18 sept 2008

Señal de vida

Una disculpa sentida para con mi club de fans, que son pocos pero constantes.
Lo que pasa es que la nueva rutina de trabajo y el trabajo mismo resulta muy absorbente.
Sin embargo espero darme un tiempo para seguir escribiendo, que es uno de los pocos placeres que puedo darme.
Además con el escenario tan compulsivo que hemos padecido en el país necesito un poco de tiempo para asimilar el hecho de que -con todo el respeto para ti y espero que esto no sea causa de un nuevo desencuentro, porque no es mi intención- nos estamos "colombianizando".
Ya sólo falta que nos aparezca el EPR financiado por alguno de los cárteles de la droga.
Lo más grave del asunto es que ni siquiera tenemos algun tiranillo al estilo Hugo Chávez o Augusto Pinochet que llegue con el Ejército a poner orden con la bota en la cara de todos los ciudadanos. Y eso es realmente muy drástico, para a estas alturas del partido realmente ya no lo veo tan malo.
Total, siempre he dicho que el día que a México se lo cargue el payaso, siempre me quedará Belice como opción para pedir asilo político...
Saludos para todos.

8 sept 2008

Masa crítica

O del primer post en el que explico mi decepción nacionalista; decididamente anti climática considerando el mes que corre.


En la física moderna se le denomina masa crítica las pequeñas cantidades de materia que son capaces de liberar enormes cantidades de energía.

En la sociedad, que alguna vez el positivismo quiso tratar como “física social”, existe algo similar a la masa crítica de la física. Se trata de minorías que han logrado avasallar a las mayorías y que en la hora actual se disputan el país en los distintos ámbitos que lo integran: la economía, la política y la cultura.

En el fondo el enfrentamiento que sostienen esas pequeñas masas críticas es una disputa por el poder; quizá la primera disputa por el poder en México en la que las mayorías solo son espectadoras pasivas -histéricas y aterradas- y no peones sacrificables en la partida utilizados por los jugadores protagónicos, como sucedió en otros tiempos.

Para tener una dimensión numérica de lo que intento expresar hay que considerar que México es un país con 105 millones de habitantes, de los cuales 50.7% son mujeres y 49.3 son hombres.

Del total de la población, 74 millones son personas mayores de 18 años y de éstos, casi 73 millones están inscritos en las listas nominales del IFE; es decir, son ciudadanos que pueden votar en los procesos electorales federales y locales.

Ahora bien, para entender la noción y el problema de las masas críticas que en su disputa de poder están orillando al país al borde de la inestabilidad y la crisis de gobernabilidad, hay que considerar que en el caso del narcotráfico son 500 mil personas las que han puesto en jaque la capacidad del Estado para ejercer su autoridad en la totalidad del territorio nacional, es decir, sólo el 4% del total de la población ha logrado poner en dificultades e inducir miedo e inseguridad al resto de los 104 millones 500 mil habitantes del país.

Y para clarificar aún más la dimensión de problema hay que considerar que la suma del total de efectivos del Ejército y la Marina, que es de 256 mil soldados y marinos –entre tropa, oficialidad y altos mandos- y el total de policías municipales, estatales y federales del país, que ronda alrededor de 400 efectivos; es de es de 656 mil individuos uniformados, armados y organizados (o al menos eso se supone) con la tarea de vigilar el orden público y el cumplimiento de la ley.

Por supuesto que sería una gran ingenuidad ignorar los problemas que corroen a los cuerpos policíacos del país, como la corrupción, la falta de capacitación y las bajas percepciones salariales. Pero aun así resulta bastante preocupante que 500 mil personas avasallen a 656 mil e indirectamente atemoricen a otras 104 millones; sobre todo si se toma en cuenta que, de acuerdo con datos de la Secretaria de la Defensa Nacional, de ese medio millón de personas dedicadas al narcotráfico, sólo 40 mil ocupan posiciones de liderazgo y el resto se dedica a tareas de la cadena de producción, es decir, siembra, transporte y distribución.
Y eso es sólo en el problema del narcotráfico.

En el ámbito económico la situación es aún más dramática, porque son sólo diez hombres los que los que controlan los principales sectores del mercado nacional: telecomunicaciones, infraestructura y construcción, alimentario, financiero y de valores.

