30 ene 2007

¡Hasta dónde ha llegado la pobreza!



Nombre: Paul Wolfowitz

Ocupación: Director General del Banco Mundial.

Sueldo: no se sabe, pero seguramente una súper lanísima

Cuando miré estas fotos no pude contener un episodio de angustia y depresión, pues si a este señor que es el director general de la insititución financiera más importante del mundo no le alcanza el sueldo para comprarse un par de calcetines, qué podemos esperar quienes prácticamente somos obreros anónimos.Y ahora que ya sabemos su situación pues no hay que ser mala leche y hay que organizar una cooperación para ayudarlo a comprarse unos calcetines. Si no dónde quedará la solidaridad y fraternidad entre las naciones!

Cómo hemos cambiado

El domingo por la noche, mientras conducía de regreso a la ciudad, venía escuchando una versión en vivo de Cómo hemos cambiado, canción que hiciera famosa en los años noventa el grupo español Presuntos Implicados.

La letra y los arreglos de la canción son una evocación nostálgica de épocas pasadas; de ésas que cuando son recuperadas por la memoria inevitablemente provocan suspiros y desencadenan una espiral de reflexiones y sentimientos que van desde la risa sincera hasta la melancolía, pasando por la comparación entre el ayer y el ahora, e incluso hasta por ligeros episodios de crisis de identidad.

De modo que la canción no podía ser menos sintomática respecto a lo que sucedió el fin de semana, pues tuve la suerte de asistir a la primera reunión de ex alumnos de la generación 1993-1996 –a la que dicen pertenecí yo- de la escuela secundaria; evento organizado por algunas ex compañeras que también tuvieron la suerte de reencontrarse en días recientes.

Si enfatizo la palabra suerte es porque efectivamente el factor aleatorio desempeñó un papel muy importante en la realización y éxito de esa reunión, y a hasta en mi propia asistencia a la misma.

De no haber sido porque ocho días antes fastidié el disco duro de mi notebook y en consecuencia pedí la ayuda de uno de mis amigos de aquellos tiempos de promiscuidad adolescente que ahora ostenta el título de licenciado en sistemas, no me hubiera enterado de la realización de la reunión, y por tanto la tarde del sábado 27 del corriente hubiese transcurrido como cualquier otra, enclaustrado en casa mirando algún churro de Hollywood para, posteriormente, salir a cenar cualquier tipo de mexican fast food. Lo cual a su vez me hubiese evitado padecer una terrible resaca y afonía –esa todavía no se me quita- durante casi todo el día del domingo, producto de varios tequilas, una cajetilla de cigarros y mucha conversación que se prolongó hasta la madrugada.

La verdad es que me dio muchísimo gusto reencontrarme con viejos amigos y compañeros con los que compartí fiestas, chismes, bromas, juegos, mucho desmadre y creo que también un salón de clases.

Si bien no asistieron todos los que eran, ni eran todos los que asistieron, fue una reunión muy emotiva. Y eso de emotivo lo escribo yo, que de las emociones y los sentimientos no soy precisamente un adepto, al grado de evitar cualquier evento que implique besos, abrazos, suspiros y una que otra lagrima fingida.

Para más señas, no me gustan las reuniones de ese tipo y de hecho, cuando fue la ceremonia de clausura de la generación, tan pronto recibí mis documentos me marché de la escuela para evitar escenitas de despedida y juramentos vanos de amistad eterna.

Ya en el bachillerato y la licenciatura tampoco asistí a las respectivas fiestas de graduación (en este punto debo decir que a la única graduación que he asistido es a la de mis anteojos), ni a la toma de foto y demás rituales pequeño burgueses.

Eso sí, en la Facultad asistí a la última fiesta (informal de la generación; bueno, en realidad asistí a muchas fiestas, pero esa fue particularmente memorable.

De hecho creo que una costumbre muy mía es tender a desaparecer y alejarme de ciertos círculos sociales y relaciones afectivas. Quizá debido a ello en esta ocasión las organizadoras de la reunión no me localizaron, y durante las diversas conversaciones que sostuve fue común escuchar que me creían perdido.

Como sea, el punto es que estar en esa reunión después de transcurridos once años me hizo evocar muchas experiencias y acontecimientos de cuando nuestros cuerpos rebosaban de hormonas, y caer en la cuenta de cuánto cambiamos a lo largo de todo ese tiempo.

