13 nov 2007

Norman Mailer

Norman Mailer
1923 - 2007

El pasado sábado 10 de noviembre murió Norman Mailer, quizá uno de los últimos intelectuales norteamericanos de grandes vuelos; con lo que ahora parece que el último sobreviviente de esta rara especie es Tom Wolfe.

Si hubiera que definir con un solo adjetivo el estilo literario y la personalidad de Norman Mailer, ese adjetivo sería provocador.

Mailer fue un provocador cáustico, desparpajado, polémico y absolutamente desvergonzado.

En lo personal sólo he tenido la oportunidad de leer una novela, El Evangelio según el hijo –realmente perturbadora y bien narrada; no como ese bodrio aburrido que es El Evangelio según Jesucristo, escrito por Saramago- y un ensayo publicado en The New Yorker Review: El prisionero del sexo.

A través de una entrevista concedida a Le Monde fue como me enteré de la existencia de este genial escritor neoyorkino, nacido en 1923. Llamó mi atención su dura crítica a la ocupación norteamericana de Irak, así como al desempeño del Presidente Bush, a quién calificó de imbécil y marioneta de los intereses reales que gobiernan la Casa Blanca.

Si he publicado hasta ahora este texto in memoriam, ha sido porque me enteré de la noticia el domingo por la mañana, en una nota que leí muy rápidamente en un diario de Morelia. De no haber estado tan ocupado durante todo el domingo y parte del lunes a causa del proceso electoral, lo habría escrito a la primera oportunidad; sin embargo no me fue posible.

Como sea, algo que comentaba con Carolina el domingo por la noche, mientras nos despedíamos cenando unos como tamales -corundas- que sabían muy feo, era que resulta angustiante el hecho de que algunos de los principales referentes culturales de nuestra época, han muerto durante este año: Kapuscinsky, Baudrillard, Marceau.

Nos estamos quedando huérfanos de pensamiento.


P.S 1 Realmente no entiendo la reacción de señoras gordas histéricas a las que les han robado el bolso en el mercado, adoptada por algunos medios y comentaristas de la prensa internacional, ante la justa y merecida invitación hecha por el rey español Juan Carlos de Borbón, al gorilón Hugo Chávez, para que guardara silencio durante la intervención del jefe del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, en la Cumbre Iberoamericana celebrada en Chile.

Al rey se le ha tachado de intolerante, cuando lo único que hizo fue externar en su condición no sólo de jefe de Estado, sino también de aristócrata, la irritación (el encabronamiento, diría yo) provocada por un vulgar lenguaraz como el gorilón Chávez, que pareciera tener invertidas las funciones digestivas, arrojando por la boca aquella inmundicia que debería ser excretada por otra vía…

Bien vista, la imagen del monarca y el gorilón, no hace más que confirmar la tradición: es el rey el que siempre calla al bufón.


P.S 2 Otra de españoles. No conformes con haber dañado emocionalmente durante sus años de adolescencia a las actuales generaciones treintañeras, con las letras de sus canciones pijas, e insatisfechos con el trauma infligido por los miembros de esas generaciones, a sus hermanos pequeños, causado por la tortura auditiva de tener que soportar su música y sus discos; ahora los insufribles y bastoneros
Hombres G, amenazan con regresar a México el próximo 16 de Noviembre.

¿Es que acaso no les bastó destruir a tantas generaciones y dejar tan traumadas a otras tantas más (entre ellas la mía)? ¿no les importa que algunos estábamos superando apenas el trauma producido por “la chica cocodrilo”, luego de tres años de sesiones de psicoanálisis?

¡Monstruos!


P.S 3 Si alguno de los lectores anónimos de este blog, igualmente anónimo, conoce al director de parques y jardines de Coyoacán, no sea gacho y pregúntele que si puede mandar barrer la hojarasca del parque que está frente a mi casa, y de paso que también mande podar el césped, que ya parece matorral.


9 nov 2007

La sombra

Caminaba absorto, con la mirada clavada en el suelo, contemplando las múltiples y variadas formas de las pequeñas piedrecillas de tezontle que se hallaban desperdigadas a lo largo del camino.

Sobre su espalda llevaba a cuestas un saco repleto de fruta y verduras, lo había comprado en la pequeña aldea donde solían acudir los campesinos y los granjeros a vender sus productos.

