27 sep. 2008

Inseguridad

Este texto lo escribí ayer viernes por la noche; pero ya no pude publicarlo sino hasta ahora.


Inseguridad

Antes de comenzar a escribir este post, y así sirve que se me pasa el susto y la muina, quisiera pedirles una disculpa sentida a mis gentiles lectores por el dislate ése que escribí en el post anterior. Es verdad; me traicionaron los traumas de la adolescencia.

Y el hubiera… ¿qué decir del hubiera, además de que no existe?

En fin, una disculpa. No lo vuelvo a hacer.

Y ahora sí, quiero escribir lo que me sucedió hace un rato (son las 8:45 de la noche del viernes 26 de Septiembre).

Resulta que venía llegando tranquilamente del trabajo, decidiendo acerca de mi asistencia a una fiestecita en honor de unos amigos de la Facultad, que aprobaron su examen de grado (a la que sí voy a ir para desestresarme), cuando al dar la vuelta a la esquina de la calle donde se encuentra el edificio en el que vivo, había decenas de patrullas con las torretas y las sirenas encendidas, policías con las armas desenfundadas corriendo de un lado para otro, apuntando en diversas direcciones, gente asustada refugiada debajo de los autos y en el suelo y un helicóptero sobrevolando con la luz de un enorme faro apuntando en diversas direcciones.

Y pues nada, que a unos delincuentes que eran perseguidos por la policía se les ocurrió cortar camino precisamente por la calle en la que vivo, precisamente a la hora en que yo iba llegando a mi casa. Y como se vieron acorralados por todas partes, se les ocurrió la todavía más estúpida idea de enfrentarse a balazos con los policías, escondidos en lo que hace algún tiempo fue una pensión para guardar automóviles, que por fortuna se ubica a unos cien metros del lugar donde yo vivo. Aunque necesariamente tenía que pasar por ahí para poder llegar a casa.

La verdad eso de las persecuciones y los tiroteos entre policías y delincuentes sólo lo había visto en las películas de Joligud, con Bruce Willis o Steven Segal como los héroes que con un solo cargador de su pistola automática, con capacidad para quince balas, podían matar como a cincuenta malosos… pero nunca había estado en medio de uno real, con policías gordos y otros no tanto, que en lugar de proteger primero a los civiles que por accidente estábamos en medio del fuego cruzado, andaban corriendo súper tensos de un lado para otro. Y pues sí me dio miedito porque es bien incierto lo que puede suceder en un momento de crisis. Yo no sabía ni para dónde caminar porque los policías corrían para todos lados gritando y con las armas en las manos. Y mi angustia aumentó todavía más porque para llegar a mi casa tenía que pasar necesariamente por donde estaba todo el borlote.

Y bueno, esto me hace pensar en dos cosas. La primera y la segunda (perdón, pero después del susto estoy revisando que mi sarcasmo no haya sufrido daños). La primera es el grado de descomposición social y violencia al que hemos llegado en México como sociedad. La maldad no tiene cara de un chivo con forma humana, cuernos, pezuñas y ojos rojos. La maldad es banal, ordinaria. Cualquier imbécil que sea objeto de una crisis neurótica puede tomar una pistola y disparar a quien se le ponga en frente.

La maldad son los tipos que roban no ya para poder subsistir y paliar la pobreza, sino para vengarse de una sociedad que les ha dado la espalda; o porque simplemente es su estilo de vida.

De aquí que haya que repensar esa idea estúpida de la pseudo izquierda de este país, que dice que existe la delincuencia porque el maldito sistema económico capitalista y los asquerosos neoliberales que lo operan, son unos facciosos que oprimen al pueblo bueno, el cual ante la cerrazón y carencia de oportunidades, se ve obligado a robar para poder comer. Eso es una completa estupidez. La delincuencia en México, con los niveles de violencia que se presenta, está mucho más allá de cuestiones ideológicas románticas a lo Pepe el Toro. Se trata de un serio problema de descomposición del tejido social.

Los tipos que toman un arma y amagan a un transeúnte o a un automovilista para despojarlo con violencia de sus pertenencias, son auténticos sociópatas. Gente que siente placer al desafiar y someter a la sociedad con sus gritos, su histeria y su irracionalidad.

Ya no hablemos de los que secuestran y cercenan el cuerpo de sus víctimas.

Esos niveles de salvajismo no demuestran más que un gran resentimiento contra los demás, una reafirmación de una personalidad autocrática que ha sido durante mucho tiempo humillada y excluida.

Los tipos que hoy se enfrentaron a tiros con los policías cerca de mi casa, son un reflejo de lo peor de nosotros mismos; porque debemos reconocer que nosotros hemos ayudado en gran medida a hacerlos los sociópatas consumados que nos roban, nos secuestran y nos intimidan.

La otra idea es la de readaptación social. Es decir, en el muy probable caso de que a esos tipos que valiéndoles madre las personas a las que pudieron haber herido o matado mientras huían de los policías, los consignen ante un juez y éste les dicte sentencia condenatoria, ¿cómo se les puede “readaptar” para integrarlos nuevamente a la sociedad? ¿es posible lograrlo?

Mucho me temo que no. Las cárceles en este país son verdaderas universidades del crimen. Un delincuente común puede salir de un reclusorio convertido en un experto secuestrador, o extorsionador, o roba autos Un tipo que siente placer al ser perseguido y saber que puede matar o morir, ya no puede ser reinsertado en la sociedad, porque además la propia sociedad está enferma. Padece una anomia, carece de la idea de legalidad, de civismo. Somos verdaderos animales que cruzamos las calles por la mitad en lugar de hacerlo por las esquinas, que tocamos la bocina del auto ante la menor provocación, que todo el tiempo andamos de mal humor y de prisa, desconfiados y recelosos; somos la sociedad en la que nadie es pendejo, o más bien, en la que nadie acepta su pendejismo porque hacerlo sería tanto como revelar una suerte de debilidad homosexual, y de paso, también somos una sociedad homófoba e intolerante.

En una sociedad como la nuestra es difícil lograr la reinserción de personas dañadas profundamente en su psique; personas que odian con ardor a todos los demás y a si mismos. Personas que buscan la venganza y el desquite, que pretenden someter, asesinar, extorsionar, golpear, amenazar. Personas malditas.

Es por eso que este país cada vez me decepciona más.

Nos está cargando el payaso y nomás no hacemos nada para evitarlo.

Eso es lo más triste.

P.S Durante años la zona en la que vivo fue considerada una de las más seguras de Coyoacán, en el sur de la ciudad. Ahora creo que ya no será así.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Wow!!, si que es horrible, triste, y cierta la situación que se esta viviendo en la actualidad, pero no solo en México, sino también en otros lugares; por ejemplo en Phoenix, Az. donde estoy, es muy similar la inseguridad, sin contar el racismo, entre otras cosas mas. No se en que momento se ha escapado de las manos, pero cada vez se mira peor la situación. Y que decir de la solución, si estamos borbardeados de peliculas donde la vida no vale mucho, videojuegos sangrientos, sin contar la falta de comunicación interfamiliar, valores perdidos en el camino, etc.
laura

LicCARPILAGO dijo...

civismo, que palabreja tan complicada. No existe esa materia en las escuelas secundarias desde principios de los 80's.

yo voy a intentar boicotear el grito del año que entra.

¿que se puede hacer? ¿como debemos proceder como sociedad para sanarnos socialmente?

porque ya sabes lo que se dice: no me digas qué, mejor dime cómo.