13 mar 2007
Llueve
La ciudad ha tomado un nuevo brío. Se mira más limpia.
La gente parece contenta, o por lo menos a gusto viendo la lluvia caer.
Las calles mojadas, las tardes grises, el aire fresco, invitan a pensar, a mirar alrededor y, por supuesto, a recordar y sonreir.
11 mar 2007
Jean Baudrillard
El pasado martes 6 de Marzo murió el genial sociólogo y filósofo francés Jean Baudrillard.
A diferencia de otros intelectuales que lograron cierto renombre mediático, Baudrillard fue un pensador que pasó tan más desapercibido por las páginas de la prensa escrita y los micrófonos de la radio y la televisión. Sin embargo no por ello fue menos importante.
Por el contrario, el autor de Pantalla total (Anagrama) fue uno de los principales críticos contemporáneos de la industria cultural y de los medios de comunicación, que desde su perspectiva han funcionado como cajas de resonancia del vacío y la desmoralización en que se encuentran inmersas las sociedades occidentales desde que el proyecto filosófico de la Ilustración vio su fracaso en las primeras décadas del siglo XX, con el advenimiento de las guerras mundiales y los totalitarismos. Proceso que, por lo demás, también habían advertido los maestros de Frankfurt en los años treinta, pero de una forma muy oscura y pretensiosa (baste leer los textos de Adorno y Horkheimer sobre crítica del arte).
Receptor del existencialismo francés gestado durante los primeros años de la posguerra, Baudrillard fue un hombre poco optimista y más bien escéptico respecto a la capacidad intelectual y política de los hombres de acción, para formular una nueva alternativa a la actual configuración geopolítica y económica. Sin embargo evitó caer en la radicalidad del nihilismo asiéndose al último pilar incólume de la cultura occidental: el humanismo.
Pero al igual que Descartes, Baudrillard hizo del dudar un ejercicio permanente a fin de caer en los excesos de fe y prevenir el eventual y estrepitoso derrumbe de sus propias certezas. De manera que incluso esa simpatía hacia el humanismo estuvo sometida a su suspicacia intelectual.
El humanismo concebido y propuesto Baudrillard no esta fundado en esa antropología totalitaria de factoría europea, que ha pretendido imponer como universal la concepción de lo humano formulada por Occidente, ignorando que sus propias contradicciones han propiciado la decadencia de las sociedades contemporáneas.
Por el contrario, el humanismo en la perspectiva de este filósofo, es un juego de equilibrios y de búsquedas de nuevos asideros, de reflexión y de duda. Se trata de un humanismo primigenio; uno que redescubre su propia genealogía, fundada precisamente en la búsqueda de equilibrios para la inestable condición humana.
Asimismo, Baudrillard advirtió los riesgos del poshumanismo en el que ya estamos inmersos desde hace algún tiempo aun sin reparar en ello.
El poshumanismo es la virtualidad y la virtualidad es la confirmación de que en la hora actual los hombres buscamos desentendernos de los compromisos como una forma harto paradójica de combatir simultáneamente el vacío de la realidad tangible.
Además de propiciar la desmovilización, el poshumanismo propicia una falsa percepción de esperanza en las alternativas ilusorias que ofrece la virtualidad, como si estás fuesen capaces por si solas y desde un ámbito intangible, de impulsar transformaciones radicales como las que otrora logró el humanismo de ascendente iluminista.
En la cotidianidad las consecuencias del poshumanismo son aun más delicadas, porque sustraen a las individualidades de la proximidad de los otros y por tanto afectan su identidad y la percepción de la identidad de los demás, apurando la pérdida de cohesión social y con ello las posibilidades de articular acciones colectivas impulsoras de auténticas transformaciones.
A diferencia de otros filósofos franceses de generaciones próximas a la suya, Baudrillard se dedicó al pensamiento claro y sin ambages, lo que, por supuesto, no le redituó tantos clubes de acólitos o admiradoras deseosas de ser guiadas por un gurú enigmático y grandilocuente, o por un simple retórico de oscuridades dialécticas como Derrida.
