28 sept 2007

Lección de humildad

En unos minutos me iré a dar mi clase, y como el resto de la tarde díficilmente tendré tiempo para escribir el post del día, pues aprovecho para hacerlo de una vez.

Al respecto, había pensado en publicar una diátriba conservadora y amargosa en contra del reggeton, pero eso requiere tiempo para poder destilar a gusto toda la repulsión que ese demoníaco ritmo me genera.

Así que mejor pondré un fragmento de la selección de capítulos de la novela de Frederic Beigbeder que preparé para leerles a mis alumnos en la clase. Esto con la finalidad de no agobiarlos con puros rollos fumados acerca del ser, la apariencia y demás elucubraciones arendtianas. Además de que de esa manera los acerco por única vez en su vida (y en su bajada también) a la literatura.

Aunque pensándolo bien, creo que la novela de Beigbeder es más catárquica que la obra de Hannah Arendt. En fin, eso ya es un problema de apreciación.Por lo pronto ahí este fragmento de El amor dura tres años que está genial:

Lección de humildad

Resulta bastante exasperante darse cuenta de que uno se hace las mismas preguntas que todo el mundo. Es una lección de humildad.

¿Hago bien abandonando a alguien que me quiere?

¿Soy un hijo de puta?

¿De qué sirve la muerte?

¿Voy a cometer las mismas estupideces que mis padres?

¿Se puede ser feliz?

¿Es posible enamorarse sin que la cosa termine en sangre, esperma y lágrimas?

¿No podría ganar más trabajando menos?


Fredreric Beigbeder, El amor dura tres años, Anagrama

26 sept 2007

Dilema II

El miércoles de la semana pasada, pasé por la doctora corazón al hospital donde trabaja para ir al cine. Como llegué más temprano de lo acordado, me dijo que la esperara en una salita donde un doctor estaba auscultando con su lengua las amígdalas de una enfermera…

Indispuesto a presenciar esa calenturienta escena de soft porn, me dispuse a curiosear por la salita y a lado de la cafetera encontré un libro de tapas duras y cubierta rojiza. En el lomo decía “Selecciones de Readers Diget’s” y tenía impresos en letras doradas los títulos de las novelas que contenía. Era un libro condensado. Al abrirlo en la primera página tenía escrito con la inconfundible letra de la Yarita: “Ex libris: Y.D”.

Sin otra cosa mejor qué hacer –bueno, podía continuar mirando al doctor y la enfermera, que ni se inmutaban con mi presencia- me puse a leer la segunda de esas novelas: El mundo de Ana Frank.

En este punto debo reconocer que a pesar de estar publicada en “Selecciones”, se trata de una novela bien escrita acerca de la vida de Ana Frank, narrada desde la perspectiva de Miep Gies, la secretaria de su padre.
Estaba pues tan imbuido en la lectura, que cuando escuché que la doctora corazón se aproximaba a la salita, metí rápidamente el libro en mi chamarra, en parte para que ella no reparase en el hecho de que había estado leyendo “literatura light” (y se burlara de mi durante lo que resta del año, como yo me había burlado de ella), y en parte porque me lo quería llevar a mi casa –como de hecho sucedió- para continuar leyéndolo.

Sin embargo, el domingo por la noche, mientras veníamos de regreso del concierto de Jorge Drexler (que por cierto, estuvo poca abuela) me comentó:

-Fíjate que sospecho que alguien me robó un libro en la salita del segundo piso.-

-¿Ah sí? A ver, platícame- dije yo con naturalidad mientras esperábamos la luz del semáforo.