El camino cuesta arriba rodeado por robustos y frondosos árboles, serpenteaba alrededor de hondos peñascos de inclinaciones casi verticales. En lo alto el sol lanzaba sus rayos incandescentes, que al chocar con el tupido follaje de las ramas de los árboles, se difuminaba en pequeños haces de diferentes tamaños y figuras. Sólo en el sinuoso camino su luz era constante y agobiante.
Sin embargo, absorto como andaba, el discípulo no había reparado en las gotas de sudor que resbalaban lentamente por toda su frente, para escurrirse luego por los contornos de su rostro.

Dentro del bosque se oía el canto de los pájaros y el ligero ruido de las hojas de los árboles, al ser mecidas suavemente por una brisa apenas perceptible.

Faltando unos cuantos metros para llegar al pórtico de metal que daba acceso al monasterio, el joven discípulo comenzó a observar su sombra proyectada en el suelo. Miraba no una silueta perfectamente delineada, correspondiente a su propia figura, sino una masa deforme que se proyectaba delante de él.

En ese momento sintió el golpe de calor recorrer todo su cuerpo, y experimentó una profunda repulsión por aquella desdibujada sombra que aparecía en el suelo, delante de él. Fue tal la repugnancia que deseó con todas sus fuerzas poder deshacerse de su sombra.

En ese instante ocurrió algo extraño, perturbador: la sombra había desaparecido.

Sorprendido, el joven muy pronto cambió el semblante de su rostro, y arrojando violentamente al suelo el saco que llevaba en la espalda, se echó a correr eufórico en busca del maestro.

-¡Maestro! ¡Maestro! –gritaba a voz en pecho el discípulo- ¡tengo que decirle algo! ¡ha ocurrido un milagro!

Una vez donde el maestro, éste lo observó detenidamente y le inquirió:

-¿Qué ha sucedido? ¿por qué te has desbordado en euforia?-

El discipulo todavía muy exaltado le respondió:

-¡Maestro, ha ocurrido un milagro! ¡He conseguido liberarme de mi sombra!

El viejo monje, luego de mirarlo un breve momento con expresión de condescendencia, comenzó a reir y exclamó:

-Pero cómo serás estúpido ¿es que acaso no has reparado en que se ha nublado?-

7 nov 2007

Paul Leautaud y lo sintomático

Me enteré de la existencia de Paul Leautaud durante mi estancia veraniega en Nashville.

Fue en una de esas acaloradas charlas sostenidas en el hall de la student’s residence de Vanderbilt, donde la entrañable Carolina Dosetti, mencionó a este genial autor francés. De hecho, recuerdo muy bien esa charla porque comenzó con un tema muy abstracto –el carácter apofático de la metafísica moderna- pasó luego a un enfrentamiento patriotero en torno a los aportes filosóficos y literarios de los intelectuales de nuestros respectivos países, y terminó en una competencia de presunción, donde mencionar autores poco conocidos daba muchos de ventaja sobre los otros contendientes.

Ya después Caro me dijo que había recordado a Leautaud por mi culpa, o más bien, porque algunos de mis lances de arrogancia le recordaron lo que Leautaud decía de si mismo: “me expreso tal como quiero; no me preocupa si gusto o no, si soy aprobado o reprobado. Escribo por el propio placer, mi placer”.

Me dijo que había encontrado dos libros de él durante una visita relámpago a la FIL de Guadalajara, y que una vez de regreso en México me los prestaría como pretexto para continuar nuestra amistad.

Pues bien, existen ciertas ocasiones en las que mi retorcida imaginación de aprendiz de escritor –o de vulgar cuenta cuentos, is the same- me hace pensar que la Fatalidad, el Sino o cualquier otra entidad suprahumana administradora de las dosis de arbitrariedad y determinismo que influyen en el curso de la vida y de la historia personal, conspira, para que potenciales acontecimientos tengan lugar en la realidad concreta.

Esto viene a cuento porque no deja de ser sintomático que el domingo haya encontrado una crítica de Ariel Dorfman a Leautaud y el otro, libro escrito por Armando Uribe, en el suplemento cultural del diario que acostumbro; sobre todo considerando que el libro de Uribe fue el primero que Carolina me recomendó para comenzar a conocer la obra de Leautaud, y más importante aún, porque el próximo sábado me encontraré con la Caro en Morelia, y ya desde ayer le advertí por teléfono que si no me llevaba los libros que me había prometido en Nashville, que mejor ni fuera.