Baudrillard, por el contrario, perteneció al selecto club de pensadores navegantes a contracorriente, como Isaiah Berlin o Hannah Arendt con quienes coincidió en la formulación de una crítica aguda al marxismo de manual.
Poseedor de una ironía corrosiva, Baudrillard deslizaba a la mínima oportunidad su escepticismo y su admiración a uno de los exponentes más importantes de la tragedia griega, Sófocles, de quien solía repetir una frase de Áyax: “quien tiene conciencia vive en la infelicidad”, con la que sugería que él no era propiamente feliz…
En lo que va de este año han muerto dos importantes figuras de la intelectualidad que han sido fuente de admiración e influencia en mis propias concepciones del mundo y de la vida, a quienes, además, tuve la oportunidad de escuchar directamente en sendas conferencias magistrales: Kapuscinzky y Baudrillard. Por fortuna han dejado por legado una importante y vasta obra a través de la cual el diálogo con ellos será permanente.
Para finalizar quisiera citar a Baudrillard hablando precisamente de la virtualidad:
Ciertamente hay una profunda fascinación por lo virtual. El hombre está sumido en la virtualidad y atraviesa su espacio mental en un ordenador; virtual e inmóvil, hace el amor a través de su ordenador y sus cursos los da por teleconferencias. Es como un motor con cerebro minusválido. La inteligencia artificial no es inteligente porque no tiene artificio. El verdadero artificio es el de un cuerpo con pasión, con signos de seducción, con una máscara en el rostro y que por esta razón llamamos espíritu. Y la virtualidad ha liquidado la carga de la cultura del pensamiento moderno.
Jean Baudrillard, Ya hemos vivido todas las utopías. Entrevista por Cristina Carrillo de Albornoz en Laberinto, 10/III/07.
9 mar 2007
Jorge Drexler
7 mar 2007
Soñar
Soñar es un acto contingente, no es ni necesario ni indeterminado. Sin embargo es parte esencial de la condición humana, porque en el sueño como en la literatura, podemos vivir -así sea de forma ilusoria y misteriosa- otros destinos, otras vidas. Realizar actos o enunciar palabras que en la realidad de la vida consciente nos están vedados, sea por las reglas sociales, sea por obstáculos y dificultades, o por las limitaciones propias.
6 mar 2007
... continuación de las malas experiencias
Es más bien una especie de terapia para canalizar hacia una actividad lúdica la mala energía acumulada en mi psique, a fin de evitar hacerlo de una forma menos pacífica, como por ejemplo, comprando un arma en cualquier esquina, para después ir a la puerta de alguna escuela a la hora de la salida y comenzar a disparar como poseso a cualquiera que pase por ahí.
Como sea, el punto es que después de regresar a casa me dispuse a mirar una película que afortunadamente compré en DVD pirata, de lo contrario me hubiera jalado de los pelos. La película de marras era "Efectos secundarios" de Isa López.
La verdad no sé cómo o por qué hay productores que se animan a financiar ese tipo de proyectos tan simplones y malogrados.
La historia es demasiado tonta, estereotipada y pretensiosa, pues pretende colgarse de una angustia existencial que sólo es propia de un determinado nicho de la juventud clasemediera, y eso solamente de aquella de las ciudades. Además de que una angustia de ese tipo parece más bien generada por la lectura sistemática de "Tú" o cualquier otra revisteja de ese tipo, pues para la gran mayoría de las personas llegar a los 30 años de edad es como llegar a cualquier otra edad.
Sin embargo para los personajes de la historia, que son bastante imbéciles y utilizan un vocabulario aprendido en los barrios de más baja estirpe, llegar a los 30 años es como una especie de maldición o etapa trascendental en la vida.