-Pues sí. Resulta que el miércoles por la tarde, antes de que tú llegaras, entré a prepararme un café y dejé el libro junto a la cafetera. El jueves anduve muy ocupada y se me olvidó buscarlo, pero el viernes en la noche que lo estaba buscando para llevármelo a mi casa, no lo encontré.-

-¿Y buscaste bien? -dije- A lo mejor lo dejaste en otra parte.-

-No. Estoy segura que lo dejé ahí. A mi se me hace que el pinche Fito se lo llevó… le voy a preguntar mañana.- dijo con cierta preocupación.-

-Y ¿de qué era tu libro? ¿otra novela de Paulo Coelho? –dije sin poder contener la ironía.-

-¡Cómo crees! ¿Es que nunca se te va a olvidar eso? - dijo riéndose y continuó- No. Era una novela de Coetze.-

“¡Ajá! –pensé- con que quieres engañarme”.- Y le respondí:

-Busca bien. Ya verás que aparecerá tu novela de Coetze. Muy buen escritor ese Coetze.-

Y aquí es donde surge el dilema: si le digo que yo tengo su libro, se dará cuenta de que lo estoy leyendo y por tanto me convertiré en objetivo de su sistemático escarnio (aunque en justa venganza, debo reconocer); pero si no le digo, puede correr la sangre de un inocente: la del pinche Fito, que hasta donde sé, no lee ni el tarot.

Por otra parte, si le regreso el libro obviamente la desmentiría respecto a que se trataba de una novela de Coetze y sé que eso la hará sentir muy mal. Además de que me va a reclamar el por qué me lo llevé sin su permiso, se va a enojar y con toda posibilidad y hasta casi con total seguridad me va a mandar más hasta por allá de donde usualmente suelen mandarnos las personas a quienes les hacemos pasar un mal rato.

Sin embargo, si no se lo regreso me voy a ver muy mala leche y tendré que verme obligado a redoblar el número de flagelaciones diarias que me doy en la espalda para purificar mi alma del pecado de concupiscencia visual e imaginativa…

Así que ahora no sé que hacer. Bueno, sí sé: seguiré leyendo la novela. Pero después de que terminé de leerla, no sabré qué hacer: regresársela o no regresársela.

Esa es la cuestión.



P.S 1 Estimada Elisa, en modo alguno te discrimino. Es sólo que como son realmente muy pocas las personas que me leen, pues puedo ubicarlas a todas por sus nombres. Por el contrario, te agradezco que eventualmente te tomes un par de minutos para leer las sandeces que aquí publico.

P.S 2 Señor J.M qué edificante noticia saber que aun no he caído de su gracia, y que no me ha mandado al saco de la desmemoria, junto a la espada del augurio que alguna vez le regalaran sus papás en ocasión de su cumpleaños.

Y lo entiendo, debe ser un placer culposo leerme. Pero, sabe, esto es un don que simplemente se tiene o no se tiene. Y mire que yo soy afortunado.

A propósito del cambio climático, por ahí quedó pendiente un café o una chela, así que usté nomás diga rana y yo brinco.

P.S 3 Estimado Doctor en Sabiduría del Mundo, don Mauro Santander Pérez Fernández del Castillo y Mondragón, yo tampoco lo he visto en la Facultad porque he andado rete apurado, pero no se preocupe, que un día de estos nos encontraremos. Mientras tanto no sea exagerado, sabe bien que yo no pertenezco a la clase privilegiada de la intelectualidad (in)orgánica que usted –señoritingo- frecuenta, y que sólo un par de veces fui con la susodicha T.W a tomar un café, pero por cuestiones de trabajo.

25 sept 2007

Dilema I

Existen cierto tipo de mamonerías en las que la intelectualidad suele recaer sistemáticamente, como si tratase de vicios incontrolables.

Cualquier espacio sería insuficiente para poder describirlas todas, además de que sólo se pueden apreciar en su exacto significado e importancia a través de la observación sociológica directa. Así que la recomendación es ir algún viernes por la tarde a un café de diseño, o en su defecto a los cafés de las librerías ubicadas en Miguel Ángel de Quevedo, e identificar a los dizque intelectuales que ahí acuden para encontrarse con sus símiles en un ambiente alejado de las estridencias del populacho palurdo y apestoso.

Por lo demás, ubicarlos es muy fácil, ya que invariablemente victims of fashion como son, andan luciendo un look pandroso que, si bien se mira, no lo es tanto porque las chaquetas, suéteres y anteojos que usan son de marcas como SARA, Guess y Calvin Klein…

… en fin, que ya ni sé por qué salió esta descripción de la intelectualité

…¡ah, sí! Ya me acordé.

