12 jun 2007

Una boda y ningún funeral II

Al siguiente día, ya medio repuesto de la borrachera, el Luisito me dio la bienvenida como es debido, y me presentó con sus amigos y familiares como su amigo que había viajado desde el Distrito Federal.

Al enterarse ellos de mi procedencia, la recepción fue tan cálida, como corresponde a la recepción de mis paisanos siempre que visitan el interior de la república… Si todavía no se ha percibido la ironía, la confirmo: estoy siendo irónico.

La verdad no sé por qué los defeños solemos caer tan mal entre la gente del interior. Supongo que es porque somos citadinos, cosmopolitas, refinados y muy open mind; todo lo cual choca con el pensamiento aldeano, cerril y pedestre de los persignados provincianos. (Mentiras: sé que por comparaciones como esas y por imbéciles que las piensan, las creen y las expresan, todos los defeños que no tenemos tan estrecha visión y cultura como para suponer que la ciudad es el centro del universo -y que fuera de ella, como decía Salvador Novo, todo es Cuautitlán- pagamos las consecuencias cuando visitamos otros estados de la república. Por eso cuando a mi me preguntan de dónde soy, siempre respondo que de Hidalgo. Aunque luego el acento me delate).

El punto es que al poco tiempo se quitaron los prejuicios y comenzaron a tratarme como ser humano, con mucha hospitalidad y gentileza. Aunque eso no me salvó de la pregunta incómoda de ¿y es casado? Seguida de ¿pero piensa casarse, verdad? Y otras todavía más temerarias formuladas por la prima del Luisito ¿y tienes novia? ¿y por qué no la trajiste? Pero formado, como estoy, en la vieja tradición jesuita de siempre responder a una pregunta con otra pregunta, logré evadir con éxito tan bochornoso cuestionario.

Llegada la hora de la ceremonia religiosa, la cosa se puso interesante; especialmente porque cometí el error de llegar temprano al templo, lo que propició que los del grupo de liturgia me coaccionaran –so pena de mover sus influencias celestiales para que mi alma no alcanzase la indulgencia divina- para leer el siempre sublime y conmovedor capitulo 13 de la primera carta de Pablo a los corintios (I-Corintios, 13). Sin embargo acepté gustoso, porque además de que es un pasaje muy bonito -que a mi me gusta más en latín: Caritas patiens est, benigna est caritas, non aemulator, non agit superbe...- estaría sentado a lado de la hermana de la novia, que dicho sea de paso, está como para darle de comer aparte; y tendría la oportunidad de presumir mi traje nuevo desde el atril.

En este punto debo decir que a pesar de mi renuencia a las homilías, la que expresó el sacerdote oficiante me gustó mucho; posiblemente porque estuvo enmarcada dentro del rito maronita, tal cual debía ser, siendo el novio de ascendencia libanesa.

Terminada la ceremonia religiosa, y luego de tenernos a los invitados como imbéciles aguardando a la salida mientras los novios se tomaban fotos hasta con sus maestros del kindergarten, nos dirigimos al salón donde tendría lugar la recepción, para presenciar la ceremonia civil.

No entiendo por qué el Estado mexicano, al instituir el matrimonio civil luego de la guerra de Reforma, en el siglo XIX, tuvo que establecer una ceremonia tan ñoña en la que a los novios, más que instarlos a celebrar su matrimonio, se les envía una especie de ultimátum, cuando el oficial del registro civil lee las obligaciones que del contrato matrimonial se derivan. Es algo así como si Juárez y Comonfort, sabedores de la desgracia que era estar casados, quisieran darles una última oportunidad a los futuros cónyuges para que desistiesen de tan terrible acto.

Por si esto fuera poco, a Melchor Ocampo se le ocurrió escribir una epístola con tufillo rousseauniano, tan ridícula como irreal, que hasta hace poco tenía que ser leída obligatoriamente en las ceremonias de matrimonio civil. Lo que demuestra que por muy liberales que fueran los liberales, no estaban exentos de caer en lo kitsch.