De las decisiones que tomen esos individuos depende el rumbo general de la economía y el futuro de 45 millones de personas que integran a la población económicamente activa.

En la política el panorama es muy similar; sobre todo si se toma en cuenta que el 88% de la población se interesa nada o casi nada en política, y sólo el 25%, o sea 2 de cada 10 personas, hablan siempre o casi siempre de política y por tanto tratan de incidir en el curso de los asuntos públicos.

Las masas críticas, entonces, son esas minorías organizadas, cohesionadas y dotadas de objetivos muy claros, que han logrado rebasar al Estado y al resto de la sociedad en su disputa por mayores espacios de poder.

Lo grave del asunto es que quienes toman las decisiones, quienes están al frente del gobierno y quienes supuestamente representan los intereses de la nación en el poder Legislativo, saben en forma pormenorizada de las cifras que aquí apenas mencioné. Y lo decepcionante es que no hacen algo para cambiar ese escenario y sus consecuencias.

En un diagnóstico serio acerca del problema de la inseguridad que esos perversos grupos de la “sociedad civil” se han encargado de difundir histéricamente en los días recientes, se debería considerar el argumento simple y conciso de que 500 mil personas no pueden, no deberían poder, más que los otros 104 millones restantes.

Pero en ése problema también los ciudadanos tenemos gran parte de culpa. Hemos faltado a la cultura de la legalidad, ignoramos qué es eso; de qué se trata.

Nos hemos recreado en la miseria de nuestra cultura de consumo y a fuerza de tantos golpes mediáticos, violencia como forma de entretenimiento y estupidez en los contenidos de los medios de comunicación, hemos terminado por ser indolentes e indiferentes ante la gravedad, la magnitud y la auténtica profundidad de los problemas sociales. Como dice Amin Maalouf, nos conmovemos instantáneamente por todo, para no ocuparnos durablemente de nada. Aquí está en germen de la exclusión y el resentimiento social.

Pero desde luego, quienes promovieron la heroica marcha ciudadana y el todavía más heroico acto de encender una vela en señal de protesta (mientras que los individuos excluidos y resentidos que secuestran, cercenan dedos y pitorrean en su crapulencia sociópata), no consideraron eso: que somos gran parte autores de nuestra propia desgracia.

Me pregunto si no será más significativo y más cívico expresar el malestar producido por la disfuncionalidad y la desarticulación de las instituciones, no asistiendo la noche del 15 de septiembre a las plazas públicas a conmemorar el “grito” de independencia; en lugar de andar portando ridículos listoncitos y playeras blancas.
Ver las plazas desiertas ése día sería una clara muestra del fastidio y la indignación que como sociedad nos invade. Pero no sucederá así. Ésa noche, como lo dicta la norma de la cultura desmadrosa y evasora que nos caracteriza como pueblo; ésa noche iremos a gritar, a emborracharnos y a fingir que no pasa nada y que todo está bien.

Octavio Paz… qué bueno que moriste antes de todo esto.




P.S Tan desafortunada como irresponsable, demagógica, jacobina y fascistoide, la declaración de María Elena Morera, de México Unido contra la Delincuencia, en el sentido de implementar la pena de muerte sólo porque “el pueblo lo pide”. Y yo que pensaba que López Obrador no había dejado escuela.

P.S 2 Hoy comienzo una nueva etapa en mi trayectoria profesional. Nuevos desafíos se perfilan en el horizonte y… ¡simplemente la vida me sonríe!

Como soy medio agnóstico no me gusta andar metiendo a Dios en mis vicisitudes mundanas, producto y responsabilidad exclusiva de mi libre albedrío. Pero si hay alguien a quien debo agradecer este nuevo comienzo, es a Él.

Resulta que me incorporo a la unidad de análisis político y enlace legislativo de una de las compañías mexicanas más importantes a nivel mundial. Y el futuro me pinta bien.