Y bueno, si tú lector, lectora, te estás preguntando cuál es el objetivo de este post, pues creo que la respuesta es: ninguno.

Aunque ahora que lo recuerdo, quise escribirlo porque en la reseña de Dorfman me causó cierta irritación que haya catalogado a Leautaud como un “autor francés menor”. Más bien el autor menor es el propio Dorfman, cuyos tiempos de gloria han quedado en el olvido, junto con el texto aquél tan soso que escribió en coautoría con tipo francés, de apellido Mattelart.


P.S He estado siguiendo en los diarios la información relacionada con la catástrofe natural que azotó al estado de Tabasco. Al respecto debo decir que me indigna la estupidez de algunos periodistas y opinadores, que en lugar de promover la solidaridad, se dedican a sembrar la intriga y la sospecha sugiriendo que el desastre se pudo haber evitado.

Por supuesto que es bien fácil escribir semejantes insensateces desde la comodidad de la mesa de redacción o el cubículo universitario, pero probablemente no escribirían lo mismo si su pequeñez les permitiera apreciar en su totalidad las dimensiones y la complejidad del problema, relacionada sí, con la negligencia, la corrupción y la falta de previsión por parte de las autoridades, pero también con la irresponsable explotación de los recursos naturales y los desequilibrios climáticos que eso conlleva.

6 nov 2007

Acerca de la muerte

El ciclo biológico que delimita la existencia de cualquier ser vivo está determinado por dos acontecimientos capitales: el nacimiento y la muerte. Ambos han sido objeto de una gran diversidad de estudios y enfoques teóricos desde diferentes disciplinas.

Asimismo el nacer y el morir se han constituido en la base de diversas perspectivas religiosas y filosóficas, que han hecho las veces de cimientos sobre los que se han edificado prácticamente todas las civilizaciones y culturas que ha registrado la historia en sus anales.

De modo particular, en el Occidente moderno influenciado por la estructura patriarcal propia de los pueblos griego y romano, así como del judaísmo y el cristianismo, se le ha dado un lugar preponderante a la muerte como misterio a descubrir y destino a rebasar.

De la muerte se sabe mucho menos que del nacimiento, momento inicial de la vida, del que sólo las madres, es decir, las mujeres, podían dar cuenta hasta que la teología cristiana desarrollada por Pablo de Tarso, les expropió la capacidad de dar vida, para conferírsela únicamente a Cristo Jesús, el hombre-Dios. Ya después Agustin de Hipona habrá de complementar la expropiación paulina de la natalidad y la vida, con su teología del pecado original.

Del nacimiento se sabe que es la culminación de un proceso biológico que inicia en el momento de la concepción. Dar a luz es traer al mundo a un ser vivo que durante algún tiempo permaneció oculto y que ahora aparece ante un mundo que se le presenta extraño y hostil.

En cambio, de la muerte no se sabe más que es la culminación de la vida. El agotamiento definitivo de un conjunto de pequeños ciclos de reproducción celular.

De ahí que en torno a la muerte, que es misterio, se hayan generado la especulación y las primeras formas de construcción del conocimiento: la cosmogonía y el mito, que posteriormente dieron paso al surgimiento de la teología y la filosofía.

Si bien la muerte es el pilar subyacente que sostiene el edificio cultural de la modernidad occidental, existe también un paradójico apego a la vida, entendida como el entorno natural y el mundo artificial en el que tiene lugar el desenvolvimiento de la existencia.

Tal apego es paradójico porque el nacer no es una acción conciente y voluntaria del ser existente, sino más bien un acto arbitrario y contingente. Nacer es surgir de ninguna parte, adquirir conciencia, es decir, descubrir no sin azoro que la vida es finita, y dedicar la existencia -mientras dure- a mantenerse vivo en un entorno natural que es completamente hostil. De hecho la paradoja se convierte en ironía al reparar que buena parte de la filosofía es vitalista y funda la tragedia en la conciencia de la muerte, esto es, en la condición finita de los seres vivos.

