


Así que sólo queda asirse a la información que se genera y tratar de procesarla lo más rápido posible, estableciendo ciertos vínculos causales.
El hecho objetivo hasta ahora es que se desplomó un avión pequeño es una zona muy concurrida de la ciudad, causando graves daños materiales y la muerte de transeuntes, automovilistas y, sobre todo, funcionarios públicos federales de primer nivel.
De aquí debe partir la primera relación causal.
Juan Camilo Mouriño y José Luís Santiago Vasconcelos eran colaboradores del primer círculo del Presidente Calderón. Funcionarios dedicados generar y mantener las condiciones para la estabilidad política y social del país. La lectura política, por tanto, debe apuntar al vacío que ambos funcionarios han dejado, a la forma en el Presidente habrá de llenarlos, y al manejo de la información en torno al acontecimiento que produjo su muerte.
Más allá de esto todo es especulación.
Sin embargo, en política no todo, de hecho muy poco, es claro en su significado, dimensiones y contenido. De manera que lo que podría dar indicios de la magnitud y la verdad subyacente a la muerte de esos funcionarios, serán los nombramientos que haga el Presidente para cubrir ambos puestos.
Si a Gobernación llega un funcionario con un perfil más inclinado hacia el tema de la seguridad nacional, como, digamos, Jorge Tello Peón, la señal será muy clara: la muerte de Juan Camilo Mouriño fue el resultado exitoso de un atentado. Si, por el contrario, llega un hombre con un perfil más bien político, el mensaje será que desafortunamente se trató de un accidente.
Lo desafortunado y lamentable sería que aun tratándose de un acto perpetrado por la delicuencia organizada, el Estado mexicano se niegue a aceptarlo y pretenda tratar a sus ciudadanos como menores de edad.
Pero de momento, sea cual fuere la causa del accidente aereo, lo que hay que cuestionar es la capacidad de respuesta y el manejo de crisis de los órganos de inteligencia del país, que permitieron que se generara tal cantidad de desinformación durante los primeros minutos del percance, que hicieron que los familiares de quienes trabajamos por la zona, nos llamaran preocupados porque corrían versiones muy aterradoras.
Habrá que esperar, pues. Por lo pronto que cada quien siga maquinando su propia teoría de la conspiración.