He aquí un extracto de la epístola de Melchor Ocampo para que se vea que ya desde el siglo XIX los mexicanos traíamos en los genes la información que nos haría proclives a los dramas telenovelescos de Televisa:
... Los casados deben ser y serán sagrados el uno para el otro, aún más de lo que es cada uno para sí. El hombre cuyas dotes sexuales son principalmente el valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer, protección, alimento y dirección, tratándola siempre como a la parte más delicada, sensible y fina de sí mismo, y con la magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al débil, esencialmente cuando este débil se entrega a él, y cuando por la Sociedad se le ha confiado. La mujer, cuyas principales dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y la ternura debe dar y dará al marido obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende, y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca, irritable y dura de sí mismo propia de su carácter (...)

Sorteados todos los rituales, besos, abrazos, ramos, corbatas y demás similares y conexos, vino la que para mí siempre es la mejor parte: ver cómo el glamour, el pedigree y lo finolis de las formas, se diluyen poco a poco entre el alcohol, hasta exhibir a unos simios semi evolucionados bailando en las mesas y diciendo cantidad de estupideces.

En lo personal me comporté muy decente porque quería dar una buena impresión que al final no sirvió de nada, porque cuando estaba charlando animadamente con la hermana de la novia, entró una llamada a mi celular de la doctora corazón, que me recordó dónde tenían que estar mis lealtades hormonales.

Aunque después de todo, la cosa no estuvo tan mal. Bueno, no hasta antes de que escuchara esas palabras que me producen terror y ganas de salir corriendo: “eres muy maduro y proyectas mucha seguridad”. Fue entonces cuando recordé que tenía que viajar el domingo por la mañana y por tanto retirarme a dormir.

Y bueno, hasta aquí llego por hoy, porque me espera la redacción de mis notas para una plática sobre ética y realismo político, a la que he sido invitado.

Un saludo y gracias por leerme.


Señor J.M tú nomás dí cuando concretamos esa extorsión cafetera o chelera; yo estoy puesto.

11 jun 2007

Una boda y ningún funeral I

Sé que este título es muy demodé, pero no se me ocurrió otro mejor para relatar las vicisitudes que tuve que pasar el fin de semana.

Las bodas, esos ancestrales ceremoniales relacionados con la institución de la monogamia -artífice de la insatisfacción sentimental (y sexual) de las parejas- urdida en un primer momento por la religión y refrendada luego por el Estado, para aplacar las más profundas y libidinales pulsiones sexosas de la humanidad, han sido desde el primer momento de su aparición rituales complejos, sofocantes, bufos y ridículos.

No hay boda que no implique, cuando menos, un par de meses para su planeación y, en promedio, cuatro conatos diarios de rompimiento por parte de los prometidos, suscitados por diferencias en torno al número de invitados, el lugar de la recepción, la hora de la celebración civil y religiosa, el destino de la mal llamada “luna de miel” y la presencia de los infaltables familiares y amigos incómodos.

Superada esa etapa, el día del acontecimiento es otra odisea que se debe afrontar, porque, no obstante haber planeado todo con anticipación y mucha precisión, siempre hay algo que sale mal en el último momento. El frac entregado con retraso, el implacable frizz del pelo de la novia, el tío borracho que hace una revelación incómoda sobre el pasado de alguno de los novios, con la que pone al filo del precipicio la unión de las familias de los contrayentes, o el bloqueo de las inmediaciones del templo o de la oficina del registro civil por una manifestación, una marcha, una procesión o un percance vial.