1 sept 2008

Mes patrio

Ha comenzado Septiembre, el mes en el que, quienes nacimos en México, acostumbramos recrearnos en nuestro chovinismo simplón resumido en la resignada pero siempre consoladora consigna del “¡Viva México cabrones!”; mes en el que conmemoramos nuestras leyendas nacionalistas, cada vez menos creíbles y seductoras ante los ojos y las mentes de las nuevas generaciones de mexicanos, que han perdido la capacidad de asombro y de identificación e integración colectiva, como parte de una nación, y menos aún, de una nación como la mexicana que siempre pierde en los mundiales y en las olimpiadas.



Todavía en mis tiempos de estudiante del sistema básico de educación, bajo la tutela de los últimos gobiernos priístas, parecía verosímil y épica la historia de Juan Escutia, el “niño héroe” que se lanzó envuelto en la bandera nacional desde la torre del alcázar del castillo de Chapultepec -una construcción situada en lo alto de una loma de unos 200 metros de altitud- para evitar que ésta fuese mancillada por los soldados del ejército norteamericano, que habían invadido el país so pretexto del reclamo de una deuda vencida, contraída por el gobierno de Benito Juárez, otro gran icono de la historia patria.

Hoy en día, sin embargo, entre los niños del nivel básico de educación la otrora gesta heroica de Juan Escutia es una tomada de pelo. Un cuento difícil de digerir sin antes haber pasado por elementales cuestionamientos de sentido común. Es que ¿por qué alguien se arrojaría a un acantilado nada más por un pedazo de tela? ¿no era más fácil que la escondiera? ¿o que se echara a correr?

Lo más grave es descubrir, en la otra parte de la historia de los “niños héroes” de Chapultepec, que ahora ya se cuenta, que el acto de autoinmolación de Escutia fue en vano, porque los gringos ganaron la batalla, tomaron el castillo y colocaron su bandera en el alcazar.

En fin, que si he escrito esta breve apostasía nacionalista es porque la ocasión lo amerita. En este mes los mexicanos conmemoramos diversos actos históricos que cristalizaron en la independencia del país respecto a la corona española, a principios del siglo XIX. Desde entonces hasta la fecha han transcurrido 198 años de vida independiente; de los cuales más de 90 nos los hemos pasado enfrascados en confrontaciones intestinas para formar, primero, la nación, un poco después al Estado y sólo hasta el último, un proyecto de nación que ha sido el pretexto para volver a confrontarnos internamente, tratando de definir por la vía de la violencia cuál debería ser el rumbo que tendría que tomar el país mientras que otros países tranquilamente nos han rebasado y nos han dado la vuelta completa.

Producto del lirismo chovinista de quienes escribieron la historia, esto es, de quienes triunfaron en las disputas intestinas; así como de la mala salud de los años avanzados de don Porfirio Díaz (que había nacido un 15 de Septiembre) que le impedían levantarse en la madrugada del día 16, para conmemorar el llamado a la insurrección con el que dio inicio al movimiento independentista el cura Miguel Hidalgo, en el año de 1810, el “grito de independencia” que suelen dar las autoridades constituidas en el balcón de los edificios públicos, tañendo una campana y ondeando la bandera, es un acto festivo, colorido y sí, romántico. Ése día todos los que somos mexicanos gritamos “¡Viva México!”. Pero ése grito nunca antes como ahora carece de todo sentido.

Y aquí voy de aguafiestas y amargoso.

A casi 200 años de vida independiente, en México no tenemos gran cosa que festejar.

Ironía de la vida o maldición de la historia, ahora que logramos arribar a la democracia casi nos quedamos sin nación y el Estado está al filo del colapso. Esto porque el consenso y la fuerza, que son los elementos básicos que definen al Estado como tal, están severamente atrofiados en México. El consenso es muy débil y la fuerza es precaria. La paradoja es que mientras en una democracia quienes determinan la voluntad colectiva son las mayorías, en México éstas son débiles, están dispersas y son indiferentes; situación que es aprovechada por minorías bien organizadas, cohesionadas y con intereses definidos que las han avasallado.

A 200 años de vida independiente no hemos podido salir, como país, de las medianías del desarrollo y de la mediocridad. Somos los del “ya merito”, del “por un pelito de rana” que miran siempre con suspiros de resignación cómo los otros han conseguido en mucho menos tiempo lo que nosotros mismos no hemos conseguido en casi dos siglos.