Afortunadamente la gran mayoría –si no es que todos- los que asistimos, concluimos estudios de nivel superior (aunque no precisamente universitarios); esto me causa todavía más satisfacción porque significa que tenemos diversas visiones de la realidad, pero que compartimos una mirada crítica que al menos en nuestros respectivos entornos cercanos nos ayudará a difundir y compartir nuestra visión, y por ende, nuestro ánimo de hacer mejor las cosas y construir un mejor país, cada quien desde su trinchera profesional ya sea en la academia, en el despacho, el consultorio o el aula de clases.

Me reencontré con personas a las que no se les veían muchas intenciones de continuar estudiando y que ahora son flamantes profesionistas insertos de lleno en la dinámica laboral.

Por supuesto, también me reencontré con antiguos amores platónicos y viejos romances, pudiendo así comprobar mi teoría de las sombras nocturnas. Me explico:

En ciertos momentos del curso de nuestra vida creemos estar profundamente enamorados y ese estado de euforia emocional nos impulsa a enunciar afirmaciones tan determinantes y apresuradas, como infundadas.

Esos momentos son como aquellas noches en las que la luz reflejada por la luna no alcanza a iluminar lo suficiente como para poder distinguir con claridad los objetos cercanos, dejando a la percepción solamente sombras inciertas sobre las que formulamos muchas conjeturas acerca de lo que verdaderamente son.

Así por ejemplo, la silueta de un hombre malvado o de un fantasma expectante que vemos en la oscuridad, resulta ser un suéter mal colgado en la pared cuando se vuelve a mirar nuevamente, pero ahora con la plena luz del día.

Algo similar sucede cuando reparamos que aquellas afirmaciones determinantes y carentes de sensatez que alguna vez pronunciamos, eran producidas más por la euforia y emotividad del momento que por la experiencia acumulada, o por cierto sentido de la prudencia del que todos estamos provistos, al menos de forma latente.

De modo que cuando pasa el tiempo y la realidad cotidiana impone su peso abrumador, resulta que declaraciones tan dramáticas como ridículas del tipo “eres el amor de mi vida”, “nunca voy a olvidarte”, te quiero para toda la eternidad” y la lista podría seguir y seguir, eran en realidad un despropósito.

Eso fue lo que pude comprobar en aquella reunión y no solamente en mi caso personal, sino en el de mucho otros que durante la oscuridad de la adolescencia formularon muchas conjeturas acerca de las sombras circundantes, que ahora resultó que no eran lo que ellos (y yo) en su momento creían (creímos) que eran.

Y a propósito del tema, un denominador común en la mayoría de quienes asistimos a esa reunión es la precariedad o descuido del aspecto sentimental. Aunque con esto no quiero dar a entender que seamos infelices o miserables, sino que hemos postergado para mejor momento la búsqueda de una pareja sentimental estable, ya sea por falta de tiempo, por estar cursando el proceso de duelo de una larga relación ahora muerta, por experiencias desafortunadas en la vida conyugal, por simple incapacidad para relacionarse sentimentalmente, o por todo lo anterior.

Por supuesto que no ahondaré aquí en mi propia situación emocional porque suelo ser muy reservado en ese tema y no me gusta andar ventilando mis sentimientos. Aunque debo precisar que si generalicé en el párrafo anterior fue más bien por solidaridad que por identificación con aquella precariedad. De modo que sólo diré que la situación en la que me encuentro en este momento es muy positiva y que, llegada mi oportunidad, abriré bien los ojos. Sólo espero llevar puestas las gafas.

Empero, soy de la idea de que no se puede tener todo en la vida y que en ocasiones hay que enfrentar disyuntivas difíciles como una vida profesional plena, demandante y exitosa, o un idilio torrencial que puede ser más bien una sombra nocturna.

Además, desde luego, que así como existe una vocación para tal o cual oficio o profesión, así también existe una vocación para amar, y no todos la tenemos.

Pero de eso escribiré en otra ocasión.

Lo importante de todo esto es que estoy muy contento de haberme reencontrado con viejos amigos y compañeros, al tiempo que estoy sorprendido de cuán rápido maduramos para convertirnos en jóvenes adulteros, perdón, adultos, y responsables, con perfiles de vida bastante promisorios.

Y como dijeran los Presuntos Implicados “ay cómo hemos cambiado”.

Un saludo

29 ene 2007

Encuentros

Aquella era una mañana muy fresca, se diría incluso fría, tratándose del amanecer de un día de Mayo. Pero era una mañana agradable, clara y alegre.

