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8 may 2007

La ley de la igualdad

Esa mañana había sido particularmente calurosa. En el cielo, pintado de un azul majestuoso, no se divisaba nube alguna. Sin embargo, en el ambiente se percibía tal grado de humedad, que no era ninguna una osadía profética pronosticar una torrencial lluvia al caer la tarde.

Por las calvas sienes de la testa del maestro resbalaban lentamente unas delgadas gotas de sudor. En su piel cobriza se podía percibir la transpiración provocada por el intenso calor y la humedad, apenas disipada por tímidas oleadas de viento fresco que llegaban desde las lejanas montañas de levante, cubiertas en la cima por una nieve tan blanca que resplandecía con gran intensidad sobre aquel cielo profundamente azul.

A pesar de la inclemencia con la que los rayos del sol se posaban sobre su piel, el maestro conservaba en el rostro y en sus modales esa expresión de serenidad y armonía propia de quienes han logrado desapegarse a los caprichos del cuerpo.

No así el discípulo, que reflejaba en sus facciones y sus hábitos la desesperación precedente al momento de la insolación. Su amplia frente se hallaba completamente bañada en sudor y sus manos se agitaban vigorosamente en torno a sus mejillas, procurando refrescarlas en un esfuerzo más que inútil, agobiante.

Al ver su desesperación, el maestro le conminó a refrescarse en la pequeña fuente que se hallaba a un costado del jardín, cubierta por la sombra de una frondosa palmera que mantenía el agua siempre fría.

Luego de haberse mojado el rostro, el discípulo regresó donde el maestro y le preguntó:

-Maestro ¿es verdad que todos somos iguales ante la ley?

Al escuchar la pregunta el maestro suspiró con suavidad, dirigió su mirada al suelo y permaneció en silencio unos instantes. Luego de meditar la respuesta, miró al discípulo a los ojos y le dijo:

-La única ley ante la cual todos somos iguales, es la ley de la gravedad.

15 abr 2007

No desea morir

Comenzaba a caer la tarde en aquella agreste y lejana región donde se ubicaba, en lo alto de una montaña, la ermita donde el maestro había decidido vivir en retiro para dedicarse por completo a la meditación.

Soplaba un viento frío de mediana intensidad, suficiente para erizar la piel y mover los hábitos como pendones flotantes en lo alto de un asta.

El discípulo caminaba con la cabeza gacha detrás del maestro, tratando de adivinar el camino en una discreta lucha que sus ojos libraban contra la oscuridad que acaecía más deprisa.

Al llegar cerca de un risco, cuya sola percepción provocaba un vértigo aterrador, el maestro se detuvo, suspiró y permaneció en silencio.

El discípulo, contrariado, le inquirió con cierto temor:

-Maestro ¿es que acaso no responderá a mi cuestionamiento acerca de la naturaleza finita o infinita del amor?

El maestro, sin volver la mirada comenzó a hablar en el tono enigmático que le caracterizaba y dijo:

-El amor por si mismo no desea morir. Es más bien el entorno el que le resulta hostil. Cuestionado por todos lados, en muchas ocasiones caricaturizado, trivializado, se ve constantemente sometido a la duda, a la vacilación y al titubeo.

El amor siempre trata de luchar contra cuestionamientos corrosivos, que lo asaltan permanentemente: ¿es correcto esto que hago? ¿realmente me conviene invertir tiempo y energías en el porvenir de una ilusión? Y si mis expectativas no resultan satisfechas ¿qué haré? ¿tendré aun capacidad para volver a creer? ¿existirá realmente alguien que me complemente como pensé que me complementaba él o ella? ¿valdrá la pena esperar más tiempo? ¿es posible que todo eso que busco en él o ella, realmente lo tengo justo frente a mí, pero debido a mi obstinación lo ignoro?- El discípulo frunció el ceño en señal de sorpresa ante las palabras del maestro, pero éste, luego de una breve pausa prosiguió:

-El amor verdadero despierta en el que lo siente la conciencia de su fragilidad, y genera una sensación de fugacidad. Es por eso un despertar trágico de la conciencia, que todo el tiempo estuvo plácidamente dormida, arrullada por el silencio de la indiferencia respecto a los estertores producidos en el corazón por la patología amorosa.

El amor produce delirio, el delirio de que algún día, talvez hoy, mañana o pasado, acabará y no volverá jamás. No por lo menos como vino en esta ocasión, tan imprevisto, tan sublime, tan especial, tan tierno, tan apasionado. Por eso tratamos de aferrarnos a él, de adelantarnos al futuro, de cerrarle todas las puertas para que se quede con nosotros; por eso a pesar de que amamos, de que estamos seguros de amar como nunca antes, nos sentimos tristes, melancólicos. Por eso mantenemos el permanente nudo en la garganta y nos sentimos vulnerados en nuestra autonomía y subjetividad; nos sentimos una variable dependiente de la existencia del otro, porque ya nos sentimos uno; porque ése uno resulta de la incomprensible aritmética amorosa y divina, en la que la suma de dos almas da por resultado una sola.

El amor conlleva la tragedia, pero la tragedia no necesariamente implica al sufrimiento.-

Luego de esta larga argumentación, el maestro se volvió para mirar al discípulo. Al hacerlo encontró en éste una expresión de estupefacción y horror. Entonces le preguntó -¿qué sucede? ¿es que acaso no te ha complacido mi respuesta?- El discípulo lo miró con una seriedad poco habitual y respondió:

-Maestro, con todo respeto, ahora sí se la jaló.