17 feb 2014

Sigo aquí...

Por razones laborales y también por abierta, franca y vergonzosa flojera no tuve oportunidad (ni ganas) de escribir en este espacio durante buena parte del año pasado. Con cierto cinismo debo reconocer que han quedado lejos los días en que me daba pena a mi mismo por dejar de lado uno de mis otrora pasatiempos favoritos, que era precisamente escribir. Al contrario, en cierta medida me llena de satisfacción haber superado marginalmente la cantidad de posts publicados en 2012. 


 Así que no es mi intención, ni tendría porqué justificar mi falta de inspiración o interés para escribir como lo había hecho habitualmente en años previos, cuando las redes sociales eran aun incipientes armas de destrucción masiva y apenas se gestaba embrionariamente la tiranía de la imagen y el tag sobre la inteligencia, la imaginación y decencia ortográfica que durante mucho tiempo prevaleció en lo que por entonces se llamaba la blogosfera. 



Sin embargo, al igual que las pequeñas embarcaciones ante las tempestades, confieso que he sido débil y he sucumbido ante el maremoto de superficialidad, estupidez y falsas pretensiones que inunda actualmente las redes sociales. La distancia que me separa de los selfies y e Instragram es una aplicación no instalada en mi teléfono celular. 



 Sencillamente me he abandonado al microblogging, autocensurando y mutilando mi capacidad analítica quizá inconscientemente influenciado por el social branding que define a la actitud de las generaciones contemporáneas: "¡qué hueva!". 



Esto de ser un "Gutierritos" o "Godínez", por muy ejecutivo que se pretenda, tiene sus costos intelectuales. Y no podría ser de otra manera cuando el nivel de las charlas oficinescas se reduce a comentar sobre automóviles, gadgets, telenovelas y el postre que ofrece doña Lupe todos los días en su cocina económica. 



Frente a esa circunstancia plantear una discusión en torno a los alcances conceptuales la epoché husserliana no es sólo una transgresión a la Pax Oficinística, sino una apuesta segura al ostracismo. De modo que esa circunstancia constituye un factor central en el proceso de desmantelamiento de mi intelecto y mi gusto por la escribidera. Así que si ahora mismo puedo articular un par de párrafos con un mínimo de coherencia sintáctica y expositiva es casi por milagro (nótese que ahora he comenzado a depositar mi confianza en los fenómenos sobrenaturales relacionados con la fe). 



Por supuesto que todo esto me ha generado intensos episodios de crisis existencial cuando, como en los días previos al fin de año -que siempre son propicios para la introspección y el balance general respecto al curso de la vida de cada quien- mirando en retrospectiva reparé en el hecho de que antes, hace ya mucho tiempo, era ordenado al pensar, escrupuloso al escribir, arrogante al debatir y sarcástico al momento de fastidiar al prójimo. 



Comparado el yo de aquel entonces con el yo del presente reconozco que hay una distancia cualitativa muy notoria. Aunque eso no significa que la parte esencialmente jodedora de mi ethos haya fenecido. Aún ahora me siguen causando conflicto e irritación muchas actitudes, modas e ideas prevalecientes entre las amplias mayorías, así como su falta de reflexión y su abandono a la exhibición y la aspiración frívola. Sólo que no encuentro la suficiente motivación para plasmar ese malestar por escrito porque, en el fondo, sé que la tiranía de lo efímero, sintético y conciso genera la sensación de no tener tiempo para leer tal retahíla de quejumbre. 



Por ejemplo, hace poco mientras esperaba el cambio de la luz del semáforo en una de las avenidas más transitadas de la ciudad, veía con mucha curiosidad que un grupo de chavitas de no más de 25 años se tomaban fotos con la cámara de su teléfono celular en una jardinera bastante ordinaria y descuidada. Ese hecho me hizo pensar en que antes del advenimiento de la fotografía digital las personas administrábamos las poses para los acontecimientos importantes. No era barato revelar los rollos fotográficos y éstos además tenían un número limitado de exposiciones. 



Hoy en día hasta una mugrienta jardinera es motivo para una fotografía en la cual, además, se exhibe uno de los vicios ocultos de la condición humana que hasta hace muy poco había permanecido circunscrito al ámbito de lo íntimo. Sí, me refiero al vicio del exhibicionismo que las redes sociales y la fotografía digital han potenciado hasta el límite del paroxismo. 



