6 ago. 2015

Hacia el 2018: el PRI y la sucesión presidencial

Pese a que fue uno de los claros ganadores del pasado 7 de junio al lograr que dos cuadros de su círculo más cercano ganaran las gubernaturas de Sonora (Claudia Pavlovich) y Campeche (Alejandro Moreno) respectivamente, Manlio Fabio Beltrones ha optado por un bajo perfil mediático después de haber hecho pública su aspiración de asumir la dirigencia nacional del PRI.

 
Conocedor de las añejas reglas del juego en torno a la disputa por el poder -que pareciera retomaron fuerza y vigencia luego del retorno de su partido a la Presidencia de la República- probablemente Beltrones optó por obedecer aquella que dicta que en política hay tiempos para sumar, para sumarse y para sumirse; sin que esto último signifique que haya declinado a continuar operando su sobrevivencia política en un ambiente que le es hostil, debido a que sus adversarios dentro del PRI y principalmente dentro del Gobierno Federal lo perciben como un líder experimentado, inteligente, hábil y con la suficiente astucia como para proyectar su sombra incluso por encima de quien debería ser el dirigente natural del partido según lo estipulado por otra de esas arcaicas reglas, es decir, el Presidente de la República.

 
De ahí que el anuncio de sus aspiraciones políticas coloque al presidente Peña y a sus asesores en la difícil disyuntiva de, o sacar de circulación a un activo que tan buenos servicios prestó al Ejecutivo para sacar adelante en el Congreso su agenda reformadora sin mayores contratiempos y con los más amplios consensos posibles, o bien, dejarlo pasar hacia la dirigencia nacional del partido, con el consabido riesgo de que ese movimiento significaría compartir con él el control de la sucesión presidencial en 2018 o incluso permitirle construir su propia candidatura presidencial como en su momento lo hiciera Roberto Madrazo.

 
Y es que a últimas épocas las dirigencias nacionales de los partidos dejaron de ser instancias meramente burocráticas de arbitrio entre los diferentes grupos internos en disputa por diversos cargos de representación, para convertirse en plataformas de proyección personal e instancias de negociación y construcción de acuerdos con las demás fuerzas políticas para reproducir su propia hegemonía (lo que comúnmente se ha dado en llamar partidocracia).

 
De manera particular, en el caso del PRI la presidencia de su Comité Ejecutivo Nacional pasó de ser un instrumento empleado por el Presidente de la República en turno para articular el apoyo social y político a su programa de gobierno y administrar la carrera política de los principales cuadros del partido mediante la disciplina y la lealtad con miras a la sucesión, a una instancia privilegiada de interlocución con el gobierno federal desde una posición opositora durante la etapa de la alternancia (2000-2012).

 
Y fue precisamente en esa etapa en la que Beltrones logró relanzar su trayectoria política -congelada durante el sexenio de Ernesto Zedillo- negociando con los gobiernos panistas acuerdos que abonaron a la gobernabilidad en etapas tan críticas como la que prevaleció después del proceso electoral de 2006.

 
El regreso del PRI a la Presidencia de la República en 2012 propició nuevamente la supeditación de la dirigencia nacional hacia la figura del jefe del Ejecutivo, tal como fue demostrado con la elección de Pedro Joaquín Coldwell al frente del partido en 2011 y su relevo al año siguiente en la figura de César Camacho.

 
La eventual llegada de Beltrones a esa posición no sólo lo colocaría en el centro de la atención mediática dado su prestigio personal, sino también en la posibilidad de tejer territorialmente una red de lealtades políticas a la luz de los procesos electorales que se avecinan en el camino hacia 2018, en los que estarán en juego 15 gubernaturas, cientos de diputaciones locales y cerca de un millar de cargos municipales.

 
Eso lo saben muy bien sus adversarios y el propio Beltrones, hijo político y principal pupilo del legendario fundador de la inteligencia civil en México -don Fernando Gutiérrez Barrios- sabe que lo saben. De ahí la cautela con la que se ha conducido durante las últimas semanas.

 
Así las cosas, lo cierto es que el todavía coordinador de los diputados federales del PRI tiene el suficiente capital político y capacidad negociadora para poder acordar personalmente con el presidente Peña su llegada a esa posición.

 
En los próximos días veremos si echa mano de esos recursos.

El Imparcial, Julio 2015.

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