En las calles se podían observar las huellas de una lluvia tenue pero permanente que había caído impaciente durante buena parte de la madrugada. El pavimento aún se hallaba mojado y algunas gotas habían quedado suspendidas entre las hojas y las ramas de los árboles.

En algunas zonas de la ciudad aun no paraba de llover pues, generosa, la naturaleza había decidido que esa mañana ofrecería un regalo a las hordas anónimas que paulatinamente iban atestando las calles y avenidas con su neurosis crónica, falta de esperanza, soledad y desconfianza.

Mientras el sol lanzaba con lentitud sus primeros rayos sobre un cielo particularmente limpio y azul en el oriente de la ciudad, en las frías montañas del horizonte pobladas por pinos, oyameles y amplias praderas, la lluvia continuaba cayendo con delicadeza.

El regalo apareció con toda su majestuosidad y curvo colorido en el momento preciso en que los primeros rayos de luz matutina se encontraron con las diminutas gotas de lluvia que caían sobre las montañas. Sí, el regalo era un arco iris.

Definitivamente inusual –pensó él cuando, al salir de casa, miró extrañado el espectáculo que se ofrecía ante sus ojos.

Vestía un pantalón deportivo tan desgastado, que en su delgadez casi transparente permitía a cualquier observador avezado, calcular los años que habían pasado desde que aquel pantalón tuvo que abandonar el almacén –seguramente por culpa de una oferta- en el que yacía pulcramente doblado, compartiendo un estante de metal pintado de blanco con otros pares semejantes pero de distinto color.

La chamarra gris con franjas negras a los costados era de felpa. Al reverso tenía impreso el logotipo de un corporativo transnacional líder en la comercialización de ropa deportiva. Irónicamente se trataba de una de esas compañías de las que él era un crítico feroz, pues denunciaba con indignación las condiciones de sobreexplotación de hombres, mujeres y niños de algún país asiático, que eran tratados como esclavos debido a las políticas laborales impuestas por el imperialismo norteamericano.

No obstante, el hecho evidente era que esa mañana él portaba una chamarra deportiva con un logotipo de esa trasnacional y unos tenis con antecedentes de similar factoría.

Como todas las mañanas antes de partir hacia la universidad, se disponía a trotar por un lapso de media hora en la ruta habitual, que comprendía un par de calles ajenas al ajetreo matutino hasta llegar al pequeño parque situado frente a la escuela en la que realizó sus estudios primarios.

Su rutina era tan sistemática, que mientras trotaba iba ordenando mentalmente las actividades del día para, posteriormente, reflexionar sobre alguna de las notas más importantes que había leído en el ejemplar del día de ese diario de izquierda que acostumbraba desde sus años de bachillerato.

A punto de doblar la esquina para encontrarse con el parque, reflexionaba sobre la precaria situación económica de la población marginada, cuando de súbito se encontró con él.

Se podía percibir cierto toque de ironía en el momento, pues no obstante que ambos seguían la misma rutina diaria, ésta era la primera vez que se encontraban, o más bien, la primera vez que él reparaba en su presencia e importancia.

Cuando estuvo más cerca disminuyó el ritmo de su trote hasta casi caminar, quería verlo con detenimiento, observar cada uno de sus rasgos aunque sólo fuese por unos momentos.

Pasado de frente reanudó su trotar rítmico hasta llegar al parque. Desde una de las bancas pintadas de verde olivo volvió a mirarlo con detenimiento. La distancia que mediaba entre ambos era más bien corta, así que mientras realizaba algunos ejercicios respiratorios pudo observar que algunas personas se acercaban momentáneamente a él, pero con cierta expresión de desagrado en sus rostros que se podía apreciar desde aquella banca verde olivo.

-Qué tontos, si tan sólo repararan en lo importante que es él en sus vidas, no le tratarían con tanto desprecio. –pensó para su fuero interno.

Él tiene que sufrir maltratos diarios, vejaciones; escuchar insultos de gente de diversos estratos sociales y soportar indolente el tráfico de la ciudad. Nadie se lo reconoce, pero es un héroe. Sin él nuestras vidas simplemente se complicarían.-

En ese momento cayó en la cuenta de que lo admiraba, que tan sólo verlo unos instantes le había hecho reflexionar sobre su importancia y abnegación.