Anteriormente, después de ser reveladas, las fotografías se guardaban cuidadosamente en un álbum y constituían una fuente de privacidad a la cual muy pocos tenían acceso. Quién no recuerda aquellos momentos de visitas familiares o de amigos íntimos a los que se les mostraban las fotografías de los distintos acontecimientos que iban marcando la historia personal y familiar; o aquellos otros bochornosos episodios en los que la madre orgullosa de su vástago mostraba a la novia de éste las fotografías en las que salía retratado en calzoncillos con la cara chamagosa, el pelo desaliñado y las mejillas empapadas de lágrimas. 



Ahora esa barrera de intimidad ha sido demolida. Sin el mínimo escrúpulo las personas se abandonan a la exhibición pública; es más, hasta la desean. Ahora las fotografías no se toman para recordar un momento especial, sino para exhibir a los demás la vida cotidiana, para construir una apariencia y para tratar de engañar con ésta a quien se deje. Es un mecanismo de autorrealización y construcción de la identidad bastante pobre. 



Por supuesto, habrá quien no concuerde con esta perspectiva, pero antes de que ese gentil lector prepare su contundente batería de argumentos, permítame expresar que no he compartido tal perspectiva para pontificar y convencer acerca de la objetividad y veracidad de la que carece. Sencillamente es algo que percibo y que me preocupa porque su vacuidad e irreflexividad algún impacto deben tener en el curso general de los asuntos que deberían ser de interés común. Pero eso ya es tema para otra conjetura que podría ser expuesta en otra ocasión. 



Por el momento baste este desahogo y señal de vida por parte de este humilde y analfabeta funcional mortal para quienes en algún momento han considerado entretenidas algunas de las ocurrencias que aquí se han publicado. 



Perdonad ortodoxos la conversión en lo que soy ahora.

13 ago 2013

Aquellos tiempos...

Para seguir con la nostalgia y el pañuelo de la última entrada de este anónimo e intrascendente blog, en esta ocasión escribiré acerca de mis años maravillosos como pobresor universitario motivado por una charla reciente acerca de aquellos tiempos y el reciente inicio de los cursos en la Universidad.

Si bien desde que estudiaba la licenciatura ya consideraba la idea de algún día convertirme en profesor, en gran medida motivado por la enorme admiración que sentía por los maestros que me dieron clases, no visualizaba tan próxima la posibilidad, ni tan circunstancial como ocurrió.

Sucede que como resultado de mi innata inteligencia y dedicación al estudio, desde que ingresé al primer semestre de Ciencias Políticas y Administración Pública había obtenido buenas notas en todas las asignaturas. Sin embargo, al terminar de cursar Filosofía y Teoría Política Contemporáneas en el séptimo semestre obtuve la deshonrosa nota de 9.5 para mi ensayo final que versaba sobre alguna mamada metafísica relacionada con la política, pero en el cual -dicho sea de paso- ya se vislumbraba con mucha claridad la complejidad, vastedad e intrepidez de mi pensamiento.

Indignado por tan deplorable acontecimiento, me dirigí a la oficina de la profesora que había impartido el curso para exigirle una explicación objetiva y contundente del porqué de esa nota tan ignominiosa. Ella me recibió amablemente y con mucha cortesía me explicó que mi ensayo le había parecido una soflamería pretensiosa, pero que comparada con las estupideces que mis demás compañeros habían escrito, era la soflamería con la nota más alta ya que nadie había alcanzado el 10 como calificación, lo cual restituyó mi orgullo intelectual y me hizo sentir como un filósofo o sociólogo francés (por aquello de la soflamería pretensiosa).

Acto seguido a las aclaraciones y disculpas pertinentes, la profesora me preguntó sí me gustaría ser su ayudante en el próximo curso, en el cual impartiría la asignatura de Filosofía y Teoría Política II, que era la continuación de la revisión de los filósofos y teóricos políticos clásicos que iniciaba en Gianbattista Vico y culminaba en Max Weber.

Evidentemente le respondí que aceptaba con gusto ser su ayudante y que estaba dispuesto a tolerar estoicamente ser su gato particular, cargarle el bolso, llevarle el café y firmarle sus asistencias a cambio de que me iniciase en el arcano mundo de la academia (la de la docencia, no la de TV Azteca).

