7 nov. 2012

Fiesta de XV años. Entre el ritual de paso y el mal gusto


Recuerdo que en mis primeras clases de sociología en el Colegio de Ciencias y Humanidades, impartidas como parte de una asignatura que no se llamaba precisamente Sociología, pero que contenía muchos temas propios de esta disciplina, los autores que leía se esforzaban en acentuar el carácter social de los seres humanos.

En ese momento, si bien lograba entender el concepto, me parecía demasiado rebuscado, estilizado o tal vez obvio; máxime porque las páginas de las antologías en las que aparecían esos temas eran ilustradas con fotografías de personas aglutinadas en la esquina de una gran avenida esperando el cambio en la luz del semáforo.

De modo que no fue sino hasta muchísimos años después que adquirí plena conciencia de que, como decía Aristóteles en la mala traducción hecha por los pensadores latinos, el hombre es un animal social.

Esta breve introducción viene a cuento porque hace poco fui invitado y asistí a una fiesta de XV años. Al estar sentado en aquella mesa adornada para la ocasión, con los mismos colores que el vestido de la festejada, y al mirar a toda esa gente comiendo y bebiendo en ocasión de ese evento, recordé las ilustraciones de las antologías que había leído en mis años mozos (pus sí, ya estoy ruco, qué se le va a hacer).

Pero más allá de ese hecho lógico, concerniente a la naturaleza social de los hombres (sobra hacer la acotación de que “hombres” es un genérico gramatical) que una vez más pude constatar sentado en medio de aquella pequeña multitud (los padres de la quinceañera invitaron a poco más de ¡400 personas!), lo que me interesa abordar aquí es el festejo mismo, la simbología que porta implícita y la reproducción de pautas culturales que muy poco abonan, desde mi perspectiva, a la construcción de una sociedad  ya no digamos más equitativa, sino aunque sea un poco más refinada.  

Supongo que tanto para los antropólogos como para los sociólogos queda muy claro el hecho de que la fiesta de XV años es un ritual de paso. Aunque en realidad tanto para los antropólogos como para los sociólogos todo es ritual y constatación de que los humanos somos simios semi evolucionados con una rústica noción e impetú de trascendencia.  De modo que para mí, como politólogo, analizar una festividad de ese tipo es un acto relativamente novedoso, no tanto por lo sorprendente o llamativo que pudiera parecerme tal acontecimiento (anteriormente había asistido a otros que me sí impresionaron, sobre todo por el mal gusto), como por las observaciones que realicé durante mi asistencia al más reciente.

En el entendido de que dicha festividad es popular en toda América Latina obviaré su descripción, y aun más, en el entendido de que no pretendo aquí elaborar un estudio académico sino simplemente perder mi tiempo divagando sobre una estupidez, tampoco intentaré rastrear su genealogía. Baste pues sólo mencionar que fue la primera vez que traté de dimensionar la fiesta más allá de su significación inmediata como ocasión para comer, beber y bailar de gorra y en su lugar pasarla por un crisol de observación tanto más elaborado, en el que confluyen en una enorme y difusa cápsula ideológica todas mis rudimentarias nociones politológicas, sociológicas, antropológicas y religiosas.

Así, lo primero que quisiera comentar es el sello sexista de la celebración en varios aspectos. El primero y más evidente es que en su mayor parte es una festividad reservada exclusivamente para las niñas. La industria de consumo que existe a su alrededor así lo demuestra. Los vestidos, las zapatillas, los velos, los ramos de flores y hasta los “chambelanes” son  confeccionados exclusivamente para el target femenino (ignoro si también se contemple a la comunidad LGTB).

No hay trajes de XV años para niños, ni chambelanas (el modelo table dancer, en caso de existir, sería muy exitoso), ni zapatos, ni invitaciones.

¿El motivo? Aparentemente muy sencillo: en una sociedad predominantemente machista –aunque en tránsito hacia otras pautas culturales tanto menos atávicas- son las niñas las que deben casarse para ser mantenidas por el hombre, y por tal razón hay que anunciar que han entrado ya en la edad reproductiva.  

Los niños no tienen esa “necesidad” y por tanto no es necesario armarles ese fasto.

El segundo aspecto que denota el sexismo de la celebración es el fuerte acento en su simbolismo, es decir, que ese acontecimiento significa el trásito de “niña a mujer”, pasando por alto el proceso de maduración implícito en la adolescencia propia de esa edad.  El rito mismo del ofrecimiento del “último juguete” evidencia el hecho de que la festejada es aun una niña que es arrancada violentamente de esa condición en un acto público, a la vista de la comunidad. Es violencia simbólica tout court (los créditos del concepto corresponden a Pierre Bordieu).