Cuando pasó nuevamente por su lado de regreso a casa, le lanzó una discreta sonrisa y una mirada de ternura. Sabía que a la mañana siguiente volvería a encontrarlo y dedicaría unos instantes a admirar el desempeño estoico de su misión.

Sabía que desde hacía muchísimo tiempo él había estado ahí y que aun cuando esas personas insensatas se le acercaban con desprecio, si algún día faltase simplemente no sabrían qué hacer. Y ni pensar que llegase a faltar definitivamente, porque entonces sí que se generaría un caos. La gente enfermaría de insalubridad y el entorno se volvería insoportable.

Sí, había que reconocerlo, sin su presencia la vida no tendría sentido.

Tal era la importancia del camión de la basura.

26 ene 2007

Kapuscinski (ahora sí)

Esta vez no se me olvidó el texto acerca de Kapuscinski, así que sin más preambulo ahí va:

El martes 23 de Enero del corriente murió en Varsovia el genial periodista polaco Ryszard Kapuscinski.

Aunque era uno de los mejores periodistas del mundo, su fama no logró traspasar los umbrales de su propio gremio; de manera que no es de extrañar que entre amplios sectores del medio universitario –y no se diga entre las amplias mayorías- su muerte pase desapercibida.

En lo personal, el descubrimiento del trabajo periodístico de Kapuscinski se lo debo a la doctora Lourdes Quintanilla, a saber, una de las grandes figuras académicas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, que en algunas de las clases relativas a la Guerra Fría recomendó al grupo la lectura de El Imperio, la crónica que el periodista polaco había realizado como resultado de su viaje por el vasto territorio de la otrora poderosa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que en los días de su expedición periodística se encontraba ya en franco declive.

Al leer las crónicas en las que Kapuscinski logró retratar en una prosa precisa y moderada, la decadencia y descomposición del más serio y grande experimento de cambio social emprendido como resultado de las ambiciones utópicas de la modernidad, simplemente quedé fascinado pero al mismo tiempo sumido en una profunda reflexión acerca de la importancia y peligro de las ideas; pues habían sido ellas las causantes de una disputa política, económica y tecnológica que en constantes ocasiones estuvo a punto de conducir al mundo a una rápida destrucción.

En honor a la verdad, debo confesar que la motivación para acercarme y aprender lo poco que sé acerca del oficio de escribir, se la debo a pocos personajes del mundo de la narrativa , entre los cuales figura precisamente Kapuscinski; (ya del estilo corrosivo e irónico la culpa es toda mía, pero reconozco la influencia de Kundera, Eco y Adams).

De hecho asistí a la conferencia que Kapuscinski leyó en el Instituto de Investigaciones Filológicas, en Ciudad Universitaria. Recuerdo que el evento fue un caos total, debido a que algunos profesores de ciencias de la comunicación (claro, qué se podía esperar de ellos y sus alumnos) decidieron mandar a sus alumnos a escuchar la conferencia y escribir una breve reseña, que seguramente redundaría en algún punto extra para la nota final.

Esa situación provocó la saturación de la sala en la que se realizaba el evento y muchos estuvimos a punto de quedarnos fuera.

Lo triste del caso es que muchos de los asistentes forzados a escuchar a Kapuscinski -que se supone pensaban dedicarse profesionalmente al ejercicio del periodismo- ni siquiera conocían al autor de Ebano y La guerra del fútbol, por citar dos de las crónicas más importantes que leí después de El Imperio.

En fin, ojalá que después de haber visto y relatado las diferentes facetas de la miseria humana, del dolor y la angustia de existir, Kapuscinski esté descansando en paz. Su nombre, entre quienes sentimos satisfacción al leer su obra, seguirá vivo.

A continuación publico una breve reseña que escribí acerca de El Imperio. Como se podrá observar, tiene algunos errorcillos de sintaxis y estilo, además de que el ritmo es pésimo. No se trata justificar mi propia sandez, pero esa reseña la escribí cuando mi único y supuestamente autorizado referente del buen escribir era German Dehesa…



"Al mundo lo amenazan tres plagas, tres pestes.
La primera es la plaga del nacionalismo.
La segunda es la plaga del racismo.
Y la tercera es la plaga del fundamentalismo
religioso".

Ryszard Kapuscinski.