Así fue como, al inicio del siguiente curso, siendo las seis de la tarde en punto, me apersoné en el salón B 301 de la Facultad, cerré la puerta tras de mí y dirigí la mirada a la docena de alumnos que miraban con incredulidad y quizá también con un tanto de decepción, que alguien un par de años mayor que ellos sería su profesor adjunto -en adelante “el adjunto”- probablemente durante todo el semestre, pues era práctica común entre algunos profesores de carrera no impartir sus clases por considerar casi una humillación tener que enseñar en licenciatura. Pero éste no era el caso. Con la profesora titular habíamos acordado que yo impartiría la primera media hora de la clase y la hora y media restante la impartiría ella.

Así que ahí estaba yo, con mis veintipocos años a cuestas, mi morral de intelectual progre de Coyoacán, mis notas acerca de la “Historicidad de la filosofía política” escritas en un bloc óptico, mi gis y mi borrador.

Con un poco de inseguridad en la voz que denotaba mi nerviosismo me presenté ante los alumnos diciéndoles que yo sería el ayudante de profesor. Sólo hasta el momento de pronunciar esas palabras fui consciente de la responsabilidad que denotaban, pues implicaban tener que hacer todo lo que el profesor titular no tenía ganas de hacer, es decir, revisar los controles de lectura, calificar los ensayos, recomendar bibliografía y atender a los alumnos con dudas sobre los temas de la clase.

Ya cuando comencé a disertar sobre el tema que había preparado y noté en la mayoría de los rostros que prestaban atención a mis palabras, comprendí que más allá de la charolez que significaba ser profesor universitario, realmente me gustaba el oficio de enseñar.

Sin embargo, todo lo narrado hasta ahora no describe cómo era mi actitud ya como profesor titular, pero lo resumiré en un par de palabras: era un profesor gandaya. Es decir, no era el tipo de profesor que quería ser amigo de los alumnos, ni el pedante que pretendía mirarlos siempre hacia abajo, ni mucho menos el que quería tener un club de fans que lo alabara.

Era más bien distantemente cordial o sobriamente amable. Aunque ahora que lo pienso, creo que en realidad sólo me importaban los alumnos cuando estaban en mi clase. Me interesaba que retuvieran un poco de lo que les decía, que hicieran caso de la bibliografía que les recomendaba, que se interesaran en los libros de literatura que les leía en la última hora de la clase de los viernes. Pero fuera del salón lo cierto es que detestaba que se me acercaran, que intentaran ser mis amigos, que las alumnitas tontitas y bonitas mostraran su síndrome de Julissa (por aquello de querer ser las consentidas del profesor). No me interesaba tener fans y cuidaba mucho mi endeble e incipiente imagen de joven profesor. No podía darme el lujo de que los demás colegas me vieran por los pasillos con un enjambre de alumnos rodeándome. Me disgustaba.

A estas alturas y después de ya varios años de haber dejado la Facultad no sé si mi desempeño fue bueno, malo, regular o intrascendente. Nunca me he encontrado a algún alumno para preguntárselo o para que me lo diga. Pero me queda el recuerdo haber sido parte de la Universidad, de haberme esforzado en preparar las clases y de intentar hacer entendibles los en ocasiones oscuros párrafos de la obra de algunos autores y de escuchar y aprender a tolerar una diversidad de opiniones y también –porqué no- de sinsentidos, como las estupideces de este blog.

24 jul 2013

Panikkar y la razón de mi no optimismo

Hace ya seis años -justo por estas fechas- oí por primera vez el nombre de Raimon Panikkar Alemany en la cátedra Global Ethics de la Vanderbilt University, en Nashville, Tennessee.

Por aquellos entonces quien esto escribe era un entusiasta, joven, brillante y prominente profesor universitario (sobra decir que también poco humilde y más bien soberbio, ególatra y presuntuoso como el lector podrá notar) interesado en la filosofía política, la teología y la ética. De ahí que haya podido obtener una beca para asistir a dicha cátedra entre cuyos lecturers figuraba precisamente Panikkar, cuya disertación no fue presencial sino virtual mediante videoconferencia.