Resulta que entre esas mamonerías intelectualoídes está la de la crítica mordaz a la literatura ligera, que generalmente ocupa los primeros lugares en las listas de los libros más vendidos. Y por supuesto que por literatura ligera se entiende aquí la vasta, insustancial e intrascendente obra de autores como J.J. Benítez, Paulo Coelho, Dan Brown y el tipo ése que escribió “Quién se ha robado mi queso”.

Cierto día, hace algún tiempo, fuimos la doctora corazón y yo a la librería a dar una vuelta. Si bien ella estudió medicina, es una asidua lectora de literatura y filosofía (aunque no le entienda nada y tire puro rollo) y hasta antes de ese momento se preciaba de leer puros “autores alternativos”, como Blake, Calasso, Mallarmé y Belinsky.

En esa ocasión, mientras ella fue a buscar algo del chaparro bigotón de Nietzsche –que es su ídolo- yo me quedé a platicar un rato en la entrada de la librería con un amigo que había encontrado, y posteriormente me fui a buscar un diccionario de idioms que necesitaba para una traducción.

Al llegar a la caja, descubrí que entre los libros que iba a pagar la doctora corazón, estaba uno de ¡Paulo Coelho! Obviamente eso fue motivo suficiente para hacer escarnio de sus “autores alternativos” durante toda la tarde (de hecho lo sigo haciendo cada que la oportunidad se presenta)

Talvez esto no tenga mayor importancia entre quienes lo mismo les da leer “El libro vaquero” que “Hamlet”. Pero entre los que son quisquillosos, elitistas y desdeñosos –como la doctora corazón y yo- eso significa una buena oportunidad para poner el grito en el cielo y desgarrarse la toga en un acto tan histriónico como ridículo, que permite mofarse de la pretendida arrogancia intelectual del otro. Y así lo hice hasta el cansancio; me burlé sin piedad de su muy “alternativo” Paulo Coelho.

Sin embargo, como al que escupe al cielo le cae la saliva en la cara, debo confesar aquí, amparado en el amplio anonimato que me da el tener sólo dos lectores, más un anónimo, Elisa, Mael y Luis, que a espaldas de la doctora corazón estoy leyendo una novela del ¡Selecciones de Readers Diget’s!

Y lo más grave es que está re buena.

Pero, ¿cómo fue que caí en el resbaladizo suelo de las lecturas ligeras? Nada más y nada menos que por culpa de la propia doctora corazón.... (continúa, para no agobiar a mis dos lectores, más un anónimo, Elisa, Mael y Luis)

24 sept 2007

Marcel Marceau

1923 - 2007
En política existe una frase lapidaria que sentencia: "la palabra es plata, pero el silencio es oro". Marcel Marceau, sin ser político, lo entendió muy bien e hizo del silencio su vida.

Entre las múltiples reseñas de la vida de este excelente mimo francés, que a diferencia de otros galos que se han hecho famosos por decir cosas estúpidas (do you remember Lyotard, Derridá y demás hierbas?), alcanzó la celebridad haciendo del lenguaje corporal un arte sútil y entendible (no como las cosas estrambóticas que hacen los del Cirque du Soleil), una que me gustó mucho fue la que hizo Jairo Calixto Albarrán, que en sus breves momentos de lucidez escribe cosas inteligentes.

Aquí las palabras de Jairo Calixto:

"Murió Marcel Marceau, el hombre que nos enseñó a valorar los apetitos del silencio. En un planeta donde el culto a la estridencia y el decibelaje conforma una religión fundamentalista y patibularia, Marceau representaba una encendida resistencia parapetada en la feliz y benéfica ausencia de sonidos. Desde la pantomima del sigilo y la afonía, Marceau ejercía su derecho a la crítica y la finísima ironía. Los efectos de sus gimnasias del sosiego eran más estentóreos y provocadores que una manifestación de sombrerazos, bombazos o encueramientos".

21 sept 2007

De política y cosas peores II (ahora sí)

Debido a que Elisa –a quien no tengo el gusto de conocer todavía- me recordó que a ella sí le interesa leer la segunda parte de mi análisis sobre la coyuntura política nacional, aquí lo publico.