La conciencia de la muerte es el origen del miedo más diáfano que pueden sentir los hombres; de aquí que para mitigarlo se hayan dado a la tarea de construir múltiples narrativas, entre las cuales las más importantes son aquellas de tipo religioso y filosófico.

Precisamente apenas hace unos días tuvo lugar la conmemoración, celebración y reproducción de algunas de esas narrativas. Por una parte, la correspondiente al cristianismo, que sostenido sobre el dogma de un Dios de vida que resucitó de entre los muertos a su propio Hijo hecho hombre, ofrecido a si mismo bajo la figura del Padre, como victima de reconciliación con el género humano creado por Él mismo, no podía aceptar abiertamente el culto a la memoria de los muertos, propia de los pueblos etruscos que fueron los padres de la cultura latina con la que aquella doctrina de raigambre judaica se mimetizó, para poder perdurar una vez convertida en la religión oficial del Imperio Romano. Por tanto el cristianismo optó por celebrar a los “santos difuntos”, bajo la égida litúrgica del rito romano, que incluye el sacrificio simbólico de Cristo Jesús y la teofagia como momentos centrales de la celebración.

Por otra parte, la narrativa propia de los pueblos mesoamericanos prehispánicos, que en si misma es llamativa no sólo por su carácter festivo, sino también y principalmente por su significación.

A diferencia de otras culturas y civilizaciones, las culturas mesoamericanas prehispánicas no desarrollaron el miedo a la muerte y por el contrario, fueron bastante concientes del carácter finito y temporal de la vida. Al respecto resultan bastantes elocuentes algunos fragmentos de un conocido poema nahuatl: “aunque sea jade se rompe/aunque sea pluma de quetzal se rompe/ nada dura para siempre/sólo un poco aquí/sólo un poco aquí”.

En otras palabras, los antiguos pueblos mesoamericanos fueron concientes de que la vida era finita y no por ello prorrumpieron en un prurito de señora gorda histérica, como la gran mayoría de los filósofos griegos (salvo los cínicos y los estoicos). De hecho, aquellos fueron capaces de sintetizar la relación entre la vida y la muerte al momento de reparar en que, para morir se necesitaba de toda una vida.

5 nov 2007

El orgullo de ser UNAM

Perdón si expreso mi euforia futbolera con algunas palabras domingueras proferidas en lunes, pero pinches Pumas que joda le pusieron al equipo de Veracruz; en el partido del día de ayer les metieron nada más y nada menos que ¡8 goles!
Marcador final: Pumas 8 - Veracruz 0

Y desde luego, los Pumas son el equipo profesional de fútbol de la Universidad Nacional Autónoma de México: la mejor en Iberoamérica y una de las cien mejores del mundo. Tenían que mostrar el orgullo de ser UNAM.
¡Y cómo no te voy a querer
Y cómo no te voy a querer
Si mi corazón azul es
Y mi piel dorada
Siempre te querré!

4 nov 2007

Post pendiente

En mi último comentario había prometido escribir un post acerca de la relación entre las distintas cosmovisiones de la muerte. No obstante, como en las últimas semanas había estado sometido a ciertas presiones laborales, decidí darme la oportunidad de aprovechar los días de asueto para descansar un poco.

Empero no sucedió precisamente de esa manera, y si bien no debería comentar lo siguiente porque afecta mi imagen de sobriedad intelectual, pues lo comentaré, nada más para que no se diga que soy eilitista y me mantengo alejado del mundanal ruido: el día viernes decidí darme un baño de pueblo.
En efecto, el viernes por la mañana estuve en Tepoztlan, un pequeño pueblo pintoresco ubicado en el sureño estado de Morelos, a unos veinte minutos de Cuautla.

Hay ciertas épocas del año en las que me gusta visitar ese lugar, por lo demás punto obligado de los itinerarios turísticos, debido a que en la cima de la enorme formación rocosa que le da nombre al lugar, el tepozteco, se encuentran las ruinas arqueológicas de un observatorio mexica.

Precisamente en estos días me gusta ir a Tepoztlan porque ahí se vive de forma bien típica toda la tradición de la celebración de los muertos.
El lugar es de por si espectacular. Enclavado en medio de una serie de formaciones rocosas recubiertas de frondosa vegetación y un clima muy agradable, Tepoztlan se caracteriza por sus estrechas calles empedradas, sus casas siempre envueltas en la refrescante sombra de los árboles y por la amabilidad de sus habitantes.