Ese único “encuentro” fue singular por muchas razones. Una de ellas porque el nivel de comprensión auditiva del inglés por parte del profesor universitario no era precisamente el óptimo, y el inglés con acento catalán y balbuceos con el que pronunciaba su ponencia el senil conferencista Panikkar dificultaba captar la totalidad de sus ideas. Otra razón era el hecho de que tales ideas, pertenecientes al punto de confluencia de la filosofía y la teología, me eran hasta cierto punto ajenas aunque no del todo desconocidas.

Sin embargo, logré captar algunos planteamientos en torno a la ética como disciplina dialogal y compartida en la que la aspiración a la universalidad de sus normas y cosmovisión debía surgir del encuentro cultural de la otredad consigo misma, es decir, de las diferentes culturas entre sí, pues “lo otro” es siempre lo ajeno y lo ajeno es una constante dado que no hay una única cultura, sino diversas.

Esta remembranza viene a colación porque la reciente visita de Jorge Mario Bergoglio Sivori, (el Papa Francisco) a Brasil ha desatado el entusiasmo de muchos columnistas que ven en dicho acontecimiento una oportunidad de renovación de la Iglesia por lo que el acto en si mismo significa; es decir, la asistencia de un Pontífice presuntamente reformista al Encuentro Mundial de Jóvenes (que por tal condición son supuestamente dinámicos y siempre dispuestos a cuestionar el orden establecido y empujar cambios trascendentales) organizado en un país sudamericano en cuyo seno religioso surgió una teología disidente a la dogmática imperante: la teología de la liberación.

No comparto tal entusiasmo y más bien disiento de quienes aun ven en el Papado un liderazgo carismático, influente y transformador. Ciertamente es una institución que aun posee algunas de esas cualidades, pero pienso que no son las necesarias ni tienen el empuje para lograr transformaciones que vayan más allá de la propia Iglesia Católica como comunidad de fe.

Aunque si tal viso de esperanza o posibilidad reformadora existiese en la figura de Bergoglio, quizá debiera de expresarse en un planteamiento discursivo más ecuménico, que no por ser tal está exento de valores, sino que por esa condición puede llegar a un auditorio más amplio que el de la comunidad católica. Pero ello depende del contenido y éste debiera rescatar el planteamiento en torno a la ética desarrollado por Panikkar, que curiosamente también fue sacerdote católico; de lo contrario, aunque sea un hombre “venido del fin del mundo” –como el mismo se definió al asumir el Pontificado- el entusiasmo renovador y la intención de desempeñar un papel activo en la esfera global mostrado por Francisco, se irán diluyendo en el océano de las expectativas incumplidas por líderes y movimientos de diversa índole y escala.

18 jul 2013

El microblogging y la pauperización de la cultura

Después de poco más de un año, apenas ahora he conseguido reunir el valor y hacer a un lado la vergüenza para confesar que abrí una cuenta de Twitter. Sí. Yo que fui un crítico acérrimo de esa red social en este mismo espacio, ahora soy uno más entre sus millones usuarios.

Desde luego que no pretendo justificarme diciendo que abrí la cuenta más por necesidad que por gusto. Pero en cierta medida algunas cuestiones de información relacionadas con mi trabajo me impulsaron a socavar mi congruencia personal para tratar de entender el funcionamiento y la dinámica del microblogging, tan diferente a la hoguera de vanidades y frivolidades visuales del Fakebook (¿o era Facebook?), que ya tiene más de seis meses que tomé la decisión de abandonar, un tanto impulsado por el hastío producido por la carencia de contenidos interesantes y la desbordante abundancia de acontecimientos intrascendentes para mis intereses personales. (Básicamente me aburrí de husmear en las fotografías y los “posteos” de mis “amigos”).

No obstante, que Twitter y su dinámica sean diferentes a las de Facebook no significa que sean mejores. Ahí también campean la cretinez, la frivolidad, la vacuidad y la superficialidad; sólo que, para fortuna de todos, sus apariciones aunque permanentes son fugaces y seguirlas o no es una cuestión opcional. Es un poco como sucede cuando se prueba una droga: es uno mismo quien decide su adicción.

Pero, principalmente, Twitter está hecho para escribir y leer, no para mirar y aspirar (que no suspirar). Y es precisamente en este aspecto en cual radican al mismo tiempo su fortaleza y su debilidad.