La política y sus instituciones no actúan por si mismas, ni tienen vida propia. Más bien la dinámica de los procesos que ambas suponen está animada por un determinado grupo social, especializado en el tratamiento, análisis y debate de los asuntos públicos (sin embargo, es conveniente precisar que esto no excluye la participación de la sociedad). Ése grupo social es precisamente el de los políticos de profesión.

Si bien éstos conforman subgrupos afines en términos ideológicos, e institucionalizan su organización mediante la forma de partidos políticos que pueden tener alcance local, regional o nacional, su origen es netamente social. Es decir, los políticos surgen de la propia sociedad y al mismo tiempo que desempeñan el papel de protagonistas del quehacer político, también desempeñan otros roles sociales mediante los cuales adquieren y reproducen determinadas pautas de comportamiento, hábitos y tradiciones que ya en su actuación en la esfera de los asuntos públicos se proyectan de forma exponencial.

De manera que los políticos y su desempeño son un reflejo del estado cultural que guarda la sociedad a la que pertenecen. De ahí que sea atinado decir que cada sociedad tiene los políticos que se merece, o el reflejo de lo que en realidad es.

En el caso de México, ha sucedido algo muy interesante, consistente en una especie de desfase cultural y generacional entre la clase política y algunos de los sectores de la sociedad que se muestran más activos, enterados y propositivos en torno a la política. Y, a su vez, se ha abierto una brecha entre estos sectores y el grueso de la población que aun padece los remanentes autoritarios engendrados por más de siete décadas de gobierno no democrático de un solo partido.

Así pues, en esta coyuntura se observa una preocupante fragmentación cultural acompañada de un deterioro del tejido social, que la clase política pareciera acentuar en lugar de intentar contener.

Esto porque una de las principales tareas del entramado institucional de la política, consiste precisamente en procurar la cohesión de los diversos sectores de la sociedad, alimentar el consenso que permite la existencia del Estado y buscar salidas negociadas a la gama de conflictos que entre aquellos sectores se presentan.

La clase política encargada del funcionamiento de ese entramado en nuestro país, ha dejado de lado esas tareas, ha propiciado el debilitamiento del consenso y se ha desentendido de los reclamos y los planteamientos que diversos grupos sociales le han sugerido.

Por tal razón resulta paradójico plantear la posibilidad de reformar al Estado, pues pareciera más bien que las modificaciones legales que se han aprobado en los últimos días, tienen por objetivo disgregar a las partes sustentantes del consenso que lo funda –al Estado-, con la finalidad de que sea únicamente la clase política el único grupo social beneficiado.

Por otra parte, los grupos sociales –pero fundamentalmente económicos- que han resultado afectados por las disposiciones reformatorias de la clase política, poco han abonado al mantenimiento del consenso, y por el contrario, se han dedicado a promover la fragmentación social mediante la manipulación de la información y de la opinión pública.

En el caso de las modificaciones a las instituciones y procedimientos electorales, que se han presentado como “reforma electoral”, ha sido más que evidente la posición disgregadora y de abierta confrontación que han adoptado tanto los diversos grupos parlamentarios del Congreso de la Unión, como los concesionarios de radio y televisión.

No se percibe en ninguna de las dos partes, pero principalmente entre los diputados y senadores, un mínimo de noción de lo que significa el Estado y de la conveniencia de su fortalecimiento.

Salvo una excepción que resulta paradójica e irónica, debido a la filiación y trayectoria política del personaje –el senador por el estado de Sonora, Manlio Fabio Beltrones, que a la sazón de la reforma dijo, refiriéndose a los concesionarios de radio y televisión, “podrán quebrar a un político o dos, pero nunca podrán quebrar al Estado”- no se ha observado una visión de Estado y un liderazgo comprometido con esta visión y conciente de la importancia del actual momento político para la vida futura del país.

Aunado a lo anterior, el conjunto de modificaciones que se ha pretendido presentar como “la reforma del Estado”, son en realidad reformas muy específicas que en lugar de fortalecerlo, lo debilitan en el proceso de discusión y eventual aprobación de sus modificaciones, adiciones o derogaciones.