Pero también somos los de los pretextos y las justificaciones creativas, pues al fin y al cabo “qué tanto es tantito”. Así que este 15 de septiembre, sin importar la supuesta indignación y el hartazgo que se demostró en ése acto tan valeroso y lleno de civismo que fue encender una velita el fin de semana anterior, como una forma de protesta artera y pacífica en contra de la inseguridad y la violencia (Gandhi, muérete de la envidia… perdón, ya estás muerto), seguramente iremos al zócalo de nuestra respectiva localidad, a hacernos una chaqueta mental colectiva gritando orgullosos “¡Viva México!” cuando todos sabemos en realidad que México está enfermo, agotado y extraviado.

Ya en los días siguientes escribiré aquí algunas de las razones que me han traído a este estado de decepción nacionalista; y si es posible trataré de hacerlo como politólogo, es decir, con cierta objetividad y también con cierto estilo aburrido y medio académico.

Así que para los lectores anónimos que hayan sobrevivido a mi prolongada ausencia del mes anterior, que no gusten de complicarse la existencia, ni de pensar en cosas de las que deberían ocuparse otros; así como para los lectores que no sean mexicanos y que les importe un rábano lo que sucede en este país, pues en los días siguientes podrán evitar la visita a esta paginita, que si ordinario no es interesante, lo será aún mucho menos.


P.S O sea, qué onda con McCain. A la gobernadora de Alaska, con todo y que es muy guapa y que tiene porte de actriz porno de Hustler Tv (me han contado, no me consta), no la conocían ni en su casa. Ahora ¿con qué argumento puede decir el papá de Steve Martin que Barack Obama carece de experiencia?

P.S 2 Si alguien fue (en el nombre del cielo) a pedir posada a la marcha en contra de la inseguridad y se sintió herido en su susceptibilidad por mi comentario, le pido una disculpa. Yo no fui; preferí guardarme en casa. No fuera siendo que de regreso me asaltaran en el metro, o me secuestraran al entrar en el edificio donde vivo. Además las pelis de Cinemax
estaban re buenas.

Sólo espero que ése mismo alguien realmente sea un ciudadano de tiempo completo y no sólo de ocasión, de ésos que a falta de tiempo para asistir a las marchas de los sindicatos –que siempre son en horas laborales- aprovechan la ocasión para ir a dar un paseo por Reforma y avenida Juárez.

29 ago 2008

Un desliz de frivolidad

Durante mi ausencia en este espacio sucedieron muchas cosas de las que me hubiera gustado escribir en su momento: la inauguración de las Olimpiadas de Beijing (que se asemejaron al pique de las fiestas de 15 años entre las familias rivales de una misma calle, de una colonia popular, pero en este caso entre China y Estados Unidos); la invasión rusa a la provincia georgiana de Osetia del Sur (en la que yo estoy del lado de los rusos, que quieren parar los planes militares norteamericanos); la absurda e infantil discusión entre los radicales de un lado y del otro, acerca del uso de la minifalda (que la verdad me parece que es un derecho bastante defendible de las mujeres, toda vez que nos regala bonitos momentos de esparcimiento visual); y la atención al clamor de justicia y seguridad hecho por la única clase social que es escuchada en este país, es decir, la clase pudiente y pudorosa (no por nada es panista).

Más adelante escribiré sobre algunos de estos temas. Pero por el momento quiero permitirme un desliz de frivolidad con estas imágenes de las que, a mi juicio, son las mujeres más bellas que participaron en las Olimpiadas.

Sé que Yelena Isinbayeva es un ángel, que sus ojos son celestiales y que su sonrisa simplemente derrite. También sé que Leryn Franco fue digna representante de la belleza latina, aunque no precisamente una buena lanzadora de jabalina.


Yelena Isinbayeva, un ángel.

Leryn Franco... para la maldad.

Sin embargo, sin embargo, es María del Rosario Espinoza, la chica que ganó la medalla de oro en el Tae kwon do (que por cierto es un deporte terriblemente aburrido para ser visto en televisón), la que se robó mi cora… chale, iba a escribir corazón, pero sonaría muy ridículo, considerando mi temple flemático. Ella es, pues, la que se robó mis suspiros. Sé que no hay punto de comparación con las otras dos. Pero María tiene un no sé que, que qué sé yo, que ay ay ay. Simplemente me gusta su sonrisa, su mirada y, desde luego, su espíritu de lucha.