El tercer aspecto es el reforzamiento de la noción mujer-objeto, tan sólo matizado por el eufemismo de la “presentación en sociedad”, que es por lo demás un término anacrónico. Esto es, que en las sociedades hispanoamericanas parroquiales y las más de las veces aldeanas del siglo XIX y principios del XX, el término “sociedad” se reservaba para los estratos presuntamente altos, aunque muchas veces no quedaba claro si la naturaleza de ese estatus provenía de una cultura refinada o de una pudiente condición económica basada en las rentas agrícolas. De tal suerte que, en esas pequeñas sociedades cerradas, con un poco más de noción de la urbanidad que el grueso de la población que vivía dispersa en el campo, era común “presentar” a las hijas de los hacendados, pequeños comerciantes y profesionistas, para arreglar matrimonios de conveniencia a partir de la negociación de determinadas dotes.

La mujer, pues, era un objeto de cambio para asegurar la prosperidad de los negocios familiares.

En la fiesta de marras a la que tuve oportunidad de asistir, durante el preámbulo del vals, la festejada tomó las copas de una charola que le había acercado otra niña ¡para repartirlas entre sus “chambelanes”! en un acto que adicionalmente proyectó la imagen de la mujer como servidumbre del hombre.

Ahora, la pregunta es ¿hasta qué punto las personas que organizan y participan en ese tipo de acontecimientos son conscientes del carácter ritual que implica la celebración? O si se prefiere, ¿hasta qué punto ésta es sólo un reflejo de su mal gusto y escaso bagaje cultural o a lo más, una burda expresión de su esnobismo?

Al respecto, uno de los aspectos que se muestran en forma exponencial y se reproducen en la celebración de la fiesta de los XV años es el aspiracionismo de las clases medias bajas por alcanzar un estatus más respetable, no tanto frente a los otros estratos de la sociedad, sino entre aquellos de su misma condición. Esto es, que entre más fastuosa sea la festividad mayor será imagen de pujanza económica, aunque esto diste demasiado de la realidad.

De modo, pues, que en la fiesta de XV años convergen y se reproducen una serie de prácticas culturales que lejos de vulnerar los valores conservadores y anacrónicos, los afianzan; y sea tal vez esa circunstancia la que propicie que los otros valores, es decir, los de la democracia, no terminen de enraizar y exhiban las contradicciones de una sociedad que en lo público aspira a la modernidad y al progreso, pero que en lo privado mantiene el tradicionalismo.

Tal vez haya sido demasiado pretencioso lo vertido en este texto, pero no pretendo que se convierta en referente de estudio. Son sólo mis impresiones a partir de una observación más detallada de un acontecimiento social común en nuestra  sociedad. 

2 comentarios:

Malinata dijo...

Supongo que la siguiente frase sonará a Perogrullo, pero en este tipo de ceremonias, rituales, costumbres, o como le quieras llamar, el mal gusto se va refinando con el paso del tiempo.

Sonaré a anciana pero es la verdad: “En mis tiempos…” era una simple presentación estilo boda de vecindad como la describe el buen Chava Flores, o para ser más específicos “Los XV años de Espergencia”, sin grandes banquetes ni mucho lujo. En lo particular no me tocaron los quince chambelanes y las quince damas en patio de vecindad; apenas mis cuatro primos queriendo lucir un baile valseado, una entrada romántica y un ritmo sabrosón para el remante.

Ahora si es toda una industria. Los chambelanes ya son profesionales bailadores de academia contratados para el lucimiento de la chiquilla. La última muñeca, el cambio de zapatillas, la coronación, el brindis… ahhhh, la lista es larga y llena de simbolismos que como bien dices, sólo promocionan a la recién adquirida carne de cañón para los libidinosos hombres casaderos o para los lubricos adolescentes efervescentes que, en una de esas, le quitan la virtud a la festejada en plena fiesta, y a los nueve meses, tremenda panza.

¿Etiquetar? No le encuentro el sentido. Si en este tipo de jolgorios lo único que se pretende es eso pretender: 1) Que la niña es virgen; 2) Que la familia es pudiente; 3) Que todos los padrinos compiten por ver quién tiene más dinero; 4) Que la niña baila bien, y tiene amigos guapos, (los chambelanes comprados) y por último y la más patética; 5) Que el padre rompe todo protocolo al ofrecer como cabeza de familia, la fiesta, el trago, la comida y a la misma hija, a esa sociedad que sólo sabe ser lo que es, una jija de la… sociedad.

Pero como dices, sólo una mera participación para comentar tu reflexión desde las trincheras del invitado al festejo.

Saluditos.

VITOCHAS dijo...

Jefecita! Has mejorado sustancialmente tu estilo. Y sí. Tu comentario complementa y completa los demás aspectos que ya no abordé pero que son paradigmáticos de ese tipo de festejos.