Así pues, la pretendida reforma electoral es en realidad una modificación muy puntual al sistema electoral, es decir, a la forma de organizar y administrar la competencia política; que si bien tiene sus aciertos (excluir al menos formalmente a los medios de comunicación de las campañas electorales), también tiene sus riesgos; entre ellos, el excesivo protagonismo de los partidos políticos en la determinación de las reglas bajo las cuales habrán de jugar la contienda electoral; es decir, el riesgo de que se conviertan en juez y parte del juego.

La llamada reforma fiscal –que es en realidad una modificación a la miscelánea fiscal- se encauza en la misma dirección; sólo que con un matiz compensatorio, pues mientras a los grandes consorcios de medios se les excluyó del negocio electoral, en el ámbito fiscal se les dejaron intocados sus privilegios, trasladando, o más bien asignando deliberadamente, su responsabilidad de contribución fiscal a las amplias mayorías ya de por sí sobrecargadas de impuestos y obligaciones para con la hacienda pública.

Aunado a lo anterior se debe considerar también el efecto negativo que tendrán en el corto plazo las alzas de precios tanto en la capacidad de ahorro e inversión de los sectores pequeño y mediano de la industria, como en el control de la inflación por parte de la autoridad monetaria, el Banco de México.

En suma, como se ha podido observar, la lógica subyacente en la pretendida reforma del Estado es aquella que hiciera célebre uno de los personajes de Giuseppe Di Lampedusa en “El Gatopardo”: cambiar para que todo siga igual.




Lluvia y ¿encharcamientos?

La tarde del miércoles una lluvia intempestiva que se precipitó implacable por más de tres horas, nos sorprendió a la gran mayoría de habitantes del sur de la Ciudad de México.

Sin decir agua va –en el sentido más literal de la expresión- repentinamente comenzaron a caer cubetadas de agua del cielo, acompañadas de un fantasmagórico espectáculo de relámpagos y truenos.

A esas horas me dirigía al hospital donde trabaja la doctora corazón, el cual por culpa de una bola de ingenieros y arquitectos irresponsables y carentes de visión a largo plazo, fue construido a lado del “anillo periférico” -la avenida que alguna vez rodeara las afueras de la ciudad- que para esas horas parecía más bien canal de desagüe.

Como tengo la insana costumbre de escuchar los noticiarios radiofónicos vespertinos, sintonicé la estación del reporte vial. Un insensato (por no decir estúpido imbécil) locutor decía que se reportaban “encharcamientos” en el cruce de periférico y viaducto tlalpan. Al escucharlo de plano me dieron ganas de darme de topes en el volante.

Lo que estaba frente a mi, o más bien, en medio de lo yo y otras decenas de conductores estábamos, no era un “encharcamiento”, ¡era una auténtica laguna con todo y olas incluidas! Pero ese idiota desinformado reportaba que eran encharcamientos.

Un encharcamiento es, como su nombre lo indica, un miserable charco que se puede sortear de un brinco, mas no un pinche océano de agua aceitosa de más de 40 centímetros de altura y 10 metros de largo.

Malpensado, aguafiestas y quejumbroso como soy, mientras estaba en ese “encharcamiento” (a quién se le habrá ocurrido tal eufemismo) me pregunté: ¿por qué el carnal Marcelo en lugar de andar haciendo consultitas pendejas sobre temas ecológicos, no promueve un programa para que la gente no tire su basura en las coladeras? o ¿por qué en lugar de haber construido un puto segundo piso que los pobres que decía defender ni siquiera usan, el hijo de su “#%=& madre del peje no le metió esa lana al mejoramiento del drenaje de la ciudad?

Habrán de dispensar los improperios, pero es que ahora sí me dio rete harta muina.


Moraleja de la historia: en esta época de lluvias, no está de más traer una lancha inflable en la cajuela del coche o, en su defecto, una muñeca; la ventaja de esta última es que también resulta útil en otro tipo de emergencias…

P.S. 1. Ya a ver si la siguiente semana pongo aquí el logo del premio al que me hizo acreedor la siempre simpática Manijeh, así como mis respectivas nominaciones. Aunque adelanto que no serán las que se piden como requisito.