De hecho no entiendo porque la directora tuvo que aventarse dos horas de escenas huecas apenas llenadas con vulgaridades y escenas de sexo bastante malas, para echarse un rollo final de psicóloga de colegio acerca de la importancia de cumplir 30 años.
Se suponía que la historia era de comedia, pero el mayor recurso cómico al que llegó la capacidad actoral y de dirección fue una palabra vulgar enunciada por un personaje bastante idiota: verga. A eso pretendió reducir la hilaridad de la historia el guionista.
Y luego se quejan de que no hay apoyos para el cine de factoría nacional.
Por fortuna también compré "Cinderella Man", que es una especie de "Nosotros los pobres", pero con algunos millones de dolares más de presupuesto. Esta sí, muy buena historia y muy actuación.
De libros y malas experiencias
El fin de semana pasado asistí a la Feria del Libro que organiza la UNAM en el Palacio de Minería, en el centro de la ciudad.
Sin el ánimo de parecer culterano, debo confesar que acudir a un evento en el que por todos lados hay libros, discos y litografías de arte es muy deleitable para mí.
No obstante, sé que para otras personas podrá parecer una forma bastante aburrida de perder el tiempo en una actividad tan poco provechosa como recorrer los stands de las distintas editoriales, cuando -en su perspectiva- hay formas más divertidas de pasar un sábado por la tarde.
Pero como a mi no me agrada el ritmo monofónico y las letras sexosas del regeton (no sé si escriba así, y la verdad no me importa); ni los churros enlatados made in Hollywood que proyectan en las salas de cine, pues encuentro más interesante comprar libros y discos, además de tomar un buen café.
Sin embargo en esta ocasión no me agradó mucho andar deambulando entre hordas de adolescentes que infestaban los pasillos de la Feria sólo por orden o sugerencia de sus profesores. De hecho no me agradó andar en el centro de la ciudad precisamente en sábado por la tarde, debido a que por lo general ése día las calles, los restaurantes y los cafés se encuentran totalmente abarrotados. Pero como en el transcurso de la semana no había podido acudir y la Feria terminaría el domingo por la tarde, no tuve otra opción que darme un involuntario baño de pueblo sabatino.
Probablemente parte de mi desagrado se debió a que desde la mañana tuve un sábado inusual. Esto porque a los decrepitos burócratas universitarios se les ocurrió cambiar el horario de un seminario de formación docente que tomo precisamente los sábados, de las 11:00 de la mañana, a las ¡8:00! Digo, no es que a mi me cueste trabajo levantarme temprano, pero considero que si lo hago sistemáticamente toda la semana, lo justo es que por lo menos el sábado pueda dormir un poco más, considerando que por lo general mi hora de dormir es a las 2:00 de la madrugada y mi hora de despertar es a las 6:30.
Talvez no habría tenido ninguno problema con el nuevo horario de mi seminario, si la noche anterior no me hubiese tomado algunas cervezas de más que, junto con algunos cigarros y uno que otro bailecillo, me provocaron una resaca espantosa y unas ganas terribles de quedarme acostado los clásicos “cinco minutitos” de más, que en realidad se convirtieron en media hora.
1 mar 2007
Los detectives salvajes
De hecho el ejercicio de la crítica literaria no es el mejor de mis talentos; esto debido a que ni soy escritor profesional, ni gran conocedor de la literatura y sus vastos y diversos movimientos y expresiones.
Me considero un lector ordinario, aunque con ciertas habilidades para sobrevivir en el mundo de lo escrito que, como todos los mundos, tiene su propia dinámica y, sobre todo, sus propias reglas.
Por supuesto, reconozco con humildad y con un dejo de angustia que todos los buenos libros del mundo aguardan mi lectura, así como aquellos otros no tan buenos (entiéndase las obras de Dan Brown, Paulo Cohelo et. al.) aguardan mi indiferencia.
Sin embargo aunque breve, el trayecto que llevo incursionado en los menesteres literarios me permite formular mis propios juicios y apreciaciones más allá del simple “me parece bien” o del más sincero pero viperino “es una mamada”, cuando de calificar una obra se trata.
