8 jul. 2010

A propósito de las elecciones del 4 de julio (y otras vicisitudes que padecemos los politólogos)

Si los politólogos, como los médicos, cobráramos por cada consulta que le damos a las personas que se nos acercan para pedirnos una explicación de lo que sucede en la política, seríamos sin duda de los profesionistas con mejores ingresos y nuestra disciplina una de las más rentables.

Sin embargo, al igual que los médicos padecen la competencia desleal de las curanderas, los boticarios y las botargas del Dr. Simi, los politólgos en México sufrimos la competencia de los taxistas que escuchan Radio Fórmula o alguna otra de las tantas estaciones que transmiten noticiarios conducidos por periodistas medio burros que, provistos de una verborrea bastante nutrida (cualquier parecido con Carmen Aristegui es pura coincidencia), hacen pasar sus pareceres como verdades reveladas.

Como sea, el punto es que ante la persistente pregunta que me han formulado vecinos, amigos y familiares en los días recientes, acerca de los procesos electorales que tuvieron lugar en 14 estados del país el pasado domingo 4 de julio, me veo en la necesidad de poner por escrito mi lectura de los acontecimientos, un poco a modo de guión para estructurar mi respuesta cuando que me formulen el ya muy frecuente cuestionamiento de: “¿y tú qué le sabes mucho a la política, cómo viste lo de las elecciones?”.

Por otra parte, el hecho de que vuelva a escribir de política y cosas peores en este espacio, después de muchos meses de no hacerlo, es un indicador muy positivo de que he recuperado totalmente la inspiración para reflexionar y analizar los acontecimientos relacionados con el, la disputa, la influencia y el ejercicio del poder, más allá de los choros mareadores que tengo que escribir todos los días en el trabajo, los cuales por lo demás llegan a ser demasiado crípticos en ocasiones, porque no sé qué oscura tradición o falsa creencia prevalece respecto a que los altos ejecutivos de las empresas no tienen el tiempo suficiente para leer más de dos cuartillas de texto, cuando en realidad la falta de sustancia y de léxico amplío en los dizque análisis ejecutivos lo que hace es precisamente limitar su capacidad de discernimiento, por no decir de entendimiento, de por sí bastante limitado debido a sus lagunas de formación profesional y de bagaje cultural. Si algo he aprendido en este tiempo que he estado trabajando en el glamoroso mundo de la iniciativa privada, es que los viajes en primera clase y las comidas en restaurantes exclusivos no sustituyen a la cultura y el refinamiento que dan los libros.

Pues bien, como sabemos, si es que acaso leemos aunque sea el encabezado de los diarios o escuchamos las notas principales en los noticiarios de radio y/o televisión, el pasado domingo 4 de julio hubo elecciones en 14 estados de la República; en 12 de ellos, es decir, Aguascalientes, Chihuahua, Durango, Hidalgo, Oaxaca, Puebla, Sinaloa, Tamaulipas, Tlaxcala, Quintana Roo, Veracruz y Zacatecas, se renovaron las gubernaturas, presidencias municipales y diputaciones locales; mientras que en dos más –Baja California y Chiapas- se eligieron solamente a los próximos alcaldes y diputados locales.

Esas elecciones tuvieron varias peculiaridades, entre ellas, que se trató de los primeros comicios concurrentes en el país, con miras a empatar una sola fecha electoral tanto a nivel local como federal para todos los estados hacia 2015. Pero la más importantes de todas sus características es que se formaron alianzas en Durango, Hidalgo, Oaxaca, Puebla y Sinaloa entre el PAN y el PRD, para contender por las respectivas gubernaturas.

Esa situación plantea dos preguntas. La primera es ¿por qué causó tanta polémica la formación de coaliciones entre tales partidos? Y la otra es ¿por qué sólo en esos estados?

Las respuestas son las siguientes: las coaliciones entre el PAN y el PRD suscitaron polémica debido a que se trata de dos partidos histórica e ideológicamente antagónicos. Sin embargo, tal observación es relativa por dos razones: la primera es que sólo algunos grupos al interior de ambos partidos están plenamente definidos en términos ideológicos hacia la derecha (PAN) y la izquierda (PRD), pero la gran mayoría de sus militantes y cuadros dirigentes están más tirados hacia el centro para poder ser más competitivos y ganar el mayor número de votos. Sólo en las elecciones presidenciales de 2000 y 2006 ambos partidos presentaron diferencias importantes en sus concepciones de lo que debería de ser el país y cómo lograr su transformación.

La segunda razón es que el antagonismo como tal surgió apenas en la elección federal de 2006, aunque ya había tenido sus primeros visos desde el año 2000 debido a la gradual polarización en la que enfrascaron a los ciudadanos Vicente Fox desde la Presidencia de la República y Andrés Manuel López desde la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal.

Hasta antes del año 2000 si bien ambos partidos mostraban diferencias considerables, mostraban un punto de coincidencia fundamental, consistente en promover la democractización del país, expresada entre otros muchos acontecimientos y acciones, en la erosión de las prácticas autoritarias en el ejercicio del poder desarrolladas y reproducidas en forma sistemática por el PRI durante varias décadas. De ahí que cuando en el año 2000 se logró desplazar a este partido de lo que se consideraba como punto medular de la política en México, es decir, la Presidencia de la República, ambos partidos cambiaron sus roles. El PAN se convirtió en partido gobernante y el PRD en una oposición aguerrida y en algunas ocasiones intransigente, pero con cierta justificación, debido a que el cambio prometido por Acción Nacional nunca terminó por concretarse y más bien se perdió en las frivolidades y el desconocimiento del ejercicio del gobierno por parte de Vicente Fox. De modo que hacia 2006 ambos partidos se enfrentaron en una reñida y cuestionada elección, en la que como sabemos, Felipe Calderón ganó por un margen mínimo la elección presidencial a Andrés Manuel López Obrador, que no por ser un político con bastante arrastre entre amplios sectores de la población era un demócrata, sino más bien un líder carismático con fuertes inclinaciones hacia el autoritarismo, como lo demostró posteriormente al desconocer los resultados y declararse “Presidente Legítimo de México”, cuestionando y desconociendo la eficacia de las instituciones democráticas que él y su hasta entonces partido, el PRD, habían ayudado a construir en años previos.