Por una parte, la limitación de los 140 caracteres exige desarrollar una cierta capacidad de síntesis para expresar una opinión o una idea con la suficiente claridad y precisión para que pueda resultar atractiva al resto de los usuarios. Eso desde luego, tratándose de usuarios con cierto sentido común y discernimiento, que generalmente son los que pasan de los 20 años y tienen la fortuna de prodigiosamente haber terminado el bachillerato, cursar o haber concluido estudios universitarios. El resto son adolescentes imberbes que muestran sin recato alguno la precariedad de su cultura y la degradación de la lengua escrita.

Por otro lado, esa misma limitación de extensión propicia que en muchas ocasiones se sacrifique la sintaxis y el correcto empleo de la ortografía para escribir aberraciones que corrompen el idioma.

Sin embargo, el proceso de pauperización que más preocupa -y aquí sale mi afición por la Sociología- es el que se observa en el nivel cultural de un sector mayoritario de “tuiteros”.

Casi a diario hay etiquetas (hashtags) relacionadas con racismo, clasismo y discriminación que se vuelven tendencias principales (trending topics), lo cual refleja la intolerancia e ignorancia que caracteriza a los usuarios que las emplean.

Ese hecho por sí mismo es preocupante, pues el trecho entre la manifestación de ese tipo expresiones en una red social y la realidad cotidiana es muy corto. Es decir, lo que se expresa en la red social bajo el salvoconducto que significa estar detrás de un monitor (o de la pantalla del teléfono móvil), es lo que se piensa pero no se expresa directamente porque aun existe una suerte de contención social ejercida por la corrección política; esto es, el temor a quedar mal ante los demás y perder sus simpatías.

En la red social tal temor se disipa, porque la afinidad entre quienes reproducen ese tipo de manifestaciones de intolerancia es viral, de ahí que sus etiquetas (#Eresnacosi, #Esdeindios, etc) rápidamente se conviertan en tendencias y actúen en forma ovejuna canalizando un poco de su resentimiento o inclinación al escarnio mediante el “trolleo” (acoso sistemático) a otros usuarios que piensen diferente.

Desde luego, la fatuidad tampoco podía faltar y es común también encontrar en Twitter muchos intentos de personal branding atrevidos, irreverentes y antisistémicos (desde su perspectiva, claro está), así como las ya clásicas fotografías retocadas y los personajes carentes de estima personal que la buscan a través de la aceptación y la adulación de los demás. Pero eso es un universal de la sociedad humana (Norbert Elías dixit) que existía mucho antes de las redes sociales, pero que éstas han potenciado a sus máximos niveles.

En fin, que si además de leer las estupideces que escribo aquí también quisieran leer las que microbloggeo, me pueden encontrar como @Zuniga_Vic. Será un gusto para mi darles follow back.

9 jul 2013

Abismo

Llegados a cierta etapa de la vida nos cuesta adaptarnos a la realidad ¿o más bien nos cuesta resistirla y por eso mejor optamos dejarnos llevar por su caudalosa corriente, sólo con la conciencia de no estar de acuerdo con ella?

Es muy probable que a muchas personas eso nos suceda. De pronto caemos en la cuenta de que hemos crecido y que todas esas retóricas que acompañaron una parte de nuestra juventud han dejado de tener vigencia, y con ellas los bríos para defenderlas y más aún, para promoverlas. Quizá lo único que quede sea la nostalgia del recuerdo y un discreto dejo de frustración por todo aquello que no se hizo y no se dijo. Quizá lo único que quede sea el vacío o la ausencia de imaginación, de anhelos y fuerzas para emprender nuevas batallas y afrontar nuevos retos.


¿En qué momento sucede todo eso? Es lo más irónico: no lo sabemos. Pero de pronto está ahí, como si fuese el filo de un abismo ante el cual el vértigo en vez azuzar el instinto de sobrevivencia lo inhibe y hace que uno se pregunte si arrojarse al vacío no será acaso la única forma de desaparecer todos esos sentimientos de desesperanza, frustración y tristeza. 

