14 ene. 2016

El lejano 2018 y los futurismos del presente


Hace unas semanas en un evento de la industria acerera realizado en la Ciudad de México, los asistentes a uno de los paneles de trabajo cuestionaron con mucho interés a un reconocido comentarista político acerca de los posibles candidatos presidenciales hacia 2018, a lo que éste respondió que aun era muy prematuro pensar en aspirantes definitivos, pero que sin duda uno que estará en la boleta electoral de junio de ese año será Andrés Manuel López Obrador como candidato del partido que él mismo fundó. Pero de eso a que tenga posibilidades reales de ganar ya es otra historia que depende de muchos factores, los más de ellos ajenos al propio López Obrador. Y si bien el 2018 aun está muy lejos, no está de más plantear algunas consideraciones que le orienten a usted, estimado lector, en el intento de comprender el complejo panorama que se observa de aquí a esa fecha.

Así pues, lo primero que hay que tener en cuenta es que el universo de aspirantes pese a parecer demasiado amplio, en realidad se circunscribe a los actores que actualmente se desenvuelven en el escenario político nacional; esto es, que difícilmente podrá surgir un aspirante fuerte a la silla presidencial de los candidatos –principalmente a gobernadores- que triunfen en los comicios locales de 2016 y 2017. Aunque el control territorial que adquieran los partidos a partir de los resultados de esas elecciones será un factor estratégico para la articulación de las estrategias de campaña y por consiguiente, de sus posibilidades de triunfo.

A partir de esa premisa fundamental es que las encuestadoras han comenzado a realizar algunas mediciones, en las cuales es necesario aprender a diferenciar entre el nivel de conocimiento de un personaje y su intención real de voto. Así, el que un aspirante sea el más conocido no significa que sea el que concentra la intención más alta del voto, pues ésta depende entre otros factores de los niveles de aceptación (conocidos como “positivos”) o de rechazo (“negativos) de su imagen. El caso de López Obrador es muy ilustrativo de esta situación. En varias encuestas aparece como el aspirante más conocido, pero también como el que más negativos concentra (ya si las encuestas están bien diseñadas o responden a una intencionalidad específica de quien las realiza o quien paga su realización, es otro aspecto que quizá en alguna otra oportunidad se podría abordar en este espacio). Lo anterior se refleja en su intención real de voto que está por debajo del 30% y concentrada principalmente en zonas urbanas del centro-sur del país.

Por otra parte y pese a que discursivamente por lo menos desde los años noventa del siglo pasado los partidos mexicanos se movieron hacia el centro, la inclinación ideológica de la sociedad mexicana hacia el centro-derecha también es un factor que influye en forma decisiva en la conformación de la preferencia efectiva del tal o cual aspirante. Para sustentar esta afirmación basta con observar que en las últimas tres elecciones presidenciales (2000, 2006 y 2012) el PRI y el PAN han sumado en promedio más del 65% de la votación nacional, y si bien el PRI es un partido perteneciente a la Internacional Socialista que agrupa a los partidos de izquierda del mundo, en los programas de gobierno diseñados e implementados por los representantes surgidos de este partido se observa claramente un cariz conservador.

Por lo que hace a una eventual candidatura independiente para la Presidencia de la República, en la cual la opinión pública coloca a personajes como el recién estrenado gobernador de Nuevo León, el ex titular de la SER Jorge Castañeda o al ex rector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente, lo cierto es que lejos de contribuir a superar la atadura institucional de la democracia mexicana a los partidos políticos, podría propiciar la continuidad de uno de estos en el poder debido a la fragmentación del voto, ante la cual la disciplina y la lealtad partidista además del control territorial que mencionamos líneas arriba, se vuelven factores estratégicos para sacarle el mayor provecho a ese situación pues en un escenario de una votación fragmentada la capacidad de movilización y el tamaño de las clientelas de los partidos se vuelve crucial. De ahí la conveniencia de que en un futuro no muy lejano se tenga que discutir con seriedad la introducción de la segunda vuelta electoral para la elección presidencial, con la cual se evitaría el triunfo de un candidato con menos del 30% de la votación.


En tanto, las posibilidades de que un fenómeno político-electoral como el del “Bronco” se pueda replicar a nivel nacional son muy acotadas. 

Publicado en El Imparcial 09/10/2015

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