Chayito. ¡Ah! Chayito.



Y bueno, eso confirma que a mí me siguen gustando feas, para que no me las bajen… o se larguen a más de ochocientos kilómetros al norte del país… en fin, en fin. Que me gustó la Chayito y me “cai” (o sea, me lo propongo) que la voy a ir a buscar al pueblo ése olvidado de la mano de Dios en el que vive, nomás para pedirle que se case conmigo.

Chale, supongo que esto es todavía parte de las consecuencias de la resonancia magnética… ni modo, así pasa cuando sucede.

27 ago 2008

Dementia senilis

Sé que algún día mi irreverencia hacia las grandes personalidades de la política y la cultura habrá de volverse en mi contra, y que más allá de los siempre edípicos improperios que suele desprender como reacción por parte de los acólitos que les queman incienso, se transformará en manifestaciones afuera de mi casa, en correos electrónicos con amenazas infantiles o peroratas somnolientas de reconvención, o de plano en una bola de madrazos propinados a mansalva por los mujahidínes fernandeznoroñescos que siempre están dispuestos a ofrendar el cuerpo y la vida por sus ídolos.

Esto lo que escribo porque soy plenamente conciente de mi malsana costumbre de bajar del pedestal a los ídolos, regresándolos a su humana condición de mortales falibles y ordinarios como el que más.

Y en esta ocasión el turno es para el otrora admirado Julio Scherer García, fundador de Proceso (semanario de periodismo político) y un tiempo director de Excelsior, uno de los diarios más antiguos del país, hoy convertido en panfleto publicitario de la derecha atávica que detenta el poder (¡ah! pero qué insensiblemente socialista suena esto).

Scherer. De joven, cirquero; de viejo, payaso.


Debo reconocer que en mis años mozos gustaba del estilo de Scherer y Proceso era una de mis primeras fuentes de información política, debido a que mi abuelo tenía una suscripción (que por cierto me heredó y es ahora la causante de mi masoquismo visual). Sin embargo desde el momento en que me enteré de que don Julio había ido a ofrendarle las posaderas al Subcomandante Marcos -que visto a la distancia no era más que un payaso seductor de chicas chics con look pandroso que piensan que piensan- mi admiración por él, por su trayectoria, se vio seriamente disminuida.

Poco tiempo después se me dio por criticar todo lo que se moviera, y especialmente por mofarme de la dizque intelectualité izquierdosa de pose; ésa que siente que puede cambiar al mundo leyendo La (me)Jornada y asistiendo a las marchas de los sindicatos charros y anti democráticos que nos heredó el prolongado dominio priísta. En ése momento me dí cuenta de que Scherer era un ídolo, un sacerdote y un profeta de las consignas onanomentales (las chaquetas mentales, pues) del otro mundo posible y la subalternidad.

Ahora, tiempo después, la senilidad de Scherer le ha hecho desvariar y se ha puesto a escribir historias inverosímiles plagadas de romanticismo justiciero. La última de éstas es De la Reina del Pacífico. Es hora de contar, texto que próximamente saldrá a la venta editado por Random House Mondadori (sí, la misma que tuvo que pagar 2 millones de dólares a los lectores que se sintieron estafados con la compra A Million Little Pieces, de James Frey) y del que Proceso publicó algunos fragmentos en su más reciente edición.

Ahí el delirio senil de Scherer pinta a Sandra Ávila Beltrán, la infamous Reina del Pacífico capturada hace ya casi un año por el gobierno federal, a causa de sus vínculos con diversos cárteles de narcotráfico en México y en Colombia, como una víctima de la persecución del Estado mexicano.


Sandra Ávila Beltrán

Aunque la señora tiene un no sé qué, que qué sé yo (que ay ay ay), la verdad es que ni su coqueta sonrisa y ni el atractivo que le da ser una mujer curtida por una vida subterránea de bajas pasiones, tetosterona segregada a raudales y sangre brotando a borbotones en medio de ostentaciones de mal gusto, no la hacen menos inocente y ajena a la actividad ilícita más productiva y poderosa del país, que efectivamente ha puesto en un serio riesgo la viabilidad del Estado mexicano.