Luego vienen los momentos clásicos y los clichés: la llegada tardía de la novia, el llanto incontrolable de las mamás de ambos, los suspiros ahogados de los respectivos pretendientes anteriores, que recrean en su imaginación la escena en la que impedirían la boda con alguna frase telenovelesca; y, por supuesto, el glamour y la crítica despiadada realizada sotto voce, mientras el sacerdote o el oficial del registro civil se echa un rollo deontológico acerca del matrimonio, aunque no sepa qué demonios significa deontológico.

Por estas razones es que, parafraseando a Marx, con sencilla palabra, a todas las bodas aborrezco. Bueno, en la frase original en lugar de “bodas”, Marx utilizó el plural “dioses”; lo aclaro por si algún guardián de la ortodoxia textual del marxismo llegase a leerme. Es más, para que no haiga (subjuntivo del verbo haigar: yo haigo, tú haigas, él haiga… por favor no confundir con el subjuntivo del verbo haber) dudas, diré que la fuente de esa frase es la tesis doctoral de Marx intitulada Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y Epícuro, defendida in abstentia en Jena en 1841.

Y después de esta cápsula ideológica por poco olvido de que iba este comentario. Pero ya lo recordé.

Sucede que el fin de semana asistí a la boda de mi amigo Luisito Quaid (libanés hasta las orejas), en una ciudad que está a tres horas del Distrito Federal.

Siendo el Luisito un colega muy lúcido al que conocí en un congreso de ciencia política hace cuatro años, lo que menos esperaba de él era enterarme de que un buen día sintió deseos de autodestruirse y decidió que la mejor manera de hacerlo era proponiéndole matrimonio a su novia (una bella diseñadora gráfica que confirma la regla de que la belleza es inversamente proporcional a la inteligencia…). Sin embargo, una mañana cualquiera dos semanas ha, recibí por correo un sobre de un papel muy fino, que luego de cerciorarme de que no tuviera ántrax o cualquier otra sustancia química mortífera, decidí abrir para hallar dentro la invitación para la boda.

Me he enterado y he asistido a muchas bodas, a pesar de que siento desafecto hacia ese tipo de celebraciones. Sin embargo, no es lo mismo enterarse y acudir a la boda del amigo de tu hermano mayor, o de tu vecino de 35 años, que a la boda de un amigo tuyo, contemporáneo (es decir, que todavía no rebasa las tres décadas de existencia) y colega. Que lo mismo vio Plaza Sésamo y los Thundercats; que leyó el tebeo de Superman o El Príncipe de Maquiavelo. Eso sí que es catártico.

El punto es que no podía desairar al Luisito -con el que tuve la fortuna de trabajar en una campaña electoral- y por eso decidí asistir a su suicido, presenciado, sancionado y santiguado por el Estado mexicano y la Iglesia Católica Apostólica y ¿cómo era? ¿Remona ó Romana?

Así que llegaría desde el viernes a su ciudad, para asistir a la despedida de soltero y llegar sin retrasos a las ceremonias civil y religiosa, la tarde del sábado.

Para no sentir pánico por mirar yo sólo cómo uno de mis amigos se ponía la soga del matrimonio al cuello, mientras sonreía felizmente camino al cadalso del débito conyugal, decidí invitar a la doctora corazón, a fin de romper mi propio tabú de asistir acompañado de –o acompañar a- mi novia en turno a una boda (por aquello del ramo y la corbata que suelen aventar los novios). No obstante, la Fatalidad me salvó una vez más porque de última hora a la doctora corazón la pusieron a dar consulta en urgencias y tuve que irme sólo.

Aunque a las dos horas la eché mucho de menos, porque llovía a cantaros en la carretera; tanto, que tuve que conducir muy despacio porque era tal la cantidad de agua precipitándose sobre el parabrisas de mi auto, que sólo se veía una opaca cortina resbalando continuamente, ante la cual los limpiadores se declararon impotentes.

El punto es que el viaje que estaba programado para durar tres horas, se prolongó casi tres horas más. Lo que propició que al llegar a la casa de mi amigo, para la supuesta despedida de soltero, sólo encontrara a una bola de tarados durmiendo en la mesa, el sofá, las escaleras y el suelo, totalmente fulminados por el alcohol. Entre ellos, por supuesto, el Luisito.