5 jul 2013

El fútbol y la conspiración de las cantinas

Quizá con el paso del tiempo lo que despuntaba como una actitud crítica y refinada por virtud de mi cercanía con los círculos intelectuales universitarios (¡ay pero qué mamón se ve esto!), ha devenido en vulgar y ordinaria intolerancia o en deplorable y rancio elitismo; el punto es que algunas manifestaciones culturales y sociales comúnmente aceptadas y reproducidas por la mayoría, me resultan irritantes. Las más de las ocasiones tal irritación la aduzco a una especie de esnobismo prevaleciente de forma inconsciente en esas mayorías, con el objetivo de construirse o sentirse parte de una identidad colectiva o de un cierto patrón de “normalidad”.

En otras palabras, a veces tengo la impresión de que la gente hace lo que hace porque lo considera “bueno”, “refinado”, “actual”, “correcto”, “acertado” o de “buen gusto”, simplemente porque alguien más también así lo considera, sin reparar que todas esas valoraciones con frecuencia les son impuestas por agentes externos y más bien son asumidas en forma acrítica.

Para ilustrar lo anterior tómese por ejemplo el fútbol. En sus inicios, como algunos otros deportes, era un ritual religioso –rasgo que aun prevalece en forma notoria para observadores con un poco de sentido común- practicado por nobles, guerreros y sacerdotes. Mucho tiempo después se convirtió en un juego profano practicado por el populacho; de aquí su “popularidad”, es decir su carácter plebeyo. Así prevaleció durante mucho tiempo, hasta que en los tiempos contemporáneos resulta que se ha convertido en una actividad de culto y enajenación de las masas.

Sí, quizá pueda parecer una apreciación demasiado exagerada. Pero cuando escucho los programas radiofónicos, leo los encabezados de los diarios deportivos o los comentarios de sobremesa en los comederos oficinísticos, me queda la impresión de que el fútbol, particularmente el europeo, se ha convertido en un objeto de culto y reproducción del aspiracionismo tan presente en los sectores medios y medios bajos de la sociedad. Cuando se escuchan con detenimiento esas charlas se puede identificar una especie de suficiencia argumentativa respecto a las capacidades tácticas de tal o cual equipo, a los talentos personales de X o Y jugador y a la productividad y eficacia del equipo A respecto al equipo B mediante la cita escrupulosa de las últimas estadísticas de anotación, tiros a gol o balones recuperados.

Pero ese no es el problema. Cada quien tiene el derecho a emplear su memoria en lo que mejor le plazca, así como a aparentar lo que así convenga a sus intereses laborales (quedar bien con el jefe demostrando los amplísimos conocimientos históricos, estadísticos y tácticos respecto a los equipos más prestigiados de las ligas inglesa, española e italiana), afectivos (impresionar al personaje oficinesco o talleresco que finge gustar de los deportes para sentirse aceptado por los demás o para asegurar su lugar en el comedor a la hora correspondiente) o viriles (demostrar que el tamaño de sus genitales es proporcional a sus conocimientos sobre ligas, jugadores y torneos).

El problema, el maldito y jodido problema, es que todos aquellos a quienes nos vale un reverendo rábano el fútbol y los mecanismos de manipulación y enajenación empleados por los grupos hegemónicos del capitalismo deportivo (no cabe duda: sigo siendo un insensible socialista irredento) tengamos que padecer el esnobismo y el aspiracionismo de esas masas palurdas cuando, al asistir a un restaurante a la hora en que por la televisión están dando un partido de fútbol, sencillamente es imposible encontrar una mesa disponible.

Incluso he llegado a sospechar que los torneos de fútbol nacionales e internacionales han sido confeccionados por la FIFA en contubernio con una cofradía secreta de restauranteros y dueños de bares y cantinas. De otra manera no me explico cómo es que cada dos semanas hay un juego Real Madrid vs. Barcelona, o Inglaterra vs. Francia transmitido en vivo.

Es claro que el fútbol es un espectáculo y como tal un divertimento. Sin embargo no está de más pasarlo de vez en cuando por un crisol crítico, porque el otro lado no tan amable de un espectáculo es el negocio. Y el fútbol es un negocio indecentemente millonario en el que no sólo se comercia el trabajo de un jugador, traducido en sus capacidades y habilidades, sino el patrocinio de los equipos, la publicidad en la transmisión de los partidos, el marketing de todos los productos adyacentes (jerseys, souvenirs, consumibles dentro y fuera de los estadios) y, desde luego, las reservaciones de las cantinas, bares y restaurantes.