Así que con esa premisa como carta credencial, me permito compartir con quienes me leen una reseña acerca de la novela del escritor chileno Roberto Bolaño, Los detectives salvajes.
Como apunté líneas arriba, mucho tiempo ha pasado desde que la lectura de un libro, pero sobre todo la fascinación producida por el mismo, me motivó a escribir una reseña. En aquella ocasión se trató de El diablo tiene nombre, una espléndida novela del escritor español Francisco Asensi, en la que se aborda desde una perspectiva histórico teológica muy interesante, el tema de la existencia del demonio.
De hecho, la novela me sedujo porque su llegada a mis manos coincidió con una etapa académica en la que mi amigo Jesús Santiago y yo estábamos profundamente interesados por cuestiones teológicas como la existencia de Dios, la metafísica de la fe y el significado escatológico de la Parusia (segunda venida de Cristo a la tierra); pero principalmente por la demonología.
Si bien se trató de una moda intelectual como tantas otras que lograron atraernos durante nuestra estancia en la Universidad(el estudio del marxismo de Frankfurt, la filosofía política contemporánea o la existencia del amor, por citar algunas) fue en la que más tiempo estuvimos inmersos, buscando en librerías de viejo, en los rincones olvidados de las bibliotecas e incluso hasta con supuestas brujas y hechiceros, así como con sacerdotes y hermanas religiosas, algunos datos que nos permitieran comprobar la veracidad del nombre del demonio, aportado por el propio Asensi en su novela.
En este punto el lector seguramente se preguntará qué relación existe entre el propósito inicial de este comentario, que es una reseña literaria, y los intereses prima facie esotéricos que mi amigo y yo compartimos durante algún tiempo.
La relación es muy estrecha, porque al leer la novela de Bolaño pude verme reflejado en los personajes principales, que son precisamente dos jóvenes, Arturo Belano y Ulises Lima, tan interesados por la poesía que fundan su propio movimiento poético: el realismo visceral, en homenaje –según ellos- a un grupo poético que había existido en el México de los años treinta, cuya líder era un enigmática mujer sonorense llamada Cesárea Tinajero.
Es tal la fascinación que la poesía generó en los líderes del grupo real visceralista, compuesto en su mayoría por jóvenes pertenecientes a los diferentes niveles de la pujante clase media del México de los años setenta –universitarios algunos de ellos- que luego de realizar una serie de investigaciones entre los viejos integrantes del grupo comandado por Cesárea Tinajero, acerca del paradero de ésta, emprenden un viaje por carretera, en parte obligados por una serie de circunstancias, hacia los desérticos pueblos de Sonora, al norte de México.
La historia de Belano y Lima no es narrada por ellos mismos, sino por una serie de personajes variopintos que los conocieron a lo largo de sus andanzas poético-literarias, así como también en aquellas otras psicotrópicas, pues solían combinar la poesía con el tráfico ocasional de marihuana entre los selectos círculos de creadores y artistas mexicanos de la época.
Si bien Bolaño es de nacionalidad chilena, en esta novela demuestra su profundo conocimiento de la sociedad y la cultura mexicana, que pareciera moverse desde entonces dentro de los límites de arquetipos previamente establecidos.
Lo más sorprendente al respecto es la continuidad del ciclo de reproducción de esos modelos por parte de las nuevas generaciones de universitarios y, en general, de los jóvenes interesados en las diversas manifestaciones de la cultura (poesía, danza, teatro).
Al respecto, es común encontrar en los alrededores del campus universitario, en los recitales de danza o en las presentaciones de libros, al típico modelo de universitario progre (el perfecto idiota latinoamericano, según Álvaro Vargas-Llosa) ataviado con una indumentaria que mezcla lo folclórico con lo cosmopolita, sosteniendo bajo el brazo el ejemplar del día de algún diario de izquierda y mirando hacia ninguna parte, a través de esas gafas que le confieren un toque intelectualoide.
