios con cierto sentido común y discernimiento, que generalmente son los que pasan de los 20 años y tienen la fortuna de prodigiosamente haber terminado el bachillerato, cursar o haber concluido estudios universitarios. El resto son adolescentes imberbes que muestran sin recato alguno la precariedad de su cultura y la degradación de la lengua escrita.
Por otro lado, esa misma limitación de extensión propicia que en muchas ocasiones se sacrifique la sintaxis y el correcto empleo de la ortografía para escribir aberraciones que corrompen el idioma.
Sin embargo, el proceso de pauperización que más preocupa -y aquí sale mi afición por la Sociología- es el que se observa en el nivel cultural de un sector mayoritario de “tuiteros”.
Casi a diario hay etiquetas (hashtags) relacionadas con racismo, clasismo y discriminación que se vuelven tendencias principales (trending topics), lo cual refleja la intolerancia e ignorancia que caracteriza a los usuarios que las emplean.
Casi a diario hay etiquetas (hashtags) relacionadas con racismo, clasismo y discriminación que se vuelven tendencias principales (trending topics), lo cual refleja la intolerancia e ignorancia que caracteriza a los usuarios que las emplean.
Ese hecho por sí mismo es preocupante, pues el trecho entre la manifestación de ese tipo expresiones en una red social y la realidad cotidiana es muy corto. Es decir, lo que se expresa en la red social bajo el salvoconducto que significa estar detrás de un monitor (o de la pantalla del teléfono móvil), es lo que se piensa pero no se expresa directamente porque aun existe una suerte de contención social ejercida por la corrección política; esto es, el temor a quedar mal ante los demás y perder sus simpatías.
En la red social tal temor se disipa, porque la afinidad entre quienes reproducen ese tipo de manifestaciones de intolerancia es viral, de ahí que sus etiquetas (#Eresnacosi, #Esdeindios, etc) rápidamente se conviertan en tendencias y actúen en forma ovejuna canalizando un poco de su resentimiento o inclinación al escarnio mediante el “trolleo” (acoso sistemático) a otros usuarios que piensen diferente.
Desde luego, la fatuidad tampoco podía faltar y es común también encontrar en Twitter muchos intentos de personal branding atrevidos, irreverentes y antisistémicos (desde su perspectiva, claro está), así como las ya clásicas fotografías retocadas y los personajes carentes de estima personal que la buscan a través de la aceptación y la adulación de los demás. Pero eso es un universal de la sociedad humana (Norbert Elías dixit) que existía mucho antes de las redes sociales, pero que éstas han potenciado a sus máximos niveles.
En fin, que si además de leer las estupideces que escribo aquí también quisieran leer las que microbloggeo, me pueden encontrar como @Zuniga_Vic. Será un gusto para mi darles follow back.
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