12 abr. 2012

Niños ¿incómodos?

Y sí. Adivinaste estimado lector. Yo también escribiré sobre el mentado videito en el que aparecen unos niños haciendo de policías corruptos, secuestradores y narcotraficantes. 

Contrario a la muy probablemente opinión mayoritaria, que aplaude ese ejercicio de libertad de expresión de traumatizantes efectos mediáticos, a mi no me causa furor justiciero. Y no sólo por mi tendencia natural a ejercer de advocatus diavoli, ni por la indignación tipo señora gorda histérica que ha producido en la clase política y en la intelectualidad inorgánica, el empleo de niños actores para intervenir en el proceso electoral federal en curso, violando las disposiciones legales, sino por la esencia del mensaje que forma parte de una tendencia en boga entre la sociedad civil.

A principios de los años noventa comenzó a gestarse en la escena política mexicana una moda que en ese momento tenía una razón de ser y resultaba efectiva en sus propósitos. Era la moda de constituir grupos críticos, formados por empresarios, intelectuales, ex guerrilleros, curas liberacionistas y activistas ambientales y de derechos humanos. 

Uno de esos grupos que más resonancia tuvo fue el "Grupo San Ángel" del que formaban parte, entre otros personajes, Vicente Fox, Amalia García, Jorge G. Castañeda, Lorenzo Meyer y Elba Esther Gordillo. El objetivo era promover la democracia y aun más específico, impulsar la alternancia en la Presidencia de la República, porque en su diagnóstico -y que conste que había allí intelectuales quesque renombrados y formados en el extranjero- el remedio para todos los males del país era que el PRI dejara de pedorrear la silla presidencial.

Los resultados de la elección de 1994 desanimaron al Grupo y cada uno de sus integrantes tomó su respectivo camino en las intricadas veras de la política, e incluso a muchos de ellos podemos verlos en activo al día de hoy. 

Sin embargo, la moda de la creación de grupos para denunciar con el índice flamígero la perversión de la política prevaleció e incluso se fortaleció por ahí de la primera mitad de la década de los 2000, cuando la ola de la inseguridad se agravó y la arrogancia de algunos liderazgos políticos como el de López Obrador, los impulsó a organizar marchas de gente bonita vestida de blanco para protestar paseando por la Alameda Central. 

En tanto, lo que todos esos grupos no registraron, fue el hecho de que con sus asegunes, peros y renuencias, el país se había vuelto más democrático y por tanto, exigía de nuevas formas de participación política que no se agotaran en la denuncia fácil.

Y es ahí en donde radica el gran problema de videitos como el de los "Niños incómodos" y las ecuaciones sosas del tipo "- políticos y + ciudadanos".

Ser ciudadano no se agota en andar denunciando con el índice flamígero, ni en el áurea impoluta que se forma al pertenecer a una organización de la sociedad civil que no quiere contaminarse incursionando en actividades políticas. Tampoco significa promover una percepción maniquea y bastante rudimentaria de "ciudadanos buenos vs. políticos malos", ni en frases soeces del tipo "estamos hasta la madre".

Ser ciudadano, y esto lo dicen algunos personajes con más o menos "cierta" credibilidad ganada al paso de los años e incluso de los siglos, como Hobbes, Rousseau, Montesquieu y más recientemente Hannah Arendt, es ser parte activa de lo público que es la fuente primigenia de su condición de cive, es decir el que vive en la civitas, que a su vez tiene su origen en la polis, formada por los pólites o politkós (ciudadanos).

Sin embargo, y siguiendo con el rastreo etimológico, pareciera más bien que las críticas que hacen las buenas conciencias de la sociedad civil buena onda, las formulan desde su condición de idiotikós, que para evitar las malas interpretaciones, eran los "privados", aunque para más señas, aquellos que no se ocupaban de los asuntos públicos eran más bien "idiotes".

¿Será acaso que su condición de idiotes (con "s", no con "z") hacen esas críticas "por encimita"?



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