Las ideas como dice Federico Reyes Heroles, son como los cabellos, hay que peinarlas constantemente para que no se enreden. En efecto, durante la lectura de una obra literaria, de súbito nos asalta una lluvia de ideas que, cual granizo al caer en la lamina, hacen mucho ruido para luego desvanecerse; constituyendo un acto que a nuestro entender significa que el autor ha logrado su propósito, es decir, provocar en el lector la reflexión y la critica. Y precisamente en el curso de esta reflexión es conveniente ordenar de manera sistemática las ideas, pues de lo contrario, el análisis resultaría en una burda perorata cantinflesca.

Afirmo lo anterior porque las más de las veces, los humanos solemos practicar dos maneras de pensamiento, de manera particular en esta etapa particular de nuestra vida, que representa al eslabón perdido en la cadena evolutiva, es decir al hormo sapiens. Así es, sucede que en ocasiones pensamos con las neuronas -que son las unidades fisiológicas destinadas a tal fin- y conseguimos expresar este pensamiento en imágenes, líneas y palabras; pero otras veces, no sería una exageración decir que la mayor parte de nuestra vida, pensamos con las hormonas. Sí, con las hormonas. Es entonces cuando comienza la publicación masiva -de hasta cuarenta ediciones- de toda clase de prosa simplona que va desde el libro vaquero, pasando por el ser excelente, hasta llegar al relato de febriles aventuras de una juventud extasiada, ¡el colmo de la ignominia!

Todo lo anterior viene a colación porque el presente trabajo es el resultado de un extraño híbrido surgido de la combinación de ambas maneras de pensar. Es el resultado de una lucha ontológica, existencial, mística y, sin ser pretensioso casi me atrevería a decir cósmica, del Yin que surgió del más remoto centro neurálgico para luchar contra el Yan, impulsivo y visceral, pues parece ser que solo de esta lucha, de esta extraña combinación puede surgir una interpretación lo más cercana posible a la realidad, susceptible de ser plasmada con una tinta netamente humana, como lo demuestra nuestro autor, el genial periodista polaco Ryszard Kapuscinski.

Sin embargo lo anterior no significa que todos estemos condenados a enfrentar tan angustioso momento, pues de lo contrario, no hubiesen existido hombres de una capacidad de raciocinio tales como Platón, Aristóteles, Kant o el propio Hegel que, irónicamente nos heredaron el trabajo más arduo: aplicar la teoría a la vida cotidiana. Y la ironía radica precisamente en pensar –de forma errónea quizá- que formular la teoría y dominarla en abstracto es lo difícil, cuando lo realmente complicado es aplicarla a los actos ordinarios, al comportamiento, al gobierno, a la economía. En este sentido la obra de Kapuscinsky es muy ilustrativa, porque podemos apreciar como, mientras en la cúpula dirigente del proletariado se hablaba de abolir la explotación de los trabajadores, basada en las tesis marxistas y leninistas, millones de rusos eran deportados a los campos de concentración para ser explotados de una manera vil e inhumana por el propio bolchevismo.

Otro ejemplo que ilustra nuestro argumento es el dominio y la manipulación ideológica derivados del uso mesiánico del discurso y la teoría para infundir en los trabajadores, ya por persuasión, ya por coerción y terror, las bondades del régimen socialista no sólo en las fabricas, también en las escuelas como lo relata nuestro autor cuando dice: "desde la primera clase aprendimos el alfabeto ruso. Empezamos con la letra S " de Stalin, el líder. El exégeta del marxismo-leninismo.

Retomando el caso ilustrativo del discurso mesiánico como un instrumento de persuasión de los trabajadores, es cierto que en un primer momento recibieron con entusiasmo las tesis socialistas, que directamente conllevaban a aceptar la dictadura del proletariado. Al respecto Platón decía en el libro VII de La República que "el conocimiento que tiene todo trabajador de la bondad y los efectos de su obra, no es, hablando propiamente, más que una simple fe, fundada en las instrucciones que recibió del que se sirve de ella, y a cuyos conocimientos tiene precisión de someterse" . Si aplicamos esta idea a la realidad soviética, vamos a ver que el socialismo no era la posibilidad así nada más, puesto que no era más que una simple fe, es decir una serie juicios valorativos de carácter dogmático. Más bien, el socialismo era una posibilidad entre tantas posibilidades reales que Lenin, Trostky y Stalin descalificaron como reformismo burgués. Lo que explica precisamente que la opción que decidieron tomar haya sido concentrar el poder y la intelligentsia en el partido, para de esta manera servirse de la fe de los obreros -como apunta Platón- que junto con su trabajo, permitiría al bolchevismo disputarse con occidente prácticamente la mitad del mundo.

