10 ago. 2015

Beltrones; que siempre sí

Al ser entidades de interés público por disposición constitucional, lo que suceda en la vida interna de los partidos políticos es de incumbencia de todos los ciudadanos y no únicamente de sus militantes, pues además de financiar su funcionamiento con recursos provenientes de los impuestos cobrados por el fisco, son los puentes formales de comunicación entre la sociedad y sus gobernantes dentro del modelo democrático de representación política vigente en México.

De ahí que la inminente designación de Manlio Fabio Beltrones como próximo dirigente nacional del PRI sea un tema de alcance nacional. Y lo es no sólo porque su partido ostenta la Presidencia de la República, sino también porque es la primera fuerza política en todo el país al gobernar 20 estados y más de mil municipios en los que habita poco más del 60% de la población. Adicionalmente, es la organización partidista más longeva con 86 años de existencia ininterrumpida, contados a partir de la fundación del PNR en 1929.

Con estos datos en consideración se entiende con mayor claridad el rol estratégico de la dirigencia nacional del PRI como fuente e instrumento de poder. De ahí que el presidente Peña Nieto haya decidido recuperar una añeja regla no escrita del sistema político tan pronto como tomó posesión del cargo, según la cual el Jefe del Ejecutivo surgido de dicho partido debía ser su líder real e indiscutible. En esa lógica e impulsado por el bono de legitimidad obtenido en las urnas, operó para que César Camacho -perteneciente a su mismo grupo regional- asumiera la Presidencia del Comité Ejecutivo Nacional en diciembre de 2012.

Sin embargo, pese a la creencia difundida y reproducida recientemente por muchos comentaristas en el sentido de que la toma de decisiones respecto al rumbo y la vida interna del PRI es facultad unipersonal del Presidente de la República, la realidad es mucho más compleja y precisa de un conocimiento más detallado del funcionamiento de los partidos políticos en general y de la evolución histórica del PRI en particular.

En primer término, los partidos no son organizaciones homogéneas. Ciertamente sus integrantes comparten objetivos comunes tales como ganar y mantener el poder, pero también tienen intereses particulares que promueven y defienden. Por tal razón, si bien ante sus adversarios se muestran como un bloque unido, al interior sus distintos grupos mantienen una permanente concertación y disputa por los espacios de dirección y administración en los que se deciden asuntos estratégicos como las políticas de alianzas, las plataformas electorales, la designación de los candidatos y el financiamiento de las campañas.
En segundo lugar, la evolución histórica del PRI tiene lugar desde una confederación de pequeños partidos regionales, controlados por caciques locales, hacia una organización de organizaciones que prácticamente englobó a todos los sectores sociales presentes en el país al término de la Revolución de principios del siglo XX. Durante esa etapa el partido sirvió como soporte social del nuevo régimen político que tenía en el Presidente de la República al árbitro de los conflictos surgidos entre tales sectores y entre los grupos políticos regionales.

En este sentido, la tarea principal del Presidente como árbitro era consultar y consensuar entre todos los sectores para tomar decisiones que permitieran administrar los conflictos o encontrarles salidas; para lo cual, además de tener un talento negociador, el jefe del Ejecutivo también disponía con un sistema de incentivos, recompensas y castigos muy efectivo.

A la luz de este sucinto panorama resulta ingenuo pensar que la llegada de Beltrones a la dirigencia del PRI fue una decisión unipersonal del presidente Peña Nieto, sin mediar consulta previa con los sectores del partido. De haber sido el caso, había un abanico de perfiles mucho más próximos a los afectos del primer mandatario del cual pudo haber escogido a uno para imponerlo, sustentado en su presunto poder absoluto al interior del partido sin encontrar mayor resistencia.

Sin embargo, a la luz del delicado momento que atraviesa el gobierno en términos de popularidad y percepción de eficacia de sus programas y acciones, el Presidente fue sensible a los signos de desgaste; de ahí que haya decidido respaldar la aspiración del operador político más experimentado de su partido, sobre todo mirando hacia 2016 y 2017 cuando se disputarán 14 gubernaturas, algunas de las cuales serán objeto de contiendas muy cerradas con la oposición (Chihuahua y Veracruz, por ejemplo).

Por otra parte, el arribo de Beltrones al mando del PRI debe leerse también como la posibilidad de abrir espacios en el partido y eventualmente en el gobierno a grupos internos que fueron desplazados o eclipsados por la alianza regional entre los priistas mexiquenses e hidalguenses que, de continuar esa situación, podrían propiciar que esos grupos marginados operen para partidos en los procesos electorales que se avecinan.

Por supuesto, la apertura de esos espacios también podría suponer la construcción de una red de alianzas y lealtades que eventualmente puedan respaldar la postulación de Beltrones como candidato presidencial. Pero esto último tendrá que pasar primero por la aduana de los resultados que entregue como estratega electoral. Al tiempo.

El Imparcial 09/08/2015

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