22 jun. 2010

No estaría mal no tener que saber qué es lo que va a pasar

En 1996 surgió en Barcelona un grupo de música difícilmente clasificable dentro de algún género debido a la versatilidad de sus interpretaciones, que mezclan ritmos pop ye-ye con rock británico y otras cadencias medio alternativas. Formado por Manolo Martínez y Genís Segarra, Astrud hace su debut tres años después con un álbum cuyo título es bastante sintomático: “Mi fracaso personal”.

La particularidad principal de Astrud son las letras de sus canciones, que entre sorna e irreverencia retratan la complejidad de eso que a falta de un mejor nombre llamamos amor, sobre todo durante la etapa en la que mejor hubiéramos deseado no habernos enamorado, es decir, en la etapa del rompimiento.

Portada de Mi fracaso personal

El título de una de sus canciones es en realidad una reflexión que todos hacemos cuando, después de la desilusión o el quiebre, nos instalamos temporalmente en el presente de los pendejos, esto es, el pretérito pluscuamperfecto también conocido como “el hubiera”.

El título al que hago referencia es precisamente el que decidí emplear para este post: “No estaría mal no tener que saber qué es lo que va a pasar”; aunque realidad pienso que es al revés: estaría bien saber qué es lo que pasará, porque de esa manera se podrían tomar las previsiones para que el batazo duela menos, o para hacerlo menos tortuoso para ambas partes.

Pero eso es en el caso de las relaciones que terminan y para eso hay toda industria musical, editorial y etílica que ayuda a sobrellevar de la mejor manera el rompimiento, el duelo, la nostalgia y la melancolía.

Sin embargo, para el caso contrario, es decir, el del cortejo, las señales y los coqueteos, no tenemos mucho para orientarnos, y quizá se deba a que en ese momento casi nadie se preocupa por analizar tanto las cosas, además de que casi es imposible, porque el cerebro queda atrofiado por el caudal de químicos, enzimas y péptidos que segregan las glándulas correspondientes para enviar las señales de la atracción. Además, supone que las personas nacemos equipadas con la capacidad/habilidad para detectar cuándo le interesamos a alguien más en en forma distinta a la amistad.

No obstante, no todos tenemos bien desarrollada esa capacidad y más bien somos bastante torpes para entender las señales o para interpretarlas correctamente y evitar caer en el ridículo cuando lo que interpretamos como una señal clara, resulta que no lo era tanto.

Ante esa situación yo recomendaría que Zygmunt Bauman escribiera un estudio sociológico acerca del “ligue líquido” (es que en Bauman todo es líquido) antes de que se muera, porque objetivamente ya está viejito; o ya de perdida Jordi Rosado y Gaby Vargas deberían de escribir un “Quihubole con las señales en el ligue”, para que los simples mortales que no somos expertos en hermenéutica ni en el estudio de los rituales, podamos orientarnos y saber cuándo realmente le gustamos a alguien y cuando no, para así evitar esa infame reflexión que da título a la canción de Astrud.

Ahora que no en todos los casos resulta difícil saber cuándo alguien quiere algo y ese algo no es precisamente dinero. Pero hay algunos otros en los que sí es complicado dilucidar la situación, sobre todo cuando previamente se ha desarrollado una relación de amistad, porque entonces ya no se puede distinguir cuándo una señal es más bien una muestra de afecto filial y cuándo es una invitación para pasar de la condición de simplemente amigos, a la de amigos que se besan.

En lo personal hay casos en los que las señales son muy claras y hasta me sirven para saber si tengo que correr para no caer en relaciones obsesivas (porque tengo una suerte para ese tipo de situaciones) o asumir esa condición del enamoramiento de la que habla Frederic Beigbeder en “El amor dura tres años”, esto es, la de tener conciencia de que el amor es como saber que te puedes estrellar contra una pared y acelerar a pesar de todo.

Sin embargo, hay ocasiones en las que me cuesta trabajo dilucidar las señales y entonces comienzo a cavilar un montón de cosas y construir múltiples escenarios para luego concluir que estoy interpretando mal. Y supongo que así como el mío debe de haber muchos, muchísimos casos; tantos, que alcanzarían para formar grupos de autoayuda que podrían denominarse “Complicados Sentimentales Anónimos” y hasta tener su código de los once pasos y once señales.

De esa forma podríamos evitar tener que decir, junto con Astrud “no estaría mal no tener que saber qué es lo que va a pasar”…

3 comentarios:

Lu Cis dijo...

no estaria nadita mal...pero te imaginas? si lo hubieras sabido este post y muchos otros no hubieran existido..
canciones de jose alfredo nu hubieramos cantado y poemas de sabines no hubiésemos leído...
Así son las cosas..
Una vez Eugenia León dijo que a ella le encantaba enamorarse, y más los "chingadazos que eso le trae"...aveces también es padre vivir eso..(cabe aclarar que no soy masoquista) pero la vida es una contínua sucesión de oportunidades para sentir y para vivir como diría alguien por ahi..

Saludos!

VITOCHAS dijo...

Muchísimas gracias por tus palabras, hoy precisamente me han caído como anillo al dedo. Y final lo supe y estuvo bien. La vida no termina por un "no"; es cierto, duele un poco el orgullo, pero eso es también una oportunidad para crecer.

Muchas, pero muchas gracias por leerme y por haber hecho este comentario, que hasta lo puse en el Facebook; por cierto, te doy mi correo por si gustas agregarme: victor_zt@hotmail.com

Saludos

MAEL dijo...

De hecho, nunca sabemos a ciencia cierta lo que va a pasar, eso es lo emocionante de la vida, lo que eleva nuestra adrenalina y nos hace aventurarnos en pos de "algo extraordinario"...