8 jun 2007

Cioran, o de la existencia y el abismo

Existe cierta clase de filósofos cuyos libros deberían de llevar una advertencia, semejante a la que llevan las cajetillas de cigarros (“fumar es causa de enfisema pulmonar”) o las botellas vino y de cerveza (“evite el exceso; todo con medida”), en la que se prevenga al lector acerca de las potenciales consecuencias que tales textos podrían acarrearle; generalmente asociadas a crisis existenciales, episodios de angustia y depresión, o todo junto.

De manera que la leyenda preventiva que libros como La fenomenología del Espíritu o Así habló Zaratustra, deberían de llevar sería la siguiente: “Cuidado. Lectura no apta para megalómanos de closet y pretenciosos patibularios. Se recomienda la lectura bajo la supervisión de un adulto que verdaderamente haya estudiado filosofía”.

Pero hay otros textos que por su densidad, crudeza y rudeza in(necesaria), deberían de llevar una leyenda más temeraria; algo así como: “No apto para suicidas potenciales, poetas frustrados y amantes desilusionados. Se recomienda evitar su lectura cerca de puentes elevados, vías de tren, autopistas, líneas de alta tensión y farmacias de similares”.

Lo libros del filósofo húngaro Emile Michel Cioran y Del sentimiento trágico de la vida, de don Miguel de Unamuno –texto que, por cierto, no pudo correr peor suerte que caer en manos de alguien que ni siquiera lo lee, o que si lo lee no lo entiende, cuando, en un arrebato de estupidez, tuve la mala idea de regalarlo- deberían de llevar esa leyenda, porque hay en sus páginas un desgarrador grito de la conciencia ante la miseria de la materia, que permite que la existencia del Ser devenga mundana.

Leer a Cioran y a Unamuno –curiosamente ambos han sido prologados por Fernando Savater- es como asomarse al fondo de un abismo cuya profundidad es imposible siquiera advertir, debido a la densidad de la penumbra que lo rodea. Y es tal el riesgo, que si no hay un entrenamiento espeleológico previo, consistente en la sistemática complicación de la existencia, el espíritu podría quedarse para siempre ahí perdido; dando tumbos en medio de la oscuridad, totalmente desorientado y vaciado de fe y de sentido.

De manera que lo realmente importante no es leer los libros de ambos filósofos; esto es, asomarse al abismo de la Nada. Lo realmente importante es asomarse y no morir en el intento.

En lo personal me identifico sobremanera con los planteamientos de ambos pensadores, así como sus particulares estilos siempre corrosivos, apasionados y directos.

Los dos fueron hombres que remaron a contracorriente -como decía Isaiah Berlín- porque se mostraron renuentes a abrazar la filosofía en boga y, por el contrario, se dedicaron a afirmar sus propias ideas y críticas, con todo y que eso no les acarreara precisamente las simpatías de sus respectivos establishment’s filosóficos.

Como sea, todo este preámbulo ha sido para presentar este pequeño texto de E. M. Cioran, en el que se puede observar su agudeza, su melancolía y su desconsuelo acerca de lo que otrora se creyó absoluto.


Teología

Estoy de buen humor: Dios es bueno; estoy tristón; es malo; indiferente: es neutro. Mis estados le confieren atributos correspondientes: cuando gusto del saber, es omnisciente, y cuando adoro la fuerza, es todopoderoso. ¿Me parece que las cosas existen? Él existe: ¿Me parecen ilusorias? Él se evapora. Mil argumentos Le apoyan, mil Le destruyen; si mis entusiasmos Le animan, mis malhumores Le ahogan. No sabríamos formar imagen más cambiante: le tememos como a un monstruo y le aplastamos como a un insecto; si Le idolatramos, es el Ser, si Le repudiamos es la Nada. La Oración, aunque debiera suplantar a la Gravitación, no lograría nunca asegurarle una duración universal: siempre permanecería a merced de nuestras horas. Su destino ha querido que no permaneciese inmutable más que a ojos de los ingenuos o de los ignorantes. Un examen Le revela: causa inútil, absoluto sinsentido, patrón de los bobos, pasatiempo de solitarios, oropel o fantasma según divierta a nuestro espíritu u obsesione nuestras fiebres.