Está bien emocionarse porque a mitad de la semana transmitan los partidos de la Copa Confederaciones y a la siguiente la Champions Ligue y a la más siguiente la Copa Pistón o como quiera que la hayan nombrado los publicistas. Pero también estaría bien detenerse un momento a pensar que más allá del rato de diversión, el fútbol no deja nada más que pérdidas económicas para los espectadores y aficionados, reflejadas en el consumo de la cantina, el pago de los boletos para asistir al estadio, la compra de las revistas y diarios deportivos, así como de la basura que suele anunciarse en las transmisiones en vivo y en los programas deportivos.

Está bien saber cuántos goles ha anotado Messi (o como se escriba, da igual), pero también estaría bien preguntarse si él y su equipo pagan los suficientes impuestos, o si es decoroso que un jugador que es el ídolo de las amplias masas de desclasados viva en la opulencia, mientras que éstos últimos están al borde del pauperismo propiciado por la crisis económica que padece buena parte de Europa.

Y más aun, en el caso de la afición mexicana que suele atestar las cantinas y restaurantes de las zonas oficinísticas, cabría preguntarse si esa exacerbada afición por el fútbol, los equipos y los torneos europeos no es más bien un vehículo de escape ante la mediocre realidad del fútbol nacional, secuestrado por los intereses de las televisoras y la falta de exigencia de la propia afición ante los pobres resultados ofrecidos por los jugadores, los entrenadores y sus directivos. Porque ese es el otro lado del problema: si el fútbol en México es mediocre en parte se debe a una afición conformista que no exige y no presiona para que el espectáculo deportivo eleve su calidad, lo cual también demuestra su mediocridad como consumidora.

Eso lo saben muy bien los directivos, las televisoras y la cofradía secreta de cantineros y restauranteros, que constantemente conspiran para mantener narcotizadas a las hordas de aficionados godinezcos con torneos puñetones, pero llenadores de localidades.

Sin embargo, no siempre será así. O al menos eso espero yo y seguramente muchos más que hemos tenido que padecer los inconvenientes de no poder comer y charlar decentemente porque las masas de simios sin cultura están mirando pasivamente cómo 22 gatos corren detrás de un balón.

P.S. Un saludo cordial para los visitantes que leen las entradas anteriores. Muchas gracias por hacerlo. Ya he publicado sus comentarios. Me da gusto saber que de vez en cuando las idioteces que se me ocurren le resultan entretenidas a alguien más.

24 jun 2013

Nostalgeos

-¿Qué te sucede?- preguntó el viejo maestro al discípulo, quien se hallaba sentado a un costado suyo al filo de aquella peña, desde que la cual contemplaban los tupidos arces y abedules que cubrían con la sombra de sus frondosas ramas el suelo de aquella fría región. El aire soplaba liviano, agitando suavemente los cabellos de ambos, ondeando como lábaros sus amplios y ásperos hábitos. El sol, que caía lentamente a sus espaldas, arrojaba sus últimos tibios rayos sobre el denso bosque de distintos matices de verde y marrón que yacía a sus pies, mecido discretamente por el viento que al rozar su follaje producía un sonido lastimero.



-Maestro- preguntó el joven discípulo- ¿alguna vez en su juventud anheló ir más allá de donde podían mirar sus ojos? Quiero decir ¿alguna vez quiso descubrir el mundo? ¿sus pueblos? ¿sus costumbres? ¿sus lenguas? ¿Alguna vez se sintió prisionero de sus circunstancias, atrapado en un círculo, en una rutina?



Mientras hacía estas preguntas, el joven aprendiz mecía sus pies en el vacío y mantenía la mirada fija un punto indeterminado, al tiempo que el viento que comenzaba a tornarse frío pegaba directo sobre su cara, levantando sus cabellos castaños.



El maestro, por su parte, jugueteaba con los nudos del cordón que ceñía el sayal alrededor de su cintura. Al cabo de escuchar las preguntas permaneció un momento en silencio para, acto seguido, hablar en los siguientes términos:



-Creo saber cuál es la pena que te acongoja, joven amigo. Se llama nostalgia y contrario a la común creencia, no es un sentimiento de anhelo por el pasado. Los griegos le llamaban "nosteo" y "algeo"; con lo primero querían significar el deseo por la gloria pasada, por el hogar que se ha dejado atrás, por la patria lejana. Con el segundo denotaban el dolor causado por la evocación, la tristeza y la melancolía generadas por remembrar las presencias ausentes; los recuerdos de los que no están presentes, pero están ahí: en la memoria y en el pensamiento.