Líneas arriba anoté que durante la lectura de la novela de Bolaño, pude mirar desde una perspectiva distinta –quizá mediada por la distancia- las instantáneas de mis propias andanzas como universitario. Es más, sentí cierta identidad con los personajes principales y fue inevitable evocar las largas y en ocasiones acaloradas charlas de café que sostenía con mi amigo Jesús Santiago, todos los viernes por la tarde, alrededor de cuestiones teológicas, pasando luego por el análisis político coyuntural, para aterrizar –invariablemente- tratando de encontrar respuesta a una pregunta maldita: por qué nuestras vidas eran (han sido) miserables.
En la historia trazada alrededor de Belano y Lima aparecen muchas escenas de debate, discusión y charlas cercanas al anhelo de absoluto propio de la juventud, magistralmente narradas con un toque de hilaridad que recurre a lo más representativo del vocabulario popular –sin caer en la vulgaridad- para describir acaloradas disputas en torno a cuestiones tan superfluas como una marca de cigarrillos, o el futuro de un grupo supuestamente literario conformado por jóvenes desconocidos.
De hecho uno de los principales méritos de Bolaño en términos estrictamente literarios es recurrir a la lengua viva, la que se habla todos los días entre la gente común perteneciente los diversos sectores de la sociedad, permitiendo la comunicación a partir de un código lingüístico que refleja una misma tradición cultural, para estructurar su novela.
Lo más importante es que con este recurso Bolaño no pretende experimentar un nuevo estilo literario, ni el potencial comunicativo del lenguaje viperino, como en forma deliberada –y para mi gusto, malograda- lo han intentado otros escritores, como Leñero o el propio Fuentes (que en lo personal me cae muy mal); sino contar una historia en la que los personajes se expresan con un lenguaje sencillo aunque no por ello simple, imprimiendo así un ritmo fluido a la narración, y propiciando un ambiente que al lector le resulta familiar; especialmente al lector joven, que es al que en principio se dirige el autor.
En este sentido Bolaño está más cerca de Cortazar y Borges, es decir, de los escritores genuinos, que de Vargas-Llosa y demás hierbas, que se valen del ejercicio literario –en algunos casos muy bien realizado- para lograr influencia en los círculos de poder y hacer denuncia social con la finalidad de forjarse un renombre bajo el cual, a la postre, poder escribir cualquier sandez con éxito de ventas asegurado.
Otro aspecto importante de la estructura empleada por Bolaño es la introducción de múltiples narradores, que a diferencia de la voz narrativa convencional, ubicada como tercero excluido de la trama, son protagonistas en el proceso de construcción, o más bien reconstrucción, de la historia de los personajes principales, Belano y Lima, aportando sus testimoniales acerca del trato que mantuvieron con cada uno de ellos.
Se trata de un juego de estilo muy cercano a la crónica y al documental, en el que apenas se sugiere la existencia de un realizador a partir de algunas expresiones utilizadas por los múltiples narradores, que son quienes a través del relato de sus propias experiencias con los personajes protagónicos, así como de la impresión de su propio sello personal -que permite al lector entrever su perfil psicológico- van confiriendo gradualmente un halo enigmático a la trayectoria biográfica de Belano y Lima.
Visto de forma global, el argumento de la novela trata sobre el proceso de maduración desde la juventud hasta la edad adulta, en un curso de vida que incluye una trama de historias entrecruzadas, difíciles momentos de amores no correspondidos, irrealizables o frustrados; episodios de crisis económicas personales, de extravíos existenciales y de desilusiones agobiantes. Es, pues, una historia acerca de la juventud, sus sueños, sus riesgos y su desenlace, que tiene lugar en el preciso momento en que, como diría Joseph Conrad, se atraviesa la delgada línea de sombra que conduce a la vida adulta.
En definitiva se trata de una novela ampliamente recomendable.