P.S. 2 El próximo 24 de septiembre se presentará en el Teatro Metropolitan de la Ciudad de México Jorge Drexler ¡y yo lo voy a ver! Para quien no le suene este cantautor uruguayo, basta decir que varias de sus canciones aparecen de fondo en comerciales de caldos de pollo (Sea y Me haces bien) y de pan (Todo se transforma) y que sin ser pretencioso, rebuscado y de mal gusto como aquel
Serrat del personal de servicio doméstico, mejor conocido como Arj… ¡ése! tiene canciones muy llegadoras que se podrían catalogar como soft pop.

Para comenzar a conocerlo recomiendo escuchar “Todo se transforma” del album "Eco".

19 sept 2007

Ernie Chambers


Observen bien a este individuo.
No. No se trata de algún limosnero de Brooklyn o el Bronx. Se trata del senador estatal de Nebraska, Estados Unidos, Ernie Chambers, quien el pasado 14 de Septiembre presentó una demanda judicial en contra de Dios.
Sí, tal como se lee. Este ahora célebre senador demandó a Dios por el delito de terrorismo en contra la humanidad, ya que según él, Dios -conocido también con diversos alias- ha provocado innumerables catátrofes a lo largo de la historia, causantes de "muertes generalizadas, destrucciones y ha aterrorizado a millones y millones de habitantes de la tierra, incluido bebes inocentes, niños, ancianos y enfermos, sin ninguna distinción".
Si este tipo hubiése presentado su demanda en una agencia del Ministerio Público de la PGR, además de pitorrearse todos los presentes en su cara, lo hubiésen mandado directo y sin escalas a recluir en el hospital psiquíatrico más cercano.
Pero como la presentó en Estados Unidos, país de -aun- amplias libertades y oportunidades, en el que hasta las actrices porno pueden postularse para alcadesas de sus respectivas ciudades; pues el juez del distrito de Douglas, en Nebraska, tendrá que citar a declarar al demando o a sus defensores.
A mi francamente casi me mata de la risa esa nota. Y lo digo en sentido literal, porque mientras la leía le estaba dando un sorbo a mi café, y al no contener la risa al momento de leerla, me dio un ataque de tos bastante prolongado.
Pero supongo que no todos reaccionaron de esa manera; por tanto me pregunto, cómo habrá reaccionado Benedicto XVI que ya no la ve con las demandas de pederastia en contra de algunos sacerdotes católicos, ahora que también le han tachado al propietario de la franquicia que jugosamente explota, como terrorista...
En fin, cuestión de percepciones.
Aquí está en enlace a la nota completa.

17 sept 2007

De política y cosas peores (sin interrupciones) II

Superada la pereza (debería escribir huevonada, pero se vería muy feo) física y mental del lunes post fiestas patrias, a continuación publicaré la segunda parte de mi análisis sobre la coyuntura política nacional.

A juzgar por los comentarios recibidos respecto a la primera parte de tal texto, es más que evidente que las tantas “horas nalga” gastadas aplastadote en los cursos de formación docente sabatinos han valido pa’ puro rábano. Esto porque el comentario común de mis dos lectores, más un anónimo, Mael y Elisa, es que de todo el choro mareador, lo único que entendieron fue el título.

Desde luego que es comprensible, pues nadie está obligado a entender de política y mucho menos a interesarse en lo que acontece alrededor de ella. Además de que a excepción de algunos personajes cuyos nombres algún día habrán de esculpirse con letras de oro en los muros de la Cámara de Diputados (Fernández Noroña y Pancho Cachondo entre ellos), todos los políticos de nuestra neófita democracia parecen zombies sacados de The Resident Evil y son tremendamente aburridos y solemnes; lo que explica que a la gran mayoría de compatriotas y compatriotes, pueblo y puebla, les dé una tremenda flojera tener que fumarse sus arranques histriónicos a lo Diego Fernández de Cevallos.