Si soy generoso, se magnifica de atributos; si amargado, se grava de ausencia. Lo he vivido bajo todas sus formas: no resiste ni la curiosidad ni la investigación: su misterio, si infinito, se degrada; su brillo se oscurece; sus prestigios disminuyen. Es un traje raído del que hay que desnudarse: ¿Como seguir revistiéndose de un dios harapiento? Su despojo, su agonía se prolonga a través de los siglos; pero no nos sobrevivirá, pues ya envejece: su estertor precederá al nuestro. Agotados sus atributos, nadie tendrá energía para forjarle otros nuevos; y la criatura que los asumió, para rechazarlos después, irá a reunirse en la nada con su más alta invención: su creador.

E.M Cioran, Breviario de Podredumbre, Taurus, Madrid 1988.

6 jun 2007

El resposet

Mi abuela solía decir que había que presumir cuando la ocasión lo permitiese.

Posiblemente esta ocasión no lo permita. Pero si no es ahora, entonces ¿cuándo podré presumir mi reposet nuevo?

Sí, ya sé que se trata de una presunción que ni siquiera viene el caso. Aunque también estoy seguro que no sorprende a nadie (y esto tiene una significación literal, pues nadie lee este blog), considerando que aparece en este espacio dedicado a divagar sobre pendejadas y asuntos sin importancia.

Además, si Clarice Lispector dedicó muchos de sus cuentos y relatos a escribir sobre cucarachas, roperos y relojes despertadores (el cuento sobre Sveglia es genial!), ¿por qué yo no habría de dedicar unas cuantas líneas a escribir sobre mi reposet?

Cierto, yo no poseo ni la maestría ni el estilo ontológico de Lispector (que algunos identifican con el llamado flujo de conciencia, introducido en la literatura por James Joyce), que aun cuando los negaba argumentando que decía lo que tenía que decir sin literatura, al momento de leer su obra se hacen patentes. Y ahora que recuerdo, el año pasado presté Silencio, que es una compilación de cuentos publicada por Grijalbo Mondadori, y no me lo regresaron.

En fin, que aun cuando estoy muy lejos de la grandeza de aquella escritora brasilera, quiero escribir en esta ocasión sobre un objeto común y corriente. Bueno, ni tan común ni tan corriente, porque realmente son pocas las personas que tienen un reposet. Particularmente uno color café, de tamaño mediano, forrado en tela de pana gruesa, lavable; con patas de plástico anti derrapante, cortas y discretas.

Hasta antes de que ese reposet llegara a mi vida por causa de una rebaja en un determinado almacén, su espacio era ocupado por un viejo y desvaído sillón que había comprado en un bazar, cerca de mi casa. Era un sillón pequeño, muy intimista, forrado de una tela con estampados cuadrados en colores rojo y gris. ¡Ah! mi viejo sillón, cuántos momentos pasamos juntos.

Sin embargo, lo echo de menos.

Con todo, acostumbraba alternar entre ese sillón y la silla neumática giratoria que utilizo para trabajar en la mesa escritorio; pues generalmente, cuando tengo pereza de levantarme y caminar para coger un libro al otro lado de la habitación, me desplazo impulsando las ruedas que aquella tiene en la base.

El sillón, por otra parte, lo utilizaba generalmente por las noches, ya fuera para mirar la televisión o para leer algún libro; pero me resultaba muy incómodo dormirme en él, con todo y que había puesto un pequeño taburete para el descanso de mis pies.