Entre tanto, el PRI logró recomponerse –que no necesariamente renovarse y reinventarse políticamente- y recuperar algunos espacios que había perdido a nivel local, en gubernaturas, alcaldías y diputaciones locales. Tal recuperación se hizo patente en 2009, cuando logró ganar la mayoría de los distritos electorales federales y convertirse en primera fuerza en la Cámara de Diputados. Incluso anteriormente, desde 2003 más o menos, se comenzó a presentar un fenómeno muy interesante, consistente en el hecho de que las prácticas autoritarias que se habían logrado desplazar de la política a nivel federales, tales como el desvío de recursos, el ejercicio discrecional del poder para cambiar a jueces, magistrados y legisladores, controlar medios de comunicación e instituciones electorales y vulnerar la autonomía de órganos fiscalizadores tales como las comisiones de Derechos Humanos y Auditorías fiscalizadores del ejercicio de los recursos públicos, se desplazaron hacia los estados. Fue así como pudimos observar la forma casi despótica de ejercer el poder de gobernadores como Mario Marín en Puebla, Ulises Ruiz en Oaxaca y Fidel Herrera en Veracruz; por no hablar del dispendio en la promoción de su imagen personal con miras a ganar la candidatura presidencial del PRI, por parte del gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto.

El PAN y el PRD vieron en esa situación un riesgo potencial, pues si el PRI ganara nuevamente la Presidencia de la República en 2012, podría restaurar esas prácticas a nivel federal; de ahí que en un cálculo pragmático hayan decidido hacer a un lado sus diferencias y sus agravios mutuos, para conformar alianzas que pudieran elevar  sus porcentajes de votación a nivel estatal y ganar tantos cargos de elección como fueran posibles, pues en el caso de que el PRI los ganara, supondría el hecho de que más del 70% del país fuera gobernado con esas prácticas no democráticas, que se harían aun más intensas en 2011 y 2012 para poder ganar la elección presidencial muy probablemente con Enrique Peña Nieto como su candidato.

Si hasta antes de la elección del pasado 4 de julio el PRI gobernaba en 19 estados a poco más de 50 millones de habitantes, de haber ganado las 12 gubernaturas que se disputaron en esos comicios gobernaría 22 estados, es decir, más del 65% del país, lo cual implicaría ejercer con bastante opacidad miles de millones de pesos de recursos públicos y utilizar el aparato bucrocrático de 22 administraciones públicas estatales para apoyar a su candidato presidencial en 2012.

En la siguiente entrega de este análisis concluiré la respuesta al pregunta del por qué causaron polémica las alianzas PAN-PRD y responderé al cuestionamiento de que por éstas sólo se dieron en determinados estados, además de que ofreceré un balance acerca de los ganadores y perdedores con los resultados de esas elecciones, más allá de los candidatos y lo que la nueva configuración política del país implica para 2012.

Un saludo y gracias por leerme.  

1 comentario:

Malinata dijo...

Como dirían los entendidos, ahora me cae el veinte de por qué tiene más pegue en la TV una taranovela repetitiva y aburrida que programas interesantes y llenos de contenido como son los del 22 o los de canal 11, porque siempre la historia del desamor, el desencanto y el mal de amores jala más que un buen texto explicativo del por qué del país.
Si, y me sumo a los nulos comentarios que esta tu última entrega tiene por razones exclusivamente sentimentales y también chillonas, pero me disculpo y comento, el corazón que quede para plática de café.
He visto a lo largo de mis ya muchos años cómo la política va y viene en este país de maneras tan absurdas que me viene a la mente esta historia de 1984, en donde sin más ni más, los izquieros estaban contra los derechos y al siguiente día era lo contrario y así se la pasaban revisando y reescribiendo la historia.
Es así también que me doy cuenta que los mexicanos (y no se si la humanidad en general pero sospecho que si), no tenemos memoria a largo plazo y olvidamos muy pronto qué tan mal estábamos con el pri o qué tan mal hemos estado con el pan o qué tan mal nos ha ido con el prd, el caso es que yo la verdad, creo que hemos estado mal siempre no importando el color del partido.
El pri roba y reparte, el pan roba y acapara, el prd roba y regala... cuál es la diferencia?
Las elecciones como bien dices, son parte de esta incredulidad, desesperanza o incertidumbre en la que estamos muchos que ahora ya no sabemos qué hacer o pensamos que lo que hacemos no vale de nada, en fin, ahora si que lo malo es malo no importa el color.
Pero esperemos, veremos y diremos, y no quiero ser pesimista ni negativa pero creo que estas próximas elecciones del 2012 no van a ser una guerra de votos encasillados, sino más bien una guerra de estrategias para ver quién se saca el mejor fraude escondido debajo de la manga y convence a los excepticos de que ha sido elegido ganador...
No se, creo que los males de amores me quitan el optimismo y me ponen medio mal y de malas y veo el futuro muy mezclado de todos los colores rojo, azul, amarillo, verde, blanco, hasta rosa, cafe y todos los que se quieran unir para darnos un sólo panorama, negro total.
Ay mijito, ahora entiendes por qué los males de amores son tan jodengues? NOS PONEN TODOS BLUE!!!! Parafraseando a los colores.
;)