Mientras esto sucedía en la escena política, en la escena cotidiana, que es la que siempre desdeñan los historiadores, comenzaba a vislumbrarse la formación de esas tres grandes nubes que, como dice nuestro autor, "pueden oscurecer el cielo del siglo XXI" ¿Por qué?

Vamos a plantear la situación de esta manera: los armenios que han tenido una cultura, una lengua y una serie de elementos que conforman su identidad como pueblo, mismos que son herencia centenaria, han tenido que luchar y más que eso, resistir el constante intento de imposición de otra cultura -diferente a la suya, obviamente- por parte de otros pueblos. Kapuscinski aborda en concreto el problema de la religión, pues mientras que los armenios son un pueblo cristiano, los pueblos circundantes son musulmanes y ven a los primeros como "una espina envenenada en el sano cuerpo del Islam" .

Si observamos con detenimiento vamos a encontrar en las líneas del párrafo anterior dos graves problemas. Dos "grandes plagas", a decir del autor. Por un lado tenemos el fundamentalismo religioso que genera intolerancia y actitudes retrogradas, fomentando la violencia y el asedio mutuos; y del otro lado tenemos al nacionalismo exacerbado, que surge como respuesta al acoso constante y como mecanismo para preservar y exaltar los rasgos culturales que proporcionan un singular sello de identidad.

Es importante, además, enfatizar que ninguno de estos problemas surge como un fenómeno aislado, sino que el surgimiento de uno de ellos intrínsecamente lleva consigo la aparición del otro. El resultado: una catástrofe social; luego entonces queda clara la interrogante que dio pauta a la reflexión hecha en estas líneas.

Pero falta una plaga, esta la constituye el racismo. Problema que se ilustra perfectamente en el pasaje en el que relata nuestro autor su visita a una iglesia ortodoxa, en la que un hombre ruso -el pasaje sucede en Moscú- que se encuentra al frente de una ceremonia de carácter religioso comienza a alabar los prodigios de la Rusia zarista al tiempo que ataca a la Revolución de Octubre, calificándola como el intento de exterminar a Rusia. Al respecto culpa a "¡los imperialistas, los bolcheviques y los sionistas, [pues son] esa internacional de verdugos y demonios [que] no podían soportar que el ruso fuera el más grande pueblo blanco del mundo!" .

Además, el racismo tiene un engendro igual de perverso, que es la xenofobia la cual a su vez genera marginación, odio, división y es producto de una herética fusión de racismo y nacionalismo exacerbado.

Las tres plagas de las que da cuenta Ryszard Kapuscinski encuentran acomodo en la celebre frase de Rousseau, que además constituye un paradigma para los Estados, pues decía él filosofo ginebrino que "el cuerpo político comienza a morir desde su nacimiento, llevando en sí los gérmenes de su propia destrucción" .

Efectivamente El Imperio soviético desde el momento mismo de someter bajo su dirección a pueblos confrontados durante siglos, comenzó a desarrollar un cáncer que se fue extendiendo hasta el punto de ser inextirpable, y en este lapso doloroso de tiempo el sufrimiento y la sangre fueron sus funestos síntomas.

Generalmente al finalizar la lectura de una obra de carácter histórico, en la que se narra un periodo particular de tiempo, de vidas particulares, terminamos aceptando la existencia de partes antagónicas entre sí, y como siempre sucede, sentimos lastima por las víctimas y un desmesurado odio hacia los victimarios. Sin embargo no analizamos que nuestra visión del problema solo se limita al conocimiento de la versión -en ocasiones demasiado temperamental y tendenciosa- de una de las partes. Por tanto no sería de extrañar que al terminar de leer El Imperio sintamos odio y resentimiento hacia el sistema socialista ahora extinto.

Y es que en algunos pasajes pareciera que Kapuscinski alaba, por contraposición, las “bondades” del capitalismo. Habla de la libertad versus opresión, de posibilidad versus determinismo, sin mencionar que también del lado de occidente hubo (ha habido) pobreza y sufrimiento durante el periodo de confrontación ideológica y tecnológica que significó la Guerra Fría. No obstante, habría que considerar el hecho de que Kapuscinski escribe como un polaco que sufrió la invasión rusa cuando niño; situación que no le resta importancia su obra pero que muestra una experiencia personal que puede leerse entre líneas.