Ahora, con el reposet, van tres noches seguidas que me quedo dormido con un libro entre las manos. Y no es que pretenda proyectar aquí una imagen de fatuidad intelectual (aunque en ocasiones soy bastante fatuo), pero de verdad tengo muy arraigado el hábito de la lectura; tanto, que en estos últimos meses he estado leyendo como un desquiciado.

Así pues, mi reposet está situado en una posición estratégica, a lado de la ventana que da a la calle, cerca de mi escritorio y frente al televisor. De manera que por las noches, cuando no quiero mirar la televisión, abro la ventana, me recuesto en el reposet y alterno la lectura con algunas miradas al cielo que, si tengo suerte y los niveles de contaminación así lo permiten, me brinda pequeños instantes de reflexión y asombro ante la magnitud del firmamento. Ni qué decir cuando hay luna llena.

Ayer precisamente, me quedé dormido con Confesiones de un hijo del siglo, de Musset -donde narra su compleja relación con la escritora George Sand- y me despertó la fría brisa de la lluvia que había comenzado a caer en la madrugada. Así que medio somnoliento, sólo tuve fuerzas para cerrar la ventana y volverme a recostar.


P.S. Señor J.M, no seas duro conmigo. Además te pido que me entiendas, como dicen los angloparlantes, I falled in love; por tanto, cometo idioteces aun contra mi voluntad y mi conciencia.

Además, Delgadillo no es tan malo, y debes reconocer que la letra de
Coincidir es llegadora.

Laura, realmente un gusto que hayas vuelto por acá.

5 jun 2007

Exámenes

A reserva de una mejor opinión, pienso que de todas las actividades académicas relacionadas con el subvalorado y mal pagado oficio de enseñar, la más aburrida y desesperante es la de calificar examenes. Máxime si la Facultad, con sus arcaicas reglas y la soterrada intención de reproducir las mismas frustraciones y traumas que aquejan a sus decanos, prohíbe que los profesores jóvenes recientemente incorporados a la plantilla, puedan contar con un lacayo... perdón, quise decir, ayudante de profesor, que además de cargar amablemente sus portafolios, les lleve el café al salón y haga el trabajo sucio de reprobar a los alumnos, echándose sobre sus espaldas el repudio de toda la clase.

Como sea, el punto es que recién terminé de calificar exámenes. Y aunque pudiera parecer una tarea fácil, en verdad pienso que no se la desearía ni a mi peor enemigo -claro que es una forma de hablar, porque no tengo peor enemigo; por eso hablo mal de todo el mundo, para intentar tenerlo- porque además de que precisa de mucha paciencia, también requiere un higado lo bastante sano como para que soporte las embestidas de ira, provocadas por la lectura de cada crimen ortográfico y gramatical, que debería merecer la pena capital de leer las novelas de Dan Brown y Paulo Coelho en justo escarmiento. Esto es, para que sientan lo que se siente leer barbaridades.

En fin, que cansado y fastidiado de leer tantas cuartillas de repeticiones y obviedades, quería distraerme viendo Dr. House; pero cuando encendí el televisor y sintonicé el canal 5, me encontré con la desagradable transmisión de un partido amistoso entre la selección mexicana de fútbol, y la selección de no sé qué país sudamericano.

No es que no me guste el fut, pues soy de los tipos insufribles que cuando gana su equipo algún partido importante o el campeonato, salen como estupidos a sonar la bocina de su auto por las calles de la ciudad (como cuando fueron campeones los Pumas), pero me aburre ver partidos tan grises y en días laborables, como el México-Paraguay. Además de que tan sólo escuchar la narración remite inevitablemente a la imagen de la cancha de tierra de algún reclusorio: "y ahora se mueve por la banda el 'Bofo' Bautista, pasa en corto al 'Mariquita' Pérez, éste retrasa para el 'Changoleón' Ugalde..." es terrible!

