Todos los días, antes de cerrar mi sesión en la computadora de la oficina reviso mi correo electrónico personal y de paso echo un vistazo al messenger para ver quién está conectado.
Ayer por la tarde cuando abrí el messenger salió una ventanita emergente que invitaba a comparar el tamaño de los dedos de las manos para saber cuál era el tipo de personalidad correspondiente. Ignoro si tal ejercicio tiene un fundamento metodológico, y si de casualidad llégase a leerme aquì un psicólogo mucho le agradecería que me ayudase a aclarar el punto; pero haiga sido como haiga sido, el punto es que decidí perder el tiempo observado el tamaño de los dedos índice, medio y anular de mi mano derecha, para compararlos con los esquemas que aparecían en la pantalla, para más señas, en una página de MSN que se llama “amor y amistad” o una cosa similar.
Una vez que hube comparado mis manos y seleccionado el esquema más parecido en el monitor, se abrió otra página en la que había que resolver un test de personalidad. Para no hacer la historia larga diré que el resultado del mentado test respecto a mi personalidad decía que tengo un liderazgo tradicional y que soy una especie de Juan Camaney que masca chicle, baila tango y tiene viejas de a montón, turu rú, pero en versión intelectual y medio mamonesca.
Instantes después aparecieron las fotos de unas chicas que dizque eran compatibles con mi personalidad y cuando caí en la cuenta, ya estaba yo completando un perfil para un portal llamado “match” o algo similar.
Pero lo importante no es la página en sí, ni sus características, por lo demás demasiado parecidas a las de las redes sociales como Facebook o Hi5, donde hay que poner fotos, una breve descripción personal y demás payasadas. No. Lo importante es el perfil mismo de las personas que concurren a ése tipo de herramientas tecnológicas para relacionarse socialmente.
Sé que lo que voy a escribir ya ha sido escrito con antelación y con mucho mayor claridad y fluidez por sociólogos y psicólogos con doctorados y cuando menos un par de artículos publicados en antologías y revistas académicas totalmente desconocidas. Pero es interesante observar cómo personas con un promedio de edad que va de los 30 a los 50 años emplean ésa red social para tratar de encontrar a otras personas con las que puedan entablar una relación afectiva.
Por supuesto que esa situación no es nueva, y que más bien es la versión electrónica de los anuncios de las “almas solitarias” que alguna vez figuraron en las secciones de avisos de ocasión de periódicos y revistas impresas.
Sin embargo, lo que me causa curiosidad y hasta un poco de asombro es esa especie de ingenuidad o hipocresía, banalidad o estupidez, subyacente en el hecho de creer que en un medio totalmente impersonal y por tanto potencialmente propenso a la suplantación de la realidad por la fantasía, como lo es Internet, las personas podrán encontrar a otras personas con las características que exigen: buena apariencia, buenos sentimientos, buena posición laboral y por tanto económica, entre otras más.
Lo que me cuesta trabajo entender es la reticencia a buscar todo eso en el mundo real, afuera de su casa, oficina o del café internet desde el que día con día revisan esperanzadamente sus buzones de correo electrónico, para ver quiénes han observado sus respectivos perfiles y han decidido dejarles algún comentario.
El amor, cualquier cosa que eso signifique y suponiendo sin conceder que pueda existir realmente, no viaja a través de los 0 y 1 de las fotografías digitales, ni en los emoticons que adornan las descripciones personales, ni en tampoco se encuentra en la estupenda sintaxis que estructura una frase efectista escrita en un blog.
Cierto, se trata de un acontecimiento contingente, esto es, algo que sucede cuando nadie espera que suceda. Pero sus posibilidades de devenir una experiencia concreta se potencializan en la realidad inmediata, y quizá el “amor de la vida” de la chica cuya descripción leí y me provocó un ataque de risa seguido de cierta conmiseración debido a la inocencia escondida en sus pretendidos aires de madurez y cosmopolitismo (preocupantes si se consideran los 33 años que afirmaba tener), es su vecino de estacionamiento en el lugar donde trabaja, o el gordo, calvo y malvestido que siempre la saluda gentilmente en el elevador; pero muy probablemente no lo percibe porque existe todo un entorno que paulatinamente, desde su infancia, le interiorizó tal cantidad de estereotipos que la han predispuesto a observar sólo un determinado patrón de prospecto y de relación.
Es como en ésa peli gringa con Jack Black y Cameroon Díaz, en la que el ideal de mujer de él es una chica rubia, delgada y superficial, pero que por obra de un psicoterapeuta aprende a descubrir que lo que realmente importa de las personas no es la apariencia física, sino la esencia espiritual, por decirle de algún modo a esos aspectos de la personalidad que vuelven a alguien interesante, aburrido o detestable, y entonces cae en la cuenta de que está enamorado de una mujer excesivamente gorda pero noble y comprensiva.
