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18 jun 2009

De una pregunta y una respuesta (II)

Honestamente no entiendo por qué las personas conectan su vida a un piloto automático que las conduce invariablemente por la misma ruta: nacer, crecer, reproducirse y morir.

De esos cuatro puntos del trayecto vital, tres están más allá de nuestra voluntad, siempre y cuando no seamos unos suicidas en potencia, porque entonces uno de ellos, que es el morir, reduciría la cuenta a sólo dos. No obstante, con todo y lo horripilante que pueda ser la vida según el Sino personal, nos aferramos a vivirla y no deseamos morir, no cuando menos durante algún otro momento que no sea la vejez, donde más que no desear morir, nos resignamos a aceptarlo como un hecho inevitable.

Decía pues que nacer, crecer y morir son aspectos de la existencia en el mundo que en buena medida son ajenos a nuestra voluntad y más bien la someten. Pero reproducirse, con todo y las explicaciones filosóficas, psicoanalíticas y religiosas que puedan justificarlo, es algo que sí está en nuestro radio de decisión y es producto de nuestra voluntad.

Siendo así, no entiendo por qué hay que someter al escrutinio de los demás una decisión que debería ser íntima, personal y voluntaria.

Casarse y tener hijos es algo bien visto e incluso considerado como el punto culmen de un buen proyecto de vida. Pero hacer lo contrario, es decir, permanecer soltero, es algo reprobable y condenable socialmente, máxime en el caso de las mujeres.

Ahora que la modernidad ha calado un poco en la estructura mental del conjunto de individuos que integran las diversas sociedades del orbe, ya se puede escoger a la pareja e incluso esperar un lapso de tiempo razonable para consumar el acto del matrimonio. Pero anteriormente éste era asunto que competía determinar a los padres de los eventuales novios y la edad no era ningún problema, se podía comprometer incluso a un no nato.

Pero el punto acá es precisamente la aprobación social del matrimonio como un compromiso que todo hombre y mujer deben de cumplir para considerarse y poder ser considerados por los demás, como plenos y “realizados”.

Quienes están al margen de esa norma son considerados desadaptados, amargados o antisociales incapaces de establecer relaciones afectivas de largo plazo.

Sin embargo me parece que el estigma es demasiado injusto. Sobre todo considerando que el vínculo principal del matrimonio debe de ser el amor que, en caso de existir como tal, precisa de vocación.

Así como en otros aspectos de la vida se necesita una inclinación natural o simpatía hacia cierta actividad, así también para vivir con alguien más se necesita de la vocación para amar, por muy ridículo que esto pueda parecer.

Pero el problema, el desafortunado problema que explica que muchas relaciones fracasen y debiliten el tejido social (¡ah! ¡pero qué payaso se leyó esto!), y que explica a su vez la disfuncionalidad de muchas sociedades, es el hecho objetivo de que no existe ésa vocación para amar. Cuando mucho puede existir pasión, deseo, atracción; pero todo eso es finito, acaba después de algún tiempo, pasado el cual viene la separación, y el punto de inicio un nuevo ciclo de equivocaciones.

En lo personal considero que no tengo la vocación para amar, pero confieso que admiro a quienes realmente la tienen porque es realmente una fortuna aprender a convivir, a padecer y a disfrutar a una sola persona durante toda una vida… ¡toda una vida!

Como no tengo ésa vocación, obviamente tampoco tengo el ánimo para conectar mi vida al piloto automático para fingir una satisfacción que no será tal.

No se trata de una cuestión de egoísmo, inexperiencia o desorientación propia de la edad (hay gente de 20 años o menos que se casa –o se tiene que casar- y no sé qué tan orientada y/o conciente pueda ser).

Se trata más bien de una cuestión de reflexión y de disposición: si sé que no tengo buenos reflejos, que soy torpe con las banderillas y que me siento ridículo con el traje de luces, entonces no tengo vocación de torero.

Así también: si sé que mi carácter no el más propicio para una relación afectiva, y que no tengo ni las ganas ni la disposición, ni el tiempo para tener que soportar a alguien durante toda la vida, entonces hacerlo sólo por seguir un patrón sería perder mi tiempo y hacérselo perder ingratamente a alguien más.