Por otra parte y para concluir esta reseña, el marxismo no es una posibilidad acabada pues aun sigue vigente como tal. El proyecto que fracasó en la URSS fue el marxismo-leninismo, que como dice Furet en referencia a la Revolución de Octubre -que es su expresión fehaciente- "cierra su trayectoria no con una derrota en el campo de batalla, sino liquidando por si misma todo lo que se hizo en su nombre" .

Marx, en una crítica a un economista de su época, que decía que el dinero venía al mundo con una mancha de sangre en la mejilla, le reprocho que el capital lo hacia (venir al mundo) "chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies" .

Parafraseando a Marx, el socialismo vino al mundo y se fue, chorreando sangre, lodo y lagrimas, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies...

25 ene 2007

Olvido y frustración

Detesto utilizar el pretérito imperfecto en los enunciados porque, al igual que el pluscuamperfecto del subjuntivo, connota un alto grado de frustración debido a que remite a acciones hipotéticas situadas en el pasado, que si bien ya no es posible realizar o corregir, las volvemos condicionales de un presente angustiante.

Así pues, se suponía que hoy publicaría un texto laudatorio de Ryszard Kapuscinsnki a modo de humilde y casi anónimo homenaje postumo a uno de los referentes básicos en mi propia (de)formación literaria; bueno, eso en realidad es una ínfula desmedida porque no tengo strictu sensu una formación literaria. Y el hecho se hace patente en la forma en que escribo, pero digamos que con la lectura de las obras de Kapuscinski se tornó más decente y fluida mi expresión escrita, logrando así que mis amigos dejasen de motejarme "Hegel, el oscuro".

El punto es que hoy no habrá texto laudatorio a Kaspuscinski, porque no obstante haberlo escrito ayer por la noche, en el colmo de mi pendejez olvidé la memoria USB en la cocina de mi casa. De modo que si no la hubiese olvidado -ejemplo claro e irritante del para qué sirve el preterito pluscuamperfecto del subjuntivo- el texto ya estaría publicado (pero no lo está ¡maldita sea!)

Como no sucedió así y no estoy dispuesto a frustrarme por causa de mi propia estupidez, aprovecho que ya estoy aplastadote frente a la compu para expresar el asombro que me produjo enterarme del estreno de "El perfúme. Historia de un asesino", en la cartelera de cine.

Sí, se trata de la adaptación fílmica de la novela homónima de Patrick Süskind, la misma que causó tanta fascinación allá por los años ochenta y noventa, y que a mi en lo personal no me gustó, porque además de tener un tufillo a best seller tiene una construcción bastante simple que abusa de la descripción -y por ende de los adjetivos- del ambiente en el que están situados los personajes. Además, juega peligrosamente con el realismo mágico y si bien se trata de una novela y no de una crónica periodística, esa combinación entre elementos realistas y aquellos otros fantásticos genera cierta confusión en el lector; y el ejemplo más claro es el hecho de el personaje principal -Jean Baptiste Grenouille- pueda elaborar esencias arómaticas a partir de un extraño método para extirpar el olor de jóvenes hermosas.

Con todo, la novela tuvo el mérito de aparecer publicada a mediados de los años ochenta, cuando las generaciones marcadas por el escepticismo producido por la crisis económica mundial -entre ellas la mía- aún no estaban en edad de ir a las librerias o leer novelas, porque de ser así Süskind no hubiese corrido con la buena suerte de que su novela fuese adaptada para el cine hollywoodense (y por ende desvirtuada).

Aunque se trata más bien de una hipótesis muy relativa, debido al buen recibimiento que han tenido novelas ligeras y de fácil digestión, como las de Paulo Coelho o Robert Fisher.

En fin, habrá que añadir "El perfume" a la lista de adaptaciones cinematográficas de obras literarias junto a "El nombre de la rosa" (estupenda adaptación y dirección), "The exorcist" (aunque Blatty hizo la adaptación, la lectura de la novela produce más calosfríos que la pelicula), "La última tentación de Cristo" (magistralmente dirigida por Scorsese), "El código Da Vinci" (definitivamente un churro cinematográfico, al igual que la novela es un churro literario) y toda la demás basura producida por Hollywood (El padrino, La guerra de los mundos, La hoguera de las vanidades y un largo etcétera).

Como sea, reconozco que el morbo mediático es más fuerte que mi virtud anti marketing y quizá algún día de estos vaya a la sala de cine a mirar la actuación de Dustin Hoffman interpretando a Giuseppe Baldini, el maestro perfumista que instruye a Grenuoille.