Pero también -prosiguió el viejo con un tono doctoral- describían la "nostalgeos" como la necesidad de estar en otra parte o en otra condición; de transcender la temporalidad y la espacialidad. Era un sentimiento indicativo del despertar de la conciencia a la universalidad, al saber que allende las fronteras individuales, más allá de las circunstancias que mencionabas, también habían un mundo y un cúmulo de experiencias aguardando a ser vividas.



Todos en algún momento hemos sentido nostalgia, dolor por existir, anhelo por regresar, deseo de trascender, necesidad de estar en otra parte. Eso no representa ningún problema. El desafío, porque se trata de un reto que constantemente debe ser superado, es afrontarla sin morir en el intento.



-Pero ¿cómo se puede hacer eso maestro- interrumpió bruscamente el discípulo la disertación de su tutor- cuando ese sentimiento es tan fuerte y desgarrador; cuando la frustración nubla el juicio y el discernimiento, cuando la propia conciencia señala la imposibilidad que las economías refuerzan?



Al pronunciar estas últimas palabras la voz del joven registró un discreto quiebre y sus ojos, siempre curiosos y alegres, se rozaron agobiados indicando hasta qué punto la pena que padecía lo desbordaba.



El maestro notó ese detalle y levantándose cuidadosamente de la orilla de aquel risco se volvió hacía el sol que ofrecía sus últimas luminiscencias, las cuales coloreaban el horizonte con suaves tonalidades rojas, azules y verdes que realzaban el titilar de los primeros luceros de la tarde. Sin apartar la vista de esa escena, el viejo reanudó su discurso.



-El desafío, como te decía antes de que tu arrebato le robase la palabra a tu razón, es afrontar la nostalgia. Y para ello la clave es mirarla como una oportunidad para aprender, como una corriente contra la cual hay que navegar. Porque será siempre en la adversidad en donde ejercitaremos la fuerza del espíritu y no en los momentos de sosiego, que aletargan la conciencia y reblandecen el alma.



Por eso nunca rehuyas a las complicaciones y las complejidades.



Cierto, ellas son como las tormentas que azotan inclementes a las pequeñas embarcaciones en medio del océano. Pero si los navegantes conocen los caprichos de los vientos, bien pueden superarlas. Así como ellos, tú tienes que aprender a conocer los caprichos de tu espíritu. Pero más importante aún: debes aprender a dominarlos. Por eso debes afrontar esa nostalgia que ahora te embarga y preguntarte qué la ha causado: ¿una añoranza del pasado? ¿un anhelo del futuro? ¿una imposibilidad del presente?



Cuando hayas reflexionado lo suficiente en torno a esas preguntas, entonces la noche que ahora envuelve a tu alma anunciará la proximidad del alba y la claridad del nuevo día. Y ahí es donde tendrás que mostrar firmeza en tu decisión, para afrontar con entereza, satisfacción y determinación todas sus consecuencias.



No sé si con esto haya contribuido a responder tus cuestionamientos. Pero en cualquier caso, no eches estas palabras en un saco roto, que en ellas algo de razón existe. Ya en otra ocasión, cuando tus ánimos se encuentren apaciguados, te mostraré las enseñanzas de los maestros de la Stóa poikilé. En esa ocasión también procuraré que no estemos en un lugar tan alto como éste, para evitar que el vértigo que experimenta ahora tu existencia te provoque ganas de volar hacia el vacío...



Concluida su perorata, el maestro se levantó la capucha de la espalda, la colocó sobre su cabeza, unió sus manos sobre su regazo, bajó la mirada y comenzó a caminar por el sendero serpenteante que conducía hacía el monasterio.



El discípulo, que había flexionado su pierna derecha a la altura de su pecho, la rodeó con ambos brazos y como si se tratase de alguien que estuviese sentado a su lado, recargó en ella su mejilla derecha y permaneció en esa posición mirando hacía el frente, sintiendo como el gélido viento bañaba su cara.