Esto es lo que subyace en el imperio de la imagen que representan las redes sociales: la apariencia, el intento permanente de cubrir un patrón diseñado por la sociedad ya sea para autocomplacerse por su pretendido refinamiento en gustos, o bien para contrastarse con lo que no tiene pero que le gustaría tener. Como cuando una familia snob de un barrio popular tilda a la familia vecina de “corriente” siendo que en realidad ambas se ubican exactamente en la misma escala sociocultural.
En match.com se pretende encontrar el amor de los cuentos de hadas, las telenovelas y las historias de Corín Tellado y Bárbara Cartland. Los hombres pretenden encontrar a la mujer bonita pero tonta que puedan presumir como un bonito llavero, aunque escondan esa pretensión real en descripciones personales que apelan a la sensibilidad y la bondad; y las mujeres pretenden encontrar al príncipe azul de los cuentos de los hermanos Grimm. Pero ni unos, ni otros reparan en el hecho de que sus posibilidades de ser felices, cualquier cosa que entiendan por ello, no están en la contemplación de fotografías retocadas, ni en la lectura de descripciones personales falsas, sino en la cotidianeidad de su vida diaria, con el Shrek o la Fiona con la que se cruzan todos los días excluyéndolos del horizonte de su mirada mediante la indiferencia.
Si algo nos han enseñado los maestros de la meditación y la reflexión, es que no debemos buscar afuera y lejos lo que tenemos que descubrir adentro y cerca.
Sin embargo a los mercadólogos, a los publicistas, a los anunciantes y patrocinadores de redes como match.com, de programas como “12 corazones” o telenovelas como las de Fernando Gaitán (de las que algún día escribiré porque son muy interesantes en su construcción dramática y trasfondo social) no les conviene que las amplias masas descubran que son objeto de la manipulación sentimental y de la introyección de patrones de comportamiento afectivo y formas de interacción social, porque entonces sus respectivos negocios se acabarían.
Creo que a Marx ya no le alcanzó el tiempo para decirlo, pero en mis afanes megalómanos lo diré yo: el amor es un producto de consumo confeccionado por el capitalismo, que ha construido sobre él toda una industria en permanente innovación: ayer fueron los anuncios de las almas solitarias, hoy son sitios como match.com, y siempre han sido las canciones románticas.
El amor así entendido no es más que un ordinario producto burgués.
P.S. Me fumé demasiado, ¿verdad? Ya en otra ocasión escribiré de esa especie de contracultura del amor representada por el costumbrismo, en el que el pueblo llano, las clases bajas y los excluidos, expresan con total inocencia sus auténticos sentimientos.
Ayer por la tarde cuando abrí el messenger salió una ventanita emergente que invitaba a comparar el tamaño de los dedos de las manos para saber cuál era el tipo de personalidad correspondiente. Ignoro si tal ejercicio tiene un fundamento metodológico, y si de casualidad llégase a leerme aquì un psicólogo mucho le agradecería que me ayudase a aclarar el punto; pero haiga sido como haiga sido, el punto es que decidí perder el tiempo observado el tamaño de los dedos índice, medio y anular de mi mano derecha, para compararlos con los esquemas que aparecían en la pantalla, para más señas, en una página de MSN que se llama “amor y amistad” o una cosa similar.
Una vez que hube comparado mis manos y seleccionado el esquema más parecido en el monitor, se abrió otra página en la que había que resolver un test de personalidad. Para no hacer la historia larga diré que el resultado del mentado test respecto a mi personalidad decía que tengo un liderazgo tradicional y que soy una especie de Juan Camaney que masca chicle, baila tango y tiene viejas de a montón, turu rú, pero en versión intelectual y medio mamonesca.
Instantes después aparecieron las fotos de unas chicas que dizque eran compatibles con mi personalidad y cuando caí en la cuenta, ya estaba yo completando un perfil para un portal llamado “match” o algo similar.
Pero lo importante no es la página en sí, ni sus características, por lo demás demasiado parecidas a las de las redes sociales como Facebook o Hi5, donde hay que poner fotos, una breve descripción personal y demás payasadas. No. Lo importante es el perfil mismo de las personas que concurren a ése tipo de herramientas tecnológicas para relacionarse socialmente.
Sé que lo que voy a escribir ya ha sido escrito con antelación y con mucho mayor claridad y fluidez por sociólogos y psicólogos con doctorados y cuando menos un par de artículos publicados en antologías y revistas académicas totalmente desconocidas. Pero es interesante observar cómo personas con un promedio de edad que va de los 30 a los 50 años emplean ésa red social para tratar de encontrar a otras personas con las que puedan entablar una relación afectiva.
Por supuesto que esa situación no es nueva, y que más bien es la versión electrónica de los anuncios de las “almas solitarias” que alguna vez figuraron en las secciones de avisos de ocasión de periódicos y revistas impresas.