Sin embargo, de vez en cuando es conveniente enterarse aunque sea un poquito y aunque sea por boca del mono cilindrero que ha demostrado ser el alcohólico López-Dóriga, de lo que pasa en la polaca; a fin de que las decisiones que ahí se toman, no nos caigan por sorpresa o nos agarren mal parados, propiciando que de la noche a la mañana unos pacíficos ciudadanos se conviertan en violentos macheteros que bloquean carreteras y secuestran a burócratas de medio pelo, como medida reactiva ante una decisión que afecta directamente sus intereses; o peor aún, que jóvenes antes valemadristas pasen de ser guerrilleros de lápiz y cuaderno a ser auténticos saboteadores, capaces de afectar sectores estratégicos de la economía.

En fin, ahí están algunas posibles razones del por qué la política es demasiado seria como para dejársela únicamente a los políticos.

Y aunque a nadie le importe, considero oportuno justificar por qué he publicado hasta ahora esta segunda parte.

Al respecto bien podría decir que este fin de semana lo pasé tranquilamente en casa, leyendo Ser y Tiempo en alemán, o tratando de comprender la estructura sintáctica del Ulises de James Joyce, sentado junto a la ventana de mi biblioteca que da hacia el jardín, degustando un delicioso cabernet sauvignon.

Pero eso sería mentir, porque ni leo alemán, ni tengo biblioteca con ventana hacia el jardín, ni me gustan los vinos (porque la neta, el vino es para las nenas).

Así que la verdad es que no anduve por acá durante el fin de semana, porque el sábado me puse hasta el keke de tequila. Eso desde luego, con motivo de la muy chovinista celebración del Grito de Independencia, que como bien apuntó Manijeh (a quién, por cierto, le mando un abrazote y le doy las gracias por nominarme para un premio de los bló’s) se celebra la noche del 15 de septiembre porque a don Porfirio Díaz se le ocurrió hacer coincidir la celebración de la independencia con la fecha de su cumpleaños.

Como sea, el punto es que esa noche hasta me cambié de nombre (me puse estupido de tanto tequila), bailé al ritmo del ta-chun-ta-chun-ta de la banda no sé qué y canté las infaltables de la ocasión: “Cielito lindo”, “México lindo y querido” y “Como México no hay dos” (gracias a Dios, como también gracias a Él tampoco hay dos EU –de lo contrario, qué haríamos con dos Bushes- ni dos Chinas –pues si hubiera otra, dónde meteríamos otros mil millones de chinos).

Y sí, casi puedo adivinar la reacción de mis dos lectores, más un anónimo, Mael y Elisa. Pero no me juzguen por mis debilidades etílicas, pues también a los intelectuales nos gusta el pisto. Lo que sucede es que algunos, señoritingos como lo son, les da pena aceptarlo; pero muy en el fondo de su memoria están guardados los recuerdos de las maratónicas borracheras de los viernes por las tardes, cuando eran estudiantes de licenciatura y le entraban hasta al mezcal de dos pesos que vendían en el Wal-Mart, mismo que los dejaba babeando en las banquetas hasta altas horas de la madrugada...

En fin, en fin, el punto es que como me puse hasta el gorro, el día domingo amanecí con una resaca espantosa que hizo insufrible el maratónico y hugochavezco regaño de la doctora corazón (a propósito, comienzo a pensar que me gustaba más cuando era hippie y vivía la vida loca)

Y luego, ya en la misma noche del domingo, cuando estaba a punto de entrar a publicar esta segunda parte, empezó el final de Destilando amor, telenovela de la que no tenía ni la más remota idea de su existencia, hasta que una noche que fuimos Carolina y yo a la lavandería, en Nashville, la encargada –de origen mexicano- sintonizó Univisión para poder mirar el sofocliano melodrama de Rodrigo y Gaviota; que a la Caro y a mi nos pareció excesivamente ridículo, lleno de lugares comunes y de diálogos a lo Corín Tellado. Luego nos enteraríamos de que esa historia era la versión mexicana de una telenovela colombiana (lo que explica el por qué de la sobrada ridiculez).

Así que me fumé las casi tres horas que duró la transmisión al frente de la TV y con la Caro al teléfono, chismeando y criticando las escenas de la novela. Ya en los siguientes días escribiré algo de eso; por ahora lo que comienza a angustiarme un poco es el monto de la larga distancia de mi recibo telefónico.

En fin, como me excedí de preámbulo, mejor dejo la publicación de esa segunda parte que a nadie le importa, para la siguiente ocasión.