Es posible que se hayan cometido irregularidades en su captura y a lo largo del proceso judicial que se sigue en su contra. Pero de ahí a presentar a esta mujer como una mártir del sistema de justicia tan sólo por su falsa humildad, me parece que hay una gran desproporción que sólo puede ser ocasionada por la pérdida de la objetividad y el sentido común. Algo que Scherer ha perdido desde hace mucho tiempo.

Ayer que platicaba con un amigo sobre este tema concluíamos con mucho sarcasmo que si a la Reina del Pacífico no se le juzga por sus nexos con el narcotráfico; en una actitud bien pejeresentida debería juzgársele por haber presumido que tuvo ranchos, joyas y autos de lujo. Ostentosidades todas éstas que ofenden a un país pauperizado, sombrío y pedestre como este globos y bicicletas en el que me tocó vivir. (Sí, por si no se había percibido lo confirmo: estoy pasando por una etapa de profunda decepción nacionalista).

Con todo, recomiendo la lectura de la charla-entrevista que le realizó Scherer a Sandra Ávila. Ahí se podrán encontrar consideraciones tan interesantes como esta que sigue, vertida precisamente por esa mujer que resulta perversamente atractiva no sólo por su experiencia, sino también por su pensamiento:

“Me he emborrachado con la vida y he padecido crudas de las que me he levantado. Ahora tropiezo con los muros de mi celda entre la depresión y el ánimo, medio muerta y medio viva, caída y vuelta a levantar. Estoy aquí sin delito y esto ya va para 10 meses…”


Sandra Ávila Beltrán.



P.S Además de carga laboral, durante estos días tuve que sortear algunas otras vicisitudes. Eso explica mi prolongada ausencia. Pero ya estoy de vuelta.

P.S 2 Gracias a Juan, a Elisa, a mi colega Mauro, a Rebeca (un gusto saber que me recuerdas) y al que entró a comentar no sé qué acerca de los contadores de visitas.

P.S 3 Siempre serás bienvenida. Qui habet aures audendi, audiat.
P.S 4 Si no se puede leer completo el texto del vínculo a Proceso, es porque se requiere la contraseña. Quién esté interesando en leerlo hágamelo saber y le paso la clave.

31 jul 2008

Fuera de servicio



TEMPORALMENTE FUERA DE SERVICIO

28 jul 2008

Culiacán I

Nunca he estado en una zona de guerra. Y confieso que nunca me gustaría estarlo. Sin embargo, la sensación producida por el ambiente que se vive en algunos parajes de Culiacán, Sinaloa, debe ser muy similar al que prevalece precisamente en una zona de guerra.

Ya lo había dicho el presidente Calderón. Pero desde la lejanía y la comodidad del centro del país, eso de la tantas veces declarada “guerra contra el narcotráfico” sonaba más bien a eslogan barato para promocionar su gobierno. No obstante, basta ver la gran cantidad de patrullas y efectivos policíacos y militares que deambulan por las calles y carreteras aledañas a Culiacán, para darse una idea de que esta vez parece que va en serio la persecución del Estado en contra de la delincuencia organizada.

Durante el vuelo, a más de 18 mil pies de altura (que quién sabe cuánto será en metros), recibí las primeras recomendaciones de sobrevivencia apenas pusiera un pie en suelo sinaloense. Un señor de unos sesenta y tantos años, que había venido al Distrito Federal a arreglar un asunto relacionado con su pensión, me advirtió con el acento golpeado propio de los habitantes del noroeste del país: “si vas a un restaurant o a un lugar de esos donde ahora bailan los jóvenes y encuentras a una muchachona chula, aguas, no te la quedes mirando demasiado si está acompañada de algún tipo, o se te va a armar la bola; si vas a manejar y una camioneta o un coche se te atraviesa a la mala, no digas nada, sólo sigue manejando, allá no es la capital, allá si les dices algo, en la siguiente esquina te esperan con el cohete (la pistola, pues) y seguro te truenan. Ándate con cuidado mi’jo; en Sinaloa hay gente buena, pero ‘ora la cosa se ha puesto medio fea”.

Después la plática se tornó más amable. Pero en ese momento no pude evitar tragar saliva angustiosamente.