Para colmo se siente un calor sofocante. Así que no me queda más que seguir leyendo a Kolakowski en Si Dios no existe... aplastadote cómodamente en mi reposed, del que escribiré en otra ocasión.

4 jun 2007

Matices sobre el hubiera

Quisiera realizar algunos matices acerca de mis consideraciones sobre el hubiera, comentadas en el post anterior. Y es que no sólo tiene una función negativa pretérito pluscuamperfecto; también tiene una función no precisamente positiva, pero sí, cuando menos, de afirmación de la contingencia en situaciones presentes satisfactorias.

Por ejemplo, si yo no me hubiera contagiado de conjuntivits sabe Dios dónde, y si mi doctor no me hubiera mandado con un oftalmólogo que no pudo atenderme de emergencia un sábado por la noche, porque había salido a cenar con su esposa; entonces, no hubiera acudido -como último recurso- a consulta con mi poco frecuentada amiga Yara. Y de no haber sido así, ella no se hubiera convertido en la doctora corazón [en realidad aquí se trata de un condicional perfecto -habría-, pero hice trampa para que no se interrumpiera la idea], que me consiente y me cura hasta de las enfermedades que no tengo, pero que leo en sus libros.

El punto es que el hubiera también denota las consecuencias de actos que en muchas ocasiones son determinados por la contingencia y no por una voluntad deliberadamente consciente. Por ejemplo enamorarse es un acto contingente, esto es, que puede o no suceder.

Uno no sale de su casa por la mañana con la idea de enamorarse de alguien en el transcurso del día. O a menos que se trate de una personalidad obsesiva-compulsiva (afortunadamente todavía no llego hasta allá), el enamorarse no se agenda en las actividades del mes o la semana, junto con la cita con el dentista o la visita a la lavandería.

El enamoramiento es un acto totalmente imprevisible; por eso cuando acontece siempre nos toma mal parados y nos hace cometer la más amplia de gama de idioteces, extrayendónos abruptamente de nuestra rutina (peor aún: nos hace bailar regetón, o mirar el Diario de una pasión por TV un domingo por la noche, en lugar de ver Bailando en la oscuridad).

Pero como el enamoramiento no es permanente -ya lo dice Beigbeder, el amor dura tres años- cuando termina nos hace ver, quizá de forma un tanto dramática o rídicula, según sea la experiencia, las consecuencias de la contingencia. Y en ese preciso momento es en el que el hubiera adquiere una connotación negativa.


Pues ahí está, sólo quería hacer ese matíz.

1 jun 2007

Qué hubiera pasado si...

Como lo he mencionado en anteriores ocasiones, de todos los tiempos gramaticales del español (y es que tenemos hasta para echar de confetti), el que más detesto por el sentimiento de frustración que despiera, es el pretérito pluscuamperfecto; es decir, el tristemente célebre hubiera.

Además de que no existe y no podrá existir en el futuro, el hubiera lo único que hace es recordarnos cuan imbéciles somos, porque siempre se utiliza para corregir hipotéticamente una situación equivocada que ya tuvo lugar en el tiempo: si le hubiera dicho que la amaba, no se hubiera ido.

Cierto, si le hubiera dicho, pero como no le dije, aquí estoy de pendejo lamentandóme(la) el no haberlo hecho.

Sin embargo no todo con el hubiera es frustración y resentimiento. También tiene otro uso que despierta y concita el uso de la imaginación y el pensamiento. Aunque el resultado de esta sinergia no sea necesariamente positivo.

En creación literaria, el pretérito pluscuamperfecto sirve de base para la ucronía; es decir, aquella situación de temporalidad hipotética que permite crear una alternativa a la realidad corriente o consumada.

