7 nov. 2008

Obama

Con eso de que a falta de pájaros en la ciudad, a los niños les da por dispararles con su resortera a los avioncitos con las azoteas de sus casas, derribándolos inmediatamente, no había tenido la oportunidad de escribir acerca del triunfo electoral de Barack Hussein Obama, candidato del Partido Demócrata a la Presidencia de los Estados Unidos de Norteamerica. Sin embargo no me aflige no haberlo hecho, porque independientemente de que en México la nota pasó a segundo término, en prácticamente todo el mundo se ha escrito hasta la saciedad acerca de las expectativas y el simbolismo implícito en la victoria del Senador por el Estado de Illinois.



Fiel a mi costumbre de ser el aguafiestas que arruina la diversión con un comentario desafortunado, debo decir que aunque es loable el triunfo de un candidato de raza negra en la elección presidencial de la todavía mayor potencia económica y militar del mundo, no hay mucho que esperar en cuanto a cambios sustanciales se refiere.

En política las buenas intenciones y el carisma si bien son factores importantes, no son los determinantes en la toma decisiones, y las más de las veces ni siquiera son los más relevantes.

Lo que verdaderamente influye en los procesos decisorios es la solidez de los intereses de grupo surgidos y desarrollados alrededor de los centros de poder.

Y en este sentido, los intereses que giran alrededor del sistema político norteamericano, centrado totalmente en Washington, son de tal manera sólidos y magnéticos, que más temprano que tarde terminaran por atraer la buena voluntad y el carisma de Barack Obama, el Presidente Negro que tendrá que gobernar no como un blanco, aunque históricamente a los blancos les haya tocado reproducir el estilo de gobernar, sino como un jefe de Estado. Y no de cualquier Estado, sino del único que con todo y las críticas, las filias y las fobias que puede generar, es auténticamente democrático; dónde el cumplimiento cotidiano de la ley y de las costumbres (que son la fuente de los sistemas legales anglosajones) ha sido la base de su desarrollo económico y de su prosperidad social.

Por otra parte, el entorno económico en medio del que llega Obama a la Presidencia no es precisamente el más alentador; de hecho pareciera una maldición para los demócratas tener que asumir la Presidencia de los Estados Unidos sólo en las circunstancias difíciles.

William Clinton llegó a la Casa Blanca en un momento en el que la economía norteamericana había entrado en una fase de desaceleración como resultado de las crisis financieras de inicios de los noventa provocadas por las economías emergentes. Ahora Obama llega en un momento de crisis desatado por el propio sistema financiero norteamericano, que curiosamente no ha bautizado sus propias fluctuaciones con nombres tan de mal gusto como el “efecto dragón” o el “efecto tequila”; aunque no sería mala idea que las bautizaran como el “efecto la idiotez de wall street”.

De modo que esa crisis y la solidez de los intereses de los grandes consorcios financieros e industriales (particularmente aquellos relacionados con la guerra), son los dos factores que acotarán el margen de acción del Presidente Obama y las expectativas de millones de personas que confunden el color de piel con la benevolencia, y la opresión histórica experimentada por una raza, con la posibilidad de la transformación encabezada por uno de sus miembros.

La verdad es que eso no es más que una falacia. En la historia ha habido oprimidos y marginados que cuando han tenido la oportunidad de llegar al poder, han actuado tanto o más despóticamente que sus opresores.

Barack Obama puede ser todo lo bien intencionado que él mismo quiera, pero una vez que asuma el mando real de la Presidencia, necesitará mucho más que carisma y buenas intenciones para poder gobernar. Sobre todo siendo plenamente conciente de que, como todo Jefe de Estado que se precie de serlo, primero tiene que velar por los intereses de su propia sociedad, antes que por los del resto de la comunidad intencional.

Por lo demás, la arrogancia y el unilateralismo norteamericanos habrán de persistir y reproducirse porque son cualidades distintivas de la cultura de ése país, y están más allá de cualquier diferencia racial. Si no, pregúntele a Colin Powell o a Condolezza Rice.

1 comentario:

Luis dijo...

Totalmente de acuerdo con la esencia de tu mensaje...pero en estos tiempos nihilistas y depresiones económicas y mentales, la gente necesita creer en algo...