Sin embargo, lo que me causa curiosidad y hasta un poco de asombro es esa especie de ingenuidad o hipocresía, banalidad o estupidez, subyacente en el hecho de creer que en un medio totalmente impersonal y por tanto potencialmente propenso a la suplantación de la realidad por la fantasía, como lo es Internet, las personas podrán encontrar a otras personas con las características que exigen: buena apariencia, buenos sentimientos, buena posición laboral y por tanto económica, entre otras más.
Lo que me cuesta trabajo entender es la reticencia a buscar todo eso en el mundo real, afuera de su casa, oficina o del café internet desde el que día con día revisan esperanzadamente sus buzones de correo electrónico, para ver quiénes han observado sus respectivos perfiles y han decidido dejarles algún comentario.
El amor, cualquier cosa que eso signifique y suponiendo sin conceder que pueda existir realmente, no viaja a través de los 0 y 1 de las fotografías digitales, ni en los emoticons que adornan las descripciones personales, ni en tampoco se encuentra en la estupenda sintaxis que estructura una frase efectista escrita en un blog.
Cierto, se trata de un acontecimiento contingente, esto es, algo que sucede cuando nadie espera que suceda. Pero sus posibilidades de devenir una experiencia concreta se potencializan en la realidad inmediata, y quizá el “amor de la vida” de la chica cuya descripción leí y me provocó un ataque de risa seguido de cierta conmiseración debido a la inocencia escondida en sus pretendidos aires de madurez y cosmopolitismo (preocupantes si se consideran los 33 años que afirmaba tener), es su vecino de estacionamiento en el lugar donde trabaja, o el gordo, calvo y malvestido que siempre la saluda gentilmente en el elevador; pero muy probablemente no lo percibe porque existe todo un entorno que paulatinamente, desde su infancia, le interiorizó tal cantidad de estereotipos que la han predispuesto a observar sólo un determinado patrón de prospecto y de relación.
Es como en ésa peli gringa con Jack Black y Cameroon Díaz, en la que el ideal de mujer de él es una chica rubia, delgada y superficial, pero que por obra de un psicoterapeuta aprende a descubrir que lo que realmente importa de las personas no es la apariencia física, sino la esencia espiritual, por decirle de algún modo a esos aspectos de la personalidad que vuelven a alguien interesante, aburrido o detestable, y entonces cae en la cuenta de que está enamorado de una mujer excesivamente gorda pero noble y comprensiva.
Esto es lo que subyace en el imperio de la imagen que representan las redes sociales: la apariencia, el intento permanente de cubrir un patrón diseñado por la sociedad ya sea para autocomplacerse por su pretendido refinamiento en gustos, o bien para contrastarse con lo que no tiene pero que le gustaría tener. Como cuando una familia snob de un barrio popular tilda a la familia vecina de “corriente” siendo que en realidad ambas se ubican exactamente en la misma escala sociocultural.
En match.com se pretende encontrar el amor de los cuentos de hadas, las telenovelas y las historias de Corín Tellado y Bárbara Cartland. Los hombres pretenden encontrar a la mujer bonita pero tonta que puedan presumir como un bonito llavero, aunque escondan esa pretensión real en descripciones personales que apelan a la sensibilidad y la bondad; y las mujeres pretenden encontrar al príncipe azul de los cuentos de los hermanos Grimm. Pero ni unos, ni otros reparan en el hecho de que sus posibilidades de ser felices, cualquier cosa que entiendan por ello, no están en la contemplación de fotografías retocadas, ni en la lectura de descripciones personales falsas, sino en la cotidianeidad de su vida diaria, con el Shrek o la Fiona con la que se cruzan todos los días excluyéndolos del horizonte de su mirada mediante la indiferencia.
Si algo nos han enseñado los maestros de la meditación y la reflexión, es que no debemos buscar afuera y lejos lo que tenemos que descubrir adentro y cerca.
Sin embargo a los mercadólogos, a los publicistas, a los anunciantes y patrocinadores de redes como match.com, de programas como “12 corazones” o telenovelas como las de Fernando Gaitán (de las que algún día escribiré porque son muy interesantes en su construcción dramática y trasfondo social) no les conviene que las amplias masas descubran que son objeto de la manipulación sentimental y de la introyección de patrones de comportamiento afectivo y formas de interacción social, porque entonces sus respectivos negocios se acabarían.
Creo que a Marx ya no le alcanzó el tiempo para decirlo, pero en mis afanes megalómanos lo diré yo: el amor es un producto de consumo confeccionado por el capitalismo, que ha construido sobre él toda una industria en permanente innovación: ayer fueron los anuncios de las almas solitarias, hoy son sitios como match.com, y siempre han sido las canciones románticas.
El amor así entendido no es más que un ordinario producto burgués.
P.S. Me fumé demasiado, ¿verdad? Ya en otra ocasión escribiré de esa especie de contracultura del amor representada por el costumbrismo, en el que el pueblo llano, las clases bajas y los excluidos, expresan con total inocencia sus auténticos sentimientos.