En otras palabras, a partir de la pregunta Qué hubiera pasado si...? se puede desarrollar desde la imaginación una secuencia de hechos alternativos a los que se presentaron en la realidad; por ejemplo, qué hubiera pasado si Oliver Twist en lugar de haber llegado a Londres, se hubiese quedado a vivir con la abuela que lo recogió cuando se desmayó en el camino.

O, qué hubiera pasado si Newton, en lugar de haberse sentado a dormir debajo del árbol de manzanas que le permitió vislumbrar el desarrollo de la teoría de la gravedad, y los cimientos de la mecánica, se hubiera quedado en su casa regañando a su sirvienta, como era su costumbre.

Como se puede ver, se trata de dos casos en los que a partir de la imaginación se puede abrir una dimensión de temporalidad fantástica que, en tanto no se haya desarrollado la tecnología para poder viajar en el tiempo, resultará siempre fascinante, entretenida y misteriosa.

La ucronía es, entonces, aquello que nunca fue, que nunca existió en ningún tiempo, pero que hubiera podido ser; como aquellos amores de chat, en los que dos personas totalmente desconocidas que viven en los extremos opuestos del mundo, se aseguran mutuamente que se aman con toda intensidad, para olvidar al cabo de dos meses ese amor por causa del aplastante peso de la realidad, que les dice que es imposible.

De modo que, al cabo de aceptar esa realidad, en algún momento ambas hacen ucronía al preguntarse precisamente qué hubiera pasado si se hubieran conocido personalmente. Y partir de ahí comienzan a construir una tentantiva de realidad en la imaginación.

Por otra parte, la ucronía no sólo tiene utilidad en creación literaria. También en prospectiva política -que es una disciplina con la que estoy familiarizado debido a mi profesión- se usa para crear escenarios paralelos de futuros posibles, a partir de una regresión no estadística. Esto es, por ejemplo, qué hubiera pasado si Hugo Chávez no hubiese llegado al poder desde 1998, especialmente qué hubiera pasado con RCTV; y partir de ese escenario de futuro alterno es posible formular una estrategia de acción política para el presente, en este caso, para la televisora (de hecho yo podría armarselas, y les cobraría barato; así que si alguien conoce a algún ejecutivo de RCTV avísele).

Sin embargo, el ámbito en el que se torna más interesante y complejo el uso de la ucronía, porque concita al pensamiento abstracto, es el de la filosofía. Y esto viene a cuento porque ayer, como parte del seminario sobre teologías de las religiones que actualmente estoy tomando, escuché a un -eso supongo- renombrado filósofo mexicano de origen argentino: Enrique Dussel.

Dussel, como es sabido, es un filósofo perteneciente a la corriente de la así llamada filosofía de la liberación, de ascendente marxista. Es un hombre dotado de una gran elocuencia y un profundo conocimiento. Aunque también tiene sus asegunes; especialmente cuando hace piruetas argumentativas para hacer apología de sus héroes sudamericanos, Hugo Chávez y Evo Morales.

Pero es no es lo que me importa destacar, sino más bien una pregunta que dejó en el aire el día de ayer, mientras hablaba de teología y política.

Esa pregunta, que me produjo una tremenda diarrea cerebral, con todo y retortijones de neuronas incluido, derivó de otra pregunta no menos compleja acerca de qué hubiera pasado si el big bang, como punto de origen del universo, no hubiera tenido lugar nunca.

Y fue entonces cuando soltó esa pregunta que es macabra, misteriosa, compleja y harto problemática: ¿POR QUÉ HAY REALIDAD Y NO LA NADA?

Interesante, ¿no?

Dejaré que la mastiquen y luego que piensen en ella. Aunque debo advertiles que con sólo pensarla se ganarán un lugar en el infierno,; esto, claro, si hemos de creerle a Agustín de Hipona cuando respondió a la pregunta acerca de dónde estaba Dios antes de la creación del Universo, que Dios estaba creando el infierno para quienes formularan esa pregunta.

Un saludo
Víctor