Pero también está el otro lado del asunto. La vida, las circunstancias o un Dios bueno, omnipotente y omnisciente nunca deja las cosas incompletas o asimétricas; de manera que la ausencia de una aptitud se compensa con la presencia de otra diferente.

Así pues, quienes no tenemos la vocación para amar tenemos otro tipo de vocación igual de importante aunque no así valorada por los demás.

Piénsese por ejemplo en los sacerdotes, las religiosas o los filántropos. Ellos tienen un tipo de vocación que no necesariamente congenia con la vocación para el amor de pareja, pero no significa que estén privados de la capacidad para desarrollar afectos hacia los demás.

En mi caso particular pienso que no tengo la vocación para amar; pero tengo la vocación para pensar, cuestionar, escribir idioteces, llevarle la contra a la gente y desarrollar un discurso desafortunadamente atractivo para algunas personas.

Esa es mi vocación y me gusta. Aunque también soy conciente del enorme poder de la contingencia y no me niego a la posibilidad de que algún día pueda sucumbir ante una sonrisa o una mirada.

Eso fue lo que le dije a la familia en pleno el fin de semana y confieso que me hubiese gustado cerrar mi discurso con una frase de Heinrich Heinz que me gusta mucho: Dios me perdonará, es su oficio.
P.S Por si hubiere alguna duda lo aclaro: me gustan las mujeres. Soy medio torpe para tratarlas, pero me gustan.

15 jun 2009

De una pregunta y una respuesta

Si hay algo peor que tener que conducir desvelado, cansado y medio crudo (física y moralmente), por más de tres horas por una carretera sinuosa un sábado por la mañana, no lo es el riesgo que ésas curvas significan en un momento en el que no se sabe si lo que se tiene es sueño, sed, calor, gastritis o el preludio de una crisis existencial por algo que no debió haber sucedido (o que quizá sí, aunque lo más seguro es que quién sabe), pero que sucedió de todos modos. Y no, eso no es lo peor.

Lo peor es tener que llegar, después de más de tres irritantes y angustiantes horas de intentar vencer al sueño y a los pensamientos que impedían concentrarse en el camino (y en los hondos barrancos recubiertos de exuberante vegetación que lo flanqueaban), a una reunión familiar en la que está presente la tía insufrible que existe en toda familia numerosa como lo es la del pobre y acongojado mortal autor de estas líneas.

Sí, me refiero a ésa tía que piensa que su vida es un modelo de perfección que debe ser seguido por los demás, y que para más INRI de la situación, tiene el extraño don de la percepción del estado de ánimo, las penas y las alegrías de quien se le ponga en frente y lo que es más importante, de exhibirlo frente a toda la concurrencia.

Pero lo más peor de lo peor es tener que sortear la infame pero invariable pregunta que ésa tía que se cree perfecta suelta durante la hora de la comida, cuando están sentados a la mesa los demás tíos, primos y hermanos. Ésa miserable pregunta es: “¿y cuando piensas casarte hijo?”

Fiel al espíritu de unidad que debe prevalecer en toda familia, siempre había respondido muy cortésmente que ya pronto habría de dar ése paso, que ya tenía una prospecta, que estaba muy enamorado de ella y que sólo esperaba el momento preciso para plantearle la propuesta. Pero antes de todo eso tenía que justificar lo que había pasado con la prospecta anterior, es decir, por qué la relación no había funcionado y cómo se había terminado, para que, inmediatamente después del relato, todos me dieran sus consejos para mejorar en mi próxima relación, desearme mucha suerte y pasar a fastidiar al otro miembro de la familia que anduviese en “malos pasos”.

Sin embargo ésa tarde de sábado decidí ofrecer otra respuesta, mi auténtica respuesta de hecho.

Quizá fue por el calor de los mil demonios que se sentía a ésa hora, o por las ganas constantes de irme a dormir, o los pensamientos que ocupaban mi mente, el punto es que decidí enfrentar a la familia en pleno y plantear mi perspectiva del aspecto afectivo de la vida, de mi propia vida.

Creo que lo hice tan bien, que cuando menos me ahorraré las próximas dos o tres reuniones familiares.

Pero de ésa respuesta escribiré en el siguiente post para conservar el suspense.
Un saludo para quienes me leen, gracias por hacerlo.