Ya a la llegada al aeropuerto pude comprobar que como decía mi senil compañero de viaje, la cosa en Sinaloa está “medio fea”: grupos de militares, agentes aduanales, afi’s y policías locales haciendo rondines por las salas, los pasillos, los estacionamientos y las inmediaciones del aeropuerto, mirando hacia todos lados con más angustia que circunspección.

Al salir al estacionamiento de la sala de llegadas nacionales, ya sin el aire acondicionado del interior del edificio, lo primero que sentí fue el bochorno de los 36 grados que ése día, según el dicho del locutor de la estación de radio que Carolina había sintonizado en su coche, asediaban a la población de Culiacán. Y eso que el cielo estaba nublado y se pronosticaba una lluvia torrencial por la tarde-noche.

En el boulevard que conduce del aeropuerto hacia la casa de Caro pude observar la obvia ostentosidad de los “señores”, es decir, los narcotraficantes de poca monta que se encargan de distribuir la droga por las diferentes zonas de la ciudad; lo cual desde luego da una idea de la magnitud y la rentabilidad de la industria ilegal más productiva del país. Si un traficante menor o un pistolero a su servicio, gana el dinero suficiente para adquirir una camioneta con valor de más de 20 000 dólares, no resulta difícil imaginar la cantidad de dinero y poder que ejerce un verdadero capo de esa industria ilegal.

De hecho la situación adquirió para mí un matiz de tristeza, angustia y resignación al leer la nota de ocho columnas del diario local, al día siguiente. En ella se daba cuenta de que los policías ministeriales amenazaban con realizar un paro de labores porque ¡no tenían chalecos antibalas! O sea, cómo podrían esos agentes realizar bien su trabajo si, efectivamente, la posibilidad de morir por una bala perdida es tan real incluso para un transeúnte ordinario.

Y bueno, considerando el calibre del armamento que utilizan los pistoleros del narco, eso del chaleco antibalas la verdad no es más que un amuleto de la buena suerte, por lo demás fácilmente traspasado por las más de 40 balas que dispara una sola ráfaga de un fusil AK 47.

Hacía la tarde, después de comer unos taquitos de leche y queso bañados en una salsa picosita, preparados por la mamá de la Caro, fuimos a caminar por la “isla de orabá”, un pequeño parque rodeado por los ríos Humaya y Culiacán. Porque habrán de saber mis estimados lectores que Culiacán es una ciudad que se originó y creció en las inmediaciones de tres ríos y un lago. Eso y su cercanía al océano pacífico (la bahía de altata se ubica a una media hora de Culiacán) hacen que el clima de la ciudad sea caluroso y húmedo prácticamente durante todo el año, sin importar que en esta temporada se dejen caer unos chaparrones impresionantes, por la enorme cantidad de relámpagos y truenos que los acompañan.

Lo único bueno del clima de Culiacán, pero malo para mí según la advertencia que recibí durante el vuelo, es que las chicas andan por la calle con diminutas minifaldas y playeras escotadas. Hasta la Caro, que tanto desprecia la apariencia física (claro, porque ella es guapa), andaba con ropa ligera.

Hacia la noche, después de haber sido sujeto de un minucioso interrogatorio por parte de los papás de Carolina, que me preguntaron hasta el nombre del sacerdote que me bautizó, fuimos a la zona picuda de Culiacán, a un Café cuyo nombre me fue imposible no asociarlo a un recuerdo: el Café Paloma.

Ahí, además de sostener una charla muy divertida con la Caro y su prima, me sentí seguro, pues un Café sería el último lugar que un nacotraficante escogería para hacer sus mamarrachadas. Un Café es a un nacotraficante gandalla, malvestido y fanfarrón (con todo y camionetota y chica guapa pero idiota incluidas), lo que la luz del día a un vampiro.

Después regresamos a la casa de Caro, y como siempre sucede cuando se está de visita con un amigo que se frecuenta poco, nos quedamos platicando hasta las 3 o 4 de la mañana.

Al siguiente día me esperaba una larga jornada de turismo.
P.S Al final tuve una entrevista muy tersa, con un tipo muy amable que sólo hizo las preguntas necesarias. Ya a ver qué sucede después.