El día viernes, pues, anduve por allá. Ya en la noche a mis amigos y a mi se nos ocurrió celebrar a nuestro modo el día de muertos, para lo cual compramos una botella de tequila blanco y otra de anis dulce.

Consejo práctico: tomar tequila blanco con anis en dedales puede ser nocivo para la salud; sobre todo al día siguiente, en que la resaca puede ser insoportable.

Y ése fue precisamente el motivo de que no haya escrito el comentario acerca de la muerte y las diferentes concepciones culturales de la misma.
Hasta apenas ayer por la noche me repuse totalmente de la resaca, aunque aun hoy sufro algunos estragos, como una gastritis que me trae asolado.
No obstante, el siguiente post que aparezca aquí será sin duda el que quedó pendiente a causa de mi baño de pueblo y mis impulsos etílicos.

De hecho en lo subsiguiente seré más constante en mis comentarios, pues he dejado de escribir en una extraña página llamada "netlog", en la que estuve experimentando durante cosa de tres meses, con resultados realmente muy pobres. Tan pobres, que nunca consideré oportuno dejar el link de esa página aquí.

Como sea, lo importante es que me sigo en blogspot tan a gusto como el primer día; con todo y que ahora nada más me lea Luis, por cierto, un saludo compañero.

1 nov 2007

A propósito del día de muertos

Hemos llegado al asueto del día de muertos, es decir, a la antesala del final del año.

Recuerdo que desde niño estás fechas me gustaban mucho. Especialmente porque iba donde mi abuela y la acompañaba al mercado la tarde del día 31 de octubre, a hacer las compras para el preparativo de la ofrenda que pondría al día siguiente.

No sé si sea nostalgia o más bien melancolía, pero pienso que mi generación fue de las últimas que vivieron el pleno significado de este tipo de festejos. Hoy en día, por el contrario, tengo la percepción de que estas tradiciones se han convertido en meras conmemoraciones o, a lo mucho, en otras fechas más del calendario comercial hábilmente explotado por las tiendas departamentales, los grandes almacenes y otro tipo de establecimientos como los bares y las discotecas.

En las escuelas –particularmente en aquellas privadas- los niños no saben en realidad qué es lo que festejan, aunque sin duda les resulta más llamativo el Halloween y su fantasmagoría sombría, que el día de muertos que evoca elementos culturales autóctonos pero paradójicamente desconocidos.

Sólo en algunas pequeñas comunidades rurales se puede encontrar aun el antiguo espíritu de la celebración de los muertos, que es precisamente la festividad, la firme creencia de que familiares y amigos fallecidos volverán en espíritu de donde sea que habiten, para convivir nuevamente con sus padres, hermanos, amigos, en torno a una mesa colorida, adornada con flores de olores penetrantes y servida con los alimentos y bebidas que aquellos gustaban cuando vivos.

Cuando niño, recuerdo que creía firmemente que mis abuelos difuntos llegaban a la mesa que ponía mi abuela, repleta de comida, fruta, golosinas y postres.

Era tal mi fe que podía jurar que las tazas de café servidas por la mañana, estaban medio llenas al caer la tarde como resultado de que mi abuelos, o más bien sus espíritus, efectivamente habían bebido de ellas.

Desde luego que también me gustaba salir con mis amigos, disfrazados todos, a pedir la “calaverita”, entonando a la entrada de las tiendas que había en las cercanías de la casa de mi abuela, alguna copla propia de la ocasión para luego recibir en recompensa algunos dulces o algunas monedas.

Ahora en las zonas urbanas es realmente difícil encontrar a los niños pidiendo la calaverita, debido a las condiciones de inseguridad y codicia de las personas. Lo que es más, de forma harto preocupante en la ciudades la celebración anglosajona del Halloween ha ganado mayor popularidad entre los niños y jóvenes, que de por sí viven una crisis de identidad sin precedentes.

Mañana escribiré acerca de las diferencias culturales y religiosas existentes entre las celebraciones del Halloween, Todos los santos y el Día de muertos, pues se trata de diferencias bien interesantes, que en el fondo comparten la tendencia hacia el sincretismo.

Por lo pronto iré a comprar una calaverita de chocolate.