En tanto iré a darme de topes en la pared por haber olvidado el texto laudatorio de Kapuscinski.

Un saludo

24 ene 2007

Kapuscinski


Ha muerto uno de los grandes del periodismo. Descanse en paz el genial Kapuscinski.

23 ene 2007

Don Miguel

No sé qué diablos sucede en el cerebro de las personas cuando están enamoradas, pero si algo me queda claro es que todas, absolutamente todas, comparten el común denominador de cometer soberanas estupideces por causa de la efervescencia hormonal a la que el enamoramiento las conduce.

Algunos estudios científicos sugieren que la causa de semejantes actos de irracionalidad y visceralidad es una especie de enfermedad producida por la excesiva segregación de dopamina, noradrenalina y occitocina, de cuya síntesis deriva la fenilatelamina causante de los estados de euforia y fiebre amorosa.

No obstante, y para fortuna de la humanidad, tal enfermedad solamente dura un aproximado de tres a seis meses, en los que la endorfina, la luliberina y la prolactina bombardean sistemáticamente las neuronas del sistema límbico, inhibiendo el funcionamiento normal de las redes neuronales, asociándolas momentáneamente a los pensamientos que el cúmulo de recientes experiencias hormonales vinculan a una determinada persona.

De hecho, la primera parte de mi teoría –todavía en construcción- acerca del amor trata acerca de esta enfermedad. El enamoramiento es una enfermedad de la que nadie está exento y ante la cual el sistema inmunológico se halla totalmente desprovisto de defensas.

Enamorarse es como padecer sarampión: todos en algún momento de la niñez tenemos que padecerlo. Por eso convendría considerar al enamoramiento como la primera y más antigua pandemia mundial, causante de desgracias, frivolidades y uno que otro acto de sublimación, como el suicidio de Cleopatra por medio de la picadura de una cobra del desierto (se me ocurre este ejemplo porque recientemente vi un documental en Animal Planet) al enterarse de la muerte de Marco Antonio; o la desviación de la marcha del ejercito trigarante en su entrada a la Ciudad México, para que pasara frente a la casa de la güera Rodríguez: el amor idílico de Iturbide.

Bueno, toda esta cápsula ideológica viene a cuento porque precisamente un subidón de noradrenalina, dopamina y demás –inas, fue el causante de mi decisión de regalar el libro más preciado de mi biblioteca personal, es decir, El sentimiento trágico de la vida, escrito nada menos que por Don Miguel de Unamuno, filósofo, literato y rector de la Universidad de Salamanca, famosa por la máxima escrita en la puerta de entrada: lo que natura non da, Salamanca non presta; que en buen castellano quiere decir que la universidad no quita lo pendejo. Menos aún si la causa de la pendejez es el enamoramiento.

Pero ¿qué tiene de especial un libro que ni siquiera figura en la lista de los best sellers filosóficos, para causar semejante aflicción en mi? En estricto sentido nada; es una edición barata y su autor no es una figura de culto en los cursos ordinarios de historia de la filosofía.

Sin embargo se trata de una obra en cuyo contenido he encontrado mucha identidad, porque al igual que Don Miguel de Unamuno estoy en permanente cuestionamiento y conflicto con lo que soy y lo que me rodea; porque también soy un viajero frecuente al hades existencial en el que las tormentas del alma son torrenciales y amenazantes; y porque, al igual que Don Miguel, suelo disfrutar de los momentos de calma que sobrevienen después de esas tormentas.

Sin tratar de parecer dogmático, el libro de Unamuno es una especie de guía filosófica acerca de las preguntas exactas que uno debe formularse si lo que pretende es encontrar dudas e inquietudes más que respuestas; porque las dudas, la angustia que provoca el saber cuán lejos se está de resolverlas, aproximan a quien las formula hacia la oscuridad del abismo que, mientras más densa, más próxima está a la claridad.

Definitivamente extraño a Don Miguel, y ese entrañamiento se agudiza aún más porque también extraño y echo mucho de menos a quien le regalé su libro. Sólo espero que sepa apreciar el valor intelectual y afectivo presente en el obsequio; aunque poco pueda comprender acerca de la profundidad de las reflexiones de Don Miguel.

Como sea, ojalá que no mande esa edición llena de subrayados y notas al margen, a la estantería de espera junto a sus libros de Paulo Cohelo. Eso sí que me mataría.